Capítulo 15 #2
—Me llamo Megan. Estaré aquí para todo lo que quieras hacer...
Rowen tragó saliva. No dejó de vigilar en ningún momento que la mano se quedaba donde estaba, sin tocar en ningún momento sus partes privadas.
No se sentía cómodo en esa situación, pero al mismo tiempo tuvo que reconocer que las cosquillas que le causaba la cercanía de la mujer, el anhelo que avivaba su dulce aroma, resultaban excitantes y novedosos.
No tanto como la simple evocación del rostro de Lillias, sin embargo.
—Yo... —Rowen carraspeó—. Solo quiero información.
—¿Sobre qué? —inquirió Megan, solícita.
Era realmente bella, pensó Rowen. Tenía unos grandes y expresivos ojos verdes que se achataban hacia arriba, dándole a su mirada un aire gatuno, el labio superior más carnoso que el inferior, un detalle llamativo, y pecas en toda la piel que el descocado atuendo dejaba a la vista.
—Una mujer... una mujer me ha propuesto que sea su amante.
Megan le sonrió como si su inocencia se le antojara encantadora.
—Eso es fantástico. ¿Cuál es el problema?
—Nunca he sido el amante de nadie —y se adelantó a decir, antes de que ella le malinterpretara—, y aunque en el caso de querer aprender desearía iniciarme con ella...
Es decir... dejarme guiar por su... mano...
Bueno, también me gustaría darle una grata sorpresa adelantando algún conocimiento. Me gustaría dejarla satisfecha.
Reconocerlo en voz alta casi le costó la dignidad, pero Megan apaciguó su bochorno retirando la mano del muslo para posarla sobre su dorso, adoptando una actitud amistosa.
—Comprendo. ¿Qué quieres saber, Carmichael?
—Quiero saber... quiero saber qué les gusta a las mujeres. Qué las hace disfrutar.
—Eso podría habértelo dicho yo —se jactó Haye.
—Lo dudo bastante —replicó Megan, mirándolo con una ceja enarcada—. Las mujeres sabemos mejor que vosotros los que nos gusta, créeme.
—Créeme tú a mí, Meg —repuso la rubia que seguía haciéndole carantoñas a Haye—. Este hombre sabría mejor que tú lo que disfrutas, y te haría disfrutar incluso lo que jamás pensaste que te volvería loca.
—Si te pagara, creería que me halagas con ese descaro para que te suba la propina —se burló Haye, pellizcándole el cachete descubierto.
—¡Y un cuerno! —exclamó Blake, divertido—. ¿Este canalla no te paga?
Ella negó con dulzura, mordiéndose el labio inferior.
—Ni un centavo. —Le robó un beso en la mejilla—. Yo debería pagarle a él.
—Por favor... —Blake puso los ojos en blanco. Dio un sorbo a su cerveza.
—¿Quieres que nos vayamos a un sitio más retirado para hablar? —propuso Megan, mirando a Rowen a los ojos. El tono que usó para engatusarlo, tan sugerente que solo escucharla resultaba indecente, ruborizó a Rowen.
—Prefiero que nos quedemos aquí... con los demás.
Megan soltó una carcajada.
—No voy a morderte, Carmichael... a no ser que tú me lo pidas.
—Sacó la lengua, divertida, y le animó a relajarse dándole una palmadita en el hombro.
Comprendiendo las que eran sus necesidades, Megan se recostó hacia atrás, estableciendo una separación justa, y le sonrió—.
En realidad es muy fácil. Para complacer a una mujer solo tienes que escuchar lo que te pide y tratarla como a una reina.
No tanto como para que crea que te tiene comiendo de su mano, pero sí lo suficiente para que confíe en ti, se deshaga de sus inseguridades y se entregue por completo.
Si ve que no buscas solo tu placer, sino que te pierdes dándole el gusto a ella, sabrá que no eres egoísta y valorará tus esfuerzos.
Rowen esperó a que continuara, pero Megan se calló, sonrió de lado y se encogió un hombro, como queriendo decirle que era así de sencillo.
—¿Ya está? —preguntó, vacilante—. ¿No hay... trucos, o consejos más específicos?
—Cada mujer es un mundo, Carmichael. Si tu amante es lo bastante experimentada como para atreverse a hacerte una propuesta como la que te ha hecho, sabrá guiarte. Y cuando ella no sepa guiarte y tú no sepas qué hacer... bésala. Bésala y acaríciala hasta que esté lista.
—Lista ¿para qué?
—Para que te la folles —resumió Haye. Rowen se sobresaltó al oír aquella palabra.
