Capítulo 22
Como cada vez que necesitaba pensar largo y tendido sobre un asunto de extrema importancia, Rowen recorrió el par de millas de distancia entre el castillo de Lochranza y la destilería y se encerró en el despacho donde exhibían las muestras de whisky, llevaban a cabo la toma de decisiones y brindaban con sus comerciantes, inversores y otros peces gordos de la empresa.
Había algo en el orden de aquella habitación que siempre le había tranquilizado.
Los cristales de las vitrinas eran limpiados a diario y en profundidad, se pulía y barnizaba la madera del mobiliario cada cierto tiempo y las botellas, el tesoro que guardaban bajo llave en aquellas cuatro paredes, había sobrevivido a décadas, a un incendio y a los caprichos de las generaciones de propietarios de Gillander’s Whisky.
Aunque cada uno de los socios de la marca podían entrar en la destilería siempre que lo quisieran, solo Blake, Calder y él tenían acceso al despacho que funcionaba como sala de exhibición.
Los hermanos Houston bien podían ser los dueños de la destilería, pero Rowen se había ganado por méritos propios el derecho a internarse en los espacios más selectos de la edificación.
Rowen se había dejado caer, derrotado, en una de las sillas junto a la mesita redonda en torno a la que Calder solía citarlos para dar buenas y malas noticias.
Acarició el borde de madera mientras repetía para sus adentros, una y otra vez, las partes más desconcertantes de la conversación con Lillias.
Desde que había regresado de su tormentoso pasado, apenas dos meses atrás, no había podido descansar en paz, pero ahora que conocía el porqué de su rechazo, sospechaba que no volvería a pegar ojo.
Ni siquiera tenía fuerzas para intentarlo.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí, debatiéndose entre la impotencia, el dolor y el desconcierto, cuando la puerta se abrió con sigilo.
Primero se asomó el extremo inferior del bastón de madera pulida que le escoltaba a todas partes, como si con timidez pidiera permiso.
Luego empujó un poco más la puerta para mirarlo desde el umbral con gesto compasivo.
Raras eran las veces que Calder Houston se cansaba del rictus déspota con el que solía incomodar a todo el mundo.
El accidente que le había dejado una cojera importante y que estuvo a punto de acabar con su vida, más la adicción a los opiáceos que le provocó la medicación, le habían ido convirtiendo poco a poco en un hombre carcomido por la amargura.
Aunque ahora tenía razones de peso para levantarse cada mañana y su cambio de humor era notable —y muy aplaudido por sus allegados—, seguía siendo un hombre severo e intransigente.
Aun y con sus defectos, Rowen lo consideraba el mejor de todos los que allí vivían, porque, por más que lo intentaba, no conseguía disimular que tenía un corazón de oro.
Lo demostraba que hubiera caminado todo el trecho entre el castillo de Lochranza y la destilería en mitad de la noche para ofrecerle consuelo en silencio, cosa que hizo sirviendo un par de copas de whisky y sentándose frente a él.
Esperó con la paciencia de un santo —una paciencia tan incompatible con su carácter que fue fácil sentirse halagado— a que Rowen tomara la palabra.
Y lo hizo, porque si bien prefería guardarse sus pensamientos para sí mismo, llevaba diez años mordiéndose la lengua para no admitir su desesperación, ni siquiera ante sí mismo.
La década de amargura estaba empezando a pesarle.
—Las mujeres son desesperantes —fue todo lo que dijo, llevándose la copa a los labios.
Calder cabeceó conforme, esbozando una media sonrisa exasperada.
—Depende de la mujer de la que estemos hablando, supongo, pero coincido contigo en que la que elegimos para amar siempre nos acaba desquiciando. Es una de las propiedades mágicas de la pareja indicada.
—¿Mágicas? Más bien es una de sus formas de tortura.
De todos modos, no sé a quién demonios le estoy preguntando —masculló con un hilo de voz, observando el fondo del vaso—.
Tu esposa es una joya. No ha hecho nada más que facilitarte y prolongarte la vida garantizando que cada día te encuentres mejor.
Dudo que Beth fuera capaz de infligirte una década de intolerables tormentos.
—No quiero ni imaginarme lo que debe ser penar durante diez años por un amor.
Apenas estuve un mes bregando contra los sentimientos que Beth me suscitaba y el sufrimiento era inconcebible.
—Sonrió nostálgico, como si hubieran transcurrido años desde que Beth McKinnon se presentó en el castillo de Lochranza vestida de novia.
Ciertamente parecía que hubiese pasado toda una vida—.
Ahora bien, y volviendo a ti..., ¿no te parece que ya has aguantado suficiente?
Haz que la tortura se quede en diez años, y no en diez años y un día.
Rowen ladeó la cabeza hacia Calder. Depositó la copa a medio beber sobre la mesa.
