Capítulo 8
Lillias estaba en el séptimo sueño cuando un grito desgarrador la sobresaltó. Se incorporó de golpe, el corazón martilleándole en el pecho, y siguió los pasos prefijados por el instinto de supervivencia: buscar una salida para huir sin ser vista.
Todavía adormecida, ni siquiera se planteó que el caos que se había apoderado del castillo pudiera estar relacionado con un suceso ajeno a ella.
Se acostaba pensando que la encontrarían, se levantaba agradeciendo que no lo hubieran hecho aún, y cualquier mínima alteración del orden que ocurriera en el curso del día era razón de sobra para echarse a temblar.
—Johnson —fue lo primero que masculló, a punto de encaramarse a la ventana. Echó una ojeada aterrorizada por encima del hombro—. ¡Johnson!
No era la primera vez que huía de un castillo tomado por el enemigo.
Desde su posición, Lillias oía los ajetreados pasos de un batallón de soldados, las órdenes que dictaba a diestro y siniestro una profunda voz masculina y los aullidos de una mujer a la que probablemente estuvieran torturando para averiguar dónde estaba ella, Lillias, el origen de todos los males.
Tal y como hubiera sucedido en el pasado, y es que la escena se estaba desencadenando del mismo modo que entonces —secuaces repartidos por los corredores, doncellas del servicio acobardadas, y todos buscándola a ella y a Johnson—, Lillias echó a correr hacia la puerta para buscar al pequeño.
Estaba tan asustada por la inminencia de la captura que, al abalanzarse fuera del dormitorio, no vio que una figura femenina se interponía en su camino.
Chocó con la Reina de las Hadas.
En lugar de disculparse, Lillias la tomó por los hombros.
—Tengo que irme.
—¿Irte?
—Vienen a por nosotros —le explicó con ansiedad en la voz—. ¿Dónde está Johnson?
—Johnson está ayudando con el parto. Trae y lleva mantas y palanganas de agua, al igual que el resto de las criadas.
—Bonnibelle miró de hito en hito a Lillias.
Debió conmoverla su estado, porque aflojó el ceño permanentemente fruncido y le dio una palmadita condescendiente en el hombro—.
Me temo que esta noche el protagonismo es de lady Beth.
Hoy no van a venir a matarte, Lillias, pero si te interpones en mi camino hasta el dormitorio de la señora, tendré que tomarle el relevo a quienquiera que sea el bárbaro que te pone tan nerviosa.
Lillias no desclavó las uñas de los hombros de Bonnibelle.
Pese a la impaciencia que tensaba su cuerpo menudo, la Reina permaneció en el sitio hasta que se fue calmando.
La animó a otear a su alrededor y confirmar que no eran soldados, guerreros o secuaces de su perseguidor los que habían armado todo un alboroto en el castillo de Lochranza, sino una fila de doncellas armadas con paños de hilo, palanganas y manojos de nervios de los que tendrían que deshacerse una vez llegaran a las puertas del dormitorio principal.
El hombre que más que dar órdenes parecía dictar sentencia no era otro que Calder Houston, que, de pie al fondo del pasillo y acodado sobre su bastón, exigía a los miembros del servicio que se dieran brío, que el niño estaba en camino.
Avergonzada por su reacción, Lillias retiró las manos de la tierna carne de la Reina. Esta le dirigió una mirada pensativa.
Ya sabía qué clase de males aquejaban a Lillias, desde los descarados impulsos sexuales que a duras penas lograba contener hasta las pesadillas, las duermevelas plagadas de terroríficas imágenes del pasado y los efectos del envenenamiento, que, aunque poco preocupantes, seguían haciendo acto de presencia en forma de neuralgias, mareos y debilidad muscular.
No obstante, Bonnibelle desconocía el nombre del misterioso malhechor al que Lillias tanto temía, como asimismo su objetivo.
Hasta ese momento, tampoco había mostrado el menor interés por averiguarlo. Todo lo que no girase en torno a la medicina, único ámbito del saber que ocupaba su tiempo, solía serle indiferente.
—Será mejor que nos eches una mano —le recomendó Bonnibelle.
Aunque era lo bastante directa para ruborizar a un hombre maduro, reacción que había logrado provocar en el mismísimo Calder Houston, era, al mismo tiempo, suficientemente prudente para no inmiscuirse en asuntos que no le incumbían.
Quizá porque no le importaba—. Lady Beth ha roto aguas con un mes de antelación respecto a la fecha que teníamos prevista, y según parece no viene de cabeza.
Tendré que manipular al crío con mis propias manos para darle la vuelta en el seno materno.
—¿Darle la vuelta? —bramó Andrew Haye, que apareció colocándose los guantes de cuero que siempre cubrían sus hermosos dedos de pianista.
Al igual que la Reina, que aunque lucía la despeinada trenza sobre el hombro, su recogido de preferencia para pasar la noche, tenía el rostro espabilado de los que no habían pegado ojo aún, Haye estaba tan despierto que parecía que fueran las diez de la mañana y no las cinco de la madrugada—.
¿De qué habla? ¿Tiene idea de lo doloroso que puede resultar eso? La señora podría desmayarse.
