Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

La venganza era lo que tenía en mente cuando se acercaba a la zona de descarga de la playa donde atracaba Harold Sommers cada primero de mes y pagaba un puñado de peniques a los muchachos que se presentaban allí para ayudar a bajar y subir barriles.

Rowen lo localizó dando órdenes con grandes aspavientos a los pies del tablón de madera que servía de escalera entre la cubierta y la arena.

Entornó los ojos para fijarse mejor en sus características físicas, conocidas en toda la isla y la costa oeste de las Tierras Altas.

A Sommers le faltaban dos dedos —los perdió en una reyerta en una taberna de mala muerte del muelle londinense—, nunca se quitaba el sombrero a pesar de que el sol ya hubiera salpicado su rostro de pecas, de manera que apenas se percibía el verdadero tono de su piel, y utilizaba una coletilla al hablar que resultaba muy molesta.

—Ahí, ahí, sí, no sé si me explico... —decía. Nunca sabía si se explicaba—. ¡Hombre, Carmichael! ¿A qué debemos la grata sorpresa? ¿Aún tienes fuerzas tras la siembra para ayudarnos a descargar el barco?

Rowen se acercó a él con aparente docilidad.

Dejó que Sommers le palmeara la espalda con la habitual camaradería que demostraba con jornaleros, caballeros, prostitutas y damas de postín, siempre de forma indiscriminada, y le diera directrices para que echara una mano a los dos jovencitos que trataban de bajar un barril especialmente pesado.

Rowen obedeció sin despegar los labios y, una vez lo hubo dejado en tierra firme, se giró hacia el pequeño Sommers con solemnidad.

—Vengo a hablar contigo.

—Adelante, habla, que yo soy todo oídos.

—Tenía viciado el movimiento de manos para agilizar los procesos de descarga, las conversaciones y todo lo que pudiera acelerarse por el bien de sus finanzas.

Viendo que Rowen no se movía, chasqueó los dedos que aún le quedaban en la mano sana—.

¡Ah, que se trata de un asunto personal!

Si quieres, vamos a mi despacho. Poco pinto aquí.

Ya sabes que con estos brazos de alambre y esta cojera no puedo ayudar a mis hombres.

Mientras se hacían un hueco en el tablón para subir a cubierta y luego descender a la oscura bodega donde el capitán comercial había improvisado su despacho, Sommers lo bombardeó con preguntas: cómo iba la siembra, qué tal se encontraba la esposa del señor Houston, una belleza inglesa donde las hubiera; si, ese mes, la calidad del whisky era mejor que la del anterior, aunque lo dudaba, porque el lote del año anterior había recibido valoraciones positivas de todos los garitos en los que Lachlan Hawke había logrado introducir la marca antes de desaparecer...

Incluso le invitó a tomar una cerveza en una taberna que habían abierto recientemente en el sur de la isla.

Rowen no sentía especial simpatía por los hombres aficionados a la palabrería.

No entendía el porqué de hablar por hablar.

No obstante, Sommers no le disgustaba. Por eso le apenó tener que cerrar la puerta con llave una vez se quedaron a solas en el despacho y, en cuanto Sommers le dio la espalda para mostrarle el único ventanal de las dependencias del barco, cogerlo por la nuca y estamparle el lateral de la cabeza contra el escritorio de nogal.

El grito de Sommers quedó amortiguado por la madera.

—¡Pero ¿qué diablos...?! —bramó él con voz aguda.

Intentó moverse, primero culebreando y después alargando el brazo para golpear a Rowen, pero no lo logró. La mano de Rowen era de acero, del mismo material que su determinación.

—¿Qué sabes de los contrabandistas de whisky de la isla de Arran? —exigió saber sin entonación, tan solo proyectando su voz con la suficiente firmeza y volumen para que lo oyera con claridad.

—¿De qué diantres estás hablando? ¡Suéltame!

¡Yo no sé nada de contrabandistas de whisky!

¿Por qué me...? ¡Arg...! —aulló, desesperado, cuando Rowen afianzó su agarre, presionando un punto del cuello particularmente sensible.

Sommers se revolvió sobre el escritorio, llegando a arrojar al suelo alfombrado un puñado de plumas sin estrenar—. ¡Carmichael!

—Eres el dueño del carguero con mayor renombre de la costa escocesa —le recordó Carmichael en tono desapasionado, vigilándolo con los párpados entornados—, tienes, además, unos cuantos barcos de menor envergadura repartidos por el Atlántico para cubrir incluso la isla de Arran, por decirte una isla olvidada.

Conozco todos tus pactos con las tabernas y clubes de caballeros de Gran Bretaña, y eres el único comerciante con el que Blake Houston ha entablado relación a lo largo de su ejercicio como relaciones públicas.

Tienes que saber quiénes se mueven por la zona además de ti, y no solo porque poseas el monopolio sobre la distribución de whisky, sino porque te conviene conocer a la competencia.

Sobre todo si esa competencia vende el mismo producto que tú al mismo tipo de negocios, y a un precio más asequible. Uno que pone en jaque tus ganancias.

Rowen levantó a Sommers por el cuello para pegarlo a su pecho de hierro. Aprovechó que le ganaba en estatura para hablarle al oído.

