Capítulo 12
—No recuerdo la última vez que asistí a una fiesta —admitió Lillias, mirando a su alrededor con los ojos brillando de emoción.
—Yo tampoco es que haya disfrutado de numerosas juergas desde que me casé —le contestó Cullodenna, que mostraba el mismo recelo a la hora de dar un paso adelante y unirse a la fiesta—.
Ni siquiera antes. A mi familia le gustaba tenerme recluida.
Por lo visto, causaba tanta sensación entre solteros que temían que alguien me deshonrase en cuanto se descuidaran...
Y hacían bien en temerlo, porque eso fue justo lo que sucedió.
Lillias se giró para confirmar que la risa que había detectado en el tono de Cullodenna no era fingida. En efecto, la dama sonreía con una mezcla de orgullo y desdén hacia sí misma.
La esposa de Blake siempre había tenido un particular sentido del humor. Además de compadecerse a la menor oportunidad, se burlaba de sus propias circunstancias con gran placer.
—Bueno, no te deshonraron con exactitud, ¿no? Te casaste con Blake.
—¿Y se te ocurre mayor deshonor que ese? Ya sabes que es un canalla de los que ya no quedan —se rio, mirándola con sorna.
—Pensaba que habíais resuelto vuestras diferencias —murmuró Lillias, temiendo que la extraña complicidad que se había formado entre las dos fuera producto de su imaginación, o peor aún: Cullodenna la estuviera fingiendo.
—Y las hemos resuelto —cabeceó, dirigiéndole una elocuente mirada de ojos oscuros.
Con su respuesta determinaba que el matrimonio con Blake iba viento en popa, pero que también la consideraba a ella una posible aliada a pesar del mal pie con el que habían empezado—, pero eso no quita que mi marido sea un canalla.
—Supongo que no —le reconoció Lillias, suspirando aliviada.
No le habría reprochado a Cullodenna Houston que le guardara rencor.
Hacía menos de tres meses, Lillias se había presentado en el castillo de Lochranza con el fin de sembrar discordia entre su marido y ella.
En cuanto llegó, se hizo llamar prometida de Blake Houston y anunció a los cuatro vientos que Johnson era hijo suyo.
El propósito no era otro que gozar de la protección del susodicho tal y como este le prometió en uno de sus viajes a Escocia, donde coincidieron y una Lillias desesperada pudo ponerle al corriente de su delicada situación.
Lillias no había contado con que, para su llegada, Blake Houston habría sufrido un fuerte golpe en la cabeza que le habría provocado una amnesia temporal.
Tuvo que defender su mentira para no verse de patitas en la calle con lo que eso conllevó: ganarse el desprecio y la envidia de la esposa, Cullodenna, que estuvo mirándola con recelo hasta que el mismo Blake, recuperado de su lesión, la puso al corriente de los hechos.
—Cuando era joven y mi padre aún vivía, celebrábamos verbenas con cualquier excusa —le contó Lillias—.
A lord Murray le gustaba aprovechar la amplitud de Dundee Castle para albergar a todos sus jornaleros, miembros del servicio y vecinos del pueblo, y agradecerles con pantagruélicos banquetes y bailes interminables sus labores en el campo, además de su lealtad.
Se creía todo un laird escocés, a pesar de que ya no se estilaba la relación de señor feudal y vasallo —apostilló, recordando con afecto lo mucho que se divertía su padre.
Cullodenna desplegó su abanico y se apoyó en la pared.
Para tratarse de una mujer con su magnetismo, pues no solo era bella, sino exótica, misteriosa y melancólica, tres rasgos que traían de cabeza a los incautos, Cullodenna prefería pasar desapercibida.
Tanto en reuniones como en fiestas, procuraba quedarse en un discreto segundo plano, vistiendo siempre de colores oscuros, cubriéndose medio rostro con el abanico y hablando más bien poco con invitados de su elección.
Lillias sospechaba que aún no se quitaba la costumbre de esconderse de la mirada masculina, un mal vicio que adquirió durante la etapa tempestuosa de su matrimonio, cuando Blake le reprochaba que se exhibiera como una buscona.
—¿Fue en una de esas fiestas cuando conociste a Carmichael?
El corazón le dio un vuelco, aunque no le extrañó la pregunta.
Sospechaba que todo el mundo estaba al corriente de lo ocurrido diez años atrás.
Tampoco le molestó que la abordara sin más.
Sabía que en Cullodenna no existía el deseo de chismorrear; de hecho, la joven no sabía mantener conversaciones que no fuesen trascendentales.
Cullodenna estaba anclada a su mundo interior y sus recuerdos, que protegía del roce de la realidad con un mimo a ratos inquietante.
El mundanal ruido le era indiferente, razón por la que le resultaba tan insoportablemente complicado ser feliz.
Ella misma había admitido ante Lillias que no lograba encontrar actividades que no solo la llenaran, sino que la distrajeran de sus pensamientos.
Parecía que solo Blake Houston, que era tan ambicioso que conseguía tener presencia en el mundo sensible, en la intrincada mente de Cullodenna y hasta en las leyendas fantasiosas que tanto le gustaban, había nacido con el don de penetrar en esa capa de negrura que era su enigmática cabeza y conmoverla.
—Así es. Parece que haya transcurrido toda una vida desde entonces —contestó Lillias al fin, curvando los labios en una pequeña sonrisa. Se llenó de valor con una larga inspiración y tomó a Cullodenna del brazo—. ¿Vamos a tomar una copa?
