Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

¿Lillias se dormía frustrada pensando que él no la quería?

Él se acostaba convencido de que tarde o temprano el demonio se alzaría con la victoria en su lucha de voluntades y tendría que abalanzarse sobre ella.

Solía sentirse avergonzado por ser incapaz de amarla como un santo: de forma platónica, sin ser consciente de su cuerpo, sin atracción posible...

Pero Rowen era solo un hombre. Un hombre que se dejaba hipnotizar por el movimiento de su escote cuando respiraba, que abrazaba la almohada por las noches fantaseando con que era su cintura, sus caderas; que observaba con el estómago encogido la marca que dejaban sus dientes en las manzanas que mordía y luego arrojaba al suelo, preguntándose cómo era posible que quisiera que ella lo marcara así, que ella lo utilizara y lo desechara de esa misma manera.

Rowen ansiaba ser su víctima.

Y, sin embargo, aunque una parte de él la odiaba por no haber sabido verlo, la otra iba entrando en razón poco a poco y comprendiendo que Lillias era perspicaz, bella y tentadora, pero no adivina.

Era una muchacha que se preguntaba por qué su compromiso no era como los demás habiendo amor involucrado.

Era una muchacha a la que había decepcionado sin saberlo, a la que él había alejado, a la que él había dejado caer en la desesperación.

Más que detestarla por su rematada estupidez, se reprendía a sí mismo.

No podía perdonarse por haberle hecho creer a Lillias, aunque fuera por un instante, que no era deseable.

—¿En qué piensas? —inquirió Calder, observándolo intrigado.

Rowen cayó en la cuenta de que había pasado demasiado tiempo sumido en sus pensamientos y le dirigió una mirada de disculpa.

—Pienso en que tendría que haber hecho las cosas de otra manera. En que fuimos un par de idiotas... En que podría haberlo tenido todo y, sin embargo, soy... —Perdió la voz al darse cuenta de la única verdad—. Soy un miserable desgraciado.

—Insisto en que estás a tiempo de cambiarlo.

—No sé si quiero cambiarlo. Ahora mismo, una parte de mí la odia. Los celos me... —Se frotó una de las sienes con los dedos temblorosos—. Los celos me están matando.

—Por supuesto que quieres cambiarlo, Carmichael.

Eres un buen hombre. El mejor —apostilló Calder—.

No permitirías que ese cerdo de Brendan Maxwell apareciera por aquí y se la llevara, a ella y a Johnson.

Y si crees que eres capaz de darle la espalda, solo espera y verás.

Los remordimientos te destruirían más pronto que tarde.

—¿Y qué sugieres? —Suspiró.

—Cásate con ella para ayudarla. No porque la quieras o porque ella te quiera a ti.

Solo para ayudarla. Que todo empiece por conveniencia, como mi matrimonio con Beth, y que poco a poco y si Dios quiere, se vaya dando lo demás: la confianza, el respeto, el amor.

Lillias necesita a un hombre que la proteja de Brendan, y quién mejor que tú para justificar su estampida.

Brendan se oponía a vuestro matrimonio diez años atrás, ¿no es así?

Es creíble que Lillias se escabullera para convertirse en tu esposa a espaldas de su tutor.

—Lillias necesita a un hombre que la proteja —convino—, pero ¿qué necesito yo? Acabas de decir que sería un matrimonio de conveniencia, así que te lo pregunto: ¿por qué me conviene ella a mí?

—Porque la quieres —resolvió con voz queda, sonriéndole de lado—.

Te conozco desde hace muchísimos años, Carmichael, y nunca te he visto actuar como lo haces con Lillias.

Es como si esa mujer te insuflara vida. No necesitas tenerla delante para sentir inquietud, para entusiasmarte por lo que haces, para ser capaz de enfurecerte...

Para transmitir otra energía, en definitiva.

Te basta con saberla en la misma isla que tú para comportarte con el torpe erratismo de los enamorados.

Hasta su regreso, has estado levantándote por inercia y obedeciendo órdenes para subsistir.

Con ella nada sucede por inercia. Con ella eres dueño de tus decisiones.

»Me gustaría que fueras tan feliz como yo lo soy ahora —agregó, manteniendo la tierna sonrisa en los labios—. Créeme, Carmichael... Nunca conviene perder la esperanza del todo. Especialmente en el amor.

Rowen lamentó quedarse sin palabras.

Si pudiera reproducir las confesiones con las que Lillias le había sorprendido unas horas atrás sin que Calder la juzgara, lo haría con el fin de desahogarse, pero ante todo sentía la responsabilidad de protegerla. Incluso de algo tan irrelevante como la opinión ajena.

Quiso preguntarle a Calder si alguna vez había tenido que perdonarle una mentira a Beth.

Quiso preguntarle si no pensaba a veces en los hombres que estuvieron dentro de su cuerpo, si es que los hubo, y le invadía el deseo irracional de castigarla por haber permitido que la mancillaran.

Quiso preguntarle si tenía sentido estar furioso, decidido a olvidarla para siempre y, al mismo tiempo, amarla más que nunca.

Ser cómplice ahora de sus malas decisiones, de los errores cometidos, le acercaba a ella.

Le hacía quererla con ternura y compasión, ansiar ofrecerle consuelo.

Eso quería, y maldita fuera por provocar eso en él: el deseo de abrazarla y besarla en la frente, de cumplir los deseos prohibidos con los que hubiera fantaseado diez años atrás.

Por más tiempo que transcurriese, por más confesiones dolorosas con las que Lillias le desconcertara, no podría borrar jamás una verdad universal como lo era que Rowen había nacido para estar con ella.

No era ni un labriego, ni un highlander , ni un socio de Gillander’s Whisky, ni un amigo, ni un hijo, ni un padre. Era su hombre. Ese era su único destino en la vida pese a todo.

—Quiero seguir enfadado un rato más —musitó al fin, recorriendo el borde del vaso con un dedo. Calder disimuló una risa frotándose la punta de la nariz y asintió.

Se puso en pie con dificultad, agarró el bastón y echó todo el peso en él mientras colocaba la silla en su posición.

—Es comprensible. Cuando estés preparado para dejar de estarlo, ya sabes dónde encontrarnos. Confío en que tomarás la decisión correcta. No sabes defraudar a los demás, Rowen Carmichael; esa es tu mayor virtud.

«Y también mi mayor defecto», se lamentó para sus adentros. «Pero tal vez Lillias pueda perdonármelo».