Capítulo 19 #2
—Ya te he dicho a dónde voy. Y desconozco lo que te habrán contado del burdel, pero me limité a sentarme en un sofá, a beber cerveza y a pegar la oreja a una conversación muy interesante.
—Le rodeó la cintura con los brazos y la atrajo hacia su cuerpo para seguir hablando contra la curva de su cuello—.
Haye y Carmichael pueden dar fe de ello, y sabes que no cubrirían una de mis mentiras, porque el primero no siente la menor lealtad hacia mí y el segundo siempre está de parte de la verdad.
Inspiró hondo, llenándose los pulmones de su perfume, más intenso cuando acababa de darse un baño.
Podría haber montado en cólera de tan solo imaginarla desnuda en la bañera, cantando distraída, mientras él perdía el tiempo recibiendo la somanta de un contrabandista.
Estaba tan obsesionado con ella que no le extrañaría acabar envenenado por los celos irracionales hacia el aire, el agua y el jabón que la hubieran rozado.
Cullodenna se estremeció y fue relajando poco a poco los músculos, pero no lo abrazó de vuelta.
—¿Y por qué fuiste a un sitio así?
—Rowen quería que le dieran consejos sobre el amor físico... —contestó sin alzar el tono, aún musitando y ronroneando contra su piel fresca—, y yo necesitaba confirmar que es cierto que las prostitutas no le cobran a Haye. Cosas de hombres.
—Malditos hombres —refunfuñó ella con los ojos cerrados y los labios entreabiertos.
Blake sonrió, excitado con su desprecio, y le acarició la boca con los dedos índice y corazón.
—Sí, malditos hombres... Qué pena que necesites tanto a uno —se burló, juguetón.
—No tanto —protestó, pero por fin le rodeó la cintura con los brazos y se aferró con tanta fuerza a su camisa que Blake temió que abriera agujeros en la tela.
—De acuerdo, no tanto... Te daré la razón hoy porque bastante te he contrariado ya en lo que llevamos de día. Que no se diga que no intento cuidarte, pero me lo pones difícil al no confiar en mí.
Giró con ella entre los brazos y avanzó hacia la cama, obligándola a retroceder con torpeza; así hasta que Cullodenna chocó de espaldas con el borde del colchón y Blake la dejó caer.
Se tendió sobre su cuerpo inmediatamente después y le sonrió a un palmo del rostro, ya ruborizado por lo que se avecinaba.
—¿Por qué iba yo a frecuentar burdeles teniendo a la mujer más bella del mundo en mi cama? —ronroneó, provocador.
—Porque eres... eres... un canalla. Y porque lo quieres todo —musitó ella.
—Pero lo quiero todo contigo —replicó, haciendo una cómica mueca de protesta. Deslizó una mano traviesa por su pecho y su vientre hasta llegar al nudo que la separaba de la desnudez. Le abrió el batín sin apartar los ojos de ella—. Hay una diferencia descomunal.
—¿Y si no puedo dártelo todo? —jadeó con la voz entrecortada.
Blake se quedó a un movimiento de cubrir su vientre aterciopelado con la mano.
Se percató entonces de que Cullodenna estaba genuinamente agitada, y no solo por su visita al burdel o por sus escapadas nocturnas.
Había una preocupación mucho más honda y casi inaccesible en su tenso semblante, en la sombra que se había apoderado de sus ojos de por sí tristes.
—¿Por qué preguntas eso? —inquirió él, dejándose caer a su lado con la mejilla apoyada en el canto de la mano. No retiró la otra de su cuerpo: deslizó los dedos por su cintura hasta tenerla sujeta por el costado, y la acercó a su pecho para empaparse de su delicioso calor.
—Porque... —Tragó saliva. Nunca se le había dado bien hablar de sus sentimientos, a pesar de ser la mujer más sensible que hubiera conocido jamás.
No pudo ni mirarlo a la cara—. He visto el aprecio que le tienes a Johnson, lo mucho que te diviertes con él y...
y el respeto que le suscitas. He visto que posees un don para relacionarte con los niños, que los quieres, y yo...
—Carraspeó para a continuación soltarlo a trompicones—: Somos un matrimonio tradicional desde hace meses y aún no me he quedado embarazada.
¿Y si es verdad lo que decías de mí cuando aún me despreciabas y no... no puedo tener hijos?
Blake permaneció callado hasta que Cullodenna no pudo más con el silencio entre los dos y se giró para mirarlo. Así se topó con la media sonrisa de su marido, con la que él esperaba desterrar sus preocupaciones.
—Después de estar tú, yo y nuestros rencores, he descubierto que tres son multitud.
—Hizo una pausa. Cullodenna lo miraba con los ojos muy abiertos y la respiración contenida, sabiendo que agregaría algo.
La sonrisa de Blake se acentuó—. Tendremos que tener dos niños de golpe para ser cuatro, un número más afortunado.
—Blake... —le advirtió con tono de regaño—. Te estoy diciendo que podría... podría ser estéril.