—Tal vez así la velada se me haga más soportable —bromeó Cullodenna, dejándose arrastrar hacia la amplia mesa de comedor con los refrigerios—.
De todos modos, no creo que debamos pasar mucho rato aquí.
La gente del pueblo me sigue odiando, yo aún no me acostumbro a sus desdenes, y tú...
Tú has de limitar el contacto con el vulgo. No queremos que nadie te delate.
Gracias a Blake, que por fin había decidido poner al corriente a su mujer de cada paso que daba, Cullodenna sabía que Lillias estaba en Lochranza porque necesitaba esconderse de alguien.
No sabía de quién, sin embargo, pues Blake hizo con Lillias un pacto de silencio.
Le dio a su esposa la información mínima para que se tranquilizara, pudiera mirar a la recién llegada con buenos ojos y dejara de hacer preguntas.
—Hay tanta gente que dudo bastante que nadie me reconozca —comentó Lillias, que se alegró de tener que sortear a los aldeanos para acercarse a la mesa de refrigerios—.
No puedo renunciar a un rato de desconexión, Cullodenna.
Llevo un mes encerrada en el dormitorio, siendo estudiada por un par de sabelotodos con complejo de médicos, y aún más tiempo cubriéndome la cabeza con una capucha para tomar transportes marítimos.
Necesito divertirme como solía hacerlo antes.
Cullodenna le dirigió una mirada comprensiva. En silencio, tomó una de las copas de whisky que habían servido y la alzó en señal de brindis por ella. Lillias sonrió, aliviada, y copió su ademán para acto seguido vaciarla de un trago.
Cullodenna apenas se mojó los labios. A diferencia de Lillias, que en su papel de fugitiva había olvidado las normas del saber estar, ni el tiempo ni el encierro habían mermado los elegantes modales de una dama de su posición.
—¿Acaso no te diviertes viendo a Haye y a Bonnibelle discutiendo?
—inquirió Cullodenna tras relamerse—. Yo no he presenciado nada más divertido desde que me mudé al castillo de Lochranza.
Generalmente me pongo de parte de Andrew, aunque solo porque Bonnibelle me detesta. —Encogió un hombro con indiferencia.
Hubo un tiempo en el que la rabia de la Reina de las Hadas la irritaba sobremanera, pero ya se había hecho a la idea de que no podía cambiar la forma en que la veía.
—Yo suelo ponerme de parte de Bonnie —reconoció Lillias—. ¿Dónde están, por cierto?
—Creo que la Reina se ha quedado velando a Beth.
—¿Por qué? Al final no hubo cesárea, ¿no?
—No. La maniobra para recolocar a la criatura surtió efecto y Bonnibelle se quedó en el dormitorio para cerciorarse de que no había complicaciones posparto.
—¿Entonces?
—Bonnibelle adora a Beth. Quiero decir...
todo el mundo adora a Beth —corrigió Cullodenna, con candor hacia la mencionada y también envidia—, pero la Reina le tiene especial cariño.
Fue la señora Houston quien fue a buscarla para que tratara la pierna de su marido, la que confió en sus habilidades desde el principio, la que le da el lugar que merece e intercede por ella cuando las disputas con Haye alcanzan su punto álgido.
Si no conociéramos a Bonnibelle, diría que le hace compañía porque son amigas, pero como Bonnibelle, como reina, no tiene amigas sino súbditas, te digo que la está velando.
Lillias cabeceó y alzó el segundo vaso de whisky.
—Me parece una puntualización apropiada. —Y se lo bebió—. Me sorprende que las mujeres podamos beber lo que queramos...
—El whisky es el producto regional. Si no pueden beberlo las esposas de los propietarios, ¿quiénes?
—Yo no soy esposa de ningún propietario.
No escuchó la respuesta de Cullodenna, porque cuando estaba rellenando su tercera copa de whisky, advirtió en la distancia el corpachón hipermusculado del único hombre que podría destacar entre la muchedumbre.
No solo porque fuera más alto, más ancho, más pelirrojo, sino porque vestía humildemente; porque era el único que no se reía a mandíbula batiente o había bebido como un marinero.
Rowen había llegado tarde a la fiesta, y solo por cumplir, no porque tuviera la menor intención de divertirse.
Siempre había sido así: Rowen no encontraba su sitio bailando o bebiendo hasta perder el sentido.
Rowen solo sonreía, cómodo en un salón, cuando su mirada se cruzaba con la de Lillias y ambos podían retirarse a un rincón para hablar hasta que los invitados se hubieran marchado.
Aunque no se había arreglado con sus mejores galas, Lillias empezó a salivar al verlo avanzar.
Se había aseado, como delataba el cabello aún húmedo, se había afeitado también, despejando aún más el rostro limpio de un ángel, y vestía un impoluto chaqué, tal vez la única ropa apropiada que reservaba para ocasiones especiales.
Lillias se bebió dos copas seguidas bajo la mirada incrédula de Cullodenna, esperando que el alcohol ahogara el deseo que empezó a clamar protagonismo.
Se humedeció los labios y lo persiguió con la mirada, conteniéndose para no ir en su busca y pedirle un baile, como hacían las descaradas, o algo aún más alocado.
—Vaya, vaya... —murmuró Cullodenna, observándola de soslayo—. Parece que lo deseas.
—Desesperadamente —admitió, alentada por el alcohol. Se aturulló con la propia lengua al hablar—: Y sé que no es justo para él, pero me resulta irremediable.
Como si se hubiera percatado de que estaban hablando de él, Rowen apartó la vista del punto en el que la había perdido y posó la mirada en Lillias.