Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

En el momento en que sintió la dulce presión de sus pupilas sobre ella, Lillias se puso firme y tuvo que contener un suspiro.

Había creído que el amor mermaría el efecto que una emoción tan indecente como el deseo provocaba en ella; que ese amor, con su pureza, expulsaría la impudicia de su cuerpo, pero mucho se temía que solo la acentuaba.

Se sentía especialmente lasciva en su presencia, aún más ansiosa por sus atenciones, desquiciada por su simple tacto.

—Creo que a él también le resulta irremediable —contestó Cullodenna, recordándole que seguía presente—. Una vez, Carmichael y yo hablamos sobre ti. Me aseguró que nunca te perdonaría, pero a mí me parece que lo hizo nada más verte.

—¿Eso te dijo? —balbuceó Lillias, notando la sangre ardiendo—. ¿Qué más?

—No mucho más. Es un tipo de pocas palabras —se lamentó Cullodenna—, pero también es muy expresivo. Basta con decir tu nombre para que se ilumine o se apague, como si fueras tú quien está al mando de sus emociones. No dudo que así sea.

Lillias esperaba que Cullodenna la disuadiera de acercarse a Rowen.

Todos allí querían al gigante, aunque el gigante solo demostrara su cariño con su trabajo duro y su silencio, pero Cullodenna sentía por él especial debilidad, puesto que en él se apoyó mientras duró la convalecencia de Blake.

Quizá pensara de corazón que Lillias era buena para él, que podía hacerle algún bien...

O tal vez la quisiera ocupada con Rowen de modo que no se aproximara más que lo justo y necesario a su marido, del que Cullodenna era muy celosa.

En cualquier caso, Lillias vació la quinta y última copa de whisky y decidió acercarse a él con la vanidosa certeza de que llamaba la atención.

Beth le había prestado un precioso vestido de terciopelo verde que realzaba su figura, la tonalidad de sus ojos y su cabello.

La pesada tela flotaba a su alrededor, y el escote a la barca dejaba a la vista sus hombros, la línea de sus clavículas y el insinuante escote.

Lillias se estremeció al confirmar que los ojos de Rowen se deslizaban por su cuerpo con disimulo, quedando temporalmente prendados del canal entre sus pechos, antes de mirarla por fin a la cara con la mortificación de un santo tentado.

Lillias le frenó el paso con su mera presencia.

—¿Bailarías conmigo? —preguntó ella.

—Creo que eso debe preguntarlo el hombre.

—No pierdes el respeto por la tradición, ¿verdad? —Ladeó la cabeza, divertida—. Vamos, baila conmigo, aunque solo sea para poder decir que eres el único hombre del salón al que le han pedido un vals.

—No sé bailar el vals.

—Improvísalo.

Rowen no se hizo más de rogar, sabiendo que era inevitable ceder a los deseos de Lillias.

La muchacha siempre había sido exigente; había arrasado con todo cuanto había querido, primero, porque su padre le concedía cuales fuesen sus caprichos, y en segundo lugar, porque había sido una mujer con las ideas claras.

Luego llegó aquella etapa convulsa en la que perdió de vista lo que deseaba, dejó de tener la certeza de quién era...

, pero se había recuperado, y sabía con nitidez cristalina que su felicidad estaba justo delante de ella.

Apoyó las manos en los hombros de Rowen, para lo que tuvo que ponerse de puntillas, y esperó con el alma en vilo a que él la rodeara por la cintura.

Tener sus manos sobre el cuerpo provocó un desfile de imágenes indecentes que no se vio en condiciones de ahuyentar.

Su sangre y todo su ser vibraban por el deseo de sentirlo dentro de ella.

La impaciencia la mataría, sobre todo ahora que lo tenía lo bastante cerca para olerlo y podía tocarlo.

—A estas alturas de mi vida tendría que ser inmune a la bebida —comentó, soñadora.

Daba igual que echara una mirada alrededor para asegurarse de que la sensación de que el salón iba a darse la vuelta era culpa del exceso de whisky y no una realidad que tuviera que alertarla; seguía sintiendo la mirada fija de Rowen como una sombra de la que jamás podría desprenderse.

Tampoco quería hacerlo—. No sé si alguna vez te lo conté, pero ya de niña, guiada por la curiosidad que me suscitaban los coloretes de mi padre y sus carcajadas cuando se reunía con socios o amigos para cenar, robaba unos buches de whisky, brandy, ron o lo que hubiera.

Tendrías que haberme visto borracha como una cuba a los siete, ocho y nueve años.

Me encantaba la sensación de estar haciendo algo prohibido, y más aún me excitaba imaginarme la reprimenda de mi padre.