Bonnibelle puso los brazos en jarras.
—¿Qué sugiere usted?
—Una cesárea. —Terminó de ahuecarse la chaqueta que acababa de ponerse para presentar un aspecto civilizado.
Esa cortesía deferente hacia los señores del castillo no había preocupado a Bonnibelle: sobre el mismo camisón había anudado la cinta de su finísimo batín—.
Se abre una incisión en el bajo vientre y...
Bonnibelle lo calló con un bufido.
—Sé lo que es una cesárea, señor Haye. Lo que no sé por qué me extraña su respuesta. Como siempre, su solución consiste en rajar a los seres humanos como si de cerdos se trataran. ¿Se supone que eso le resultará menos doloroso?
—Con una buena dosis de láudano...
—¡Para colmo, también la quiere drogar! —se indignó—. Hágame un favor y piérdase de mi vista.
Bonnibelle le hizo un gesto apremiante a la muda Lillias para que la acompañara al dormitorio principal.
Haye no se dio por vencido y la siguió.
—¿Usted no se jactaba de conocer los avances médicos que se llevan a cabo con buenos resultados en las grandes ciudades?
Existen referencias de cesáreas exitosas a lo largo y ancho de Europa, y no es una praxis novedosa puesto que la primera data del siglo XVI —se empecinó, aunque proyectando su voz con una indiferencia tal que nadie diría que estaba defendiendo su punto de vista.
—¿En las grandes ciudades? —replicó Bonnibelle, sin girarse a mirarlo—. Querrá decir en las antiguas civilizaciones. Ya sé que en Roma se realizaban cesáreas post mórtem para salvar la vida de un no nato cuya madre había fallecido antes de lograr empujar.
—¿En qué mundo vive usted? ¿Es que ha estado durmiendo durante este último milenio? En torno al año 1500 , un suizo le practicó una cesárea exitosa a su mujer; alrededor del 1600 , dos doctores alemanes...
—Se le ha olvidado mencionar que ese suizo al que usted tanto admira era un castrador de cerdos —le cortó con retintín.
Lillias la seguía aún recuperándose del mal despertar, pero no tan aturdida como para no tener que aguantar la risa.
—Con más motivo debería escucharme con atención, pues. Si un castrador de cerdos logró extraer al bebé del vientre de su mujer, una curandera con la reputación de Reina de Elphame debería ser capaz de hacerlo con los ojos cerrados.
Bonnibelle frenó en seco y se giró para retar a Haye con la mirada. Este logró detener su caminar a tiempo para no chocar contra su cuerpo, pero quedó inclinado sobre ella con el aliento contenido.
—Oh, ¿está admitiendo que mis habilidades son incuestionablemente extraordinarias?
Haye amusgó los ojos y regresó a su semblante inexpresivo.
—Estoy señalando que sus habilidades aventajan las de un castrador de cerdos. ¿Dónde está el halago ahí?
—¡Basta! ¡Nadie va a abrir en canal a mi mujer! —bramó Calder desde la otra punta del pasillo. Ya en la distancia se percibía el rubor de su estallido de rabia—. ¡Y como sigáis discutiendo en pleno parto, seré yo quien os practique una cesárea a los dos, pero haciendo la incisión en el cuello!
—Ya ha oído al padre de la criatura —zanjó Bonnibelle con indiferencia.
—Habría que oír a la madre, que es la que se encuentra en la infame tesitura —replicó Haye.
—¿Ahora es usted un gran defensor del género femenino?
—Bonnibelle puso los ojos en blanco. Se detuvo ante la puerta, donde Calder estaba apostado con el rostro tenso, y dejó pasar primero a la fila de criadas.
Una vez estuvieron todas arremolinadas en torno a la cama, de la que Lillias logró distinguir un pesado dosel de terciopelo rojo, la Reina le hizo un gesto a Calder para que entrara, sujetando el pomo de la puerta.
Por último, miró a Haye con desdén—. Si entra, le enseñaré cómo cambiar la postura de un niño que viene de pie.
—Y un cuerno —dijo Calder desde el interior—. Ningún hombre va a ver ciertas partes del cuerpo de mi esposa.
Lillias tuvo que contener una carcajada al ver que Haye y Bonnibelle bizqueaban a la vez.
—No hay interés sexual alguno en una intervención médica —retrucó Haye.
—Voy a tener que darle la razón a su proveedor de drogas, señor Houston —convino la Reina—, pero si prefiere que yo y solo yo ejerza de comadrona, mucho mejor para mí, que disfrutaré de mayor espacio, y mucho mejor para Beth, que no morirá en el intento de darle un heredero.
Al final, Calder Houston entró en razón y decidió que sería mejor que entraran ambos, el químico y la sanadora, pues el arduo parto requeriría toda la suerte del mundo y la ayuda de dos especialistas para salir adelante.
Lillias se quedó de pie en el pasillo. Lo último que atinó a ver tras echar una ojeada por una rendija fue a Cullodenna arrodillada a un lado de la cama, tomando a la sudorosa Beth de la mano, y una muchedumbre de criadas entre las que distinguió a Johnson.
