Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 18
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Capítulo 18

—¿Y bien? —preguntó Blake, dirigiendo una mirada inquisitiva a Rowen. Mientras caminaban hacia la destilería, se arreglaba los puños de la camisa, sonriendo ladino—. ¿Algún avance con tu amante?

—No es un asunto que esté dispuesto a discutir contigo.

—Pues ayer parecías más que dispuesto a compartirlo, y no ya conmigo, sino con el resto de la tropa —apostilló con muy buen tino.

Su sonrisa se ensanchó—. Entiendo que no desees ponerme al corriente si no salió como esperabas, pero admito sentir una poderosa curiosidad hacia el desarrollo de los hechos.

Parece complicado decepcionar a una mujer capaz de pedirte que la tomes de amante.

—¿No tienes asuntos personales de los que encargarte, que andas husmeando en los míos?

Blake silbó.

—Vaya carácter. Asumo que no, que el resto de la noche no fue como te habría gustado. Por si no lo sabes, los hombres amanecen de muy buen humor cuando han pasado la noche acompañados.

—Eso lo sé desde que te conozco. Pareces otro hombre cuando la señora Houston te deja respirar cerca de ella.

—Es que lo soy. Y tú también caes en el error de airear con el carácter lo que te pasara hace unas horas, porque mírate, estás hecho un alma en pena.

Rowen estaba demasiado contrariado para replicar, aunque una parte de él deseaba bombardear a preguntas a Blake para tratar de comprender la actitud de Lillias.

Podía entender que no le hubiera gustado saberlo capaz de visitar un antro de perversión, pero ese cambio de humor radical le había tenido toda la madrugada en vela, preguntándose si no había motivos ocultos tras su repentino enfado.

Más que decepcionada, Lillias se había mostrado herida, como si se creyera fuera de lugar.

A Rowen no le inquietaba tanto que lo hubiera largado con cajas destempladas —aunque con un beso de regalo— como ese cambio de actitud, y sabía que no podía confiar en ella como para esperar una respuesta sincera si se lo preguntaba sin más.

—Dado el carácter de la tarea que estamos a punto de desempeñar, me parece que deberíamos estar concentrados en lo que nos ocupa —repuso Rowen, apretando el paso para llegar lo antes posible al lugar de referencia que Todd les había proporcionado.

—Yo estoy concentrado en lo que nos ocupa —protestó Blake, lanzándole una mirada expectante—. ¿Lo estás tú?

—Fui yo el que te buscó para darle un escarmiento a esos canallas. Por supuesto que estoy concentrado. Nací concentrado para esta misión —recalcó con retintín.

Blake tuvo la gentileza de dejar de atormentarlo con interrogatorios salidos de tiesto; así pudieron hacer el resto del recorrido en silencio.

A diferencia de lo que Blake pensaba, Rowen se sentía más preparado que nunca para hacerle pagar a los contrabandistas el daño provocado a Lillias.

Haberla estrechado contra su cuerpo, haber sentido su vitalidad, el latido de su corazón en unos labios suaves como el terciopelo, le había servido para confirmar que era la criatura más frágil y deliciosa del mundo entero; la clase de criatura a la que no se podía herir sin represalias.

No había necesitado ponerle la mano encima para entender su valor como mujer, pero abrazarla le sirvió para confirmar que a él y a nadie más le correspondía la obligación de vengarla.

Y a eso iba, a venerarla a su manera.

Tal y como Todd les había prometido, esa tarde se encargaría de producir casualmente el encuentro entre los contrabandistas y Rowen, que estaba ansioso por llevar a cabo su venganza.

Ellos habían cumplido ya su parte del trato: la habían puesto a salvo dándole un trabajo honorable aunque exigente en la destilería, tenía un nuevo nombre, una identidad masculina, una vivienda en las inmediaciones de las tierras de Calder Houston y a dos hombres de fiar para protegerla en el remoto caso de que la encontrasen.

Para sorpresa de Rowen, Todd se había adaptado a una velocidad encomiable a su nueva situación, quizá inspirada por el peligro que correría si no aprovechaba la oportunidad.

Ayudaba que fuera de complexión fuerte, tuviera la férrea determinación de un soldado y fuera muy consciente de hasta qué punto necesitaba la tapadera.

También sabía pasar desapercibida. La disciplina la había ayudado a rechazar invitaciones por parte de otros empleados, que, al saberlo nuevo en el cuerpo de trabajadores, quisieron invitarla a sus noches de copas y cartas.

Todd estaba obligado a negarse a intimar con los demás para evitar riesgos.

Por el momento no echaba de menos el contacto humano ni se lamentaba por las exigencias de su nuevo nombre, pero Rowen sospechaba que pronto se cansaría de no poder disfrutar de una vida corriente.

Se encontraron con él en las puertas traseras de la destilería.

Daban a una de las bahías más modestas del norte, de la que extraían el agua para producir sus elixires.

El sol caía por el oeste, iluminando el cabello cortado a ras del presunto Todd, tan rojo como el cielo crepuscular.

