Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

—¿Sufriste tanto como lo está haciendo lady Beth?

Lillias no comprendió a lo que se refería, y aprovechó esos instantes de aturdimiento para fijarse en su rostro salpicado por el sudor del misterioso esfuerzo que habría llevado a cabo esa noche; en la mirada prístina que parecía una ventana al Edén.

—¿En qué sentido?

—El parto —explicó Rowen en voz baja. Se frotaba las manos de forma compulsiva, inquieto—.

No he asistido a muchos alumbramientos a lo largo de mi vida, pero sí a los suficientes para saber que la mujer padece un sufrimiento inimaginable.

No puedo ni siquiera hacerme una idea de cómo ha de sentirse el desdoblamiento del cuerpo para traer al mundo a un ser humano.

—Hizo una pausa para tragar saliva y repetir—. ¿Para ti también fue... doloroso?

La culpabilidad le formó un nudo en la garganta, impidiéndole contestar enseguida.

Rowen seguía pensando que Johnson era su hijo, y a Lillias le convenía que así fuera.

Cuantos menos cómplices existieran de su mentira, que tenía que alimentar para no levantar sospechas en su escondite, más a salvo estaría.

Así lo decidió el día que huyó de Dundee para evitar la masacre de su familia, y así tenía que ser por más que deseara sincerarse ante Rowen.

Lillias había conocido a un sinfín de hombres y mujeres a lo largo de su vida y ninguno le había inspirado tanta confianza como él.

Sabía que diciéndole la verdad, que Johnson era su hermano pequeño y no su hijo, no peligraría su integridad física, pero también se ganaría su desprecio por no haberlo informado el primer día, cuando se presentó allí como una madre, rompiéndole el corazón en el proceso.

Porque sabía que aquella mentira había destrozado a Rowen de alguna manera, aunque hubiera sido capaz de disimularlo en los meses que siguieron.

—Fue doloroso —confirmó Lillias, recordando cómo se retorció su madre y las semanas que tuvo que pasar encamada hasta recuperarse del parto de Johnson...

y nunca del todo. Se aferró a esos recuerdos para reconstruir una historia que ella no protagonizó, ansiosa por darle a Rowen algo que quería: la única explicación que se atrevería a exigir—.

Johnson también se adelantó un par de meses.

Fue un niño prematuro. Nadie le daba más que un par de años de vida, y eso si prosperaba, pero fíjate: lo consiguió.

No solo sobrevivió a la inmadurez de sus propios órganos, que fueron formándose a un ritmo lento pero progresivo fuera del seno materno, sino que se repuso a una gripe posterior y a día de hoy es un niño sano y fuerte como un roble.

Lillias no pudo reprimir una sonrisa de alivio al recordar los duros meses que siguieron al nacimiento de su hermano.

Ella tenía ya veinte años, suficientes para hacerse cargo de la criatura mientras su madre se debatía entre la vida y la muerte.

En cierto modo, Lillias había engendrado a Johnson: fue la que le dio nombre, la que pasó noches en vela vigilando su respiración, la que movió cielo y tierra hasta encontrar una nodriza que le alimentara; fue quien lo meció en brazos, piel con piel, para que sintiera el afecto de una madre, aunque no fuera la verdadera, la que le cantó durante los primeros meses de vida, la que lloró desesperadamente creyendo que sus esfuerzos no surtirían efecto y la que también entonces, diez años después, seguía anteponiendo la vida del pequeño a la suya.

Seguía protegiéndolo de los males que le acechaban, fueran reales o imaginarios, y así sería siempre.

—En cuanto a mí... —prosiguió a tientas.

Su sonrisa mermó al recordar el estado en que el parto había dejado a su madre —.

Dicen que cada embarazo es un mundo, y no se equivocan.

Algunas mujeres duplican su belleza, tienen una nueva luz en el rostro, pero yo...

Albergar a Johnson en mis entrañas me sentó mal.

Engordé lo justo, quizás menos de lo habitual.

Los síntomas me tuvieron sin comer y sin dormir, con cambios de humor brutales, y después del parto enfermé de algo mucho peor que una gripe o el mismo tifus, porque al menos estas dolencias son detectables, existe tratamiento, y para el agujero negro en el que caí no parecía haber cura.

Lillias se estremeció al recordar a su madre inmóvil bajo las mantas, cada vez más demacrada.

Había sido una mujer coqueta y llena de vitalidad, pero pareció ceder la chispa de su alma a Johnson para que prosperara, para que creciera como un niño feliz y despreocupado, a costa de apagarse ella para siempre.

No se levantaba de la cama, no lograba enfocar la vista y rehusaba ver a su creación.

Era incapaz de mirar a Johnson a la cara.

Lo odiaba. Algunas de las doncellas respiraban aliviadas cuando lady Murray se negaba a ver a su hijo, pues estaban convencidas de que era tal el desprecio que sentía por él que podría haberlo matado con sus propias manos para recuperar la ilusión que creía haberle sido arrebatada.

