Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 6
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Capítulo 6

Rowen contaba con Blake para llevar a cabo su expedición a las ruinas de Kildonan.

No era el único al que le importaba hacer justicia.

También el hermano del señor del castillo, aun con sus extraños códigos de caballerosidad, estaba desesperado por vengarse de quienes habían estado a punto de matar a una inocente.

Era asimismo una cuestión de orgullo y una medida preventiva.

Blake Houston no quería que su recientemente recuperada esposa acabara sufriendo un ataque parecido al que había postrado a Lillias en cama, y era posible que sucediera si no llegaba a confrontar a los malhechores.

Así pues, se reunieron a las puertas del castillo de Lochranza, a donde Blake había regresado después de hacer las paces con su hermano y su mujer.

Ya era noche cerrada, el momento perfecto para escabullirse sin arriesgarse a que algún entrometido corriera la voz de sus andanzas, o peor aún: quisiera unirse con el peligro que eso conllevaba.

Blake y Rowen habían decidido no mencionárselo a Calder para no alterar su dicha marital, en la que llevaba flotando desde que se casara con Beth y esta anunciara su embarazo.

Andrew Haye no estaría ni remotamente interesado en formar parte de la expedición, e invitar a las mujeres quedaba fuera de toda cuestión.

No obstante, cuando Blake y Rowen estaban a punto de partir, una voz femenina detuvo en seco el recorrido.

—¿A dónde vas a estas horas?

Blake fue el primero en girar la rubia cabeza en dirección a las puertas traseras. La cálida luz del interior enmarcaba la esbelta figura de Cullodenna, la morena de aspecto exótico que le había robado el corazón al mayor de los Houston varios años atrás.

Era justo decir que también le había arrebatado la cordura y el sentido común.

—Rowen y yo nos dirigimos a la destilería —mintió con descaro—. Tenemos unos asuntos de los que encargarnos.

—¿A las dos de la madrugada, y con el frío que hace? —Cullodenna se abrazó los hombros y le sostuvo la mirada a Blake con desconfianza.

—No estarías pasando frío si no hubieras salido de la cama.

—Tú tampoco lo pasarías si te hubieses quedado a mi lado. ¿Ya estás buscando excusas para rehuirme?

—Por el amor de Dios, Cullodenna, llevas semanas diciéndome que me haga cargo de las labores de la destilería para echar una mano a Calder ahora que está ocupándose de su esposa. Cuando por fin lo hago, ¿también te molestas?

Cullodenna meneó la cabeza, no porque quisiera apaciguar los ánimos tensos de su marido, sino dándolo por perdido una vez más.

Rowen sabía que Cullodenna Houston, apellidada Ross en su juventud, no tenía un solo pelo de tonta.

Era una mujer indecisa, melancólica y con una herida demasiado profunda para confiar de la noche a la mañana en un sinvergüenza de la talla de su hombre, y empatizaba con ella como con ninguno de sus allegados.

La señora Houston no se había creído ni media palabra, pero no era eso lo que demostraba su inteligencia, porque cualquier criatura con dos dedos de frente sometería a análisis cualquier afirmación que hiciera Blake.

Cullodenna se dio la vuelta sin necesidad de armar un número de indignación y desapareció sumida en ese silencio decepcionado que le ponía a Blake el vello de punta.

—No hacía falta que le mintieras —le dijo Rowen en cuanto se hubieron quedado solos, ambos a lomos de sus caballos—. Entendería que te prestaras a ayudarme.

—¿Eso crees? ¿Te parece que le alegrará que vaya a sacudirle los huesos a los matones que envenenaron a Lillias, la mujer que se presentó aquí diciendo que era mi prometida, mi esposa o lo que quiera que dijese?

—Su tono rezumaba ironía, y lo acompañaba de una mirada cargada de sorna—.

Me parece que no la conoces tan bien como yo, pero puedo entender la confusión.

Con el resto de los hombres tiene el detalle de no mostrar hasta qué punto puede ser una auténtica histérica, y me alegro, no creas que no. Quiero su histeria para mí solo.

Rowen sacudió la cabeza, la que parecía la única reacción posible cada vez que Blake separaba los labios, y picó espuelas antes de que algún otro residente del castillo de Lochranza apareciera exigiendo explicaciones.

Blake se posicionó enseguida a su altura al mismo ritmo. No les corría prisa y no querían despertar a los aldeanos, así que a medio camino, o cada vez que pasaban por una zona habitada, rebajaban la marcha.

Rowen estaba concentrado en su destino. Tenía los sentidos afilados para conducir al animal por el sendero, alerta por si se aproximaban a un arroyo caudaloso. Las noches eran tan oscuras que no le extrañaba que algunos niños sufrieran terrores nocturnos.

—Siempre podrías haberle dicho que me acompañabas porque me lo debes —murmuró Rowen sin apartar la vista del camino. Se irguió sobre la silla y examinó los alrededores para confirmar que acababan de dejar atrás Cir Mhór—. Ella sabe lo que esto significa para mí.

