Capítulo 7
—¡Es una muchacha, Carmichael! —insistió Blake, poniéndole una mano en el hombro. Tiró de él hacia atrás en vano—. ¡Suéltala!
—¿De qué demonios estás hablando? —bufó Rowen, inamovible en el sitio—. Que sea una mujer no la hace inocente.
—¡Soy inocente de lo que sea que se me acuse!
—exclamó la susodicha con un marcado acento inglés.
Blake y Rowen se quedaron patidifusos un instante, y no ya porque no fuera originaria de la Escocia en miniatura, sino porque tenía una voz tan aguda que parecía una niña.
¿Lo era, acaso? ¿Era una niña?—. ¡Déjame!
¡Yo no he hecho nada! ¿Qué es lo que queréis... ?
—Hacer justicia —declaró Rowen, recuperado de la conmoción inicial.
No se movió un ápice, pese a que Blake insistía en que debía soltarla hundiéndole los dedos en el brazo.
Rowen la zarandeó para que dejara de revolverse como si estuviera poseída y trató de sacarla de allí, donde el aire se hacía más denso por culpa de la ingente cantidad de cajas que allí se acumulaban, la mayoría polvorientas.
Al principio pensó que no podía porque la muchacha era más fuerte de lo que sugerían las características de su sexo y había clavado los talones en la tierra, pero pronto se dio cuenta de que estaba atada.
El tintineo de una cadena indicaba su condición de rehén.
—¿Qué...? —musitó Rowen, buscando la mirada de la joven entre las sombras—. ¿Qué diantres haces encadenada?
—¡Te he dicho que soy inocente! —insistió, irritada—. ¡Si estás buscando a los dueños de esta mercancía, te puedo asegurar que yo no formo parte de ellos!
—¿Puedes demostrarlo?
—Por el amor de Dios, quítate de ahí —gruñó Blake.
De un sólido empujón, retiró a Rowen y se puso en cuclillas para valorar de cerca, lamparilla en mano, el tamaño de las cadenas.
Habían dejado marcas en el tobillo de la muchacha, que quedaba a la vista por culpa de los escasos harapos que la vestían.
Asimismo habían clavado el extremo contrario en la piedra de las ruinas, dificultando el proceso de liberación.
Blake se giró hacia Rowen con una ceja enarcada—.
Parece que a estos bastardos les gusta amedrentar a las mujeres, sean o no mis esposas.
No tengas miedo —le dijo a la joven, modulando el tono—. Vamos a retirarte esto, ¿de acuerdo?
—Puede ser una trampa —protestó Rowen.
—¿Cómo va a ser una trampa? Solo un imbécil se encadenaría en una choza al aire libre con estas temperaturas que tenemos, y en el caso de que esta muchacha sea, en efecto, una imbécil y una asesina, no nos costará reducirla.
Rowen maldijo al obtuso de Blake para sus adentros y se limitó a observar, con el cuerpo en tensión por si debía intervenir, la delicadeza con la que se hacía cargo del supuesto rehén.
No le extrañaba que Cullodenna se erizara como un gato cada vez que una mujer entraba en el campo de visión de Blake.
Su actitud pasaba de soberbia a milagrosamente voluntariosa en cuanto implicaba a una joven bonita.
Era esa debilidad suya por las mujeres lo que truncaba una mente que Rowen tenía por privilegiada, pues era innegable que a Blake Houston le sobrara cabeza para hacer números y armar estrategias.
De lo que carecía era de la capacidad para razonar o ver más allá de sus narices cuando una belleza se ponía en su camino.
Rowen tuvo que morderse la lengua para no argüir «te lo dije» en cuanto la muchacha estuvo libre de sus cadenas, empujó a Blake por el pecho y trató de huir, sorteando con gran agilidad los obstáculos del camino.
Sin perder el tiempo, Rowen se interpuso entre el camino de la joven y la orilla con los brazos extendidos y la aferró por la cintura.
