Capítulo 18 #3
—Oh, pensaba que estaba hablando de la otra...
Es comprensible. Nosotros los contrabandistas, o excontrabandistas, mejor dicho, porque no encontrará rastro de nuestra presencia en ninguna parte de la isla, tenemos acceso a tal cantidad de información que le sorprendería.
Los puertos están repletos de autoridades que revisan los barcos en busca de fugitivos, y resulta que tengo muy buenos amigos en los cuerpos de seguridad.
¿Cómo si no habría podido entrar en las Docklands o en Barrhild sin que me confiscasen la mercancía?
—Sacudió la cabeza, reprendiendo en silencio la ingenuidad de su interlocutor—.
El caso es que en mis barcos cargo un baúl con las descripciones físicas y los delitos de los hombres y mujeres que las autoridades andan buscando, y no me resultó nada difícil reconocer a lady Regina o a lady Lillias Maxwell.
Pensaba que capturar a la primera nos daría tanto dinero que podríamos jubilarnos, pero lady Lillias...
—Sonrió, lobuno—. Creímos que era importante al creerla esposa de Blake Houston, pero nos equivocábamos, porque es incluso más excepcional.
Mañana mismo cobraremos la recompensa del hombre que la busca, y le aseguro, Carmichael, que no ha visto usted tanto dinero junto en su vida.
Aunque no estaba seguro de estar siguiendo la conversación, pues desconocía que alguien estuviera siguiendo a Lillias, Rowen notó que se le formaba un nudo en la garganta.
—Hice bien en no matarla —apostilló con naturalidad, esquivando el cuerpo de Rowen para aproximarse a la salida—. Vale mucho más viva.
Rowen se giró con rapidez y lo agarró por el cuello de la camisa. No tuvo que ejercer fuerza alguna para arrastrarlo hasta su cuerpo.
—¿De qué diablos estás hablando? —gruñó a un palmo de su cara.
Dippin fingió sorprenderse.
—Parece que no tenías ni idea de que escondes un tesoro.
A dos, en realidad. Si fueras algo más ambicioso y menos honrado, Carmichael, ya habrías mandado a un agente de la ley a registrar las tierras de Calder Houston.
La honradez sirve para poco más que morir con la conciencia tranquila, ¿sabes?
Y lo único que consigues con ella es que dos mujeres con precio sobre sus cabezas se burlen de ti.
Rowen lo sacudió por el cuello, al límite de la paciencia.
—¿A quién has mandado a por Lillias, bastardo?
—No quiero arruinarte la sorpresa. —Alzó las manos sin perder la sonrisa—. Tendrás noticias mías muy pronto.
Aunque sabía que era poco lo que podía hacer ya, pues Dippin se había adelantado a sus pasos y había dado donde le dolía, Rowen se negó a marcharse de allí con las manos vacías y la cara de estúpido.
Se juró que le haría daño, aunque fuera físicamente, y le propinó un puñetazo que le giró la cara.
Aun así, no le borró la sonrisa ni trastocó un ápice su expresión socarrona.
Era consciente de que había ganado y se aferraba a su victoria con la tranquilidad de que nadie se la arrebataría, porque tenía las manos pegadas al trofeo.
—¿A quién has mandado por ella? —Lo sacudió, inclemente, pero era él quien perdía los nervios y el control de la situación—. ¡Dímelo! ¿Quién la está buscando y por qué?
—¿Eso no deberías habérselo preguntado tú...
? O mejor dicho, ¿no debería habértelo contado ella, ya que tanto afecto os profesáis?
Fue encantador estar presente cuando le hablaste en tu idioma materno.
Entiendo un poco de gaélico escocés, ¿sabes?
No es mi lenguaje predilecto, pero, oh, las declaraciones románticas son hermosas en todos los idiomas...
Rowen emitió un gruñido que le salió del fondo del estómago y le hundió el puño en la cara.
El esbirro interpretó aquel golpe como una llamada de auxilio y se arrojó sobre Rowen para defender a su compañero.
Jamieson, que se consideraba ajeno a los problemas de los contrabandistas, se abalanzó sobre la mercancía y la transportó como pudo a la trastienda, borrándose acto seguido del mapa.
Solo quedaron Rowen y los otros dos bastardos, que, como si solo buscaran divertirse y no les importara en realidad quién ganaba la contienda, se defendían de los golpes y lo esquivaban, divertidos, mientras lo volvían loco con sus desdeñosas respuestas: «¿No deberías saberlo tú?
», «¿Escondes a una mujer que se ríe de ti? ».
—¡Basta! —bramó una voz masculina.
Rowen no se giró para ver a Blake entrar, pero sintió sus manos de acero sobre los hombros, tirando de él para separarlo de los dos malhechores que no parecían tener suficiente.
No podía ganar una pelea contra dos marineros que navegaban en la fina línea de la legalidad. A juzgar por su aspecto y sus cicatrices, se involucraban en reyertas con frecuencia. Eso Blake lo sabía, y por eso tuvo que intervenir dando y recibiendo puñetazos para sacar a Rowen de allí.
Pero el otro no atendía a razones, furioso de pensar que pudiesen tener razón y Lillias no estuviera en la isla por casualidad.
¿Y cómo iba a estar allí por casualidad, si no era un destino que una dama de su posición elegiría para pasar el resto de su vida? Se suponía que había ido buscando a Blake, que quería su mano y su protección, pero no luchaba por él, no lo amaba, no le había dolido el desengaño.
Blake no era nada para ella.
Quizá solo para Johnson.
—Vámonos —gruñó Blake, sacándolo de Jamieson’s a empellones.
Rowen se dejó llevar en cuanto se hubo cerciorado de que Dippin y su secuaz sangraban con profusión—.
No tiene sentido molestarse, Carmichael; tú mismo lo has dicho sobre mi hermano.
No vamos a conseguir nada si es verdad que han borrado sus huellas, y no podemos tomarnos la justicia por nuestra mano reduciéndolos a palos.
Además... hay que proteger a Todd, ¿recuerdas?
Rowen apretó la mandíbula y los puños para reprimir la rabia.
Había que proteger a Todd, sí. Estaba de acuerdo.
Pero ¿quién protegía a Lillias?