—No será porque ella te haya preguntado, con lo prudente que es para los asuntos ajenos... Ni porque tú se lo hayas dicho. Eres un cabrón muy misterioso.

Rowen ladeó la cabeza hacia Blake y lo miró de hito en hito.

—Tu esposa lo sabe porque es muy intuitiva.

—Yo no soy intuitivo en lo absoluto con los asuntos que no me conciernen, puesto que no me interesa perder el tiempo descifrándolos, y aun así me di cuenta de lo que pasaba en cuanto Lillias y tú coincidisteis en la misma habitación.

—Clavó la vista al frente—. Raro habría sido que no quisieras dar caza a sus atacantes. Yo habría hecho lo mismo.

—¿Ah, sí? —lo pinchó Rowen—. Pensaba que eras demasiado orgulloso para vengar a una mujer que te ha burlado.

—Lo soy, pero dicha mujer no tendría por qué enterarse de lo que he hecho por ella.

Rowen ahogó una sola carcajada para sus adentros.

No dejaba de sorprenderle la actitud de Blake, tan compleja que en alguna que otra ocasión había sentido el impulso de sacudirlo por los hombros y decirle que no había necesidad de ponerse tantas piedras en el camino; la misma vida se ocupaba de dificultarla sacándose ases bajo la manga como para que uno se convirtiera en su propio enemigo.

—El que no tiene una pizca de orgullo en el cuerpo eres tú —apostilló Blake. A pesar de las sombras, Rowen sentía su mirada curiosa pegada al perfil—. ¿Por qué te tomas la molestia? ¿Qué es esa mujer para ti? ¿No te plantó en el altar hace diez años?

—Creo recordar que mantuvimos una conversación parecida hace alrededor de un mes o dos.

—Y fíjate que sigo pensando en ello porque no lo comprendo.

—¿No entiendes el amor? —retrucó sin mirarlo—. Cullodenna estaría de acuerdo con eso.

Las risas sarcásticas de Blake se reducían a un mero chasquido de lengua o a un disimulado bufido. En esa ocasión no fue diferente.

—No entiendo el amor sin esperanza, supongo. Yo siempre la tuve. Tú no pareces albergar la menor ilusión. Te has resignado a no tenerla, y eso sí es algo que escapa a mi comprensión. Un hombre jamás debe resignarse.

Rowen pensó en el momento en que Lillias le había ofrecido sus labios.

No se había resignado. Estaba haciendo lo correcto, se repitió.

—Me habló de ti cuando nos conocimos en la gran Escocia —empezó Blake.

El cuerpo de Rowen se tensó hasta el último músculo—.

Por supuesto, no mencionó tu nombre, pero sí hablaba de un hombre al que amó y con el que estuvo a punto de casarse.

Ni se me ocurrió asociaros; con el debido respeto, Carmichael, esa mujer es demasiado fina para un labriego.

Rowen estuvo de acuerdo con su apreciación, así que se limitó a guardar silencio.

—... y, aun así, te atreviste a desearla.

Incluso tuviste el coraje de reclamar su mano —prosiguió Blake, que no se daría por vencido hasta conocer la historia completa, como no se había rendido jamás ante ninguno de sus retos autoimpuestos, por rocambolescos que hubieran sido...

y lo habían sido todos y cada uno de ellos—.

¿Dónde está esa valentía tuya? Me habría gustado conocerla de primera mano y no a través de una historia con final lacrimógeno.

—No sabía que sintieras una marcada preferencia por los finales felices —repuso Rowen con desdén.

—La siento cuando dichas historias las protagonizan mis amistades.

Rowen no consideraba a Blake su amigo. Era en exceso soberbio, no trataba a las mujeres ni a sus familiares con el mínimo tiento y rara vez se hacía cargo de sus errores, aspectos que le impedían respetarle y, por tanto, profesarle afecto.

No obstante, haberlo excluido de su grupo de amistades no tenía nada que ver con su carácter difícil o con el hecho de que su torpeza hubiera puesto en peligro a Lillias, ya que, si bien Rowen no olvidaba, sí se resignaba a perdonar.

No era su amigo porque Rowen no tenía amigos, simple y llanamente.

Ni Calder, ni Lachlan, y ni mucho menos Haye.

Si no contaba a ninguno de sus allegados como compañeros no era porque le hubieran privado de su camaradería o no hubiesen tratado de acercarse a él.

No los consideraba como tal porque no creía en la amistad, que le parecía un ritual social inútil y en exceso sentimental.

Es más: no sentía la necesidad de relacionarse en ningún ámbito y con ningún ser vivo que no fuera Lillias Maxwell, porque solo sentía por ella la admiración, el respeto y la pasión que eran requeridos para entablar una relación de cualquier tipo.

Porque solo quería estar con ella, aunque fuera oyéndola respirar al otro lado de la pared.