Su madre tardaría años en volver a parecerse a la mujer que solía ser, y no fueron ni ella ni Johnson quienes le devolvieron el deseo de vivir, sino un hombre: el que sería su segundo marido.

Lillias bloqueó la imagen de Brendan antes de estremecerse.

—Fue espantoso —resumió con un hilo de voz. Tuvieron que pasar unos eternos segundos antes de que Rowen encontrara el valor para contestar.

—Espero que tuvieras en quien apoyarte durante esos momentos. Y lamento... lamento que padecieras un tormento semejante.

Lillias se giró para mirarlo con sorna, convencida de que esa vez hallaría cierto sarcasmo en la expresión de Rowen, cuando no en sus afectadas palabras. Pero era honesto, y Lillias no pudo sino enrabietarse en secreto por su pusilanimidad.

Ella había tomado la decisión de no hacer una referencia directa a su pasado romántico, pues Rowen actuaba como si no lo recordara o no fuese importante.

Y era cierto que no tenía caso conversar sobre un episodio de amor frustrado con una década de antigüedad.

Los pecados no expiraban, pensaba; había que pagar por ellos tarde o temprano, pero sí se extinguía el momento de disculparse.

Solo mirando a Rowen, su serenidad, su resignación, Lillias concluía que no quería cobrarse ninguna venganza, que no necesitaba verla caer para sanar la herida ni se recreaba en su sufrimiento.

Él ya no estaba herido, y si lo estaba, lo disimulaba con honores.

A pesar de tener en cuenta todo esto, Lillias no pudo resistirse a preguntar:

—¿Lo lamentas de veras? ¿No hay una sola parte de ti, por recóndita que sea, que celebre que mi vida fuera un despropósito después de abandonarte?

Rowen apartó la mirada. No fue un gesto de cobardía o de supervivencia. Más bien pareció buscar la respuesta en la pared de enfrente, lejos de la mirada insondable con la que Lillias quería convencerle de contestar lo que ella quería oír.

—Aquello sucedió hace diez años —se limitó a decir para la inmensa frustración de Lillias, que ansiaba verlo furioso.

Recibiría su odio con los brazos abiertos mucho antes que esa infame resignación—.

Ya no tiene sentido penar por el pasado, y nunca he sido de los que se regocijan en los males ajenos.

—Eso es verdad. Nunca has sido así —reconoció Lillias, abrazándose más las rodillas—, pero tenía la esperanza de que el tiempo te hubiera endurecido.

—«De que mi rechazo te hubiera endurecido», pensó, avergonzada por sus propios sentimientos.

«De que te hubiese convertido en un hombre seguro de lo que quiere, en un hombre capaz de tomar lo que desea antes de que sea tarde».

—El tiempo me ha endurecido —le confirmó él—. Ya no tengo el corazón blando.

—Lo dudo bastante —replicó ella, atreviéndose a esbozar una sonrisa—. Sigues siendo un buen hombre.

—Ser un buen hombre y ser un hombre sensible no es lo mismo.

—Sí lo es. Los hombres buenos tienen la sensibilidad justa para dejarse conmover. Y tal vez yo ya no te conmueva debido a esos diez años que han transcurrido y que con tanta razón mencionas..., pero seguro que hay otras cosas que sí lo hacen.

Rowen la miró a la cara.

—¿Qué te hace pensar que no me conmueves? —inquirió, y no con la intención de avivar la llama de la esperanza en ella, sino proclamando una verdad universal que seguía sin tener caso como la que aclaró entonces—: Siempre serás especial para mí. Tu sufrimiento me afecta.

—Te afecta mi sufrimiento, te solidarizas con él... pero mi felicidad no te enfurece.

—¿Por qué habría de enfurecerme tu felicidad?

—Porque si la hubiera alcanzado, habría sido a costa de la tuya.

Una parte de Lillias ansiaba forzarlo a confesar que estaba resentido con ella, pero sabía que eso era imposible.

Rowen Carmichael siempre había aceptado las miserias de la vida y la mediocridad como si no pudiera rebelarse contra el destino, y tal vez esa fuera la clave para evitar el sufrimiento: él, con su mentalidad simple, seguía en pie, y ella, siempre exigiendo más de lo que merecía y luchando contra viento y marea, no había dejado de dolerse un solo día.

—Deberías odiarme —le dijo Lillias, mirándolo a la cara.

Él le sostuvo la mirada con esa atención que volcaba en ella incluso cuando le narraba batallitas, como si fuera el ser más importante del universo, como si lo que le estaba contando fuese una cuestión de vida o muerte.

Esa atención que le prestaba, el amor que le ponía a escucharla, la hacía sentir venerada.

—¿Por qué?

