Capítulo 21
—¡Rowen! ¡Rowen! —lo llamó, corriendo tras él con las faldas recogidas—. Rowen, por favor, detente... ¡Rowen!
Pero él no detuvo su paso. Avanzaba con urgencia, ansioso por salir de allí.
Como si huir pudiera cambiar el hecho de que había sido cruelmente engañado.
Lillias no estaba dispuesta a permitir que se marchara sin escucharla, así que aceleró hasta perder el aliento y lo adelantó para cerrarle el paso con los brazos extendidos.
A Rowen no le quedó otro remedio que detenerse para no arrollarla, mas no levantó la vista del suelo, donde había perdido la mirada para contener el acceso de ira que se avecinaba.
—Puedo entender... —Lillias tuvo que hacer pausas para respirar—.
Puedo entender que te sientas traicionado, pero...
pero si no te dije con claridad por qué estaba aquí, si no te dije desde el principio que no venía buscando la mano de Blake Houston porque fuera su amante, es porque...
porque corría peligro, y... ¡Rowen! —exclamó, desesperada, al ver que él intentaba esquivarla sin mirarla a la cara.
Lillias se puso de puntillas e hizo quiebros inimaginables a un lado y al otro para cerrarle el paso—. Rowen, por favor, escúchame.
Él dejó de intentar escabullirse y al fin clavó en ella una mirada vacía. Lillias había albergado la esperanza de que estallara en recriminaciones, señal de que aún le ablandaba el corazón, pero esos ojos carentes de emoción le suspendieron el pulso.
—Lo comprendo —dijo sin entonar—. No era su deber darme ninguna explicación, lady Lillias. Diez años de distancia bastan para convertir lo que una vez fuera un romance basado en la confianza en una mera relación de conocidos.
—Oh, ¿ahora vas a tratarme de usted? —se quejó Lillias, poniendo los brazos en jarras—. Por Dios, Rowen, estoy tratando de explicarte por qué he actuado como he actuado. No solo mi vida estaba en juego, sino la de Johnson...
—Claro. Tu hermano Johnson —recalcó con cierto retintín—.
No me interesa conocer los detalles de su escapada de Dundee, lady Lillias.
Si he interpretado correctamente la complejidad de la situación en la que está inmersa, debería dar media vuelta y ofrecer esas explicaciones al inspector Munro. Seguro que las apreciará más que yo.
Rowen la esquivó y continuó su camino por el interminable pasillo, el que desembocaba en una de las salidas traseras del castillo de Lochranza. Lillias lo vio alejarse con el corazón en un puño, furiosa con él por su pasividad. No pudo contener a tiempo el temperamento y gritó:
—¡No finjas que no te importa! ¡Si has abandonado el salón, es porque no podías soportarlo más! ¡Estás dolido porque te oculté información, y lo entiendo! ¡Sé un hombre y admítelo!
Su acusación le hizo frenar en seco con la espalda tensa. Rowen giró en redondo y clavó en ella una mirada que podría haberla calcinado.
—Soy un hombre —le aseguró en tono lúgubre—, pero no soy tu hombre, así que no tengo por qué quedarme de pie y escucharte como si me debieras respeto. Si lo fuera, no habrías jugado conmigo desde el principio.
—¿Jugado contigo? —repitió, anonadada. Avanzó hacia él con incredulidad—. ¿Crees que me presenté aquí con una coartada porque quisiera hacerte daño o burlarme de ti?, ¿que todo esto fue intencionado? ¿Es que no has oído lo que ha dicho el inspector?
—Lo he oído a la perfección. Ha dicho que Johnson es tu hermano, no tu hijo.
—¿Y eso no es una buena noticia?
—¿Es una buena noticia que confirmes que me has mentido mirándome a los ojos?
—¡Por una buena causa! —se desesperó.
Rowen redujo el espacio que los separaba con los ojos echando chispas.
—¿Qué maldita buena causa, Lillias? —bramó a un palmo de su cara—. ¿En qué condenado mundo sería una buena causa hacerme pensar que un hombre te hizo suya y que albergaste en tu cuerpo un hijo que no es el mío? ¡Eso no es una buena causa! ¡Es un castigo divino!
Lillias retrocedió un paso, aturdida por la intensidad de su bramido. Le costó tragar saliva, encontrar una réplica a la altura y también aguantarle la mirada, pero lo hizo guiada por el deseo de aplacar el dolor que humedeció sus ojos cristalinos.
—No he albergado ningún niño en mis entrañas —musitó con un hilo de voz, alargando una mano hacia su rostro—. ¿No te complace oír eso?
Rowen rechazó la caricia apartando la cara.
—El alivio momentáneo que pudiera producirme la noticia no puede compararse con lo que he estado sufriendo desde que llegaste.
Porque llegaste para casarte con Blake —le recordó en tono áspero—, porque llegaste con un hijo de Blake...
porque llegaste enamorada de Blake. Y ahora...
¿ahora es todo mentira? ¿Por qué no me lo contaste?
¿Acaso nunca he sido digno de tu confianza? ¿Alguna vez la he traicionado, acaso?
