Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 17
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Capítulo 17

La besó con una torpeza e inocencia exquisitas que Lillias supo convertir en algo más en cuanto fue consciente de lo que ocurría.

Buscó sus hombros en las sombras para abrazarse a él con una mezcla de júbilo y exasperación, queriendo gritarle por qué se había demorado tanto, y correspondió sus enternecedores envites con besos igual de impacientes.

Lillias ya sabía que Rowen no había conocido el amor en ninguna de sus facetas.

Estaba más que dispuesta a enseñarle, sobre todo cuando parecía ansioso por convertirse en un profesional de la noche a la mañana.

Le puso tanto empeño que Lillias confirmó por fin que la deseaba como ella a él.

Solo había sabido reprimirse en aras de un supuesto beneficio común.

Que, de hecho, hubiera sido capaz de contener el impulso animal por respeto a ella, por miedo a herirla, solo avivó su pasión hacia él.

No solo la deseaba, sino que aún la quería.

Lillias se aferró más a su cuello, llegando a hundirle las uñas en la sensible piel de la nuca, y separó los labios para empujar la lengua con la propia.

Sabía a alcohol, pero salvo por el desequilibrio inicial al cruzar el dormitorio con ella en brazos, no detectó en él la torpeza de los borrachos.

Tal vez hubiera bebido, pero solo lo suficiente para reunir el valor que le requería buscarla.

Rowen la estrechó con tanta fuerza que la levantó del suelo.

Lillias se rio contra sus labios al percibir la suspensión.

Le habría rodeado la cintura con las piernas si el vestido se lo hubiera permitido.

En su lugar, le recompensó por la iniciativa con una lluvia de besos en la garganta, rasposa por la barba recién afeitada.

Lo apretó contra su cuerpo una y otra vez, queriendo decirle que estaba allí, que era ella, que se alegraba de su visita, mientras su vientre y su sangre quemaban como nunca.

Lillias estaba acostumbrada al ardor del sexo, pues lo experimentaba con una frecuencia abrumadora —casi enfermiza—, pero lo que se fraguó entre los dos antes siquiera de tocar el colchón le puso la cabeza del revés.

Tuvieron que hacer una pequeña pausa para recobrar el aliento. Sobre todo él, en cuyo adorable aturdimiento reconoció el asombro hacia lo que acababa de hacer y el anhelo de continuar.

Lillias se había quedado de una pieza. Respiraba con dificultad, tendida boca arriba en la cama; Rowen, sobre ella con la timidez de los que necesitaban el pleno convencimiento de que eran bien recibidos para actuar, le sostenía la mirada con fijeza.

Lillias tardó en comprender que estaba esperando que le respondiera, y que cada segundo que se demoraba era una tortura para él.

—Sí —contestó a trompicones—. Sí, sí... —Deslizó las manos por sus hombros, hundiendo los dedos en los músculos tensos por la postura y la agonía de besarla—. Sí, esto es lo que quiero. Esto es lo que siempre he querido que hagas conmigo, que me demuestres... que me demuestres que me deseas.

—¿No te he... violentado?

—No. —Le clavó las uñas, advirtiéndolo de que no se le ocurriera moverse del sitio y conteniéndose ella misma para no desnudarlo—. Ha sido... ha sido mejor que como imaginaba.

Rowen no disimuló su sorpresa.

—¿Me imaginabas haciendo... eso?

—Te imaginaba haciendo eso y mucho más. ¿Tú no me imaginabas a mí respondiendo con fervor?

¿No nos imaginabas enredados...? —Le retiró un mechón caoba del rostro, el rostro angelical de un hombre que jamás había cometido un error—.

¿... aunque pensaras que estarías extralimitándote si llevabas a cabo un avance?

—Siempre he deseado estar contigo, pero no sabía... —Hizo una pausa para respirar hondo—. No lograba discernir qué era lo que mi cuerpo me estaba pidiendo. Solo asumí, a raíz de la intensidad con la que lo anhelaba, que no podía ser bueno.

—Y no es bueno. No es nada bueno sentirlo y no hacer nada al respecto.

La insatisfacción puede amargar a los hombres...

y a las mujeres —musitó Lillias, sin apartar las manos en ningún momento.

Recorrió su pecho con dedos nerviosos, como si fuera la primera vez que tenía a un hombre para ella sola.

En cierto modo, así era. Nunca había disfrutado de los favores de Rowen, el único al que había querido—.

¿Cómo has llegado tú solo a la conclusión de que esto no es un pecado imperdonable?

Hace unos días estabas muy convencido de que estarías atentando contra mi integridad.

—Y sigo confuso. Han sido demasiadas emociones en un solo día...

—Se rascó la barbilla un instante y volvió a clavar la vista en ella con todo lo que eso conllevaba.

Su escrutinio entre curioso y hambriento le erizó el vello e hizo que Lillias se revolviera bajo su cuerpo, clamando por una atención que le fue concedida al instante.

Dudoso, Rowen se incorporó sobre las dos rodillas que le tenían anclado a cada lado de Lillias y utilizó las manos libres para moldear la cintura femenina—.

Nunca me había atrevido a admitir en voz alta que soy susceptible a los mismos impulsos que guían a mis allegados.

