Capítulo 16
Lillias llegó al dormitorio de Johnson a tiempo para arroparlo.
No importaba que minutos antes hubiera estado vaciando el contenido restante de una botella de whisky, que cada uno de los hermanos Maxwell se encontrara en la otra punta del mundo o que las circunstancias les dificultaran el encuentro: Lillias siempre lograba hacer un hueco en su rutina o poner una excusa para reunirse con Johnson y poner en común las anécdotas del día.
En el castillo de Lochranza evitaban pasar todo el tiempo juntos para que no asociaran sus identidades a las de los fugitivos que se buscaban en las Tierras Altas.
Por las noches estaban tan cansados que, por más que deseaban permanecer despiertos, contándose confidencias, terminaban retirándose a sus aposentos.
Los efectos del alcohol habían ido mermando a lo largo de la velada, que Lillias había pasado alejada de la muchedumbre.
Para cuando entró en la habitación que el señor del castillo le había adjudicado a su hermano, estaba perfectamente sobria, tal y como quería para no dar mala imagen delante del pequeño.
Este ya estaba tendido sobre las sábanas, con las manos entrelazadas sobre el vientre y la vista clavada en el techo.
En silencio, Lillias cerró la puerta y tomó asiento en el borde de la cama.
—¿En qué piensas? —preguntó en voz baja, haciéndole cosquillas en el costado que la pose dejaba a la vista.
Johnson hizo un quiebro hacia el lado contrario, riéndose, y la retiró con un manotazo amistoso.
—En la fiesta —le contestó con ojos brillantes—. Ha sido divertido, ¿no?
No era esa la visión que Lillias tenía del convite tras el tajante rechazo de Rowen, pero se forzó a sonreír para no alertarlo.
—Me alegra que te lo hayas pasado bien. Te lo mereces. Llevo demasiado tiempo teniéndote escondido en barcos y en casas abandonadas. Va siendo hora de que te sientas como un niño, no como un fugitivo.
Johnson ladeó la cabeza hacia ella y la miró con los ojos que había heredado de su madre, de un negro tan intenso que sobrecogía.
—¿Significa eso que nos vamos a quedar? —inquirió, esperanzado.
—¿Te quieres quedar?
Johnson se apresuró a disimular su entusiasmo con un encogimiento de hombros.
Lillias sabía que lo había defraudado más de una vez.
También quiso quedarse en la granja en la que se hospedaron un par de semanas.
El propietario, un labriego encantador que acababa de enviudar y nunca llegó a engendrar descendencia no tardó en ofrecerles su casa como residencia habitual.
Para la decepción de Johnson, Lillias tuvo que rechazarla.
Asimismo le gustó la coqueta casita de pescadores en la que se quedaron tres noches hacía seis meses, y más aún la pareja de enamorados que allí vivía, un hombre y una mujer que habrían sido unas fantásticas figuras paternas puesto que ya habían criado a una docena de criaturas.
Sin embargo, Lillias tuvo que ignorar las preferencias de su hermano y priorizar su seguridad continuando el camino con la precaución de cubrir sus huellas.
Johnson, a pesar de su juventud, comprendía las decisiones de su hermana y por eso procuraba no mostrarse en exceso entusiasmado cuando arribaban a buen puerto.
Pero Johnson era puro corazón, y se encariñaba con facilidad con las personas que conocía, en parte porque buscaba en ellas el afecto familiar que ni su madre ni su difunto padre habían podido proporcionarle.
—Me gusta estar aquí. —Lo confesó sin mirarla, temiendo que viera en él el amor que ya sentía por Lochranza—.
No solo porque vivamos en un castillo, aunque vivir en un castillo sea muy muy divertido y me sienta como un príncipe, sino porque siempre hay tareas de las que encargarse.
Me gusta ayudar con la siembra, ¡y fue bastante entretenido etiquetar las botellas en la destilería!
¡Ah, y Beth y Blake son muy atentos conmigo!
Si no fuera porque acaba de traer un bebé al mundo, la señora Houston se pasaría el día jugando conmigo, como hace Blake.
Además... Me gusta la isla. ¡Es como si fuéramos piratas!
Y lo mejor de todo es que como es muy grande y apenas vive gente, estamos a salvo.
Lo estamos, ¿no? —insistió con ansiedad—. Nadie me ha reconocido. Y a ti tampoco.
—Eso es cierto —confirmó Lillias—. De todos los sitios en los que nos hemos escondido, este es el mejor. No podemos pasarnos la vida huyendo, te lo he dicho un millón de veces, pero no basta con escondernos. Debemos refugiarnos bajo el ala de un hombre poderoso que pueda pararle los pies a Brendan.
—El señor Houston es poderoso. Los dos señores Houston —aclaró Johnson, incorporándose para mirarla con esperanza—. Ellos nos protegerían.