—No, por supuesto que no —gimoteó con un hilo de voz—, pero contándote aquello de lo que huía te estaría haciendo cómplice. Te estaría metiendo en un problema... y yo siempre he querido ahorrarte problemas. Siempre —recalcó, esperando que lo comprendiera.
—¿Qué diablos quieres decir con eso de «siempre»?
¿También querías ahorrarme problemas cuando me abandonaste a unas horas de subir al altar, y con una ruinosa nota?
—Apretó la mandíbula—. A lo mejor llevo toda la vida esperando que te conviertas en mi maldito problema, Lillias, pero no lo haces.
Haces de mi vida un infierno y luego desapareces, y entonces no me queda ni el consuelo de tenerte para hacer el camino más llevadero.
—Ahora... —Tragó saliva—. Ahora puedo quedarme.
—Pero ¿y si ahora ya no te quiero, eh? —le soltó.
Lillias palideció. Sintió que la sangre le bajaba de golpe a los pies.
Su mirada penetrante era una puñalada en el corazón—.
¿Por qué tendría que quererte cuando a ti te plazca?
, ¿cuando a ti te salga a cuenta? ¿Te crees que no me he percatado de en qué has pensado cuando Munro ha sugerido que te cases?
No voy a ser tu salvoconducto ni tampoco voy a ser tu amante.
No vas a utilizarme como te venga en gana.
Lillias pestañeó deprisa para aguantar las lágrimas.
—No me he dirigido a ti porque necesite que te conviertas en mi salvador, sino...
—Te has dirigido a mí justo por eso —la cortó, enrabietado—, y no insinúes que has pensado en el pobre enamorado de Rowen Carmichael para contraer nupcias porque lo ames con desesperación. Si alguna vez hubieras querido casarte conmigo, lo habrías hecho hace diez años.
—No es tan sencillo —musitó ella, negando con la cabeza—.
Crees que el amor es el amor y ya está, una fuerza sobrenatural que todo lo vence y que no está supeditada al tiempo, al espacio, a las circunstancias, a las inseguridades, a los miedos...
Todo lo simplificas a pesar de que tu vida tampoco ha sido fácil, y no sé por qué, si es porque tú podrías sacrificar incluso tu cordura con tal de estar conmigo, pero ni ahora ni entonces ha habido una solución clara a mis problemas.
—Pues dime cuál es la complicación, si es que eres capaz de decir algo que no sea un embuste descarado —la retó, calcinándola con la mirada—.
¿Por qué antes no y ahora sí, si no es porque ahora necesitas un marido a toda costa?
, ¿un marido que hoy día no importa que se dedique a sacar partido de las tierras de otro y que maneje sus finanzas con moderación?
—¿Qué estás insinuando? —Un ceño ominoso oscureció su semblante—. ¿Crees que te rechacé hace diez años porque no tenías título?
—El amor está supeditado al tiempo, al espacio, a las circunstancias...
Eso has dicho, ¿no? Pues la circunstancia más obvia es esa: me rechazaste porque era un hombre humilde.
Ahora que te has convertido en una fugitiva, que eres una dama venida a menos y, además, no te vendría mal gozar de la protección de un tipo influyente, ¿quién te va a mirar por encima del hombro porque me elijas a mí como marido?
—¡Jamás me preocupó que pudieran mirarme por encima del hombro!
¡Y no me puedo creer que pienses que te rechacé por eso cuando te ganaste hasta la bendición de mi padre!
¿Por qué demonios me habría comprometido contigo?
¡Te habría ocultado desde el principio! ¡Habría renegado de ti ante los demás si me hubieras avergonzado... !
—Eso mismo me pregunto yo, Lillias. —Él dio un paso adelante con la mandíbula apretada—. ¿Por qué demonios te comprometiste conmigo si luego me ibas a abandonar?
Lillias hundió los hombros. Solo la bochornosa verdad podría sacarla de aquel entuerto, pero se negaba a arrojar luz sobre el asunto cuando sabía que ser sincera no la dignificaría y él no podría entenderla.
Para Rowen todo era asombrosamente sencillo.
No comprendía la complejidad del carácter humano, no contemplaba que una mujer pudiera amar y renunciar a su amor, que pudiese anhelar con intensidad un futuro y al mismo tiempo huir de él.
Lo que para Rowen era contradictorio, para Lillias era natural como la vida misma.
Y aun así, se armó de valor con una inspiración y dijo:
—Lo único que me importaba, Rowen, era la forma en que tú me mirabas, y no me mirabas como un hombre debía mirar a su futura mujer.
Yo te quería, te deseaba y me era indiferente tu situación económica, pero si tú no me querías ni me deseabas a mí, no iba a atarme a ti de por vida —explicó como si fuera una evidencia universal—.
Lamento si di la impresión de haber jugado contigo, y siento en el alma si la inmadurez y la incapacidad para enfrentar los sentimientos que no me dejaban dormir llevaron tan lejos mi obsesión que no me vi en condiciones de romper el vínculo hasta el día de la boda, pero a pesar de estar convencida de que yo no era objeto de deseo para ti, ansiaba conservarte y lo hice hasta el último instante.
Soy consciente de lo egoísta que es eso y...
Se dio cuenta de que había desconcertado a Rowen, a quien la perplejidad le bajó la guardia.