Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

Lillias estaba charlando con Beth Houston cuando el mayordomo del castillo de Lochranza apareció en el salón principal acompañado del hombre más alto que hubiera visto jamás.

Vestía un pesado gabán hasta media pantorrilla y estaba empapado, señal de que se había tomado muchas molestias por llegar allí lo antes posible.

Hasta el momento, Lillias había estado disfrutando de una agradable velada.

Lady Beth Houston era una mujer encantadora que contagiaba con su serenidad innata a quienes compartieran habitación con ella, y el alumbramiento, lejos de haberle afectado al humor como sí le ocurrió a su madre, le había supuesto una inyección de vitalidad.

Estaba ansiosa por recuperarse del parto, motivo por el que había desoído las órdenes de su marido y se había afincado en el salón para leer, coser o estar con la pequeña Yvaine, como también pretendía retomar la costumbre de dar largos paseos por Lochranza y montar a caballo.

La calma con la que las dos mujeres conversaban fue brutalmente aniquilada con la llegada del desconocido.

Lillias no sabía quién era, y no tenía motivos para temerlo, porque este posó una mirada franca en ella y fue en extremo educado y agradecido al tenderle su sombrero al mayordomo.

Todo en él indicaba afabilidad y contrición, pero a Lillias se le puso la piel de gallina.

—Señora Houston —dijo el criado, haciendo una indicación hacia el invitado—, el inspector Munro ha solicitado una entrevista con lady Lillias Maxwell.

Lillias terminó de envararse al oír aquello. Tenía aún en brazos a la minúscula Yvaine, que dormía con placidez sin emitir un ruido. Como si en lugar de un bebé fuera una armadura o un revólver, se aferró a ella, sabiendo que nadie la atacaría mientras tuviera al futuro de Lochranza en el regazo.

—¿Con qué fin? —inquirió Beth, mirando de hito en hito al recién llegado.

Este avanzó un solo paso, contenido en sus maneras, y le hizo una reverencia en señal de respeto a la señora del castillo. Esta le correspondió con idéntica cortesía, pero el recelo en sus ojos indicaba que aún no estaba segura de darle la bienvenida.

—Buenas noches, milady.

—Prefiero señora Houston.

—Señora Houston —cabeceó Munro, acompañando el gesto de una pequeña sonrisa de disculpa—.

Lamento la interrupción a estas horas de la noche.

Sé que no es lo cristiano ni lo razonable teniendo en cuenta que aún está recuperándose del alumbramiento, pero me ocupa un asunto de extrema urgencia.

Por otro lado, permítame felicitarla. —Hizo un gesto hacia la niña que Lillias sostenía con brazos tensos—. Tiene usted una hija preciosa.

—Gracias, inspector Munro. Ha sido una bendición para la casa..., pero me transmite usted la impresión de que no podremos seguir celebrando su nacimiento. Ha venido para alterar nuestra calma, ¿me equivoco?

El inspector Munro se quitó los guantes muy despacio, no para llevar el suspense a su punto más álgido, sino para indicar que no tenía prisa y que estaba dispuesto a encargarse del problema con diplomacia, sin recurrir a la violencia que auguraba el aplomo feroz con el que se había presentado.

Gotitas de agua que recordaban al rocío matinal caían de las puntas de su cabello castaño, algo más largo de lo que se consideraba civilizado pero que, de alguna manera, iba al dedillo con el resto de su apariencia.

Todo en Munro provocaba una mezcla de sensaciones contradictorias: su desproporcionada altura le hacía parecer fuera de lugar, una aberración entre el resto de los seres humanos, pero también impedía apartar la vista de él, como si de un milagro se tratara.

Tenía el rostro tan anguloso —mandíbula afilada, nariz recta como la hoja de un puñal— que podría resultar una amenaza, con esos trazos secos y crudos que, más que un hombre, recordaban a un arma; incluso la mirada era tan penetrante que cualquiera se revolvería en su asiento, igual que si le estuvieran apuntando con el cañón de una pistola.

Aun y con todo, su aspecto mortífero era contrarrestado por la gentileza de sus modales y la cortesía con la que hablaba en todo momento.

Parecía el príncipe maldito de un cuento de hadas.

—Confío en alterarla lo menos posible, señora Houston, pero para eso tendrán que colaborar conmigo.

—Enseguida posó la mirada castaña en Lillias—.

Milady, no se imagina las molestias que he tenido que tomarme para localizarla.

Si fuera tan amable de acompañarme a un lugar donde pudiéramos hablar sobre su desaparición en Dundee...

—¿Qué está pasando aquí? —bramó Blake, haciendo acto de presencia en el salón. Lillias ya había palidecido, y estaba a punto de aprovechar la distracción del inspector para salir corriendo en busca de Johnson—. ¿Quién le ha dado permiso para entrar?

—Blake —intervino Beth con tiento—, deja que yo me encargue del inspector. No queremos alarmar a todo el castillo, y pretendemos resolver el que quiera que sea el problema como personas civilizadas.

