Capítulo 18 #2
Jamieson’s era el único establecimiento que proveía de todo tipo de licores a la isla.
Aldeanos del sur viajaban hasta la otra punta para adquirir allí no solo los exquisitos alcoholes que importaban de Inglaterra o incluso de Francia, sino otras tantas delicias que se suponía que el mismo propietario adquiría en sus viajes al continente.
Gracias al chivatazo de Todd, que ponía el oído cuando Dippin y sus secuaces charlaban acerca de dónde y cuándo dejarían sus mercancías, Rowen había confirmado que Jamieson no se encargaba de nada.
Contaba con la ayuda del puñado de ilegales a los que ahora pensaban dar caza.
—Yo me quedo aquí —anunció Todd, frenando a la entrada del pueblo—. No conviene que me vean... por si acaso.
—¿Y dónde piensas esconderte? —inquirió Blake—. Ahí de pie vas a llamar más la atención.
—Daré un paseo por las montañas.
—¿Sola? De ninguna manera —zanjó Rowen—. Te estarías poniendo a tiro si alguno de esos cerdos andan buscándote. Blake se quedará contigo.
—Y un cuerno —rezongó el aludido—. Siento los mismos deseos de venganza que tú, Carmichael. No pienso quedarme cuidando a la cría mientras tú te das un festín.
—Hablamos de él en masculino, aunque estemos solos. Tenemos que acostumbrarte —musitó Rowen, pensativo—. Iré yo y no hay más que hablar.
Sus conocidos estaban tan poco acostumbrados a oírle el tono tajante que no le extrañó que Blake sellara los labios.
Se limitó a encoger un hombro, molesto porque le aguara la fiesta, pero permaneció donde estaba y se llevó a Todd consigo lejos del campo de visión de los aldeanos que iban y venían por las arenosas calles de Lochranza.
Rowen localizó el cartel de bienvenida de Jamieson’s.
Necesitaba con urgencia una mano de pintura y que un manitas arreglara las bisagras, pues emitía un chirrido desagradable cada vez que soplaba el viento.
Echó a andar hacia allí con la esperanza de toparse con la señal de cerrado, y así fue: tal y como Todd le había explicado, durante las entregas se sellaba el establecimiento para que ningún curioso reconociera el rostro de los bastardos con los que Jamieson hacía negocios sucios.
Guiado por un pronto temperamental, Rowen empujó la puerta hasta tres veces antes de quebrar el bloqueo y estar a punto de derribar al hombre que se movía por la entrada.
Era Jamieson, un tipejo rechoncho y con una mata de cabello oscura sin una sola cana, un hecho sorprendente en un hombre de su avanzada edad.
Estaba reunido con dos tipos que no le sonaron familiares, puesto que el único día que estuvo en su presencia, Rowen solo tuvo ojos para la desmadejada Lillias y la oscuridad tampoco le permitió fijarse en sus rasgos.
No obstante, contaba con la reciente descripción que Blake le había proporcionado, y supo que el desconocido de lacio cabello rubio y huesos largos era Dippin.
—Está cerrado —le gruñó Jamieson, que por lo general solo tenía sonrisas para Rowen—, ¿es que no ha visto la señal?
—Y eso que está usted haciendo está prohibido.
¿Es que no ha leído las leyes comerciales promulgadas por la Corona?
—contraatacó Rowen. Cerró la puerta de un puntapié y avanzó hacia Dippin, que, en un discreto segundo plano, y arrodillado junto a la caja de madera que albergaba el whisky de contrabando, observaba la escena sin alterarse—.
¿En serio le compran whisky de Allardyce?
Está demasiado amargo para mi gusto, pero supongo que hay hombres para todo...
Dippin se puso en pie con lentitud, en lo absoluto inquieto por su llegada. Él sí lo había reconocido, y por tanto tenía que saber lo que quería. Rowen lo dedujo por el modo en que brillaron sus ojos oscuros.
