Capítulo 15
Rowen estaba aún tan turbado por el modo en que la conversación había degenerado que se dejó llevar, o eso fue lo que se dijo para que su espíritu permaneciera en paz.
En el fondo le guiaba una fuerte curiosidad hacia el burdel en cuestión.
Calder tuvo que percatarse de este detalle, pues mientras los acompañaba a la puerta para evitar que resbalaran o cometieran alguna locura —como si él estuviera en mejores condiciones—, afirmó:
—Nunca has estado en un burdel.
—Por supuesto que no.
—Ni tampoco has estado con una mujer, ¿verdad? Lo que dice Blake es cierto.
Al oír el silencio de Rowen, que dijo más que mil palabras, Haye frenó en seco y se giró para mirarlo con los ojos tan abiertos que casi podían intuirse los contornos de su rostro.
Generalmente llevaba el flequillo largo sobre los párpados, impidiendo que se apreciara la forma almendrada de los ojos y la curva melancólica de las cejas e imposibilitando que se dedujera su verdadera expresión.
Ahora, borracho como una cuba y despeinado, casi parecía un ser humano en lugar de un espectro.
—Bromeas, ¿no? —Esperó a que Rowen dijera algo. Como no contestaba, todos se detuvieron a las puertas del castillo de Lochranza, a una orden urgente y a medio minuto de espera de que un cochero apareciera para llevarles a su destino—. ¿Nunca te has acostado con una mujer?
—Al menos te habrán tocado, ¿no? Ya sabes... —Blake meneó la cabeza y movió el puño cerrado hacia arriba y hacia abajo—. Usando la mano, o la boca, o...
—¿Besos? —inquirió Haye, cada vez más inquieto.
Era la primera vez que lo veía francamente preocupado.
—Nada —resolvió Rowen, decidido a no dejarse amilanar por el espanto de sus compañeros.
—Nada —repitió Haye—. Y lo dice con esa tranquilidad... ¡Nada! ¡ NADA ! —Lanzó una mirada al cielo estrellado con los brazos como un crucificado—. ¡Por el amor de Dios!
—Vas a conocer la dicha esta noche, amigo mío... —le prometió Blake. Antes de girarse para adentrarse en el recién llegado landó, le palmeó la espalda y le guiñó un ojo—. ¡No te arrepentirás!
—Nunca pensé que diría esto —empezó Calder con solemnidad—, pero mi hermano tiene razón.
Al ser una isla poco poblada, eran solo un par de pueblos los que ofrecían los servicios que aparentemente Rowen necesitaba. En Brodick, una de las ciudades más habitadas de la isla de Arran, se encontraba el prostíbulo más conocido.
—Y esto no es nada —le aseguró Haye, que era quien había dado las indicaciones al cochero—, apenas una choza con cinco o seis habitaciones, sin variedad racial o servicios especiales, que es lo que diferencia un buen burdel de uno estrella.
Tendrías que ver las casas de citas de Londres, el lujo del que disponen los habitantes del West End...
Con una de esas fulanas sí que me casaría —aseguró, no solo satisfecho con las barbaridades que estaba expresando; también orgulloso de sus amplios conocimientos sobre la prostitución.
—Parece que hemos encontrado el punto débil de Haye —se mofó Blake, que había hecho todo el viaje recostado en el asiento, dando cabezadas de sueño—: las putas. ¿Será posible que estemos ante las únicas criaturas que despiertan tu compasión?
—No es mi compasión lo que despiertan, precisamente; más bien mi instinto animal.
Haye bajó del carruaje de un salto, le lanzó una moneda de propina al cochero por las molestias y les hizo un gesto a sus acompañantes para que siguieran el caminillo de tierra hasta la casa parcialmente iluminada.
Conforme avanzó, y no sin recelo, Rowen se extrañó de que el ruido traspasara las paredes.
—Son las cuatro de la madrugada. ¿Cómo es posible que sigan despiertos?
—Este negocio hace dinero por la noche. Luego pasan toda la mañana descansando.
Rowen estuvo a punto de suspirar con alivio.
Al menos las pobres desgraciadas disponían de buena parte del día para relajarse lejos de los viciosos que frecuentaban aquellos espacios.
Nunca imaginó que él sería parte del grupo de dudosa moral, y estaba a punto de darse la vuelta cuando Haye empujó la puerta.
Para su asombro, lo primero con lo que se topó fue con el rostro satisfecho de una mujer.
Estaba sentada a horcajadas sobre un hombre al que no podía verle el rostro, ambos acomodados en el sofá central que daba a la chimenea.
No eran los únicos que conversaban en voz baja —ella, además, se movía despacio sobre él con una amplia sonrisa en la cara—: un par de mujeres ligeras de ropa, ambas jovencísimas, charlaban junto a una mesita de madera sobre la que habían dispuesto dos tazas de té.
El resto de las habitaciones parecían cerradas a cal y canto.
Las dos jóvenes se levantaron en cuanto los vieron entrar.
—¡Caballeros! —exclamó una de ellas, esbelta y con aspecto exótico. El cabello negro le caía en ondas sobre los hombros—. Bienvenidos a Martin’s... Por favor, pónganse cómodos mientras las chicas terminan. ¿Quieren algo de beber?