—Pensaba que los niños odiaban que los castigasen.

—Supongo que depende del castigo, pero a mí siempre me gustó que mi padre me pusiera en mi lugar. Raras veces se ponía firme conmigo. Me quería demasiado para no darme un capricho. Curiosamente, era durante sus enfados cuando sentía de verdad que me adoraba.

Rowen parecía subyugado por lo que le contaba.

—¿Por qué?

—Porque veía cuánto le dolía tener que enfadarse conmigo, y me sentía...

halagada y conmovida a partes iguales. Me aterraba decepcionarle, pero a la vez, equivocarme se convirtió en un vicio.

Me gustaba la vertiginosa sensación de poner a prueba su afecto, aun cuando el riesgo era que dejara de quererme.

—Dudo que hubiese dejado de quererte por robarle alcohol a escondidas.

—Tendría que haberlo hecho, porque nunca aprendí la lección.

—Suspiró—. A día de hoy lo necesito para dormir sin terrores nocturnos, para paliar los nervios que me persiguen durante todo el día, para no caminar dormida por la casa, como un fantasma...

—Esbozó una lenta sonrisa hacia Rowen—. No pasa nada si no te gusta el whisky, Rowen.

Con gusto me beberé yo el que a ti te corresponda.

—Y con gusto yo te concederé mi parte, pero no hoy. Parece que ya has bebido demasiado.

—¿Por qué lo dices? ¿Porque te estoy hablando de mi infancia?

Nunca he tenido secretos para ti, y, de hecho, mi padre siempre ha sido mi tema de conversación preferido.

Además, todavía no he dicho ninguna inconveniencia como para que me mires como si fuese una borrachuza sin remedio.

¿O sí la he dicho? —Ladeó la cabeza, seducida por la mirada entre deleitada e incómoda de Rowen.

No podía apartar la vista de ella, y se notaba que eso a él le aterraba, pero al mismo tiempo disfrutaba tanto con su contemplación que tampoco la retiraría si pudiese—.

¿O quizá debería aprovecharme de mi estado para decir cuantas inconveniencias quiera?

A fin de cuentas, no me tomarás en serio.

—Por supuesto que te tomaré en serio —repuso con severidad—. Cuentan las malas lenguas que los borrachos dicen la verdad. Estaría siendo un idiota si no tomara cada palabra tuya como una confesión.

—Visto de esa manera... —musitó Lillias.

Antes de ponerle freno a sus anhelos, dejó que sus manos treparan de la espalda de Rowen hasta el cuello, que acarició con las uñas cortas hasta que se aseguró de que le ponía la piel de gallina—, quizá sea el momento de hacer una confesión.

Aunque, más que una confesión, creo que los borrachos deben aprovechar para hacer peticiones escandalosas.

—¿Peticiones escandalosas?

—Ajá. Como, por ejemplo... —Ignoró que el salón estaba lleno de invitados (o se aprovechó precisamente de eso, porque nadie les prestaba atención) para acercarse más a su cuerpo; para pegarse tanto a él que ya ni siquiera podían bailar, solo rozarse el uno con el otro—, que me agarres más fuerte.

Lo vio tragar saliva con dificultad.

—No parece buena idea.

—¿Por qué? ¿Por esa tontería que sostienes de que las mujeres se sienten humilladas cuando un hombre las abraza? No me digas que hablabas en serio cuando me dijiste eso... Y, por favor, tampoco me digas que me lo dijiste para ahuyentarme, porque es una muy vaga excusa para persuadirme.

—¿Para persuadirte? —repitió sin soltarla—. Persuadirte ¿de qué?

—De seducirte —susurró ella, poniéndose de puntillas para hablarle a tan solo un palmo de la nariz—, o de dejarme seducir por ti.

Sintió que Rowen se estremecía. En lugar de apartarse antes de que su compañero de baile se desintegrara por el bochorno, el deseo, la incomprensión o las tres cosas a la vez, Lillias comenzó a acariciarle la nuca desnuda.

—Yo nunca intentaría...

—Ya sé que nunca intentarías seducirme —le cortó, recordando con tristeza el largo compromiso sin contacto físico—.

Por eso he decidido ser yo la que dé el paso adelante, incluso si mi comportamiento te supone una vergüenza a ti, y a mí una deshonra.

Ahora que he vuelto a encontrarte, no quiero renunciar a mi placer...

El placer de tenerte a mi lado y de que me hagas pagar por lo que te hice.

—¿Cómo podría producirte placer que yo te... castigara, como sugieren tus palabras?