El químico tenía que estar acostumbrado a pronunciarla, porque ni se inmutó—.
Sabes en qué consiste el acto, ¿no? ¿O eso también hay que explicártelo?
Tu miembro en su sexo; la danza más antigua del mundo.
Claro está, eso es lo obvio, pero no lo básico y, desde luego, no lo más importante.
Puedes lamerla de arriba abajo, estimularle los pezones, morderle los labios, arañarle la espalda, pellizcarle las nalgas, besarla en la entrepierna, hundir los dedos en sus agujeros...
Y ella puede hacer más de lo mismo. No hay límites ni reglas.
—Solo ten cuidado con dónde te derramas —le sugirió Blake—. No queremos dejarla embarazada, ¿verdad? Mira en lo que Calder se ha convertido. Es algo que hay que evitar a toda costa.
—Qué elevado nivel de conversación —comentó una voz femenina en tono aburrido—. No sé qué me esperaba viniendo de un puñado de sinvergüenzas.
Rowen alzó la barbilla, pero la recién llegada era tan menuda que la cabeza de Haye la tapaba.
Suerte que fue este el primero que se puso en pie, como si su mismísimo padre acabara de cazarlo enredado con una prostituta.
Se levantó tan rápido que la muchacha rubia cayó de su regazo al suelo —y con bastante estrépito—, pero Haye pareció no darse cuenta o bien no le importó.
—¿Qué diablos hace usted aquí? —exigió saber con cierta rabia, como si se hubiera colado en su propiedad. Lo que estuvo claro fue que le molestara que lo hubiera pillado saciando sus apetitos.
Bonnibelle no estaba en lo absoluto sorprendida o escandalizada.
Llevaba consigo un maletín, quizá hasta arriba de frascos con hierbas.
Una capa servía para ocultar su rostro, pero su identidad era distinguible a primera vista, sobre todo cuando se retiró la capucha y les mostró a los presentes el rubor de sus mejillas.
Rowen estaba igualmente avergonzado, por lo que no la juzgó por sentirse así.
—Megan me ha hecho venir porque necesita que le haga una revisión a una de sus chicas —anunció con voz queda. Posó la mirada en Megan, que enseguida se levantó para atenderla—. Me habías escrito que se trata de una emergencia, ¿no?
Megan asintió con la cabeza.
—Así es.
—¿Qué quiere decir con «emergencia»? —quiso saber Haye.
—Significa que puede continuar retozando mientras yo hago mi trabajo —anunció con desdén.
Bonnibelle siguió las indicaciones que le hizo Megan y se aproximó al dormitorio donde debía estar descansando la muchacha afectada.
—¿Va a practicar un aborto? —insistió Haye, alzando la voz.
Bonnibelle ni siquiera se giró hacia él.
—No creo en los métodos abortivos que no sean naturales. Todos los que se han estilado hasta ahora pueden causar la muerte, y yo no arriesgo la vida de mis pacientes.
—Bueno, la pasta de saliva de camello, hormigas y pelos de venado es bastante popular en Inglaterra... —empezó Haye, arreglándose el cuello del chaqué.
Bonnibelle lo silenció lanzándole una mirada especialmente hostil.
—¿Va a ponerse a hablar de abortos conmigo teniendo a una mujer desnuda a sus pies? No sea más ridículo de lo que ya lo está pareciendo, Haye.
Dicho aquello, y en tono bastante elevado, pasó al interior del misterioso dormitorio y cerró la puerta. Megan desapareció con ella, por lo que a Rowen no le quedó otro remedio que conformarse con la perla de sabiduría que le había dejado.
Más por casualidad que porque lo hubiera mirado para analizar su reacción, Rowen se percató de que Haye apretaba la mandíbula a la par que los puños y se dejaba llevar por un acceso de ira, que le impulsó a patear con ganas hasta tres veces la pata del diván.
—¡Joder! —exclamó, rabioso—. ¡Joder, joder, mierda!
Blake lo observaba con la cerveza en una mano y la otra apoyada en el muslo como un viejo sabio. Sin poder controlar una sonrisa conocedora que le ocupaba toda la cara, preguntó:
—¿Te pasa algo, amigo?
Haye recuperó el dominio de sí mismo en cuanto recordó que estaba en presencia de Blake, Rowen, la prostituta rubia y la pareja cariñosa. Entonces se volvió a arreglar el cuello del chaqué, los bordes de las mangas y hasta el flequillo, y regresó a su tono desapasionado para decir:
—Nada. Solo que es francamente decepcionante que no me haya replicado que la pasta de saliva de camello, hormigas y pelos de venado ocasiona infecciones graves.