Capítulo 21 #2
—¿De qué demonios estás hablando? —la interrumpió.
—Estoy hablando de que jamás me besaste —le recordó sin poder disimular el rencor—.
Nunca me abrazaste. No me permitías acariciarte o acercarme a ti.
Me quitabas la cara cuando yo te hablaba en silencio, cuando te rogaba con la mirada una demostración de afecto que fuera más allá de las canciones o las flores.
Me hacías sentir... deforme —jadeó con la voz entrecortada, llena de impotencia ante los recuerdos de sí misma regresando frustrada a su dormitorio tras una cita—, como si no pudiera ser deseada por un hombre.
¿Sabes lo que es estar rodeada de criadas y muchachas de las aldeas vecinas, que todas ellas narren sus experiencias con sus pretendientes y describan sus ardientes miradas, sus besos desesperados, el modo en que les agarran la mano por debajo de la mesa...
? Llegué a la conclusión de que eras tú el que me quería por mi posición social, de que te burlabas de mí y en el fondo...
en el fondo ni siquiera sentías deseo por las mujeres.
Rowen sacudía la cabeza una y otra vez, anonadado con la sucesión de reproches. Le caían por todos lados y no encontraba la forma humana de defenderse de todas. El espanto que desfiguraba su expresión bastaba para desmentirlas en el acto.
—Te trataba como lo que eras: una dama —balbuceó, perplejo—. ¿Qué esperabas? ¿Que te desnudara bajo los abetos? ¿Que te llevara a tu recámara y te manoseara bajo el mismo techo en el que se encontraba tu padre?
—Sí —suspiró ella, aliviada. Dio un último paso al frente y apoyó las manos sobre su pecho.
Lo agarró por el chaleco y lo atrajo hacia su cuerpo para que sintiera el latir acelerado de su corazón—.
Sí, sí... Eso era lo que quería. Quería que te desbordara la pasión; que no pudieras estar en la misma habitación que yo sin arrancarme el vestido; que tus manos parecieran imantadas a mi cintura y que suspiraras cuando me vieras desnuda...
que ronronearas... —Cerró los ojos y apoyó la mejilla en su pectoral—.
Todas las noches me acostaba llorando de frustración porque no querías de mí lo que un hombre quiere de una mujer, y yo no sabía...
no sabía cómo despertar esos sentimientos en ti.
Yo te anhelaba y habría dado mi vida por la tuya, Rowen, pero estaba convencida de que tú no habrías hecho lo mismo por mí.
Creyó que su confesión le aplacaría o, como mínimo, les llevaría a iniciar una conversación sin recriminaciones; una en la que ella no se quedara sola desahogándose y él se limitara a escuchar, o en la que Rowen pudiera explicarse sin que el rencor empañara sus argumentos.
Sin embargo, su verdad no le conmovió, quizá porque sentía —al igual que Lillias lo sabía— que faltaba una parte de la historia por contar.
La parte de la historia que involucraba a Brendan y su papel clave en la ruptura.
—No vas a hacerme creer que me abandonaste por eso —repuso en sus trece—. Podrías haber dado a conocer tus dudas. Siempre lo hacías. Me hablabas con franqueza.
—No es lo mismo confesar mis dudas espirituales que admitir ante ti, como dama que era, que deseaba que me trataras como a una cualquiera. De todos modos, lo habría hecho si no hubiera tenido la certeza de que comunicándote mis necesidades te haría huir en desbandada.
El enfado de Rowen aumentaba por momentos.
—¿Por qué tendrías esa certeza? ¿Cuál de todos mis comportamientos te dio a entender que te dejaría por una razón tan estúpida?
—Ninguno de tus comportamientos me convenció de tal cosa. Fue... —Cerró los ojos, derrotada—. Fue Brendan.
—¿Brendan? ¿Qué Brendan? —Hizo una pausa—. ¿«El tío» Maxwell?