—Sin duda, pero no podemos arriesgarnos a que se cansen de cuidar nuestras espaldas, y ambos están casados.
Si la amenaza de Brendan llegara hasta aquí, priorizarían el bienestar de sus familias antes que el nuestro.
Por otro lado, si un caballero nos diera su apellido, estaríamos fuera de peligro...
—Entonces solo te tienes que casar. Eso me parece lo más fácil de todo, porque eres la mujer más guapa del universo —confesó, abrazándose las rodillas—. Todo el mundo querría hacerte su esposa. He visto cómo te miran los labriegos de las tierras, ¡todos sin excepción!
Lillias se echó a reír.
—No quiero despreciar los afectos de un labriego, pues estoy segura de que serían una compañía maravillosa, pero sabes que, de casarme, tendría que ser con un hombre adinerado e influyente.
Si no, ¿cómo recuperaremos nuestra casa?
O, en el caso de no recuperarla, ¿cómo evitaremos que nos persigan?
—Al ver que su réplica hundía los ánimos de Johnson, sintió una punzada de culpabilidad.
Lillias inspiró hondo y se acercó a él para rodearlo con un brazo—.
Lamento tener que hablarte con tanta franqueza.
Ojalá hubiera podido proteger tu infancia, tu herencia.
Ojalá hubieses podido cumplir los diez años en Dundee Castle, y sin otra preocupación que recibir todos los regalos que hubieras pedido.
—Me dan igual los regalos —dijo Johnson, y Lillias sabía que no mentía. Alzó la cabeza para mirarla con un nudo en la garganta—. Me pone triste que no puedas estar tranquila por mi culpa.
El corazón le dejó de latir. No solo por las palabras que escogió, sino por el desdén hacia sí mismo que detectó en la frase: «Por mi culpa», había dicho, y con una franqueza arrolladora. Lillias no supo ni por dónde empezar a derribar semejante convicción.
—¿Por qué dices eso? —musitó, preocupada—. Nada de esto es tu culpa.
—Yo no quería que esto pasara —admitió a regañadientes, molesto por no poder poner el peso del mundo sobre sus estrechos hombros de niño.
Aparentaba mucha menos edad de la que contaba—, pero si yo no existiera, no habrías tenido que escapar de casa.
Tú no puedes heredar Dundee Castle, Lilly, solo yo, y por eso me buscan solo a mí.
—¿Y qué sugieres? —Entornó los párpados—. ¿Que te abandone a tu suerte, quedándome sola y desolada, y que me pierda todos los lugares fantásticos que visitarías durante tu huida? ¡Qué egoísta por tu parte! ¿Cómo puedes pedirme algo así?
Johnson esbozó una sonrisa desinflada, copiándole a su hermana el gusto de restarle hierro al asunto. Pero la situación exigía seriedad y, como de mutuo acuerdo, ambos se armaron con cierta solemnidad para llegar a una conclusión.
—No te tienes que casar por mí —dijo Johnson, mirándola a los ojos—. Me puedo casar yo, si quieres.
Lillias aguantó una sonrisilla.
—A lo mejor en algunas aldeas escocesas se permiten e incluso fomentan los matrimonios entre niños, pero no me parece que entren en el marco de la legalidad... y aunque lo hicieran, me negaría en rotundo a que hicieras tal sacrificio. Tienes derecho a enamorarte.
—¿Enamorarme? ¡Puaj! A mí no me gustan las niñas, son tontas y no quieren mancharse de barro. —Puso los ojos en blanco, ofendido porque no les gustara jugar con sustancias pegajosas—. Pero ¿es que tú no tienes derecho a enamorarte también?
—Yo ya estuve enamorada —confesó con el fin de hacerle sentir mejor. Casi rompió a reír al ver su asombro mezclado con repugnancia.
—¡No! ¿Y te diste besos con él? —Su cara era un poema.
Lillias prorrumpió en carcajadas.
—No, tranquilo. No me di besos. —«Por desgracia.
Quizá, si lo hubiera hecho, otro gallo hubiera cantado»—.
Lo que quiero decir es que sé cómo se siente estar enamorada y te aseguro que no me gustaría verme ahí de nuevo.
Así pues, si lo que defiendes es que pueda experimentar el sentimiento una sola vez, no es necesario. Ya ha pasado.
—¿De quién te enamoraste? ¿Y por qué no os casasteis? Eso es lo que se tiene que hacer, ¿no?
Lillias se alegró de que alguien se lo preguntara de una vez por todas, aunque fuera una persona que, por edad e inocencia, no podía comprender los complejos matices del trágico desenlace.
Cuando le anunció a su madre que no se casaría con Rowen Carmichael, no hubo ni represalias ni se exigieron explicaciones.
