Capítulo 11
Las faenas del químico se llevaban a cabo en el sótano de la destilería, donde disfrutaba de un amplio laboratorio que tenía prohibido el acceso a cualquiera que no fuera él; las de Rowen solían llevarse a cabo a plena luz del día, en los campos donde daba órdenes para sembrar o recoger la cebada dependiendo de la época del año.
Ese día, para variar, Rowen le enseñaría las instalaciones al joven Todd y al aún más pequeño Johnson.
El primero debía hacerse a las labores que le habían sido encomendadas, ya en su disfraz de jornalero, y el segundo le había pedido con encarecimiento que le mostrara lo que se hacía en la fábrica.
En el paseo le acompañaría Blake, que estaba tan comprometido con que Todd pasara desapercibido como con el rol de padre, que desempeñaría con Johnson hasta que Cullodenna se quedara embarazada...
e incluso después, porque la ilusión que Blake sentía por el jovencito no era fingida.
Rowen sabía que un niño traía felicidad a las casas, y más a un hombre tan temperamental, fantasioso y con un espíritu libre como Blake, que tenía rasgos en común con los más jóvenes.
Johnson estaba esperando a las puertas del castillo de Lochranza con impaciencia.
Le estaba manifestando el deseo de ponerse en camino a su compañía femenina, con la que Rowen no había contado hasta ese momento.
Lillias también se había abrigado para hacer el trayecto hasta la destilería, veinte minutos a pie que podían hacerse eternos cuando el frío mordía la piel.
Rowen casi se quedó paralizado al tropezar con la cálida mirada de Lillias. La muchacha le sonrió sin mostrar la dentadura en cuanto supo que él los guiaría por la destilería, un gesto natural y hermoso que siempre tenía el mismo efecto en Rowen: dejarle sin aliento.
Pensaba que con el tiempo acabaría acostumbrándose a su presencia, sobre todo después de haber aclarado con madurez que ni el uno esperaba nada del otro, ni el otro quería nada del uno, tan solo convivir en armonía.
No obstante, su conversación la noche del alumbramiento de Yvaine, lejos de limar asperezas, no había hecho más que tensar la cuerda de un anhelo que no le dejaba dormir.
Un anhelo que no podía manifestar, porque ¿para qué?
Esa era la pregunta que se repetía cada vez que pensaba en romper sus propias reglas y acercarse a Lillias. ¿Para qué, si ya habían pasado diez años? ¿Para qué, si ella tenía su vida?
¿Para qué, si nunca tuvieron futuro?
—¿Estás preparado? —le preguntó Rowen al pequeño Johnson.
—¡Sí! —Su afán por preguntar le llevó a disparar antes siquiera de llegar a su destino—. ¿Podré probar todos los tipos de whisky que hacéis?
—Eres demasiado joven para beber —repuso Rowen, sonriendo a su pesar—, pero si tu madre te da permiso, puedes dar un sorbo a cada uno de los elixires que fabricamos. Eso sí... no abuses o acabarás comportándote como un idiota.
—El whisky no siempre tiene ese efecto sobre los hombres —repuso Johnson con sabiduría—. Conozco algunos que se echan a dormir.
—Recemos para que tú seas de los que se echan a dormir... si es que te permiten probarlo.
—¿Puedo? —le preguntó Johnson a Lillias, junto a la que caminaba.
Ambos estaban tan sincronizados que parecían la extensión del otro: andaban al mismo ritmo, adelantando la misma pierna, casi rozándose las manos. Johnson se torcía ligeramente hacia la derecha al avanzar, igual que Lillias tendía a inclinarse hacia la izquierda, como si quisieran tocarse.
No acababa ahí la conexión entre los dos.
Parecían entenderse con la mirada, sin emplear apenas lenguaje corporal.
¿Y cómo no iban a entenderse sin palabras, cuando eran la misma sustancia?
Aunque el cabello rubio de Johnson recordaba a las descripciones de los antiguos vikingos y tenía los ojos oscuros como el infierno, tan distintos de los anillos color miel que se enroscaban en torno a las inteligentes pupilas de su madre o de su lacio cabello ceniciento, de algún modo eran idénticos.
Su rostro tenía la misma forma, Johnson había heredado su nariz y sus labios, incluso el colmillo torcido, y había tanta familiaridad en sus gestos que parecía que Johnson la hubiera estudiado como el mejor actor de Drury Lane para reproducir su papel.
Rowen había amado a ese niño nada más verlo, porque bastaba con mirarlo para saber que la sangre de Lillias corría por sus venas.
Sin embargo, también le incomodaba su presencia, porque había rasgos en él que no concordaban con los de Lillias y que le hacían inevitablemente consciente de la existencia del otro hombre; el hombre al que Lillias había amado lo suficiente para hacerle hueco en su cama.
Rowen no conseguía ver ningún trazo de Blake en el cuerpo de Johnson, ni tampoco en la actitud de Johnson, pero tarde o temprano, y una vez la identidad del niño hubiera sido forjada, mostraría aspectos del padre.
Cuando no lograba mantener a raya sus emociones, y esto era infrecuente, Rowen sentía que el odio hacia Blake Houston podría partirlo por la mitad.
No solo porque pusiera a Lillias en peligro y fuera el padre del que tendría que haber sido su hijo, sino porque podría haber elegido una vida con Lillias y con Johnson, la vida con la que Rowen había soñado, y en su lugar decidió despreciarla para estar con otra mujer.
Rowen se sentía como si le hubiesen arrebatado lo que para él era más querido por el simple placer de hacerle daño, y no para darle una mejor vida a su ser amado de la que él podría haberla provisto.
Rowen no le encontraba el más remoto sentido a esta injusticia y se frustraba. Todo lo que no entendía le hacía sentirse así.
Cuando llegaron a las puertas de la fábrica, Rowen se fijó en el muchacho menudo que esperaba junto a la entrada. Se le veía nervioso e impaciente, detalles por los que se dijo que tendría que reprenderle, pues no hacía más que llamar la atención.
Rowen adelantó a los padres y al hijo para acercarse a la invitada.
—Todd —la llamó.
La cautiva de los contrabandistas tardó en recordar que se referían a ella.
Se había vestido con la ropa que Rowen le proporcionó la misma noche que la escondió en su propia cabaña: unos calzones, unas botas de trabajo de caña alta, una camisa, una chaqueta y un gabán lo bastante largo y ancho para cubrir las torneadas piernas de mujer, único detalle que podría delatar su condición.
No tenía curvas ni tampoco un rostro muy femenino, y al haberse cortado el ensortijado cabello pelirrojo como un muchacho, lograría pasar desapercibida, pero el disfraz se vendría abajo si una mínima ráfaga de viento le levantaba los faldones del abrigo.
—Hola, señor... señor Carmichael —dijo, probando una voz más grave de lo normal.
—Tienes que seguir practicando —le contestó Rowen, bajando el tono—, pero el disfraz no te queda mal.
—¿No es mala idea exponerme delante de sus... amigos? —inquirió Todd, haciendo un gesto con la cabeza hacia Lillias y el pequeño Johnson, que charlaban retirados por unos pasos.
—Al contrario. Es necesario que se vayan acostumbrando a tu cara y a tu presencia, porque queremos que te adaptes y no te veas en la necesidad de salir huyendo otra vez dentro de dos semanas.
Todd le hizo saber con una mueca nostálgica que agradecía su esfuerzo y que estaba de acuerdo con el plan, pero al mismo tiempo lamentaba verse obligada a permanecer disfrazada de hombre para siempre.
Rowen sabía por qué: la noche que le dio cobijo en su cabaña, se fijó en que, si bien sus modales tampoco eran especialmente femeninos, sí tenía la elegancia señorial de los aristócratas, y eso llamaría la atención de cualquiera con dos ojos en la cara.
Ese detalle había hecho que Rowen se preguntara de dónde sería, quién era ella en realidad, pero había tenido la gentileza de reservarse las preguntas para no avivar los nervios de la joven.
Porque estaba nerviosa. Seguía estándolo días después, y especialmente en ese momento.
—No temas —fue lo último que le dijo. Apoyó la mano en su hombro antes de que Lillias, Johnson y Blake lo alcanzaran—. Saldrá bien.
Todd asintió con la cabeza, más por autoconvencimiento que porque creyera de verdad en su palabra, y se puso en marcha a la señal de Rowen.
Sería él quien encabezara el paseo por la destilería, pues siendo el miembro más antiguo, respetado y trabajador de la sociedad de Gillander’s Whisky no solo le correspondía el honor de moverse por allí como un amo y señor por su terreno, sino que era, de hecho, el que más conocimientos albergaba respecto a la cadena de trabajo.
Ni Blake, que habría sido el indiscutible heredero de todo si su esposa no se hubiera mostrado reacia a perpetuar el apellido, ni Calder, que jamás había sentido verdadera vocación por el negocio, conocían los entresijos de la destilería como Rowen.
—Solo Buchanan’s nos hace la competencia a nivel internacional —empezó a explicar una vez llegaron al piso superior, guiando al niño y a la madre por las vitrinas en las que guardaban las muestras embotelladas.
Señaló una de las primeras baldas con un movimiento de mano—, pero porque tienen una única receta potente, comercializada desde mucho antes de que los Houston compraran esta fábrica abandonada y se lanzaran al mercado.
Nosotros no nos hemos especializado en un solo whisky, sino que ofrecemos variedad.
Tenemos straight bourbon , puro maíz madurado durante cuatro años en barriles de roble blanco americano, otro que madura en barriles de bourbon y jerez, otro en barriles de manzanilla, y, por último, el single malt de mayor graduación, pues supera el cuarenta por ciento.
Esta edición limitada habrá de superar con creces el producto de Buchanan’s, por eso todavía se está perfeccionando la receta. Haye se encarga de eso.
—¿Quién le puso los nombres en gaélico? —quiso saber Lillias, acariciando con los dedos el cristal de una botella ya etiquetada.