Lillias asintió al borde del llanto.
—Él... él me deseaba. Lo hizo desde el preciso instante en que me conoció, y se ocupaba de hacerme consciente de ello sin importar que estuviera casado con mi madre.
Notaba sus ojos en la nuca allá donde fuera, sus proposiciones y sus palabras trastocaban mi mente incluso cuando estaba contigo.
Era tan persuasivo, y parecía desearme tanto en comparación con...
—En comparación conmigo —comprendió Rowen con voz queda.
—Al principio pude ignorarlo, pero se propuso ponerme en tu contra y...
y lo consiguió. Era demasiado joven, Rowen.
Solo tenía veinte años —se justificó, apoyando de nuevo las manos sobre su pecho, esta vez unidas en un ruego desesperado—.
No sabía nada. Creía que el amor y la pasión eran la misma cosa y que si tú no sentías una de ellas, no podrías experimentar la otra.
Me dolía la distancia que ponías y él se aprovechaba de mi debilidad para hacerme flaquear.
Me susurraba que un enamorado de veras, un hombre de verdad, me perseguiría sin tregua como él hacía, y yo...
Yo no pude soportarlo más. Me llené de resentimiento hacia ti y tu pasividad y...
y te abandoné. Con el corazón hecho jirones, sí; en contra de la voluntad de mi corazón, sí; pero lo hice.
Rowen permaneció clavado en el sitio con los puños crispados y la mirada perdida en un punto de la pared de enfrente.
Lillias no apartaba la vista de él. Tenía el alma en vilo.
Aquel era el momento de la verdad: allí decidiría si la perdonaba o la verdad terminaba de enquistársele en la herida del pasado, una que aún sangraba.
—Parece que tu resentimiento hacia mi pasividad llega al día de hoy —dijo él con voz queda—, porque solo un odio visceral como el que aparentemente me gané siendo honrado justifica que me hayas hecho creer que te entregaste a otro hombre.
Su respuesta le sentó como una bofetada.
—Si lo que te duele de mi mentira respecto a mi parentesco con Johnson es que te obligó a imaginarme en brazos de otro hombre...
, has de saber que esa parte de la historia es cierta, porque sí, me entregué a Brendan —confesó con lágrimas en los ojos—, y no una sola vez.
Por eso, cuando me acerqué a ti de nuevo, fue para pedirte que fueras mi amante en lugar de mi marido.
Sabía y sé que tú te mereces una mujer pura de cuerpo y de alma, y yo no puedo concederte ese deseo.
Yo estoy manchada y, por tanto, muy por debajo de ti.
Rowen palideció ostensiblemente, no supo si debido al golpe de realidad o porque acababa de comprender que estaba enamorado de una mujer que no merecía el tratamiento de dama que siempre le había prodigado.
Lillias se aferró a su camisa con más ganas, intentando atraer su atención; hacerle regresar del mundo de pensamientos oscuros que intuyó en su mirada ominosa.
—Rowen... —musitó ella, desesperada por conocer su opinión—, dime algo, lo que sea.
Llámame fulana, llámame desleal, llámame...
llámame como quieras, pero no te quedes en silencio.
Todo lo que hice fue porque te necesitaba.
Necesitaba tu amor, y no obtenerlo me volvió loca, ¿me oyes?
Y pensé en buscarte después, en llamar a tu puerta arrepentida, pero pensé...
pensé que no podrías mirarme a la cara cuando conocieras la verdad.
Estaba a punto de rogarle que la perdonara cuando por fin actuó. Rowen la arrancó de su cuerpo con toda la gentileza que era capaz de fingir en un momento tan crítico. Tenía la boca torcida, el cerco de los ojos enrojecido y respiraba de forma errática.
La historia de Lillias le había desequilibrado, pero no lo suficiente como para no rodearla como si fuera un obstáculo molesto.
—Pues no te equivocabas. No te equivocabas en absoluto.