Ver al pequeño de diez años allí, observando con inquietud y a la vez con la determinación de ayudar en todo lo posible, terminó de sacarle los nervios del cuerpo.
No había podido respirar desde que asociara el alboroto a un motín en su contra.
Cuando cerraron la puerta, el pasillo se sumió en un silencio que Lillias encontró reparador.
Se apoyó en la pared con los ojos cerrados y se fue dejando caer hasta que estuvo sentada en el suelo, abrazada a las rodillas.
Iba a apoyar la mejilla sobre estas y tratar de dormir unos minutos, lo máximo a lo que podía aspirar por las noches, cuando la alertó el sonido de nuevos pasos, estos mucho más firmes que las puntillas de las criadas voluntariosas.
Lillias reconoció el sólido corpachón de Blake Houston encabezando la marcha, y su corazón dio un vuelco al ver a Rowen justo detrás de él, mucho más alto y fiero y, aun así, aparentemente inofensivo.
—Me ha dicho Archie que se ha adelantado el parto —dijo Blake una vez llegó a su altura. Sudaba con profusión y lanzaba miradas inquietas a la puerta—. ¿Está la Reina con ellos?
Lillias se limitó a asentir, incapaz de pronunciar palabra delante de Rowen. No habían vuelto a coincidir en todo el día. Su recuerdo más reciente era aquel en el que había rechazado su beso, algo que aún le escocía.
—Bien. —Blake asintió. Cambió el peso de pierna, tan nervioso como debía estarlo su hermano—. ¿Y Cullodenna?
—Dentro también.
—Perfecto.
No dijo nada más. Se apoyó en la pared de enfrente, a un par de metros de donde Lillias se había hecho un ovillo, y copió su postura de espera.
Se sentó con las rodillas dobladas y alternó miradas nerviosas al dormitorio cada vez que un grito quebraba el relativo silencio con profundas inspiraciones que le ayudarían a mantener la calma.
A Lillias no le extrañaba que la inminencia del parto le tuviera descolocado.
Blake siempre había querido hijos. De hecho, era el anhelo por un crío la principal razón por la que en su día se comprometió a ayudar a Lillias a escapar de Dundee: se prendó del pequeño Johnson y se le hizo insoportable imaginarlo en manos de alguien que querría hacerle daño.
El deseo de tener hijos le había sido prohibido desde el comienzo de su matrimonio.
Esta le había negado todas las dichas conyugales, y llegó un punto en el que Blake se hizo a la idea de que tendría que renunciar a ese gusto.
Por si fuera poco, el padre de los hermanos Houston había dejado por escrito en su testamento que el heredero de la destilería, los terrenos de cultivo y el castillo de Lochranza sería aquel que engendrara primero al joven que daría continuidad al apellido Houston.
Esa noche, si Beth daba a luz a un niño, la suerte estaría echada y Blake sería oficialmente expulsado de la herencia familiar.
Y por mucho que los hermanos fingieran no preocuparse por este hecho desde que regresaran a la vida del otro, anteponiendo en todo momento el amor fraternal al interés por lo material, Lillias estaba segura de que el que no recibiera el premio quedaría tan resentido que aborrecería al otro durante el resto de sus días.
A fin de cuentas, ambos tenían una familia de la que encargarse y no les vendrían mal las posesiones materiales para tal propósito.
Lillias estaba tan sumida en sus pensamientos que no se percató de que Rowen también se ponía cómodo.
Había elegido apoyar la espalda en la misma pared que ella, aunque a una distancia razonable, como si el contacto con ella fuera letal.
Lillias lo vigiló de soslayo y se empapó los pulmones del delicioso olor que emanaba.
Había regresado de cabalgar por la orilla de la playa, porque olía a brisa marina y a la humedad del bosque de noche, y el sudor se había adherido al cuello de la camisa que llevaba desanudada a la altura del pecho.
Esa porción de piel salpicada de vello caoba la hizo salivar, al igual que intuir sus músculos bajo la prenda y oírle respirar con dificultad, como si hubiera llegado corriendo... o como si acabara de hacer el amor.
«Cuidado tus pensamientos», se regañó Lillias.
Tenía la impresión de que Rowen aprovecharía que Blake estaba cabeceando, a punto de quedarse dormido en el pasillo, para entablar conversación con ella.
Y eso era extraño, porque Rowen era capaz de permanecer en silencio durante horas, tanto si se sentía cómodo como si no.
En esta ocasión, Lillias percibía en la tensión de su cuerpo, en el irreprimible impulso de mirarla de soslayo, que quería tener con ella unas palabras.
Lo único que le obligaba a pensarlo dos veces eran los gritos de Beth al otro lado de la puerta y los vanos intentos de Calder por apaciguarla.
Rowen torcía el gesto con dolor cada vez que la oía deshacerse de dolor, como si fuera él quien estuviera sintiendo las contracciones.
Cuando Blake se hubo dormido con la cabeza descolgada hacia el lado, la intuición de Lillias se cumplió. Rowen se ladeó hacia ella, dubitativo, y tragó saliva antes de hacerle la pregunta que parecía llevar toda una vida atormentándolo.