Alertados por la inminencia del zafarrancho, se personaron Calder y Rowen, el primero con la mandíbula apretada y el segundo con gesto confuso.

Lillias tuvo que hacer un llamamiento a la calma para no desmayarse de los nervios al saber que Rowen estaría delante cuando el inspector hiciera sus acusaciones.

—Es poco lo que tengo que hablar con los habitantes del castillo —confirmó Munro, guardando los guantes en el gabán empapado—. Solo necesito llevarme a lady Lillias conmigo y a su hermano Johnson.

La muchacha estuvo a punto de cerrar los ojos para contener un aullido. No lo hizo porque su mirada acudió enseguida al rostro de Rowen, que expresó la mayor de las perplejidades al oír aquella palabra.

—¿Hermano? —repitió él con incredulidad—. Se equivoca. Johnson es el hijo de lady Lillias.

—Sí, ha llegado a mis oídos que es así como pretendía pasar desapercibida; fingiendo que era su tutora y no su secuestradora —repuso Munro con voz lánguida, posando enseguida la mirada en Lillias—.

Supongo que ya sabe de parte de quién vengo, y de parte de quién vendrán las otras tantas autoridades escocesas que andan moviendo cielo y tierra para encontrar al heredero de Dundee Castle, sus tierras y su título de vizconde.

Lillias se olvidó por un momento de los sentimientos de Rowen y se concentró en la amenaza que subyacía en las palabras de Munro.

Se puso en pie, atolondrada, y dejó a la niña en brazos de su madre para defenderse a trompicones.

—Me imagino cuál es la versión que le han contado para acusarme, pero le aseguro que nada de lo que cree saber es cierto.

Le manda Brendan, ¿no es así? Brendan Maxwell, segundo esposo de mi madre.

Se hace llamar nuestro tío... Pues bien.

Sepa que no... que nuestra amistad no acabó en los mejores términos y que si abandoné Dundee Castle fue para ponernos a salvo a mí y a mi hermano pequeño.

El inspector apenas pestañeó. Rodeó uno de los sillones tapizados en terciopelo del salón principal. Era uno de los muebles que, con gusto, la señora de la casa había mandado hacer para devolverle al castillo de Lochranza el esplendor de antaño.

—Espero que no pretenda sentarse —se quejó Calder—. Bastante me ha empapado la alfombra como para encima manchar también la butaca.

—Es solo agua —lo defendió Beth, que seguía convencida de que con un poco de mediación lograrían resolver el entuerto—. Póngase cómodo, inspector.

Munro hizo lo propio, aunque en deferencia al anfitrión se deshizo del gabán, quedándose con un elegante chaqué cosido a medida. El agua había calado la segunda capa de ropa, pero no había alterado el perfecto planchado.

Entrelazó los dedos sobre los muslos.

—¿Tiene usted alguna prueba que demuestre que lo que dice es cierto? —le preguntó, mirando a Lillias con seriedad.

—¿Tiene usted alguna prueba que demuestre que lo que el señor Maxwell dice es cierto? —contraatacó, tensa como la cuerda de un violín.

—Contamos con testimonios y cartas firmadas de su puño y letra, tanto dirigidas al señor Maxwell como a otros de sus conocidos, en los que habla abiertamente y sin cortarse de su enemistad con él. En estos testimonios amenazaba con llevarse a Finlay Johnson Maxwell de Dundee Castle.

—¡Esos testimonios han sido tergiversados! ¿Por qué querría yo llevarme a Johnson, privarle de su herencia y de sus privilegios en Dundee? ¿Por qué le alejaría de su hogar?

—Para que el señor Maxwell no pudiera ser nombrado lord Murray mientras el heredero legítimo cumpliera la mayoría de edad, pues no puede hacerse efectiva la cesión de poderes si el chico no está presente.

Es obvio, aquí y ahora, que no le profesa ningún aprecio al señor Maxwell, lady Lillias —agregó con paciencia—, y que habría hecho lo que fuera para que no se cumpliera el testamento de lord y lady Murray.

Secuestrar a un joven es delito en este país...

—¡No lo he secuestrado! —gritó, apretando los puños—. ¡Él vino conmigo por su propio pie!

—Según el señor Maxwell, lo hizo manipulado por las mentiras que usted le contó sobre su tutor legal, es decir: él.

—¡No eran mentiras! ¡Es cierto que Brendan lo quiere matar para ser el único en la línea de sucesión!

—bramó, desesperada. Miró a los ojos al impertérrito inspector con la esperanza de que la creyera—.

¡Quiere acabar con los dos! Quizá no pueda...

quizá no pueda proporcionar ninguna otra prueba que mi testimonio y el testimonio de Johnson, pero...

pero la Reina de las Hadas le puede confirmar que si no morí de envenenamiento hace meses es porque estaba practicando el mitridatismo como medida preventiva, puesto que el señor Maxwell intentó matarme en varias ocasiones siguiendo este método.