—Oh, me lo produciría... te aseguro que me lo produciría —musitó casi sin voz, hablando contra sus labios entreabiertos.

Rowen ya no se movía, se había quedado quieto en medio del salón—.

¿No me has oído cuando decía que me encantaba poner a prueba el amor de mi padre?

, ¿que era su enfado el que me hacía sentir amada y con vida?

Si tú no puedes enfadarte conmigo porque eres demasiado honrado, al menos úsame.

—¿Usarte?

—Usa mi cuerpo —le dijo, mirándolo a los ojos—.

Usa mis manos... —Entrelazó los dedos con los de él, esos dedos masculinos que habían permanecido pegados a la cintura femenina como si en realidad no pertenecieran ahí—, usa mis labios...

—Se puso de nuevo de puntillas para rozar el mentón partido de Rowen con la boca entreabierta—, usa mi pelo, o mi carne, y agárrate a ellos, o tira de ellos.

Y usa tus dientes, tu lengua y tu hombría para dejarme tu marca; para hacerme daño.

Yo podré soportarlo. Lo que no puedo soportar es saber que la vida me ha dado una segunda oportunidad cruzándome contigo muy lejos de Escocia y que no la estoy aprovechando.

Rowen la escuchaba paralizado.

—Yo no podría... —Tragó saliva—. No podría hacerte eso. Los hombres que hieren así a las mujeres...

—A mí no me herirías —le interrumpió con insistencia—. Yo lo deseo, Rowen. Lo deseo fervientemente. Todo eso que crees que me abochornaría, que me humillaría, que serviría para mancillarme y convertirme en una mujer indigna a ojos de los demás... Todo eso es lo que quiero de ti.

—No lo entiendo —replicó Rowen. En ese preciso momento volvió en sí mismo.

Lillias lo sintió en el modo en que su cuerpo se tensó, como si acabara de regresarle el alma al sitio, y en que su mirada se intensificó—.

Si crees que la vida te ha dado una segunda oportunidad conmigo al hacernos coincidir nuevamente, ¿no te parece que lo apropiado sería casarnos?

Lillias perdió el equilibrio al oír la seguridad con la que habló.

—¿Casarnos?

—¿Tan descabellado te parece en comparación con lo que me acabas de proponer?

—Sí —admitió ella, atolondrada. Si el alcohol no la hubiera afectado, habría evitado responder aquello en voz alta, pero no logró filtrar sus palabras—. Yo no puedo casarme contigo. Eso... eso es inviable, imposible, es... es, en efecto, descabellado.

Como resultado de la dureza con la que contestó, Rowen la soltó y retrocedió un paso.

—¿Por qué abres la veda a un idilio y no al matrimonio? —inquirió, anonadado. Sacudió la cabeza, molesto con su propia curiosidad—. Ni siquiera sé por qué quiero oírtelo decir, si ya conozco la respuesta.

—La pregunta es por qué querrías casarte después de lo que yo... te hice.

—Si lo dices porque piensas que me rebajaría casándome con una mujer que me rechazó una vez, en la misma bajeza estaría cayendo si aceptara tus exigencias y le rindiera culto a tu cuerpo. Es el mismo cuerpo igual que es la misma alma de la mujer que se fue sin dar explicaciones.

Por primera vez desde que habían coincidido, Lillias detectó un principio de rabia en el tono de Rowen.

Incluso en sus ojos, que eran transparentes como ventanas, pero como ventanas tapiadas que impedían conocer sus pensamientos, leyó el rencor que no se había permitido profesarle.

Entonces, Lillias fue consciente de la dimensión de su ruego, de lo que había arriesgado al hacerle cómplice de sus deseos, y quiso huir en desbandada.

¿Cómo se atrevía a hacerle peticiones a un hombre al que había devastado? ¿Cómo podía ser tan egoísta como para sugerirle una relación extramarital cuando él siempre la había querido para mucho más que eso?

Su propia crueldad le revolvió el estómago.

—Tienes razón —musitó, dando varios pasos tambaleantes hacia atrás—. No sé en qué estaba pensando.

Ceñudo, Rowen dio un paso al frente. Su expresión hablaba a las claras de lo que pensaba: «No te marcharás de aquí sin explicarme qué es lo que has querido decir; sin explicarme, de hecho, lo que siempre he deseado o incluso necesitado saber y nunca he sabido cómo pedirte».

No obstante, no fue lo bastante rápido al alargar el brazo hacia ella, y Lillias, avergonzada por su descaro, logró recuperar el eje a tiempo para darse media vuelta y huir de él.

De él y de sus propios deseos, aunque estos no tardarían en alcanzarla.