—¿Qué quieres decir?
—Tú mismo has admitido que llevas un tiempo pensando en ella. —Se encogió de hombros—. ¿No crees que la vida te está ofreciendo una segunda oportunidad al ponerla de nuevo en tu camino? Y no te la ha cruzado de cualquier manera, ojo... El destino te está sugiriendo que la desposes.
—No sabía que el destino llevara gabardina y se dedicara a localizar criminales en islas alejadas de la mano de Dios —rezongó Rowen, perdiendo la vista al frente—.
Los que me sugieren que la despose sois vosotros, Calder, y no voy a hacerlo porque lo necesite.
A ella nunca le han importado mis necesidades.
¿Por qué habría yo de solidarizarme con las suyas?
—De acuerdo, no lo harás porque ella lo necesite. Pero ¿tampoco lo vas a hacer porque sea lo único que quieres? —replicó con suavidad.
Rowen presionó los labios en una fina línea. Tamborileó los dedos contra la superficie de la mesa, delatando una impaciencia impropia de él, cuyo carácter siempre había destacado por su serenidad. ¿O era simple resignación?
Lillias había tenido que regresar para que Rowen se diera cuenta de que no había llevado una vida apacible, sino una vida conformista.
Desde el origen de los tiempos, ella había sido la única mujer que le instó a levantarse, sacudirse la arena del pantalón y perseguir una estela a costa de perder la cabeza.
Incluso cuando Lillias no estuvo presente, Rowen se despertaba antes del amanecer porque aún latía en él la esperanza de volver a encontrarla; eso era lo que hacía de su rutina algo más llevadero.
Que hubiera creído saber cómo enterrar dicha esperanza no quería decir que lo hubiese logrado, porque la cruda verdad era que lady Lillias Maxwell nunca había dejado de ser su motivación.
Era eso lo que Calder pretendía transmitirle al observarle en silencio con la sabiduría del padre que nunca tuvo.
—Soy experto en privarme de luchar por lo que deseo —dijo con voz queda.
Calder soltó una carcajada y lo miró con sorna.
—¿Cómo puedes estar orgulloso de eso?
—Si conocieras la historia entre Lillias y yo, no te sorprendería que me enorgulleciera de resistirme a ella.
—No la conozco al detalle, y tampoco te voy a pedir que me des datos concretos —le aseguró, alzando las manos.
Su tono se suavizó al continuar hablando—, pero sí sé que te abandonó.
Como hombre orgulloso que soy, puedo entender que te resistas a quererla.
Pero también como hombre enamorado que soy, te puedo asegurar que el amor vence al orgullo en todos los casos.
El anhelo que uno siente por la mujer indicada rebasa toda convicción, y te prometo que la paz de tenerla es incomparable con ninguna otra cosa.
Rowen tuvo que apartar la vista para que Calder no leyera en su expresión los pensamientos que empezaron a atormentarle. Se preguntó si el tío Brendan Maxwell habría sentido esa paz que Calder mencionaba cuando tuvo a Lillias entre sus brazos.
Cuánto odiaba al muy bastardo. Ya lo hizo en el pasado, cuando se le acercaba con su aire jactancioso y le miraba por encima del hombro, diseminando sin necesidad de palabras el mismo veneno con el que había matado su compromiso con Lillias; diciéndole con su mera presencia, con un vistazo desdeñoso, que no era lo suficientemente hombre para aspirar a una mujer como ella.
Rowen creía a pies juntillas la historia de Lillias porque él también habría sido víctima de su persuasión si no hubiera estado demasiado cegado por el amor como para plantearse cancelar la boda.
Al Rowen que tenía diez años menos le importaba un ardite que lady Lillias Maxwell fuera una dama.
La anhelaba de todos modos e iba a hacerla suya a cualquier precio...
o no a cualquier precio, porque no la deshonró para cerciorarse de que permanecía a su lado para siempre ni le dio lo que, por lo visto, ella tanto deseaba.
«Estúpida», quería bramar. «Eso eres... No eres débil, ni fácil de persuadir, ni eras demasiado joven, ni te aguijoneaba la inseguridad. Eres simple y llanamente estúpida».
¿Cómo pudo pensar, y no por un segundo, sino durante meses, que Rowen no la amaba?
La rabia empezaba a consumirle si recordaba todas las noches que pasó con la vista clavada en el techo, convenciéndose de que no debía besarla, de que sería impropio, de que la ofendería, de que no era ese trato el que se le prodigaba a las mujeres, y ni mucho menos a las hijas de un vizconde.
Aunque entonces Rowen estaba convencido de que el amor era dañino para el género femenino, seguía fantaseando con hacerle cosas prohibidas; cosas que escandalizarían hasta al más avezado en las artes amatorias.