Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Me temo que su hermano no es una fuente fiable —lamentó el inspector Munro, sin alzar el tono en ningún momento—.

Es un pobre muchacho de diez años sometido a una conmoción inimaginable, y que bien pudo ser manipulado por usted o por el señor Maxwell...

o por ambos. No obstante —prosiguió, enderezando la espalda—, me gustaría hablar con esa...

Reina de las Hadas que menciona para confirmar que es usted inmune al veneno por la continua exposición a la que ha sido sometida.

—Iré en su busca —decidió Blake.

—Mejor no se vaya usted muy lejos —le recomendó Munro, mirándolo por encima del hombro—. Siendo cómplice del secuestro de Johnson y habiendo ofrecido cobijo a la fugitiva, está en el punto de mira al igual que los demás.

—Lo que me faltaba —rezongó Calder—. Viene usted a mi casa y no contento con acusar a mi invitada, pretende llevarse a mi hermano al cadalso también.

—No se preocupe, señor Houston, que, siendo usted propietario de la vivienda que ha acogido a lady Lillias y a Johnson, es tan culpable como su hermano. Si no lográramos llegar a un acuerdo conveniente, le haría usted compañía en las mazmorras.

—Y un cuerno —bramó el señor del castillo.

—Calder —le reprendió Beth, la única que aún mantenía la calma.

—Perdón —dijo en voz baja, mirando a la pequeña Yvaine con aprensión—. ¿He hablado demasiado alto? No quiero despertarla.

Blake puso los ojos en blanco. La interacción entre el resto de los presentes se dio mientras Lillias pensaba desesperada en una vía de escape.

Ahora que Calder tenía una esposa de la que cuidar y una niña a la que proteger, no antepondría su bienestar y el de Johnson ni se arriesgaría a acabar preso o enemistado con las autoridades por una pobre muchacha que, al final del día, no era importante para él.

La influencia de Blake no era infinita, y poco podría hacer por ella siendo también un sospechoso.

Sería ella sola contra el mundo. Ella sola y la esperanza de que Munro la creyera.

Buscó una grieta en el apolíneo semblante del inspector que pudiera servirle para convencerlo de su verdad, consciente de que tal y como había contado su historia, a trompicones, tenía todas las de perder.

No vio disposición alguna a creerla, aunque tampoco parecía por la labor de desestimar su versión tan rápido.

—Mire, lady Lillias —empezó Munro, volviendo a entrelazar los dedos sobre el regazo—.

Si no me la he llevado ya conmigo y he exigido conocer el paradero de Johnson es porque, en lo personal, el señor Maxwell me genera desconfianza y suelo seguir mi instinto.

Además de que, por experiencia en casos previos, me consta que una mujer no huye si no ve comprometida su seguridad...

—Eso es justo lo que ha pasado —balbuceó Lillias—. ¿Qué puedo hacer para que me crea? Lo que Johnson siente y ha vivido debería ser suficiente, al igual que el pasado del señor Maxwell. Era un... un... un timador. Un estafador.

—Incluso si diera por válida su palabra, lady Lillias, tarde o temprano llegaría otro agente buscándola.

Y puede que ese agente no estuviera dispuesto a escuchar su versión.

Entiende que se ha metido en una situación muy complicada al desaparecer con un niño que inicialmente no estaba a su cargo, sino al del señor Maxwell... , ¿verdad?

—Lo comprendo, pero... Pero ¿qué podía hacer?

Inconscientemente, levantó la barbilla al realizar la pregunta, buscando la mirada de Rowen.

No se había movido del sitio. Su sólida figura permanecía de pie bajo el umbral, inmóvil como una estatua. Las últimas noticias le habían hecho palidecer, y mantuvo la mirada perdida en un punto cualquiera del salón hasta que supo que Lillias le estaba mirando.

Fue en el momento en que sus miradas se encontraron cuando Rowen cayó en la cuenta de la dimensión de la mentira: de que no había sido madre, y apretó los puños.

«¿Qué podía hacer?», estuvo a punto de repetir, esta vez para que Rowen entrara en razón. «Estaba en peligro. No podía confiar en nadie».

—¿Cuánto quiere para olvidar el asunto? —preguntó Calder de repente, captando la atención de los presentes. Munro fue el primero que se estiró, sin querer darse por aludido, y lo miró con sorna.

—¿Cómo que cuánto quiero, señor Houston? ¿Está usted intentando sobornarme?

—Solo le ofrezco un jugoso incentivo para que lo deje correr.

—No soy la clase de hombre que deja correr nada, señor Houston. Tanto si lady Lillias es la culpable como si el señor Maxwell es el villano, es mi deber procurar que se haga justicia y poner a salvo a la víctima de las circunstancias. ¿Dónde se encuentra Johnson?

—Arriba. Suele irse a dormir a esta hora —contestó Beth—.

Con respecto a si Johnson es o no es víctima de las circunstancias, inspector Munro, déjeme decirle como testigo imparcial que está siendo debidamente atendido.

Tiene su propia habitación, juguetes y aficiones, se le han conseguido mudas suficientes, por no mencionar el hecho de que el niño adora a quienes conviven con él.

Eso ha de decirle algo, ¿no? Por lo menos, que el pequeño disfruta de la comodidad que merece.

—Eso me deja más tranquilo, sí..., pero no zanja la cuestión.

Según todos los testigos que he consultado, usted se fugó con Johnson con el único propósito de torcer los planes del señor Maxwell y ponerlo entre la espada y la pared.

Si no puede cambiar esa parte de la historia, me temo que ningún abogado podrá defender su causa.

—¿Y cómo cambio esa parte de la historia? —inquirió Lillias, al borde de la histeria. Se aferró al vestido hasta que casi se atravesó la carne con las uñas.

—Quizá, si aportara otra razón a su marcha, una que no resultara sospechosa... —empezó Munro.

—¿Como, por ejemplo, un viaje de ocio? —inquirió Beth.

—Algo más importante y que pudiera entrar en conflicto con el señor Maxwell, razón por la que no le comunicaría su marcha y obraría a sus espaldas. Algo que, además, le quitaría al señor Maxwell la custodia de los hijos de lady Murray. Algo como un matrimonio.

—Un matrimonio —repitió Lillias, inmóvil.

Un molesto pitido le atravesó el oído.

Como si todos los presentes se hubieran puesto de acuerdo, se fueron girando despacio hacia Rowen, cuya reacción al oír la palabra «matrimonio» fue radical.

Tensó los hombros, reacio a la sola idea de imaginarla casada, y no solo eso, sino que fulminó con la mirada a Lillias.

«¿Cómo te atreves a pensar en mí cuando oyes esa palabra, después de todo? », pretendía decirle.

Acto seguido, salió del salón con los puños apretados, dejando a los testigos sin la menor esperanza de ganar aquella batalla legal.

Porque todos a excepción de Lillias pensaban en las implicaciones legales; ella, en cambio, fue consciente entonces de la conmoción en que las últimas nuevas habrían sumido a Rowen.

Se puso en pie para ir tras él, tal y como debería haber hecho diez años atrás.