Lady Murray siempre había estado en contra del enlace debido a los orígenes humildes del novio, y si no se opuso fue porque su padre especificó en el testamento que Lillias era libre de desposarse con quien deseara.
A fin de cuentas, Rowen era un labriego muy respetado en la comunidad, querido en el pueblo, y su honorabilidad era innegable.
Brendan no tuvo que preguntar el porqué de su rechazo, pues ya lo sabía, y Rowen insistía en que ya no era el momento de hurgar en el pasado.
Y tenía razón.
Lillias improvisó una mentira con la que salir del paso.
—Los labriegos no tienen nombre para protegernos, me temo.
—¿No era noble?
—Es difícil encontrar nobles en Escocia. La mayoría huyen a Inglaterra. Y entre tú y yo, a mí nunca me han gustado esos pomposos y arrogantes que esperan que hasta su propia esposa les haga venias.
Johnson arrugó la pequeña nariz.
—A mí tampoco.
Lillias le pellizcó la mejilla y se inclinó para besarlo en la frente. Con un par de gestos, le instó a ponerse cómodo bajo las sábanas. Lo cubrió hasta el cuello, asegurándose de que ninguna de las tres pesadas mantas se movían del sitio, y le guiñó un ojo.
—Es una pena que no puedas casarte con un hombre pobre —dijo Johnson cuando estaba a punto de marcharse. Lillias le escuchaba bajo el quicio de la puerta, con el pomo en la mano—. Creo que el señor Carmichael podría ser un buen marido.
Lillias se debatió entre soltar una carcajada estrangulada y mirarlo de hito en hito.
Se jactaba de conocer a su hermano tan bien como cabía esperar entre dos familiares de sangre, pero a ratos le parecía que Johnson era más avispado de lo que dejaba entrever.
¿Cómo no iba a ser listo, si la vida de fugitivo afilaba el ingenio y obligaba al bandido a abandonar toda esperanza, a ver la vida con ojos de cínico?
Se había acomodado en su imagen de crío de cinco años, seis a lo sumo, porque le concedía privilegios de incalculable valor: podía decir cuanto quisiera sin hacerse responsable del contenido de su mensaje,
—¿Por qué lo dices? —inquirió, muerta de curiosidad.
—Porque es tan alto y fuerte que podría salvarte de los kelpies , de las banshees y... ¡y hasta del monstruo del lago Ness que descubrió San Columba!
Lillias sonrió con ternura.
—Estoy de acuerdo contigo. Sería un gran marido y un mejor guerrero.
Mientras cerraba la puerta llevándose consigo la única vela que había iluminado la habitación, pensó que por lo menos era el marido que le habría gustado tener.
El marido que habría elegido una y mil veces.
Pero no porque pudiera derrotar a los monstruos de los que aquel loco de Columba hablaba en sus textos.
Ni tampoco porque fuera a complacerla en todos los ámbitos en los que ella necesitaba atención —pues, de hecho, el único motivo por el que rompió el compromiso fue porque le faltaba algo de él—, sino porque su corazón lo escogió un día y era un órgano que no atendía a razones.
Se dirigió hacia su dormitorio con el alma en vilo por la conversación que acababa de mantener con Johnson.
El castillo estaba sumido en un silencio perturbador; la clase de triste sosiego que se asentaba en el ambiente cuando una fiesta tocaba a su fin y las risas se extinguían.
A Lillias le costaba acostumbrarse a que los pasillos fueran tan grandes, a la inevitable oscuridad que proyectaba la piedra, a utilizar velas y candelabros para moverse en lugar de lamparillas.
Pero si no estaba de acuerdo con Johnson en que fuera el mejor de sus escondrijos no era porque le aterrara la solemnidad del castillo de Lochranza, si bien tampoco le infundía la necesaria calidez para llamarlo hogar, sino porque Rowen estaba allí.
Y mientras Rowen estuviera allí, recordándole lo que perdió por culpa de haberse dejado persuadir, por haberle dado prioridad a un aspecto del amor que no era ni de lejos lo más importante, Lillias no podría descansar tranquila.
Como si lo hubiera invocado, oyó el inconfundible sonido de los pasos de Rowen.
Al principio no supo en qué dirección se acercaba, si por la espalda o de frente.
La luz del candil a duras penas cubría las cortas distancias.
Se detuvo justo delante de su dormitorio, el que le habían asignado, y esperó con un extraño presentimiento a que la vela alcanzara a Rowen.
Unos segundos después lo tuvo delante de ella armado con gesto grave y ojos de no haber descansado en todo el día.
También despeinado y con la ropa arrugada.
Lillias despegó los labios para decir algo, pero la impresión de estar a solas con él en medio de la oscuridad la intimidó.
Fue él quien tomó la palabra tras tragar saliva.
—Dime si es esto lo que quieres.
Y la besó.