Capítulo 17 #2
Aquella pregunta irritó definitivamente a Rowen. Si bien no hizo ninguna mueca que lo delatara, Lillias lo conocía y sabía que, cuando algo le irritaba, apartaba la vista y buscaba por toda la habitación un resquicio del que sacar la paciencia.
—No, no me ha tocado —repuso con retintín.
Se incorporó, bajando por fin de la cama, y la rodeó sin apartar de ella la vista—, y aunque lo hubiera hecho, ¿qué importa?
¿Te crees en el derecho de reclamarme pureza alguna cuando a la vista está que tú sí sabes de lo que hablas en todo momento?
, ¿cuando, de hecho, existe una prueba andante de que a ti te han tocado, y Dios sabe cuántas veces?
Lillias no vio venir su reproche. Estaba convencida de que no se le habría ocurrido admitir en voz alta lo que sentía hacia la cuestionable verdad de que tuviera un hijo si no hubiese bebido; si no hubiera visitado un prostíbulo y, en definitiva, si no hubiese desairado todos sus principios en la misma noche.
No intuyó una acusación en sus palabras, sin embargo. Tan solo rabia hacia los hechos.
Inspiró hondo y alzó la barbilla para mirarlo a los ojos vidriosos por la bebida y ensombrecidos por el rencor que no habría salido a flote de ninguna otra manera sino en un mar de whisky.
—No me creo en el derecho de reclamarte —replicó, aunque en el fondo mentía.
Bajó el tono para suavizar la tensión que se había instalado entre los dos—, pero me gustaría ser la primera mujer a la que visitas cuando quieres adentrarte en las artes amatorias.
Y en el caso de que prefirieras verte con una profesional, espero que tengas la gentileza de asearte antes de pasarte a contármelo. O de no besarme justo después.
Rowen sacudió la cabeza como si no acabara de creérselo.
—¿Se supone que estás celosa?
Lillias dio un paso al frente y lo encaró con dignidad.
—Si has pasado los últimos diez años privando a las mujeres de tus besos, veo justo ofenderme porque al final no los hubieras reservado para mí.
—¡Los estaba reservando para ti! —gruñó—. ¡Por eso no comprendo tu maldita escena de celos!
—¿No has besado a Megan?
—No. No la he tocado, acariciado o siquiera rozado.
Lillias sintió que volvía a respirar, y en cuanto el aire entró en sus pulmones, asimismo regresó el sentido común.
No podía afearle que visitara burdeles. Tampoco podría haberlo reprendido si hubiera llegado a la isla de Arran y lo hubiese encontrado casado con una buena mujer y ejerciendo el rol de padre de un par de retoños.
Y no solo porque lo plantara en el altar sin explicaciones o porque teóricamente a los diez años debiera darse por muerto el amor entre dos personas, sino porque ella había disfrutado del cuerpo de un hombre en su ausencia.
Aun así, era tan egoísta y lo deseaba de forma tan desesperada que no podía ser racional.
—¿Y no te has sentido tentado? —preguntó en un alarde autodestructivo—. ¿No has deseado ni por un momento... estar con ella? ¿Quedarte allí?
—No. Siempre he sabido que, si alguna vez tenía que estar con una mujer, sería contigo.
Lillias sonrió con sarcasmo. Retrocedió unos cuantos pasos, no tan sorprendida por la respuesta —la había esperado— como avergonzada consigo misma, porque no podía decir lo mismo.
Si él le devolvía la pregunta, Lillias no podría jurarle ni que era el único hombre al que había deseado ni que no sintió tentaciones antes o después de conocerlo a él.
No era cierto. El apetito de Lillias alcanzaba tal voracidad que en las peores noches se habría encamado con cualquiera que la hubiera rozado, desesperada por sentir el contacto humano, por recrearse en el deseo que despertaba en los demás; por saciar el hambre que nunca terminaba de apagarse y que la hacía sentir una pecadora sin remedio.
Estos pensamientos la abochornaron de tal manera que no supo qué responder. Tuvo que darse la vuelta, incluso, y contener el impulso de cubrirse la cara o abrazarse a sí misma para que él no conociera jamás, ni siquiera sospechara, el que era su mayor defecto.
En presencia de un hombre perfecto con los principios morales intactos, Lillias se sentía profundamente desgraciada e indigna de amor.
—Iré a asearme, si es lo que quieres —le oyó decir, turbado por su reacción—. Lo lamento si te he...
—No, no es tu culpa —se apresuró a decir, aunque sin girarse y con un hilo de voz—. Soy yo la que no... la que no está limpia.
Escuchó sus pasos vacilantes.
—¿Qué quieres decir?
Lillias se dio la vuelta para tratar de sonreírle, restándole hierro al asunto.
Al encontrarse con su mirada, la realidad la abofeteó con fuerza desmedida, y es que lo deseaba de tal manera que habría estado dispuesta a abrazar su egoísmo y fundirse con él aun sabiendo que no era honesta, que no lo merecía.
Se obligó a clavar los talones en el suelo, apretar los puños y hacer de tripas corazón.
—¿Has cambiado de parecer? —inquirió él.
Lillias se humedeció los labios y se acercó despacio, recordándose en todo momento que no podía abalanzarse sobre Rowen como un animal.
Se puso de puntillas y lo besó despacio. Fue un beso con la duración limitada. No podía permitir que le pusiera las manos encima o no podría controlarse. Así pues, retrocedió cuando apenas empezaba a darse por saciada.
—No, no he cambiado de parecer. Quiero que seas...
—«Quiero que lo seas todo para mí», exclamó la voz interior, pero, por suerte, Rowen no la escuchó—.
Quiero que seas mi amante. Pero hoy estoy cansada.
Mañana... Mañana será otro día, ¿de acuerdo?
¿O crees que mañana serás tú el que habrá vuelto en sí mismo y habrá decidido dar un paso atrás?
Rowen negó con la cabeza firmemente.
—No soy la clase de hombre que se bate en retirada. Una vez tomo una decisión, no hay marcha atrás.
Lillias se sintió aliviada a la par que desdichada.
«Ojalá pudiera decir lo mismo de mí», se lamentó para sus adentros. «Pero fui capaz de cambiar de parecer en el último momento una vez, llevándote por delante en el proceso... y sigo teniendo la sangre lo bastante fría para abrazarte habiéndote mentido a la cara».
No, no lo merecía. Ni siquiera una sola palabra de sus labios, aunque dicha palabra fuera un insulto. Pero además de cobarde, Lillias era demasiado débil para renunciar a él, y lo vio salir del dormitorio con la certeza de que al día siguiente podría disfrutarlo para ella sola.