—Deberías odiarme porque te abandoné sin darte explicaciones, porque he reaparecido cuando tenías derecho a una vida en paz, alejado de un pasado que seguramente aún hoy no comprendas. Porque yo prosperé, avancé, tuve un hijo, y tú rehúsas amar a nadie más.

Rowen curvó los labios. Lillias no supo clasificar su sonrisa.

—Me estás diciendo que debería odiarte por haber seguido viviendo, pero no cuentas con que eso es algo que siempre supe que pasaría.

No vi venir que me abandonarías, no; ahora bien, cuando ocurrió, tuve claro que te marcharías a iluminar con tus maravillas a otro puñado de afortunados.

Avanzarías y prosperarías, como has dicho.

Tendrías un hijo, sí, tendrías un marido, tendrías una familia.

Fui consciente de ello desde el principio, y creo que no solo me refiero al preciso instante en que te fuiste, sino al día en que te conocí.

Uno sabe esto el mismo día en que conoce a quien sea, tanto si ese alguien deja huella como si no.

Calder, Blake, Haye, la Reina, Beth, Cullodenna...

Todos ellos me fueron presentados y tuve claro que su vida no se detendría por mí jamás.

Yo solo pasaría por ella y tomaría partido en sus actos tanto como me lo permitieran.

Mi ausencia no marcaría una gran diferencia.

—Y si las vidas de los demás no se detienen ni cambian porque tú entres en ellas, ¿por qué has permitido que la tuya se truncara por mí?

—replicó con un nudo en la garganta—. Sigues tal y como te dejé, Rowen.

Quizá sea presuntuoso por mi parte asumir que se debe a mi...

a mi traición. Quizás fue otra mujer u otro suceso lo que te conmocionó tanto que no sientes el deseo de avanzar, pero...

¿Por qué tu vida es una repetición de rutinas desde que me fui?

Rowen hizo una pausa antes de responder para inspirar hondo.

—Hay vidas por las que pasamos de puntillas —contestó con lentitud—, pero hay otras en las que uno entra pisando tan fuerte que ni la marea puede borrar sus huellas.

El corazón de Lillias brincó.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Nada que no haya dicho ya: que siempre serás especial para mí.

—Eso no significa que otras mujeres no puedan ser especiales también.

—Te equivocas. Significa exactamente eso, Lillias.

No encontró el valor o la voz para replicarle enseguida. Sentía el pulso latiendo en sus oídos, en sus sienes, en la vena del cuello.

Estaba a punto de explotar por culpa de la esperanza que afloró en ella.

—¿Y qué me quieres decir? ¿Por qué me confiesas tus sentimientos? No parece que pretendas hacer algo con ellos, y tampoco que quieras una explicación.

—No pretendo hacer nada con mis sentimientos y no exijo una explicación por el mismo motivo, y es que sé que lo que puedo ofrecer no está a la altura de mis deseos.

Tanto tu abandono en el pasado como mi retraimiento de hoy, mi resignación ante lo que siento, están más que justificados gracias a esta simple verdad, y es que nunca he podido permitirme el amor de una dama —resumió con humildad—. Pensar lo contrario fue una ingenuidad.

Un impulso violento intentó tomar el control de Lillias, que logró reprimirse a tiempo para no gritar que eso era mentira.

No solo se había podido permitir el amor de Lillias, tanto en el pasado como en el presente, sino que se lo había ganado poco a poco con sus galanterías y su respeto, y asimismo se lo robó con un golpe de efecto.

Lillias había sentido un flechazo al verlo y también se enamoró con el paso del tiempo, si es que era posible amar a un hombre de todas las maneras que existían.

Lo quiso como a un amigo, pues le confió todos sus secretos; lo deseó como a un amante, aunque nunca pudo tenerlo; lo amó de forma platónica, como a los sueños, sintiéndose en una fantasía cada rato que estaba con él; vivió con Rowen la experiencia del marido y la mujer, porque le parecía que llevaban toda una vida juntos cuando apenas acababan de conocerse.

En Lillias se habían conjugado todos los amores imaginables porque él era merecedor de cada uno de ellos, y que creyera que no era digno la enrabietó.

No podía estar más equivocado. Era Lillias la mujer indigna, la que no podía permitirse el respeto de un hombre tan íntegro.

Abrió la boca para replicarle, pero en ese justo momento, Calder abrió la puerta de sopetón y se asomó para hacer un anuncio que, a juzgar por su expresión iluminada, creía que conmocionaría al mundo entero.

Tenía entre los brazos a una diminuta criatura envuelta en mantas, y sonreía como Lillias no le había visto sonreír jamás.

Los primeros rayos de luz del día se filtraron a través de las cortinas del dormitorio, que le hicieron resplandecer como al ángel de la Anunciación.

Y eso mismo hizo: un anuncio.

—Os presento a mi hija Yvaine —dijo con el aliento contenido—: La estrella vespertina.