Rowen copió los gestos de Haye, que se movía por allí como Pedro por su casa.
El químico tomó asiento con naturalidad en uno de los silloncitos junto a la lumbre, saludó con un respetuoso gesto de cabeza al hombre allí sentado, divinamente acompañado de una bella pelirroja, y pidió un par de dedos de whisky.
Blake se conformó con una cerveza y se sentó en la otra esquina.
Rowen quedó enclaustrado entre los dos, avergonzado al verse incapaz de apartar la vista de la pareja que se prodigaba caricias.
Parecían enamorados... o algo más que enamorados: hechizados el uno con el otro.
Se concentró tanto en tratar de desenmascarar el supuesto placer de la mujer, que debía ser fingido, que a punto estuvo de perderse el momento en que la acompañante de la morena esbelta cruzaba el salón con una enorme sonrisa y tomaba asiento en el regazo de Haye.
Apenas vestía un camisón con transparencias, y tenía una melena tan larga que, si no se la hubiera echado sobre el hombro, habría estado a punto de sentarse sobre ella.
Haye la saludó con una caricia atrevida en el muslo desnudo, en el que clavó las uñas para acercarla a él, y le sonrió como Rowen no le había visto sonreírle a nadie.
Ella pidió permiso antes de echarle los brazos al cuello y acurrucarse.
—Por fin vienes a verme —musitó con voz débil—. Ya pensaba que habrías encontrado a alguna chiquilla que te gustara más que yo.
—Si así fuera, no te lo diría. Estaría firmando su sentencia de muerte.
La muchacha se echó a reír con naturalidad. No era en extremo bonita, pero sí llamativa: el pelo tan largo, rubio y ondulado, le recordaba a alguien que conocía, y era tan menuda y frágil que inspiraba el deseo de protegerla.
—¿Ves que alguien esté a disgusto? —preguntó Blake pasado un rato, extendiendo los brazos—.
Y eso que estamos en un burdel, donde hay un contrato entre las partes: uno paga y la otra realiza un servicio por ese precio.
En matrimonios y entre amantes, donde todo se celebra de mutuo acuerdo, es incluso más legítimo.
—No estoy tan seguro de que en los matrimonios haya verdadera pasión —musitó, recordando los gritos de su madre.
—En los matrimonios por conveniencia no, eso te lo voy a conceder —aceptó Blake, cabeceando a desgana.
No le gustaba no llevar la razón—, y en los matrimonios por amor no siempre hay pasión...
, pero incluso en noches puntuales en las que existe la obligación de engendrar un hijo, el sufrimiento de las partes suele justificar el fin.
—No creo que mi madre opinara eso —masculló Rowen.
Blake se le quedó mirando dudoso, sin moverse; presintiendo que había un detalle que Rowen no contaba y que era crucial para comprender su ignorancia. A sabiendas de que estaba revelando información que había jurado llevarse a la tumba, Rowen acabó suspirando.
Ya los había puesto al corriente de su situación. ¿Qué importaba matizar?
—Cuando mi padre visitaba a mi madre en su alcoba, ella...
sufría. Lloraba. Sangraba, incluso. Una vez la vi mientras se aseaba tras el encuentro y el dolor físico era tal que no podía parar de sollozar.
Estaba llena de cardenales, y... y cada vez que mi padre se le acercaba, trataba de esquivarlo, de huir, o directamente se echaba a llorar de miedo.
Blake se quedó de una pieza. Solo la llegada de la morena esbelta, cargada con una bandeja de falsa plata, logró sacarlo de su estupefacción.
Alargó la mano para tomar su cerveza y dio un sorbo para pensar antes de hablar, pero fue Haye quien se le adelantó.
—Tu madre no daba su consentimiento. Por tanto, lo que ocurría entre tus padres sí era degradante, como has sugerido antes. Estaba vulnerando su derecho a decir que no. La estaba forzando. Pero que me aspen si la única forma que existe de acostarse con una mujer es usando la fuerza.
Blake cabeceó, conforme.
—Con seducción, cortejo o ambas, puedes lograr que una mujer se vaya contigo a la cama de muy buena gana. Ellas también sienten deseos —apostilló Blake. Enseguida alzó la mirada y le guiñó un ojo a la morena—, ¿verdad?
—Ni que lo digas. —Le devolvió el guiño—. ¿Quieres que te lo demuestre?
—Yo no estoy disponible, pero le harías un gran favor a mi querido amigo Carmichael si le explicaras cómo funciona el amor entre un hombre y una mujer.
—¿No quieres que haga llamar a alguien para ti? Hay una muchacha nueva, joven y bonita...
—Me voy a quedar mientras termino la cerveza —cortó Blake, alzando su cerveza en señal de brindis—, y me marcharé inmediatamente después, no vaya a ser que mi mujer me odie otros tres años más.
—Sabia decisión —aplaudió Haye.
La morena no pareció apenada por el rechazo.
De hecho, se recobró a una velocidad pasmosa.
En cuanto posó la mirada oscura sobre Rowen, que se tensó al saberse destinatario de sus intenciones, recobró la sonrisa canallesca.
Sin pedir permiso, caminó exhibiendo sus largas piernas para tomar asiento junto a Rowen y ponerle una mano cariñosa a menos de un palmo de la entrepierna.