Capítulo 23
Lillias llevaba horas buscando a Johnson por todo el castillo. Era difícil localizar a un niño tan escurridizo como él en un terreno al que aún no se había habituado, pero estaba convencida de que, si no lo encontraba, era porque se había escondido.
No era idiota. Tenía que haber oído la llegada del inspector Munro y la agitación que había desencadenado inmediatamente después.
En vista del ambiente tenso que se respiraba en Dundee, Lillias le había enseñado algunas medidas prácticas para evitar a Brendan.
La más importante de ellas era huir al menor inconveniente.
Ni el inspector Munro —que, aun así, había demostrado ser bastante perceptivo en lo que respectaba a reconocer la naturaleza de los individuos—, ni Blake, ni Rowen, ni Calder sabían hasta dónde estaría dispuesto a llegar un hombre como Brendan Maxwell para conseguir lo que quería.
Johnson podía hacerse una ligera idea. Había convivido con él, pero era demasiado joven para entender las implicaciones de los actos manipuladores de Brendan.
Solo Lillias sabía que no solo era peligroso, sino letal.
Con el corazón encogido por los últimos acontecimientos, Lillias llegó a la última de las habitaciones del ala oeste.
Supo que Johnson estaba allí porque era la única con la puerta cerrada.
Había revuelto el armario, desesperado, para comprobar que no cabía hecho un ovillo: lo delataban la cantidad de prendas interiores y joyas que había desperdigadas sobre la alfombra.
Además, sus pies asomaban debajo del pesado cortinaje que había corrido para cubrir el ventanal.
Lillias se aproximó muy despacio, con cuidado de no emitir sonido, y se hizo un hueco entre el terciopelo de las cortinas.
El niño respingó al captar el movimiento. La tensión no desapareció de su rostro ni siquiera cuando reconoció a su hermana.
—Se está muy calentito aquí —susurró ella, dirigiéndole una sonrisa apaciguadora—. Dan ganas de quedarse a dormir de pie, ¿verdad?
Johnson no logró devolverle el gesto. Estaba aferrado a la pesada tela con los puños crispados.
—Vienen a por mí, ¿verdad? —preguntó con voz temblorosa y la vista clavada al frente. Empujó la pared con la espalda, como si ya estuvieran tirando de él para llevarlo de vuelta a Dundee.
Lillias le rodeó la fina muñeca. Con paciencia, esperó a que fuera desclavando las uñas de su propia carne y abriera la mano para que su hermana pudiera tomársela.
—Nos han encontrado, sí..., pero hay esperanza. El inspector Munro es un hombre razonable y está dispuesto a escuchar nuestra versión. Lo más probable es que quiera hablar contigo.
Johnson alzó la mirada hacia ella. Tenía los ojos vidriosos, y no por las lágrimas, porque a Johnson se le había olvidado cómo llorar —quizá no lo hubiera llegado a hacer nunca—, sino por el terror.
—¿Y tú confías en ese hombre? ¿Te fías lo suficiente como para... para dejarme a solas con él?
—Esa es una buena pregunta —suspiró Lillias, que tuvo que hacer una pausa para recordar las sensaciones que le había transmitido—.
No me fío de nadie, Johnny. Solo de ti. Pero a veces uno tiene que arrojarse al vacío con la esperanza de que lo agarren a tiempo.
Para confiar, hay que confiar, ¿entiendes?
Y no me queda otro remedio que darle una oportunidad al inspector. Si alguien puede ayudarnos, es él.
Johnson le estrechó la mano.
—Tengo miedo —reconoció con un hilo de voz—. No quiero que nos separen.
—Y no nos separarán, eso te lo puedo prometer. Si todo se torciera y tuviésemos que regresar a Dundee, yo permanecería a tu lado en todo momento.
Johnson alzó la barbilla temblorosa.
—He oído que te van a acusar de haber secuestrado al heredero —admitió en voz baja—. ¿Cómo se supone que te quedarás conmigo si te mandan al calabozo? ¿O si...? ¿O si...? ¿A las mujeres también las...? ¿Te van a condenar a muerte?
—No lo creo —desestimó con un ademán indiferente, aunque la posibilidad la sobrecogió.
Dudaba que la mandaran a la horca por un delito de esas características, pero siendo Brendan Maxwell el dedo acusador, no le sorprendería que se las apañara para acabar con ella.
Carraspeó para deshacerse del nudo en la garganta y le sonrió—.
No nos hará daño tener esperanza en que todo saldrá bien.
Somos tú y yo contra el mundo. Siempre. ¿Recuerdas?
Johnson asintió despacio, aunque vacilante.
Lillias no sabía cómo drenar el miedo de su cuerpo antes de que este envenenara a su hermano.
Llevaba tanto tiempo carcomiéndolo que temía que, si no se lo llevaba Brendan Maxwell, lo acabara matando una pesadilla especialmente tremebunda.
Johnson no era un niño sensible, pero había nacido entre privilegios y, si bien no había tenido tiempo para disfrutarlos como sí los gozó Lillias, que no tenía tiempo para dolerse por su caída pero era consciente de que nunca recuperaría lo que era suyo, su hermano seguía siendo demasiado joven para soportar tanta presión.