Esta se debatió entre sus brazos como si la estuvieran quemando viva.
—¡Suéltame! —aulló—. ¡No soy quien tú crees que soy! ¡No lo soy...!
—¿Quién se supone que creo que eres? —inquirió Rowen, confundido—.
Tú no me interesas para nada, niña. Estoy buscando a los contrabandistas que te tenían ahí atrapada...
a no ser que participaras en sus actividades delictivas —apostilló con gesto sombrío—, en cuyo caso, tendré que hacer algo contigo. Algo que no será nada divertido.
—¡Yo no participo en ninguna actividad! Yo... yo... yo solo soy su... Soy su rehén —balbuceó, nerviosa—. A veces les ayudo a transportar cajas, pero la mayor parte del tiempo me tienen aquí, vigilando. ¡Lo juro!
—¿Vigilando? —repitió Blake, sacudiéndose la tierra de los pantalones. El tropiezo había sido más aparatoso de lo que él mismo había esperado, a juzgar por su ceño fruncido—. ¿Y qué hacen ellos mientras tanto?
—¡No lo sé! —se desesperó—. Se marchan a comerciar con los lugareños, o se embarcan hacia el puerto más cercano para vender su mercancía. Lo desconozco. Yo solo soy...
—Su rehén, ya —repitió Rowen con impaciencia—.
¿Y quién se supone que eres además de eso, que tan especial les pareces como para retenerte aquí?
No eres de la isla. Aunque hayas cambiado el acento al oírnos hablar a nosotros, te has delatado como ciudadana inglesa, y si no les sirvieras para nada, te habrían matado para no tener testigos de sus felonías.
No son idiotas, y no les interesa tener un lastre como podría serlo una soplona.
La muchacha permaneció en silencio. Cuando reaccionó, no fue con la intención de confesar su verdad. Se sacudió entre los brazos de Rowen, que había aflojado el agarre, e hizo amago de echar a correr hacia donde se lo permitieran las débiles piernas.
No tuvo suerte, porque Rowen le pasó el brazo por el cuello y la inmovilizó sin necesidad de imprimir toda su fuerza.
—No tengo la menor intención de hacerte daño si eres inocente —le aseguró Rowen.
—¡Dijo el tipo que está intentando estrangularme! —rezongó ella.
—Créeme, si quisieras herirte, ya lo habría hecho, pero no es a ti a quien busco...
O eso creo y espero. Tengo cuentas pendientes con tus captores, y si lo que quieres es hacerles pagar por sus pecados, como puede serlo el de retenerte en contra de tu voluntad, estamos en el mismo barco.
No pretendo localizarlos para hacer negocios, sino para acabar con ellos.
Dame la información que vengo buscando y te liberaré.
—Incluso te ayudaremos a escapar —apostilló Blake, en un discreto segundo plano.
La muchacha debía estar verdaderamente desesperada por huir de allí, porque Rowen la vio tragar saliva con los ojos cuajados de lágrimas de impotencia y meditar en silencio, aunque no sin recelo, la posibilidad de confiar en ellos.
En ellos, que se habían presentado con violencia.
Supuso que la joven no mentía y, en efecto, estaba en manos de los contrabandistas, o de lo contrario no habría depositado su fe tan rápido en los recién llegados.
—No podéis ayudarme a escapar —dijo con un hilo de voz, sin embargo—.
Prefiero morir a regresar a Inglaterra, Escocia tampoco es un lugar seguro para mí, y si no fuerais más listos que Dippin y los demás, me acabarían encontrando.
Son muchos los que a día de hoy mueven cielo y tierra para localizarme...
, aunque aún no se les haya ocurrido pasar por aquí.
Rowen y Blake intercambiaron una mirada dudosa.
Fue el segundo el que rompió el silencio.
—¿Quién eres como para que se tomen tantas molestias contigo?
—No puedo decirlo.
