Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

Blake se deslizó con sigilo por el pasillo del ala que conducía a su dormitorio.

Miró a un lado y a otro para cerciorarse de que no había moros en la costa, preocupado por si se topaba con algún chismoso en su estado actual.

Calder se había encargado personalmente de contratar a los criados más prudentes de la isla, pero la lealtad que el servicio le profesaba a su hermano pequeño no era la que le tenían a él, que se había ganado a pulso el desprecio de buena parte de los lacayos.

No contaba con que le guardaran el secreto de que regresaba tarde al castillo de Lochranza, y con suficientes heridas abiertas y moretones para dar la voz de alarma.

Se cercioró de que el dormitorio que compartía con Cullodenna estaba vacío y entró de puntillas.

Cerró la puerta tras él y, sin encender otra luz que un simple candil, se acercó a la palangana que había tenido la previsión de dejar preparada por si el plan se torcía.

Allí se arrodilló, se deshizo del abrigo y la chaqueta, se remangó la camisa y acto seguido hundió las manos para limpiarse la tierra.

Dudaba que Rowen Carmichael hubiera sido consciente del aprieto en el que acababa de meterle con su actuación heroica.

Blake quería vengarse de los contrabandistas tanto como él, pues la mala suerte que había corrido Lillias era la que habría sufrido Cullodenna si no hubieran sido una pandilla de inútiles.

No obstante, prefería no vérselas con el monumental enfado de su esposa si podía ahorrárselo, y podría haberlo evitado si no hubiera recibido unos cuantos golpes en la cara.

Como si la hubiera invocado con sus pensamientos, la puerta se abrió de sopetón.

—¿Se puede saber qué haces ahí, trajinando en la oscuridad? —bramó una voz femenina que él conocía muy bien. Sobre todo estaba familiarizado con el tono virulento, que le exigía o bien una detallada explicación para darse por satisfecha o bien una libra de su carne.

Blake se giró muy despacio hacia la figura que la luz del pasillo recortaba por la espalda.

Estaba cruzada de brazos y no vestía más que un batín de seda, señal de que tenía intención de acostarse.

A su lado, el pequeño Johnson escrutaba con curiosidad el interior del dormitorio.

Blake estuvo a punto de pedirle entre dientes que no hiciera cómplice a Johnson de la discusión, pues quería conservar el respeto que el niño le profesaba, pero no tuvo tiempo.

Cullodenna se le adelantó agarrando de un tirón impaciente el primer candil que encontró y le espetó:

—Ponte de pie ahora mismo. Quiero verte.

—Hay que ver, sirenita, toda una vida rehuyéndome porque mi mera contemplación te molestaba, y ahora no puedes vivir sin vigilarme las veinticuatro horas del día...

—¡He dicho que te levantes! —gruñó—. Acércate a mí.

Blake supo que no había manera humana de huir.

Le dirigió al silencioso Johnson una mirada de cordero degollado, aconsejándole que no cometiera el error de casarse —ni mucho menos con una mujer a la que amara y ansiara complacer— y obedeció como un condenado a muerte.

El candil de Cullodenna los iluminó a la vez a ambos: las heridas de Blake quedaron a la vista, como también el espanto en la expresión de la dama.

—Por Cristo —jadeó, mucho más enfadada que preocupada—.

¿Dónde te has metido para salir tan perjudicado?

¡Y no me mientas, o prepárate para las consecuencias!

¡Llevas días escabulléndote sin dar explicaciones a solo Dios sabe dónde, volviendo a horas intempestivas, y luego dándome esquinazo para no tener que enfrentarte a mis preguntas!

—Es que no me haces preguntas en un tono que considere aceptable —se quejó—. Aparece tu marido con obvias señales de forcejeo y medio moribundo, ¿y solo se te ocurre hacerle reproches?

—Si estuvieras medio moribundo, como tanto perjuras, habrías perdido el tonito arrogante con el que me estás hablando. Dime dónde has estado ahora mismo.

—Con Carmichael —admitió a desgana, frotándose los brazos—.

Es con él con quien he estado los días que me he escabullido, como tú te refieres a mis excursiones nocturnas.

Le prometí que le ayudaría a localizar a los contrabandistas y a ejecutar su venganza por los daños que sufrió Lillias, y eso es lo que estoy haciendo.

—Espero que no me digas que lo haces porque siempre cumples tus promesas.

Si así fuera, antepondrías sobre todas las cosas el juramento que hiciste ante Dios cuando te casaste conmigo: ese que implicaba honrarme, respetarme, contarme la verdad y procurar no morir a manos de un par de canallas para no dejarme viuda antes de tiempo.

Aunque siempre le había desquiciado el carácter del que Cullodenna hacía gala cuando enfermaba de preocupación, había una parte de Blake que se sentía inexplicablemente halagada al ser el blanco de sus recriminaciones.