Que las mujeres... que tú... —Abrió la mano sobre el bajo vientre y ascendió con lentitud, mirándola maravillado, hasta cubrirle los pechos— me enloqueces.

Lillias cerró los ojos para regodearse en la confesión.

—Pero en cuanto lo he hecho, me han disuadido de seguir poniendo excusas.

—¿Quiénes?

«Que Dios los bendiga», pensó Lillias, concentrada en el delirante contacto de sus manos. Ni siquiera el terciopelo del vestido era tan grueso como para mermar el efecto de las caricias.

—Calder, Blake y Haye. —Lillias apenas oyó los nombres. Suspiraba mientras Rowen hacía su tímido recorrido por el cuerpo femenino—. Megan también ha sido de gran ayuda.

—¿Megan? —inquirió, simplemente para mantener la conversación. Sospechaba que, en cuanto el silencio se sentara con ellos, la introversión atacaría de nuevo a Rowen y se marcharía avergonzado. Tenía que entretenerlo a cualquier precio.

—Sí. Es una cortesana del burdel de Brodick. Haye sugirió que le hiciéramos una visita para que viera con mis propios ojos cómo funciona... la seducción.

—Ajá...

Hubo un pequeño silencio y una pausa entre las caricias y la charla. Rowen detuvo los dedos justo en el borde del escote, a punto de tocar la piel descubierta, y vaciló antes de preguntar con humildad:

—¿Puedo besarte otra vez?

—No puedes. Debes —corrigió ella, aguantando la respiración.

Mantuvo los ojos cerrados y se concentró en imaginarlo inclinándose poco a poco para rozar sus labios, enroscar la lengua con la suya, torturarla con pequeños besos en torno a la comisura de la boca...

pero eso no llegó a suceder, porque justo cuando Rowen estaba a punto de rozarla, Lillias abrió los ojos de golpe y le puso la mano en la cara para alejarlo.

—¿Burdel? —repitió con voz aguda—. ¿Has dicho «burdel»?

Rowen se echó hacia atrás para huir de la mano con la que Lillias había tratado de cubrirle. Se arrepintió de no haberla usado para abofetearlo, incluso si no tenía ningún derecho, al toparse con su expresión recelosa.

—Así es. ¿Por qué lo dices en ese tono? Las mujeres que allí trabajan merecen el mismo respeto que cualquiera.

Aunque Lillias estaba de acuerdo con esa afirmación, pues en su periplo por Escocia había conocido a mujeres de todos los estratos y se llevó un buen recuerdo de las cortesanas, no pudo evitar indignarse.

Se incorporó, ceñuda.

—¿Me estás diciendo que acabas de volver de un burdel?

—Sí.

—¿Y has venido directo a mi dormitorio?

—Así es.

—Pero... —Lillias pestañeó repetidas veces—. Pero ¿cómo demonios se te ocurre?

No le dio opción a replicar y lo empujó por el costado. En otra ocasión, le habría sorprendido su propia fuerza: había logrado quitarse de encima a un hombre que la doblaba en peso y tamaño.

Lillias se puso de pie, temblorosa. Por más que buscó las palabras adecuadas para reprocharle su libertinaje, no consiguió articular una sola frase.

Su mente había sido inundada con imágenes de Rowen enrededado con la presunta Megan, a la que tuvo el mal tino de imaginar mucho más bella y experimentada que ella.

—¿Qué ocurre? —quiso saber Rowen, perplejo. Se había quedado tendido en el colchón, en la misma postura en que ella lo había dejado tras el empujón—. ¿Por qué te enfureces?

—¿Que por qué me enfurezco? ¡No puedes venir a visitarme después de haberte acostado con otra mujer! Supongo que ni siquiera te habrás cambiado de ropa; que, si me hubiera fijado, habría olido su perfume en tu ropa o su sabor en tu boca, y...

Rowen sacudió la cabeza y alzó las manos.

—Espera, espera... ¿Quién ha dicho nada de que me haya acostado con ella?

—¿Qué se hace con una prostituta, si no? —bramó Lillias, cruzándose de brazos. Agregó con desdén—: ¿Charlar sobre sentimientos?

Rowen pestañeó una sola vez, pero no contestó. Tampoco hizo falta, porque Lillias leyó en su expresión que eso era justamente lo que había hecho: charlar con Megan. Por si le hubiera cabido la menor duda, aclaró:

—A raíz de tu proposición de esta tarde, quería saber qué esperaba una mujer de su amante.

—¿Y no podrías haberme preguntado a mí? —jadeó, anonadada—. ¿Tenías que ir a un burdel, un lugar que te jactabas de no haber pisado jamás, para indagar sobre misterios de la anatomía humana que yo podría haber descubierto por y para ti?

—Las prostitutas tienen más experiencia que las damas, y supuse que agradecerías que me iluminara en ciertos ámbitos —se defendió, molesto.

Aunque la comparación entre mujeres de bien y cortesanas se le enquistó, recordándole que ella no era tan honorable como quería hacer ver —o como él quería creer—, ignoró aquella parte de la réplica y espetó:

—¿Qué ámbitos? No os habéis acostado, pero ¿te ha tocado?