—Vas a decirlo —le ordenó Rowen.
Ella alzó la mirada y lo atravesó con sus ojos, de un bonito verde esmeralda que ni siquiera la oscuridad de la noche cerrada lograba eclipsar.
—No. Es mi vida lo que depende del anonimato.
—¿Y cómo podemos confiar en que serás sincera y no nos mandarás al matadero cuando nos digas dónde y cómo localizar a los contrabandistas, eh? —bramó Rowen con impaciencia—. ¿Cómo, si no nos das información de valor a cambio?
—Si lo que teméis es que juegue con vosotros, no me importa que me mantengáis encerrada hasta que logréis dar con Dippin gracias a los datos con los que cuento.
Cuando zanjéis lo que quiera que os traigáis entre manos con él, y cuento con que eso sucederá muy pronto, podríais, tal vez...
dejarme ir —propuso en tono dubitativo, aunque esperanzada.
Rowen no la creyó.
—¿A dónde, si has insinuado desde el principio que no tienes donde esconderte?
—No puedo esconderme en Inglaterra o Escocia, pero podría ir a Gales, o a Francia...
¿Qué importa? Me buscaré la vida por mi cuenta, pero no puedo arriesgarme a hablar de mi pasado.
No puedo. Ni siquiera debería mostrar mi rostro.
Por favor —rogó, mirando a Rowen a los ojos—, os diré todo cuanto queráis saber, desde el modo en que consiguen la mercancía hasta a quiénes la venden, pasando por dónde esconden el dinero y los nombres de los comerciantes que tienen en la lista negra, pero ayudadme a permanecer escondida y no le habléis a nadie de mí. Os lo ruego...
Unos meses atrás, Rowen habría ignorado la alarma de la joven, inhabilitado para experimentar emociones tales como la conmiseración hacia otro ser humano.
En ese momento, sin embargo, no pudo sino arrebatarle el candil a Blake para iluminar el rostro femenino, guiado por el instinto de valorar el peligro, y valorar si le saldría a cuenta tramar formas de protegerla.
La muchacha amusgó los ojos, sobresaltada por el repentino fogonazo de luz, y soportó con una sombra de pavor el intenso escrutinio de Rowen.
Pensaba que se toparía con una mujer conocida, dado su interés por permanecer en el anonimato, pero si hubiera visto un grabado con sus rasgos, le habría resultado familiar de inmediato.
No era bonita, ni siquiera especialmente femenina, pero sus rasgos toscos, casi masculinos, la hacían reconocible: la barbilla partida, la mandíbula cuadrada y la nariz hebraica.
—¿Tú la reconoces? —le preguntó Rowen a Blake, girándola y alzando la lamparilla de gas para que pudiera echarle una ojeada.
—Lo cierto es que no —admitió, chasqueando la lengua. Quizá estuviera decepcionado porque no se tratara de una joven atractiva—, y eso que he visto más mundo que tú. De una famosilla de Londres o de una beldad escocesa me acordaría, eso no lo dudes.
A la muchacha no debió gustarle el trato recibido, porque los fulminó con la mirada. Incluso se atrevió a alzar el mentón, como si ningún hombre que caminara sobre la tierra tuviera derecho a dudar de sus encantos.
—Mejor para mí si mi rostro no os resulta familiar, pero que vosotros no me queráis entregar a las autoridades para cobraros una recompensa no quiere decir que no haya cazafortunas esperando encontrarme.
¡Incluso en esta isla alejada de la mano de Dios!
—gruñó. Enseguida palideció, aterrada por la cantidad de información que acababa de revelar por culpa del arrebato.
—¿Cazafortunas? ¿Esos son los hombres que te buscan? —Blake se cruzó de brazos con una sonrisilla socarrona en los labios—. ¿Tienes una dote generosa, acaso?