—¿Me vas a decir lo que quiero saber?

—No sé de qué estás hablando. Que yo sepa, no hay...

Rowen no le dio tiempo a seguir poniendo excusas.

En lugar de volver a estamparlo contra la mesa, lo aferró por el cuello de la camisa y lo arrastró sin apenas pestañear hasta el ventanal del que Sommers estaba tan orgulloso.

Rompió la cristalera con el puño, sin ni siquiera cubrirse los nudillos con un pañuelo que amortiguara el golpe, y cogió a Sommers en volandas para asomarlo al agua.

La impresión de verse de pronto boca abajo, a punto de caer al mar, asustó tanto a Sommers que empezó a jadear descontrolado.

—¡¿Qué haces?! ¡Bájame! ¡No hay necesidad de hacer esto!

—Por supuesto que hay necesidad. Si ni siquiera poniendo tu vida en peligro me das la información que quiero saber, confirmas que no estoy siendo cruel en vano. En una conversación distendida me habrías proporcionado aún menos detalles.

—¡Pues déjame caer si quieres! ¡No pienso decir nada bajo coacción! ¿Qué es lo peor que me puede pasar cayendo sobre la orilla?

—Si caes de cabeza desde esta altura y aterrizas sobre los cristales rotos que deben de estar flotando en el agua, además de en el fondo rocoso de los riscos, lo más probable es que te mates. Apenas hay un par de dedos de profundidad en este punto.

—¡Por Dios, Carmichael! —gimoteó, aterrorizado.

—Dios no te va a ayudar —replicó, inclinándose sobre él para hablarle—. Dime dónde atracan esos contrabandistas, cómo se llaman y en qué lugar de Lochranza se esconden. Tengo sus descripciones físicas, pero me falta lo demás.

Ante el silencio de Sommers, Rowen decidió pasar a la acción balanceándolo hacia delante y hacia atrás, como si estuviera cogiendo impulso para estrellarlo contra los arrecifes.

Sommers debió ver la vida pasar por delante de sus ojos, porque balbuceó un rezo y empezó a cantar.

—¡Está bien, está bien, te lo diré...! Blake Houston hizo negocios con ellos hace un tiempo.

Sabiendo que eran contrabandistas, y como estaba en necesidad de efectivo, los timó: les dio un whisky pasado, o de mala calidad, o botellas rellenas de agua salada u otras sustancias...

No lo recuerdo, pero el caso es que se han asentado en la isla para hacerle pagar por haberse burlado de ellos.

Sé que suelen atracar en la costa contraria, en una minúscula cala de Kildonan, donde están las únicas playas de arena de la isla, y sé que esconden la mercancía por la mañana en la torre del castillo de Kildonan, el que quemaron los condes de Sussex hace algunos siglos, para zarpar de noche, cuando nadie los ve...

Son dos o tres, no lo recuerdo; yo solo negocié con uno de ellos, un tal Dippin, que creo que se hace llamar así por Dippin Head, que se encuentra justo al lado de su enclave...

Le pedí que se marchara, que dejara la isla, pero no logré amedrentarlo y... ¡Por Dios, Carmichael! ¡Suéltame!

Rowen obedeció, ubicando en un mapa mental el punto de referencia.

Kildonan se encontraba al sur de la isla.

No era una zona especialmente habitada y estaba situada en el lugar perfecto para zarpar sin tener que bordear la isla de Arran, dos detalles que la convertían en el punto ideal para el contrabando.

Supuso que los canallas dormirían con la mercancía y la protegerían con sus propias armas, por lo que podría verse las caras con ellos en las ruinas del castillo de Kildonan.

—Muchas gracias por tu ayuda —se limitó a decir, sin pizca de sarcasmo.

Sommers lo miró como si se hubiera vuelto loco.

—¿Y ya está? ¿Te marchas? —le ladró, observando, perplejo, que se dirigía a la puerta sin mediar palabra—. ¡Has intentado matarme! ¿Qué demonios ocurre contigo? ¡No me lo explico! ¡Se supone que eres inofensivo!

Rowen se alegraba de que así fuera, de que le creyeran incapaz de causar el menor daño.

Le permitía sorprender a sus enemigos con la guardia baja.

No sintió placer contemplando el asombro y el pavor que se había instalado en Sommers, ni tampoco le alegró saber que, cuando volvieran a encontrarse, procuraría ocultarse de su vista.

No le gustaba amedrentar a los demás. Pero si era lo que tenía que hacer para ser justo, para vengar a Lillias, entonces estaba perfectamente justificado.

No era la bondad personificada, como sus conocidos se empeñaban en atribuirle sin conocer en realidad su carácter, porque valorara la vida ajena.

Amaba la vida de aquellos a quienes amaba, eso era indiscutible, pero podía tener la sangre más fría que un invierno siberiano con los canallas que no tenían derecho a respirar.

Y se dirigía hacia ellos con ningún otro propósito que ese: cortarles el aliento para siempre.

—Espero que con el tiempo puedas perdonarme —le dijo Rowen antes de marcharse—. Seguimos teniendo una cerveza pendiente.