—Y yo te estoy diciendo que eso es imposible, y que vamos a ser padres de un millón de críos si es lo que queremos...
a su debido tiempo —puntualizó—. Que Beth se quedara embrazada la primera noche es un milagro; las cosas no suelen darse así.
Toman tiempo. Y, la verdad... —Blake se mordió el labio y terminó de retirar los dos extremos del batín para deleitarse con la desnudez de su mujer—.
La verdad es que todavía no estoy preparado para compartirte.
—Eso podría consolarme por ahora, pero...
—Cullodenna cerró los ojos para ocultar que estaba a punto de quebrarse, pero estaban conectados a un nivel que Blake supo el momento exacto en que una lágrima rodaría por su rostro—.
Blake... —Ladeó la cabeza hacia él y lo miró con los ojos inundados—.
No soportaría que dejaras de quererme si no pudiera darte un hijo.
No lo soportaría. —Sacudió la cabeza, en negación, y sorbió por la nariz—. No volvería a sobreponerme jamás.
Blake la sujetó por el costado y la atrajo hacia su cuerpo hasta que estuvo encima de él, con la mejilla húmeda apoyada en su pecho y el pelo haciéndole cosquillas en la garganta, en las orejas, en la mejilla; su melena de sirena se enredaba en todas partes, incluso en su corazón.
El dolor de Cullodenna, la risa de Cullodenna, todo lo que Cullodenna era le estrangulaba como una planta carnívora.
—Por Dios... —musitó Blake, besándole el cuero cabelludo—.
¿Todavía no te has enterado de que no hay nada que puedas hacer para que deje de quererte?
Vivo embrujado por ti. Soy tu humilde servidor, cuando no tu esclavo.
Podrías pisarme el cuello, arrancarme la piel a tiras o quemarme en una pira, que yo te pediría más fuego.
Si no pudieras darme un hijo, no me importaría mientras tú siguieras siendo mía.
Los ojos de Cullodenna brillaron esperanzados.
—¿Me lo prometes? —musitó con la voz quebrada, ahuecando su rostro entre las manos.
Blake la tomó de los dedos y los besó con devoción.
—Te lo prometo y te lo juro...
Se estaba incorporando para sellar el pacto con un beso en los labios cuando unos exigentes nudillos llamaron a la puerta.
Blake ni siquiera se sobresaltó, decidido a ignorar a cualquiera que fuese el fulano que trataba de interrumpir un momento trascendental.
Sin embargo, el susodicho no podía esperar y acabó entrando con el bastón por delante y el ceño fruncido que solo una persona en el mundo —ahora dos, desde la llegada de Yvaine— podía suavizar.
—Lamento la interrupción, pero tengo que llevarme a Blake —anunció Calder con gesto adusto. Su tono delataba lo cansado que estaba de tener que encargarse de asuntos urgentes como el que insinuaba la tensión en su semblante—. Tenemos un problema.
—¿Cuándo no tenemos un problema? —rugió Blake, molesto.
Se apartó de Cullodenna, sabiendo que su hermano no irrumpiría en un dormitorio si no fuera porque se estaban enfrentando a una situación de vida o muerte. Ella, por su parte, se secó las lágrimas con rapidez. Nunca le había gustado que la vieran vulnerable.
—Pues eso digo yo, hermanito. ¿Cuándo no tenemos un problema?
—se lamentó Calder—. Recurriría a cualquier otro antes que a ti, te lo aseguro, pero el inspector que se ha presentado exigiendo entrevistarse con lady Lillias Maxwell te concierne más a ti que a mí, ya que acordamos en su día que su protección correría de tu cuenta.
—¿Un inspector? —musitó Cullodenna, incorporándose con el batín ya anudado a la cintura.
Blake se puso en pie de un salto con el corazón en la boca, temiéndose lo peor. Intercambió una mirada con Calder que lo decía todo.
—Mucho estaba tardando en aparecer alguien para cobrarse la recompensa —masculló Blake, meneando la cabeza.
Se giró hacia Cullodenna mordiéndose la lengua—.
Lillias me comentó que era posible que su perseguidor se hubiera puesto en contacto con las autoridades para agilizar la búsqueda.
Veremos qué diablos puedo hacer... ¿Lo has dejado pasar, Cal?
—No puedo prohibirle la entrada a un agente de la ley, por independiente que sea —replicó Calder—.
Le he insistido en que no conozco a ninguna Lillias Maxwell, pero el tipo no nació ayer.
Ha empezado a recitarme todos los lugares en los que ha sido vista en los últimos días y quiénes suelen acompañarla, y me ha confirmado que algunos de los criados y aldeanos que la conocen han dado testimonio de que la escondemos aquí.
Blake se pasó una mano impaciente por la cabellera rubia, levemente despeinada.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Pues no nos queda otro remedio que decirle a Lillias que dé la cara —resolvió Calder, aunque contrariado con la solución—, que cuente su verdad y que espere que el inspector sea un buen hombre y se crea su historia.