Sabía que detrás de su habla acelerada y su ceño fruncido solo había una mujer insegura que podría morirse de pena si tenía que volver a renunciar al cariño de su marido, y que hacía todo cuanto estaba en su mano —quizá no de la mejor manera, porque lo perseguía por todas partes para atarlo en corto— para que el matrimonio saliera adelante.

Blake tomó su rostro entre las manos y se inclinó hacia ella con una media sonrisa.

—Las malas hierbas nunca mueren. Y puedes estar tranquila: ya se ha acabado. Los contrabandistas abandonan la isla. No tendré que preocuparme de nada más.

Cullodenna le retiró las manos con un aspaviento brusco que le desconcertó.

—Me alegra oír eso, Blake —le espetó envenenada—. Así tendrás más tiempo para visitar burdeles.

—¿Visitar burdeles? ¿Yo? —jadeó, indignado; y no estaba fingiendo su reacción. Luego posó la vista en Johnson—. ¿Te parece adecuado mencionar esos antros de perversión delante de un niño?

—Sé lo que son los burdeles —respondió el aludido con tranquilidad—. He visto mucho mundo.

—Seguro que sí, muchacho. —Blake le revolvió la cabellera rubia, sin atreverse a sonreír delante de la Gorgona en la que se convertía su esposa cuando la sacaba de quicio—.

De todos modos, no sé por qué tienes que estar presente cuando me enfrento a mi mujer.

¿Lo has traído para hacerme sentir culpable por Dios sabe qué? , ¿para avergonzarme?

—Lo he traído porque me encargo de que esté entretenido cuando tú no andas por aquí, atendiéndolo como juraste que lo atenderías —le recriminó—, y porque debería saber qué clase de sinvergüenza es su adorado Blake, aunque solo sea para tomar nota y saber cómo no ha de tratar a su esposa el día que se case.

—No creo que le queden muchas ganas de conocer el amor después de verte de esa guisa —masculló Blake.

Se agachó hacia el niño para hablarle en tono confidencial—.

Te prometo que es mucho más agradable cuando estamos solos, pero no puedo asegurarte que a día de hoy me haya merecido la pena pasar por...

—¡Vete al diablo! —bramó Cullodenna, perdiendo los papeles. Blake se envaró al escuchar el quiebro en su voz, señal de que no le quedaba paciencia—. ¡Sabía que no podríamos hacerlo funcionar! ¡He sido una estúpida!

Cullodenna giró en redondo y salió del dormitorio a paso ligero.

Blake dio un paso adelante, tambaleándose por el estupor, y enseguida retrocedió para mirar a Johnson.

Se debatía entre cuidar de la criatura o apaciguar los ánimos de su esposa.

Fue Johnson quien, haciendo gala de una madurez impropia en un niño de su edad, le hizo un gesto concesor.

—Ve, ve. Y explícale lo del burdel, que está furiosa —le recomendó.

«Oh, Dios... El burdel», se lamentó Blake. ¿Cómo diablos habría llegado aquella información a su poder, para empezar? ¿Quién habría sido el desgraciado que, sabiendo lo delicada que era su relación con Cullodenna, habría destapado dónde pasó parte de la noche que no dedicó a darle placer?

Se reencontró con Cullodenna en la habitación contigua, en la que solía dormir cuando eran un matrimonio sin futuro y no podían respirar el mismo aire sin que les quemara la sangre.

Esta estaba iluminada, por lo que pudo apreciar al detalle su esbelta silueta, la suave textura del batín que acariciaba su piel y la melena que caía en cascada sobre sus hombros.

Una punzada de deseo le paralizó bajo el umbral.

Cullodenna echó un vistazo de soslayo para confirmar que era él. Su mirada se tornó rencorosa. Todo apuntaba a que emplearía el cepillo que acababa de rescatar del tocador para arrojárselo a la cabeza.

—Lárgate antes de que cometa una locura.

—Cullodenna... —Blake avanzó con la mano por delante, sabiendo que su mujer era una fiera inquieta que tenía el deber de amansar—, no sé qué has oído por ahí respecto al asunto del burdel, pero no es lo que estás imaginándote.

—¿Y qué es lo que me estoy imaginando? ¿Es muy descabellado asumir que un hombre que desaparece algunas noches y no regresa hasta altas horas de la madrugada, que se esconde de mí, que me miente, anda enredado con otra mujer?

—Es descabellado asumirlo cuando ese hombre soy yo —replicó él, acechándola con la mirada fija en sus ojos oscuros, en su estrecha cintura, en su sedosa melena—, porque no me he pasado años penando por ti, esperando que me correspondieras, para arruinarlo con una aventura.

—Eres un artista del autosaboteo, un hombre impulsivo y vengativo y hasta hace dos días no se podía confiar en ti —repuso con voz temblorosa, inmóvil ahora que él la rodeaba.

Su mera cercanía la debilitaba; la hacía bajar el tono de voz, la mirada, e incluso reprimir suspiros que delatarían su deseo—.

Qué sé yo si serías capaz de traicionarme cuando ni siquiera me dices a dónde vas.