Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

—¿Qué haríais si una mujer os propusiera ser vuestra amante? —preguntó Rowen a bocajarro.

No le extrañó que todos los hombres presentes se giraran hacia él como si hubiera anunciado que tenía un sexto dedo del pie. Él habría reaccionado del mismo modo. De hecho, seguía tan conmocionado como se mostraron Calder, Blake y Haye.

Ni siquiera compartieron una mirada entre ellos, tal fue el asombro que les embargó.

Estaban repantigados en el salón principal, donde hacía tres horas la fiesta había tocado a su fin.

Excepto Rowen, que sentía que había tenido suficiente alcohol para el resto de su vida, todos continuaban dándole a la bebida.

Bastaba con verlos para saber que se habían excedido: tenían las mejillas coloradas, apenas se tenían en pie, y si intentaran incorporarse, se caerían en un lío de brazos y piernas que habría que recoger con escoba.

Haye tomó la palabra sin dejar de remover su copa con un movimiento rítmico de muñeca.

—Depende. ¿Es atractiva?

—Es lo más bello que tus ojos hayan contemplado jamás.

Haye chasqueó la lengua.

—No sé si me conviene tomar a la esposa de Calder como amante.

El aludido fulminó con la mirada a Haye.

—Haz el favor de callarte.

—¿Por qué no me dejas halagar a tu mujer? —se quejó, haciendo pucheros.

—Porque para cubrirla de halagos ya estoy yo, canalla.

—Prometo callarme... —alargó la pausa para generar suspense— cuando haya descubierto cuántos comentarios puedo hacer sobre Beth hasta colmar tu paciencia.

—Espero que no sea porque quieras apuntarlo en una libreta.

En el momento en que colmes mi paciencia, recibirás tal paliza que quedarás inhabilitado para hacer algo más que respirar, no se diga ya escribir —le advirtió Calder, que ante la más remota mención de Beth perdía la sonrisa bobalicona de borracho y se ponía a la defensiva.

Blake se había quedado mirando a Rowen.

Por sorprendente que pudiera parecer, aún lograba enfocar la vista.

—Supongo que si te lo estás planteando y no has aceptado sin pensarlo es porque la posible amante es una dama y tus códigos morales te impiden comportarte como un truhan.

—¿Es que las damas no tienen derecho a divertirse, acaso?

—bufó Haye—. ¿Por qué hacer esa distinción entre mujeres honradas y mujeres sin honor?

Ya que ha salido el tema de conversación, diré que siempre me ha molestado que a las prostitutas se las llame «mujeres de vida alegre».

¿Es que una dama no puede tener una vida alegre también?

¿Las putas son las de vida alegre, y las damas son las de la rutina aburrida?

—Así es... —confirmó Blake, dando un largo trago a su copa. Ocultaba una sonrisa socarrona—, a no ser que se hayan casado con un Houston, que entonces son unas damas muy entretenidas.

—Desde luego, vosotros sí que sabéis cómo mantener a vuestras esposas con el alma en vilo —concordó Rowen—, pero creo que Haye ha dicho «mujeres de vida alegre», no «mujeres de vida tumultuosa».

—Además —prosiguió Haye—, hasta donde sé, la susodicha te ha pedido que seas su amante, Carmichael, no que hagas de su existencia una tortura insoportable.

Eso debe de ser lo que Cullodenna le rogó a ese hombre de ahí.

—Señaló a Blake, que estaba demasiado borracho y seguía tan asombrado por la pregunta que Rowen acababa de realizar que no podía hacerse cargo de la pulla.

—¿Por qué te lo planteas siquiera? Dile que sí. Si te ha pedido que te acuestes con ella, tan honorable no será.

El semblante de Rowen se oscureció.

—Ni lo insinúes.

—No digo que sea indigna o una buscona —se excusó Blake, alzando las palmas de las manos—.

Solo digo que una dama, lo que se entiende por «dama», no te pide carantoñas con ese descaro.

Que Dios la bendiga, ¿eh? No hay nada más maravilloso que una mujer que sabe lo que es el placer y cómo exigirlo, pero las damas suelen no tener ni idea de lo que les espera.

—Eso me temo —musitó Rowen, mirándose las manos—, que no sabe lo que está pidiendo. Si pudiera hacerle ver que lo que sugiere es una auténtica locura...

—Lo es si luego pretende casarse con otro hombre, porque lo tendría muy crudo —confirmó Calder—, pero si no...

—¡Y aunque luego pretendiera casarse! —se quejó Rowen.

Se sentía incomprendido entre borrachos, y se arrepintió enseguida de haber separado los labios—.

A mí jamás se me ocurriría estar con una mujer de esa manera, pero ella me lo ha pedido de un modo que...

que me ha dado la impresión de que de veras...

—De que de veras ¿qué? —quiso saber Calder, incorporándose con curiosidad.

—De que de veras lo disfrutaría —admitió con la boca pequeña.

