Capítulo 10
—Menos mal que el recién nombrado padre está cojo y no manco —comentó Haye con desdén, oteando desinteresado el fondo de su copa a medio beber—. No creo que hubiera podido soportar no coger al bebé en brazos.
—Si sigue agarrando a la niña con esa fuerza y negándose a soltarla, acabará quedándose también sin función articular en la mano —apostilló Blake.
Observaba divertido cómo su hermano mecía a la criatura con una sonrisa bobalicona—.
Le doy dos meses. Dos meses y se le gangrenará hasta el hombro de aguantar tanto peso.
—Eso es clínicamente imposible —refutó Haye—, aunque, si pudiera ocurrir, un humilde servidor no podría esperar tanto tiempo a que se cansara de poner esas voces ridículas y llevar a la cría encima hasta al orinal.
¿Quién se ofrece a romperle el brazo para que deje en paz a la chiquilla de una vez por todas? ¿Es que no tiene madre, o qué?
—Bastante ha hecho la pobre Beth con traerla al mundo para encima tener que mecerla las veinticuatro horas.
Debe descansar —intervino Rowen—, aunque Calder también debería darse un respiro.
Si dentro de unos años sigue tan dispuesto a llevar a la niña de un lado para otro como lo está ahora mismo, cuando pese veinte kilos en lugar de tres se le descompensará el eje más aún.
Como si se hubiera enterado de la conversación, Calder dejó de mirar hipnotizado a la pequeña Yvaine y los fulminó con la mirada en la distancia.
Todos sin excepción, incluido el socarrón de Blake, se pusieron firmes.
—A lo mejor la Reina de las Taradas accede a serrarle un brazo —murmuró Haye, que aún no se daba por satisfecho y seguía quejándose—. Estaría prestando un gran servicio a la comunidad, lo que parece que es lo único que le importa.
—¿Qué más habría de importarle a una sanadora?
Quizá solo tu mal humor, Haye, que debe tener su origen en una dolencia imposible de curar —se burló Blake—.
Dicho esto, creo en las habilidades mágicas de la Reina más que en mí mismo, pero un vistazo de esos de mi hermano podría asustar hasta a una hechicera de su rango.
Voto por dejar sus extremidades tranquilas antes de que venga por nosotros.
—Pues como no se acerque gateando, no creo que me alcance —repuso Haye en voz baja, mirando con soberbia al padre—. Puedo correr más que él.
Aunque el sentido del humor de Blake podía llegar a los lugares más oscuros, aún no lo tenía tan atrofiado como para reírse de la dolencia física de su hermano menor.
Si había tenido una bala alojada en el muslo durante meses y cojearía durante el resto de su vida, era por su culpa, pues fue quien apretó el gatillo.
Rowen sí tuvo que ocultar una sonrisa inoportuna tras la copa de cristal, incrédulo ante la mala baba de Andrew Haye.
—¿A qué se debe esa amargura? No es que te imaginara un enamorado de los bebés, pero este desprecio tuyo por la paternidad me deja de una pieza —apostilló Blake, mirando a Haye con una ceja enarcada—.
A mí no se me caen los anillos por admitir que envidio a mi hermano porque quiero una niña idéntica a esa.
Pero ¿qué hay de ti? ¿Es que no quieres formar tu propia familia?
—Blake alternó una mirada con Rowen—. ¿No queréis formar vuestra propia familia, mejor dicho?
Rowen ladeó la cabeza hacia Haye, buscando en él la inspiración para contestar o bien el apoyo de un compañero que tuviera la misma visión pesimista sobre el futuro.
Haye no se dio cuenta o no quiso prestar atención al interés de Rowen en unir fuerzas para confrontar a Blake, porque permaneció con la vista fija al frente, sin pestañear siquiera.
Rowen, por su parte, volvió a fijarse en el rostro iluminado del padre, en cómo parecía haber olvidado las dolencias que en su día aseguró que le arruinarían la vida.
Ese milagro lo había obrado una criatura de apenas dos kilos y medio.
Una criatura arrugada, con ralo cabello negro y la molesta tendencia de llorar hasta desgañitarse cada noche, impidiéndole dormir a sus padres, que se habían empecinado en cuidar del crío sin la intervención de ninguna doncella.
—Ya está bien de cuchicheos —zanjó Calder. En algún momento de la conversación se había acercado con la niña en un brazo y el bastón de apoyo en la otra mano—. ¿Es que no tenéis trabajo del que encargaros?
—El mismo trabajo que tú, que, entre bodas precipitadas, lunas de miel, operaciones de urgencia a manos de la Reina de Elphame y la imperiosa necesidad de mecer a la cría las veinticuatro horas del día, no das un palo al agua —le recriminó Blake, aunque con tono amistoso.
Su expresión cínica se suavizó al asomarse para contemplar la pequeña carita de la niña—. ¿Puedo cogerla?
—Ni hablar —gruñó Calder—. Y más os vale acostumbraros a que ejerza mi derecho a «no dar un palo al agua» como señor del castillo, porque hasta que Yvaine no sepa leer y escribir, no pienso separarme de su lado.
—Nos esperan unos largos cinco años encargándonos de la destilería —se mofó Blake, mirando con ironía a sus compañeros.
—Los cinco años que tú has estado escaqueándote —repuso Calder—. ¿He dicho «hasta que sepa leer o escribir»? Quería decir hasta que venga un hombre digno de ella y la haga su esposa.
—Échale otros trece hasta que seamos libres de penitencia —apostilló Haye, exasperado.
—Y más os vale trabajar duro durante los próximos dieciocho años, porque quiero dejarle una jugosa herencia.