—¿Puedo ayudarle en algo, amigo? —inquirió, sacudiéndose el polvo que las cajas le habían dejado en las manos.
Rowen le sonrió sin pizca de humor y avanzó hacia él con la misma calma con la que Dippin se movía, como si no quisiera espantarlo.
—Lo cierto es que sí —contestó con naturalidad—. Vengo a cobrarme el favor que le hice dejándole marchar con vida en nuestro previo encuentro. ¿Se acuerda?
—Por supuesto que me acuerdo. Es usted toda una celebridad en esta zona de la isla. Rowen Carmichael... —Saboreó el nombre con una minúscula sonrisa de truhan—. Y yo que pensaba que venía a agradecerme que le hubiese permitido huir con mi rehén.
»No sabe cuánto me complace que haya venido a verme —prosiguió Dippin, sin mudar la expresión apacible—, porque yo también quería tener unas palabras con usted.
Que se llevara a uno de mis rehenes me pareció comprensible, pero que me quitara el segundo...
No le tenía a usted por un tipo avaricioso.
¿Cuándo piensa devolverme a la chica? ¿Me obligará a tomar medidas sabiendo cuán drásticas suelen ser?
Rowen recordó el estado en el que el veneno había dejado a Lillias y tuvo que apretar los puños para contenerse.
Era demasiado pronto para lanzarse sobre él.
—Yo no me pondría exigente con un hombre que acaba de descubrirle el pastel, Dippin. —Y posó la mirada sobre su secuaz, un moreno chaparro que no había abierto la boca, y sobre Jamieson, que escuchaba el intercambio con el rostro demudado.
—Oh, por el pastel no se preocupe. —Dippin aireó la mano—.
Sé que sabe a lo que me dedico desde que el señor Blake Houston volvió en sí mismo.
Una lástima que el golpe en la cabeza no le dejara mudo para siempre o podría habernos guardado el secreto, pero un buen negociante siempre tiene un as bajo la manga. Eso usted debe saberlo bien...
Rowen enarcó las cejas.
—¿Y ese as bajo la manga no es marcharse de la isla para que no le vuelvan a ver el pelo, no vaya a ser que lo denuncien?
Dippin le guiñó un ojo, dejando a Rowen de una pieza.
—Exacto. No pierdo dinero rompiendo mis pactos comerciales con los tres o cuatro sujetos a los que proveo en la isla de Arran.
Por lo menos, no tanto como el que he ganado vengándome de ese hijo de puta de Blake Houston, que se cree que puede jugar con nosotros sin salir perjudicado.
Como le decía, Jamieson —prosiguió, mirando al propietario del establecimiento—, esta es la última caja y ya es de su propiedad, por lo que si alguien le exige explicaciones sobre la compraventa, tendrá que ser usted quien cuente la historia. Nosotros ya estamos retirados.
Rowen sacudió la cabeza e impidió que Dippin diera un solo paso más posicionándose entre él y la salida.
—¿De qué venganza está hablando?
—De la chica, por supuesto. —La leve sonrisa de Dippin se ensanchó—.
Porque de eso va todo este número de educadas amenazas, ¿no?
A los hombres tan íntegros como usted solo les mueve la justicia, y cree que la está haciendo al proteger a la fugitiva que se llevó, ¿verdad?
Tal vez sea así... —Cabeceó, risueño—, pero no dude que tendrá que pagar un alto precio por esconderla.
Rowen lo miró desde su altura como lo que era, un repugnante gusano.
—No tiene pruebas de que la esté escondiendo.
—No tengo pruebas físicas, no... pero la gente habla, Rowen Carmichael, y se la ha visto en compañía del pequeño y encantador Finlay Johnson.
Rowen perdió el habla un instante. Habría jurado que estaba hablando de Todd y de su misterioso problema con la justicia.
Tuvo que ser más expresivo de la cuenta, porque Dippin alzó las cejas ante su confusión y aclaró: