Capítulo 6 #2
Había crecido solo en una pequeña aldea de las Tierras Altas, sin un padre en el que apoyarse, pues era un miserable y murió antes de lo previsto porque no servía ni para mantener el corazón latiendo; con una madre fantasma que se le escurría entre los dedos cada vez que intentaba abrazarla y ninguna otra obligación que matar las horas con trabajos extenuantes que bloquearan el menor atisbo de pensamiento.
Lillias fue el único rayo de sol de su rutina, y en su día lo iluminó de tal manera que había quedado cegado.
Y tan cegado, pues se enorgullecía de ello.
No, Rowen no quería amigos. Tampoco había querido nunca posesiones materiales.
No sentía la necesidad de acumular riqueza, de especular con la tierra, de importar caprichos inútiles como habanos americanos o alfombras persas.
No le importaba vivir en una covacha, tener tres pares de calzones y llevar dos años alternando las mismas camisas.
No le gustaba bailar, beber o fumar. Solo le maravillaban dos cosas: los milagros de la naturaleza, que tenía la suerte de contemplar cada mañana al alba cuando despertaba, y Lillias Maxwell.
Y Lillias, con su rostro del color de las perlas y su melena de una difícil tonalidad entre el dorado y el cobre, parecía el resultado del amanecer y el crepúsculo. Ella era el milagro de la naturaleza.
Rowen cambió de postura sobre la silla y se esforzó por ahuyentar los pensamientos que solían acompañar su imagen.
—Cuando uno es joven, no es precavido, y Lillias me dio razones para creerme en el derecho de aspirar a su mano —resumió con sencillez, sabiendo que Blake seguía esperando una respuesta—. También su padre consideraba que sería un buen marido, además del perfecto administrador de la hacienda.
—Curioso. No imagino a un rico aceptando como pretendiente al mandamás de la finca, por más poder que ostente. Ni mucho menos a un rico de las Tierras Altas. Allí intentan mantener la sangre de los antiguos lairds intacta, y con razón.
—Lord Murray no creía en esas idioteces.
Quería lo mejor para Lillias, y pensó que ese sería yo.
Había quienes estaban en contra, por supuesto: el nuevo marido de su madre.
Lady Murray se casó con un don nadie del que se enamoró al poco de enviudar, y el fulano puso todos los obstáculos que pudo para disuadirme de pretender a Lillias.
—Y no lo consiguió.
—No.
—Tal vez sí disuadiera a Lillias y por eso te plantara en el altar. ¿Nunca te has preguntado por qué cambió de parecer?
Rowen se levantaba y se acostaba preguntándoselo, y la duda no dejaba de rondar su pensamiento en ningún momento del día.
Cada noche, cada tarde y cada mañana, mientras se alimentaba para mantener el cuerpo funcionando, mientras charlaba con las gentes del pueblo, mientras regateaba para obtener alimentos a un precio asequible, mientras montaba a caballo, mientras arrojaba piedrecillas a la calma superficie del lago...
En todo momento: ¿por qué? ¿Por qué? Su mente parecía incapaz de formular otra pregunta. ¿Por qué?
Y siempre se contestaba del mismo modo: ya no importaba.
Eso fue lo que le respondió a Blake.
—No tiene caso. Dejó de tenerlo hace una década.
—Los highlanders sois los hombres más obtusos y testarudos que he conocido —suspiró Blake—.
Claro que tiene caso, por Dios santo. Sigues pensando en ella.
¿Ni siquiera sientes curiosidad? Tal vez su explicación te parezca comprensible, aunque, francamente, lo dudo bastante.
Lo más probable es que la verdad te encabrite, te enfurezca y te permita soltarla de una vez por todas.
Rowen se mordió la lengua para no replicarle qué diantres le importaba a él, en parte porque ya lo sabía.
A Blake le importaba, y mucho. No solo porque estuviera en proceso de redención y se hubiera propuesto, aunque no lo hubiese confesado a nadie, hacer el bien por todas las veces que cometió un error imperdonable, sino porque el mismo Blake había sufrido en sus carnes el amor no correspondido, el amor frustrado, las dudas, la desesperación.
Sospechaba que solo quería ayudarlo, pero Rowen jamás había querido la compasión o el apoyo de nadie.
—¿O no quieres hacerle saber que aún te importa? —indagó Blake.
—Estás haciendo más preguntas de la cuenta esta noche.
—Vamos a hacer un trayecto de dos horas la ida y dos horas la vuelta, más o menos. De algún modo me tendré que entretener.
—Podrías entretenerte pensando en un modo de sorprender a los bandidos, quemar sus pertenencias y hacerles una amenaza que les haga huir en desbandada hacia el agujero de dondequiera que hayan salido.
Blake lanzó un silbido al oír la detallada descripción, pronunciada en tono ausente.
—Entonces es cierto eso de que todos los pelirrojos tenéis fuego dentro —comentó, igual de satisfecho que si Rowen le hubiera confesado los sentimientos que llevaba toda la noche tratando de averiguar—. Tú solo disimulas.
Llamar «castillo» a las ruinas del antiguo pabellón de caza de los reyes de Escocia era un error. Apenas resistían en pie un par de muros cubiertos de musgo y protegidos del ojo curioso por las briznas de hierba que crecían sin orden ni concierto en torno al monumento.
Rowen sabía poco de la historia de la isla, pues no era natural de la zona y había llegado hacía diez años con ningún otro propósito que arrimar el hombro en la destilería, de la que no acostumbraba a moverse si no era para atender recados.
Blake, que sí era un enamorado de las leyendas regionales y los relatos históricos, le contó conforme se acercaron a pie que el nombre del pueblo de Kildonan, como asimismo su castillo, provenía de san Donnán de Eigg, un cura irlandés que la reina picta del siglo VIII condenó a muerte por tratar de introducir el cristianismo en la zona dominada por los paganos.
Se suponía que sus restos aún descansaban allí, en la isla de Arran, pero nadie lo había encontrado.
El castillo fue construido unos cuantos siglos después por los señores de las islas, los MacDonald.
Tenía vistas al islote vecino de Pladda, y se levantó con el objetivo de defender la entrada a la isla de Arran por la desembocadura del río Clyde, que Rowen y Blake tuvieron que sortear en silencio para llegar a las ruinas.
Los reyes de Escocia hicieron buen uso del castillo hasta que los condes que lo recibieron en herencia lo quemaron tres siglos atrás.
A pesar de que el fuego había causado estragos, parte de la infraestructura de piedra del edificio aún podía utilizarse para el fin que los contrabandistas le habían dado: esconder la mercancía que no pagaría impuestos en el puerto de Inglaterra y sus cercanías.
Conforme se aproximaban, los nervios de Rowen iban in crescendo .
No se consideraba un hombre sentimental.
De hecho, había pasado la última década sin sentir ni padecer, a pesar de que las desigualdades sociales que antaño solían frustrarle se acentuaban en pueblos tan pobres como Lochranza.
El trabajo le ocupaba tanto tiempo que apenas le sobraba para pensar en lo que otro hombre habría tildado de desdichas, como su corazón roto o sus esperanzas frustradas, pero había bastado con que Lillias reapareciera para que volvieran de golpe sus preocupaciones, los impulsos que le hacían humano.
Fue uno de esos impulsos lo que le instó a bordear las ruinas del castillo y adentrarse bajo la improvisada techumbre apenas vislumbró una débil luz encendida.
Oyó a Blake a su espalda pidiéndole en susurros que no se adelantara, que actuara con prudencia. Rowen sonrió para su coleto. Se mordió la lengua para no poner de manifiesto lo ridícula que esa petición sonaba viniendo de un hombre del temperamento del señor Houston.
Debería haberle escuchado. Él mismo sabía que las cosas no salían a pedir de boca si no se andaba con cuidado.
Sin embargo, solo de pensar que los maleantes que habían tratado de matar a Lillias se encontraban allí, la sangre le quemaba en las venas y sentía la imperiosa necesidad de afilar los cuchillos.
No había ido armado, sabiendo que se bastaría con su rabia y sus dos manos para acabar con la vida de quien se le pusiera por delante.
En cuanto distinguió una silueta humana muy cerca de la vela que trataba de mantenerse encendida pese a la brisa fría que azotaba los alrededores, Rowen dio cinco pasos al frente, veloz como un rayo, y siguió su instinto a la hora de hundir las manos entre las sombras y aferrar del cuello al canalla.
Estaba frío como un témpano, y lo había cazado reorganizando las mercancías distribuidas en el improvisado campamento.
O eso pensó él, pero se equivocaba.
Rowen forcejeó en la oscuridad con el desconocido, enfebrecido, hasta que más por casualidad que gracias a su maña logró inmovilizarlo cruzándole los brazos a la espalda en un ángulo doloroso. Blake llegó justo entonces con la lamparilla que había birlado del castillo para el trayecto.
En cuanto la luz bañó al malhechor, Rowen confirmó que no estaba ante un inocente, o de lo contrario no llevaría el rostro cubierto.
—Te tengo —masculló con alivio.
Inmediatamente después, le sacó el pañuelo de un tirón.
Blake lanzó una exclamación al toparse con los rasgos de una mujer; Rowen, en cambio, no se inmutó lo más mínimo a pesar de tratarse de una fémina atractiva.
—No puede ser... —musitó Blake, anonadado—. ¡Es una muchacha!