—Por supuesto —accedió Haye con una venia irónica—. Así, si luego es más fea que una blasfemia, el supuesto hombre digno de ella no se echará para atrás en la boda: mantendrá en el pensamiento la rica empresa que heredará.
—¿Has visto a su madre? —replicó Calder, incrédulo—. Es imposible que Yvaine haga daño a la vista.
—Y la empresa no la va a heredar Yvaine, sino el primer niño de apellido Houston que nazca en el castillo de Lochranza —les recordó Blake—.
Estoy muy feliz de que Beth haya alumbrado a una cría sana, hermano, pero más feliz estoy sabiendo que, si Cullodenna trae al mundo a un crío, seré yo el que se quede el techo que nos cubre las cabezas.
Calder entornó los párpados.
—Eso si Beth no se queda embarazada antes del muchacho en cuestión.
En los ojos verdes de Blake brilló el desafío. Dio un paso adelante con las manos cruzadas a la espalda, sonriendo bravucón.
—¿Quieres que apostemos algo, hermanito?
—¿De veras vais a apostar de quién será hijo el heredero? —Rowen no daba crédito a lo que oía—. Tanto tiempo renegando del testamento del cerdo de vuestro padre y ahora os lo tomáis como un juego.
—Un juego que involucra a las respectivas parientas y por el que os desterrarían a otro dormitorio si supieran lo que os traéis entre manos —apostilló Haye, que se divertía de lo lindo con la rivalidad entre los Houston.
—Descuidad, amigos. Cuando Cullodenna se quede embarazada del futuro Duncan Houston, propietario de Gillander’s, el castillo de Lochranza y media Lochranza, me ocuparé de que mi hermano, su esposa y su descendencia tenga donde pasar los inviernos —anunció Blake con una sonrisa lobuna—.
A fin de cuentas, en este sitio cabemos todos, y educaré a mi primogénito en valores como la generosidad y la piedad.
No permitirá que sus familiares se queden sin refugio.
—Eres muy amable, Blake. —Calder palmeó la espalda de su hermano—. Yo procuraré que Ross Houston, que será mayor que tu Duncan por, al menos, unos cuantos meses, sea tan humilde que no le importe cederle la mitad de su legítima herencia a su primo.
—Lady Beth aún está recuperándose en el dormitorio y ya estás pensando en preñarla de nuevo. —Rowen meneó la cabeza—. Pobre criatura.
—Por supuesto que piensa en preñarla —le defendió Haye—. No se puede mirar a esa mujer y pensar en otra cosa que no sea en llevarla a la cama.
El comentario de Haye cortó de raíz la amistosa rivalidad entre los hermanos. Ambos Houston se giraron hacia él, Blake con el ceño ominoso marcado y Calder preparado para abalanzarse sobre él.
—Cuidado con lo que dices de mi mujer. Porque tengo en brazos a la niña, que si no, ya te habría puesto en tu sitio.
—Yo tengo las manos libres. Si las requieres, puedo usarlas en tu nombre —se ofreció Blake, palmeando el hombro del hermano menor—. Nada me gusta más que patear a Andrew Haye.
—Por hoy tengamos la fiesta en paz —decidió Calder, aunque se quedó mirando a Haye con recelo.
Carraspeó, reorganizando sus ideas, y retomó la palabra con brío—.
Me he acercado a vosotros para anunciaros que he decidido organizar una fiesta de bienvenida para Yvaine, como también de agradecimiento hacia Beth por hacerme el hombre más feliz del mundo.
Se celebrará esta noche en el salón principal, el que ya está remodelado, y estará invitado todo el pueblo.
Quiero que hoy, durante vuestros quehaceres, os ocupéis de correr la voz.
—¿No es muy pronto para una fiesta? —inquirió Rowen—. Lady Beth ha de estar muy cansada.
—Está ansiosa por levantarse de la cama, y no le voy a negar un festín.
No creo que pueda bailar, y yo mismo se lo impediré si lo intenta, pero si recibe a los invitados y se deja agasajar por lo menos dejará de sentirse inútil, que es de lo que lleva quejándose desde que el avanzado embarazo le impidió hacer vida normal...
Calder se calló en cuanto Yvaine, hasta el momento dando pequeñas cabezadas, empezó a sollozar.
El padre primerizo —que solo lo era de palabra porque actuaba como si hubiera nacido para ello— empezó a mecerla con suavidad y a hablarle con ternura.
No terminó lo que iba a decir: hizo un vago gesto hacia los tres hombres, animándoles a darse brío, y se dio la vuelta para consolar a Yvaine con relativa intimidad.
—Es una locura celebrar el nacimiento de un niño a los pocos días de su alumbramiento —acotó Haye una vez Calder hubo abandonado el salón.
Los ojos oscuros del químico se quedaron pegados a la puerta por la que había desaparecido—.
Muchos de los recién nacidos fallecen antes de cumplir la semana en el mundo, y el periodo de máximo riesgo no concluye hasta los tres meses.
—La sangre de los Houston es fuerte —repuso Blake con orgullo—.
Ni un solo niño del linaje de mi padre ha muerto, ni antes, ni durante, ni después del parto.
Todos han estado sanos como un roble y han tenido los pulmones de acero.
Según se cuenta en algunos escritos, y como me relataba mi madre, todos llorábamos como si quisiéramos desquiciar a nuestros padres.
—Y no dudo que lo consiguierais —apostilló Haye.
Acto seguido, se encogió de hombros, terminó su taza de té en completo silencio y se levantó a la par que Rowen para dar comienzo a las tareas del día.