—¿Y por qué no lo iba a disfrutar? —se extrañó Blake—. Quiero decir, ¿acaso no...?

—¿Qué quieres decir con que nunca se te ocurriría estar con una mujer «de esa manera»? —interrumpió Haye, sondeando a Rowen con su inquietante mirada oscura—. Te refieres a que no te verías disfrutando de un idilio extramarital, ¿no?

Rowen tragó saliva. No había despegado la vista de las palmas de las manos, esas manos que había posado en la cintura y las caderas de Lillias; que habían deseado husmear en el escote recatado, moldear la figura que acentuaba el precioso vestido de terciopelo.

Sus manos tenían vida propia. Le exigían sacrificios que su conciencia no podría soportar.

—Me refiero a cualquier relación que involucre el contacto físico —admitió con voz queda.

Alzó la mirada para toparse con un milagro que en otras circunstancias habría apreciado: había conseguido que Haye enmudeciera de asombro—.

Nunca le haría daño a una mujer. Sé lo que sufren tras un...

un encuentro de esas características, y le prometí a un ser querido que no sería uno de esos hombres egoístas que anteponen su placer al bienestar de su parienta. O de cualquier mujer, si a esas vamos.

Esta vez, Calder y Blake sí intercambiaron una mirada de pasmo.

Rowen nunca se había atrevido a hablar en voz alta de sus inquietudes con respecto al vulgarmente llamado sexo.

Era un tema que raras veces salía en una charla superficial o enfocada al ámbito laboral, el único tipo de coloquios en los que se dignaba a participar, y del que huía en cuanto sus allegados se emborrachaban e insistían en dejar en evidencia su chabacanería escogiendo el atractivo de sus mujeres como eje central de la conversación.

Sabía que su posición al respecto formaba parte de una minoría. A veces se había sentido el único hombre en el mundo al que le preocupaba la integridad física de la mujer.

La reacción de su público fue de lo más dispar.

Ahí donde Blake se quedó un buen rato boqueando, anonadado, Haye rompió a reír con una fuerza desmesurada.

Fue tan sorprendente ver al químico carcajeándose a mandíbula batiente, balanceándose hacia delante y hacia atrás como si hubiera perdido el juicio, que Rowen no pudo siquiera plantearse si le ofendía.

¿Eran lágrimas lo que veía en las comisuras de sus ojos?

Fue Calder el único que carraspeó, con la paciencia esperada en un hombre que ya era padre, y dijo:

—Pueden sufrir si no se las trata con delicadeza, si no desean yacer contigo o si no lográis fomentar cierta...

complicidad, o una mínima compenetración.

Ahora bien... —Volvió a aclararse la garganta—, si una mujer te desea tanto como tú a ella, y parece que es el caso, no veo qué podría desencadenar su sufrimiento.

Tal vez se doliera si quisiera de ti algo que no estás dispuesto a darle después, como un anillo, o quizás se sienta decepcionada después si no cumplieras sus expectativas, pero parece que tu admiradora lo tiene claro. Quiere que le calientes la cama.

Calder se explicó con tal claridad que Rowen empezó a dudar de sus rígidos principios.

—¿Cómo estás tan convencido de eso? —repuso con recelo—. ¿Qué te asegura que las mujeres con las que has yacido estaban disfrutando y no fingían encontrarse cómodas? Por no mencionar que también pudieran falsear su disposición inicial...

Esta vez fue Blake quien se echó a reír.

—Eso, Cal. —Le dio un codazo en el hombro, el doble de divertido al ver que su hermano fruncía el ceño—. ¿Qué te asegura que no fingen los orgasmos?

—Que vuelven a por más una y otra vez hasta que me es físicamente imposible estar listo para otro asalto —repuso con desdén.

Se quitó de encima el brazo del hermano mayor con un gesto violento—.

El sexo es el acto más natural del mundo, Rowen.

Más allá de que resulte placentero, todas las especies lo practican para perpetuar la vida.

Que la iglesia haya convertido el acto en un tabú no quiere decir que sea perjudicial para las mujeres.

—Solo que no entrarás en el Reino de los Cielos —apostilló Blake, todavía riéndose.

—A mí eso no me importa —se desentendió Haye, retirándose las lágrimas de hilaridad que le habían salpicado las mejillas—. No es el de los cielos el reino al que quiero entrar.

—No es cierto —balbuceó Rowen, sosteniéndole la mirada a Calder. Estaba tan desorientado que no sabía qué decir—. Lo dices para limpiar tu conciencia.

—Yo no necesito limpiar mi conciencia —repuso Calder, ofuscado—. Tal vez los hombres que frecuentan prostitutas estén comprando el favor de su pareja cuando esta en realidad no desea ponerles un dedo encima, pero yo siempre he yacido con mujeres que me deseaban en idéntica medida.

— Ídem . —Blake alzó una mano, acomodado en el sillón—. Incluso he estado con mujeres que me han odiado en idéntica medida, porque siempre procuro que mi pareja y yo estemos en igualdad de condiciones. ¿No soy un tipo excepcional? —Y se rio con su propio chiste privado.