Habían tomado la precaución de prestarle ropas un par de tallas más grandes para que no se ciñeran a sus escasas formas femeninas.

Además, ella sabía comportarse como un hombre para no llamar la atención.

Todd estaba nerviosa. Entrelazaba los dedos y soltaba las manos una y otra vez, y miraba a todos lados como si no supiera por dónde iba a llegarle la ola que arrasaría con su identidad pulcramente construida.

En cuando oyó los pasos de Rowen y Blake, que se aproximaban por el caminillo de tierra con impaciencia, se puso firme y giró sobre sí misma con los hombros tensos.

No se relajó del todo al reconocerlos.

—Ya llegamos tarde —anunció con voz aguda; su verdadera voz, no la que fingía ante sus compañeros—. La entrega se hace a las cinco y media.

—En Jamieson’s, ¿verdad? —se aseguró Blake.

—Sí, en Jamieson’s.

Rowen hizo un gesto con la cabeza para que emprendieran la marcha.

—Deberíamos haber imaginado que ese bastardo de Jamieson se codeaba con contrabandistas —masculló Blake—.

Una vez, Calder me encomendó que contara los establecimientos de la isla que comercializaban whisky de marcas distintas a Gillander’s, y el negocio de Jamieson la encabezaba.

Marcas de negocios que no pierden el tiempo exportando productos a la isla de Arran.

Buchanan’s es el único que llega hasta aquí, y no con tanta frecuencia porque saben que nosotros proveemos al norte y al sur.

Tendríamos que haberlos investigado en profundidad antes para llegar hasta sus proveedores, que evidentemente serán ilegales.

—A Calder no le importan los contrabandistas —repuso Rowen con la vista clavada al frente—.

No le hacen perder el dinero suficiente como para tomarse la molesta de meterse en problemas con gentuza, y yo le aplaudo la decisión.

Por quinientas libras más al año no merece la pena convertirse en el enemigo de un canalla como Dippin.

—Quinientas libras es una fortuna.

—Para alguien como yo, tal vez —reconoció Rowen—, pero para Calder, que tiene una caja fuerte con cientos de miles, hectáreas de tierras fértiles y una empresa próspera, eso es calderilla.

Es como si no conocieras a tu hermano —agregó, mirando de reojo a Blake—.

No es lo bastante avaricioso para pelearse por un bajo porcentaje de ganancia.

Además, ahora tiene una familia a la que proteger y anteponer a sus negocios.

—Suena a que es un buen hombre —intervino Todd, vacilante. Miraba a Rowen, quien a pesar de haberla agarrado del pescuezo, le transmitía mucha más confianza—. ¿Sabe de mi...? ¿Sabe de mi existencia?

—No. ¿Por qué?

—Es el propietario de la destilería y el personaje más influyente de la isla —apostilló Todd, enarcando las cejas caoba—. ¿No debería... estar al corriente de todo lo que acontece en su negocio?

—Debería, sí —le concedió Blake, sonriendo con sorna—, pero mi hermano ha heredado una virtud de mi padre (o un defecto, según se vea), y es que los empleados que procura conservar son aquellos que se comen sus marrones en silencio.

Eso es lo que estamos haciendo aquí: comernos el marrón que tú representas sin necesidad de alterar su paz.

A Calder no le gusta un pelo que le molesten con idioteces.

—¡Yo no soy ninguna idiotez! —rezongó Todd—. Si me encuentran, el señor Houston tendrá que responder por mí; en última instancia, podría tener la última palabra, y...

—Si el señor Houston se entera de que te estamos protegiendo, o mejor dicho, de que él te está protegiendo, te citará en su despacho, cerrará la puerta con llave y te torturará con un violento interrogatorio hasta que le digas quién eres y por qué te buscan.

Así que si tu prioridad es no decirle a nadie cómo te llamas —prosiguió Blake con frialdad—, agradece que nosotros estemos al cargo y no mi hermano.

—Pero ella tiene razón —repuso Rowen—. Habría que informar a Calder o será a él a quien se le caiga el pelo si nuestro jovencito Todd está en caza y captura por criminal y se descubre que anda escondiéndose en sus propiedades.

—¡No soy ningún criminal! —rezongó Todd, ofendida.

—¿Y qué eres? —lo pinchó Blake—. Hemos cumplido nuestra parte del trato. Ahora podrías cumplir tú diciéndonos de dónde has salido.

Todd cuadró los hombros, anticipando que no pensaba dejarse manipular.

—Mi parte del trato consistía en llevaros hasta Dippin, y eso es lo que estoy haciendo. En ningún momento se mencionó que yo fuera a revelar mi identidad.

—Sabes que bastaría con preguntarle a ese Dippin quién era la cría que tenían maniatada a su mercancía de contrabando, ¿no? —Blake enarcó una ceja—. A fin de cuentas, el plan consiste en pincharles contándoles que te hemos barrido del mapa.

—Deja de torturar a la muchacha —interrumpió Rowen, que no estaba de humor para discusiones. Ni mucho menos cuando estaban a punto de entrar en el pueblo y, por ende, de llegar a su destino.