—¡Eso no es lo importante! —protestó ella, ansiosa—. ¿Hay trato, o no? Os diré lo que queráis saber si me ayudáis a esconderme de los contrabandistas... ¡y de vosotros también!
—¿Y si nos das la información a cambio de, simplemente, no romperte un brazo? —inquirió Rowen, inexpresivo.
Blake le afeó el comentario torciendo la boca.
—Por Dios, Carmichael. Estás hablando con una mujer.
—Las mujeres son tan peligrosas como los hombres. Parece mentira que tenga que ser yo quien te lo explique, que has estado a punto de pasar a mejor vida por culpa de (o gracias a) una de ellas.
—¿«Gracias a»? —repitió Blake con mofa.
—Puedes romperme un brazo si quieres —se hizo oír la muchacha, que iba reuniendo valor por momentos.
La valentía de la que hizo gala conmovió a Rowen—, pero no conseguirías sacarme empleando la violencia, te lo aseguro.
He estado recibiéndola desde que Dippin y sus secuaces me encontraron y todavía no han conseguido doblegarme... ni lo harán jamás.
Rowen tuvo dificultades para tragar saliva, atemorizado con la insinuación.
¿La habrían mancillado como los malhechores tenían a bien violentar a las mujeres, fueran suyas a ojos de Dios o se hubieran encaprichado de ellas en un instante?
La miraba a la cara y no veía el menor rastro del desprecio hacia sí misma que solía percibir en su madre, además de los ojos vacíos y el alma errante, pero podía estar equivocado.
No permitiría que vulneraran el derecho de una mujer a la dignidad.
Eso por encima de su cadáver.
—Vendrás conmigo y te esconderé en la destilería —decidió en el acto, vigilando su reacción—.
No sé si te dará miedo el trabajo duro, pero es lo que puedo ofrecerte dadas las circunstancias.
El encargado de los recados se ha dado a la fuga y el puesto se ha quedado libre, y tú pareces espabilada.
Lo único que te recomiendo es que te vistas y actúes como un hombre para pasar desapercibida.
—¿Qué? —interrumpió Blake, anonadado—. ¿Te crees que puedes tomar decisiones como esa sin consultarnos a mí o a mi hermano?
—Llevar diez años a vuestro servicio tiene que concederme alguna ventaja, como una pizca de poder de decisión, ¿no te parece, Blake?
—repuso sin mirarlo, concentrado en la joven.
Esta parecía valorar la propuesta—. Entiendo que no puedes proporcionarme los secretos que te pido y quedarte aquí.
Tu vida correría peligro. Pero se me ha ocurrido una idea para que crean que has sido asesinada...
—¡Asesinada! —se escandalizó Blake—. Se supone que eres un simple labriego. ¿De dónde sales con esas rocambolescas locuras?
—Las reservo para cuando se me presentan situaciones rocambolescas.
Como tú muy bien has señalado, en la siembra y recogida de cebada no ocurren sucesos preocupantes que requieran que me sienta a pensar.
—Hizo una pausa para mirar con fijeza a la muchacha—.
Te llevaremos con nosotros ahora mismo, te cortaremos el pelo al ras y te daremos ropa masculina.
Serás un muchacho de un pueblo del sur que acaba de perder a su madre, y te llamarás... Todd.
Blake hizo una mueca.
—¿Todd? ¿Por qué Todd?
—¿Cómo preferirías tú que se llamara?
—No sé... ¿Pherson?
—Prefiero Todd —admitió ella, torciendo la boca.
—Todd será —determinó Rowen. Lejos de aflojar el agarre, afianzó las manos por donde la tenía sujeta—.
Ahora te llevaremos a la destilería para que te quede claro que no estamos jugando, que de veras vamos a protegerte y que puedes confiar en nosotros.
Pero una vez estemos allí, tengas tu ropa y te hayas alimentado como es debido, quiero que me cuentes con pelos y señales dónde se meten estos bastardos y cómo puedo encontrarlos.