—Yo solo quiero estar tranquilo —reconoció con la voz entrecortada, devolviendo la vista a sus pies—. Quiero... quiero vivir aquí, Lilly. Quiero estar con Blake, y con lady Beth, y con el señor Carmichael.
—Haré todo lo posible para que eso suceda.
Te lo prometo. Pero tienes que poner de tu parte.
Aunque agradezco que te escondieras y me parece la opción más inteligente, ahora es el momento de dar la cara.
Solo tienes que contarle la verdad al inspector Munro —le explicó con paciencia—.
Dile cómo te trataba Brendan, cómo me trataba a mí, lo que presentías, lo que decía el servicio, el modo en que cambiaron las cosas en cuanto mamá murió y yo le rechacé...
—¿La verdad será suficiente?
Lillias no supo qué responderle, porque lo cierto era que ni ella misma conocía la respuesta a esa pregunta.
A veces parecía que la verdad la liberaría, que le abriría el camino, pero la vida le había demostrado en incontables ocasiones —como durante el encontronazo con Rowen— que sincerarse era el método más efectivo para descubrir cuán decepcionante podía resultar un ser amado.
Decir la verdad era una forma de matarse. Pero confiaba en que no fuera así en el caso de Johnson.
—Eso espero. —Le apretó la mano una vez más y se inclinó para besarle la coronilla.
Johnson asintió con la cabeza. Estaba desalentado, pero no se resignó ante el miedo que le había paralizado y en cuanto tomó la decisión de seguir su consejo, cuadró los hombros e inspiró hondo.
Incluso su expresión, que seguía siendo seria, adquirió un aire solemne que enorgulleció a Lillias y al mismo tiempo la sobrecogió de pena.
Lamentaría cada día de su vida no haber podido defender su infancia, pero se consolaba repitiéndose que no había sido su culpa. Estaba haciendo lo mejor para garantizarle cierta seguridad.
Johnson estaba de acuerdo con eso, porque antes de salir de su escondrijo tras las cortinas, se giró hacia su hermana y la miró a los ojos.
—Siento que tengas que sacrificarte por mí, Lilly —reconoció con pesar—. Si yo no fuera el heredero, si fuera una niña en vez de un niño, no estaríamos aquí. No habrías tenido que abandonar tu casa. Tú eras feliz en Dundee, ¿verdad?
—No tanto como para echarlo de menos, y si era feliz allí, era porque estabas tú y solo tú —le contestó con una sonrisa atribulada.
Johnson tenía un don para reconocer a un mentiroso: supo que podía relajarse en cuanto entendió que su hermana estaba siendo sincera—.
Además... Aunque hubieras sido una niña, habríamos tenido que marcharnos igual.
Brendan Maxwell lo quiere todo para él, ¿entiendes?
Nosotros, los que tenemos verdadera sangre Maxwell, no somos más que un estorbo.
Johnson presionó los labios, seguramente para contener una de esas palabras malsonantes que Lillias le había exigido que reservara para el pensamiento o para cuando estuviera a solas.
Un caballero no la emprendía a juramentos por más furioso que estuviera, y él sería un caballero incluso si Dundee Castle y el resto de su herencia le eran arrebatados.
Alzó la barbilla una vez más, ahora con una nueva determinación que asombró a Lillias.
—Algún día recuperaré nuestras tierras —le prometió, dirigiéndole una mirada penetrante—. Cuando sea mayor y Blake me haya enseñado a pelear, cruzaré el mar y me presentaré en Dundee a reclamar mis derechos. Y tú volverás a ser una respetable dama de las Tierras Altas.
—No es necesario, idiota. —Le revolvió el cabello rubio, conmovida con su sentido de la lealtad—. De hecho, creo que lo más inteligente sería que nos conformáramos con que Brendan se olvidara de nosotros y pudiéramos vivir tranquilos, como tú mismo has dicho hace unos momentos.
Johnson apartó la mirada y corrió la cortina con un movimiento seco.
—Dundee Castle es nuestro —insistió, tan solemne que Lillias tuvo que dejar de sonreír—. Tarde o temprano volverá a nuestras manos. Lo juro.
Lillias se quedó con la palabra en la boca. El pequeño, que le pareció más alto y más seguro de sí mismo que nunca —más incluso que ella misma—, se encaminó decidido hacia la puerta con el propósito de reunirse con el hombre al que había estado evitando.
—¿No quieres que te acompañe? —inquirió en voz alta, corriendo también las cortinas.
—Iré yo solo —le dijo sin girarse—. Así me tomará en serio.
Desapareció un instante después, dejando a una perpleja Lillias inmóvil en el sitio.
Por un momento no supo qué hacer, si desoír las preferencias de su hermano y proporcionarle apoyo durante su entrevista con Munro o limitarse a descansar de las emociones del día.
Estaba tan exhausta por la tensión a la que había estado sometida desde la entrada de Munro que no sabía cómo se tenía en pie.