—A mí me encantan las putas —reconoció Haye, encogiéndose de hombros—. Lo bueno es que les gusto tanto como ellas a mí, así que nunca me cobran.

Todos los presentes se giraron hacia él, tan anonadados como ante la confesión de Rowen.

—¿Nunca te cobran? —jadeó Blake, pasmado—. ¿Nunca? ¿Jamás?

Haye negó con la cabeza y dio un largo trago a la botella que se había apropiado. La etiqueta confirmaba que su whisky de preferencia era el llamado Sàrachadh .

—Nunca.

—¿Nunca nunca? —insistió Calder, también asombrado.

—Nunca jamás —repitió Haye, relajado—. Ni una sola.

—¡Mentira! —lo acusó Blake.

—¿Quieres que vayamos al burdel de Brodick y les preguntas? —propuso Haye, incorporándose para dejar la botella sobre la mesa. Se palmeó los muslos, dispuesto a ponerse en marcha con naturalidad de quien tenía la conciencia tranquila.

—A lo mejor a las isleñas de la pequeña Escocia les pareces un delicioso bocadito, con tu acento inglés y tu aspecto de aristócrata venido a menos, pero seguro que en Liverpool alguna que otra te calentó la cama a desgana —repuso Blake, convencido.

—Podemos ir a Liverpool a preguntar también, si lo deseas, pero te aseguro que allí pagué menos aún porque era un muerto de hambre y sabía a qué ramera arrimarme para que se apiadara de ti. Era más joven, así que resultaba mucho más apetecible.

—¡Ajá! —Blake se encaramó en el sillón de un salto ágil y lo apuntó con el dedo—. ¡Entonces no te cobraban, pero se acostaban contigo por pena!

—Blake... —Haye suspiró con melancolía—, siento en el alma tener que romperte el corazón, pero todas las mujeres con las que he estado me han rogado que volviera a ponerles el dedo encima. Lloraban de placer. ¿Tú has hecho llorar a una fémina por algo distinto a alguna de tus crueldades?

Blake había entrado en negación.

—Dudo que seas mejor amante que ninguno de nosotros.

Los ojos de Haye emitieron un destello retador.

—Cuando queráis, os lo demuestro. Podría complacerte incluso a ti.

—Voy a ignorar que has dicho eso —le advirtió Blake con los ojos entornados—, y solo porque estás borracho. Pero como se te ocurra volver a insinuarte, te despellejaré.

Haye ahogó una sonrisita pegando los labios a la botella.

—Pero... ¿por qué te gustan las putas? —quiso saber Rowen, perplejo.

—Por numerosas razones —alzó el tono como si estuviera a punto de dar una charla magistral.

Incluso acompañó la explicación de elegantes aspavientos—.

Porque tienen experiencia y ningún reparo en hacerte lo que les pidas, porque se ríen a carcajadas sin un ápice de vergüenza, porque después del acto no te persiguen para que les pongas un anillo en el dedo, ni tampoco se echan a llorar como Magdalena si les dices que vayan al matasanos de turno a que les practique un aborto cuando se quedan embarazadas por error...

—Hizo una pausa para pensar—. De hecho, si se quedan preñadas, no te molestan porque no están seguras de que el retoño sea tuyo.

—También es más probable que te contagien una enfermedad —apostilló Calder, asqueado.

—Soy médico. Tomo precauciones.

—No eres médico, solo sabes algo de química y te gusta tocarle las narices a la Reina de las Hadas —repuso Blake con gran juicio—. Y las precauciones pueden fallar.

—No te voy a negar que pueda tener algún bastardo por ahí. —Se encogió de hombros, desentendido de la posibilidad—. Lo que te puedo asegurar es que el presunto crío fue concebido con pasión.

—¡Al carajo! Vamos a ir al burdel a preguntar. ¡Ahora mismo! —decidió Blake, apurando la copa.

—¿Qué? Yo no voy a ir a ningún burdel —protestó Calder—. Tengo una mujer y una hija.

—Yo también tengo una mujer —replicó Blake.

—Pero a ti te importa un bledo mosquearla.

Blake sonrió, lobuno.

—Se pone muy guapa cuando la irrito.

Haye puso los ojos en blanco.

—Por esas cosas tú tendrías que pagarle a las prostitutas y yo no.

—Claro, porque tú eres extremadamente encantador —ironizó Blake—. ¡La Reina es testigo!

—Yo tampoco pienso ir al burdel —proclamó Rowen.

—¡Y un cuerno! —bramó Blake, avanzando a trompicones hacia él y tomándolo del brazo—.

Tú eres el que con más razón ha de visitar las rameras de la isla de Arran.

Si nunca has conocido el calor de una mujer, va siendo hora de que te estrenes.

Una vez sepas de primera mano la dicha que conceden las lides del amor, se te quitarán esas ridículas ideas de celibato que llevas por bandera.