Capítulo 4
Rowen no solo la dejó con la palabra en la boca porque no estuviera en condiciones de replicarle, sino porque un asunto urgente llevaba varios días requiriendo su atención.
Los cargueros que pasaban por la isla para proveer a los habitantes de carbón, entre otras variedades de productos que Inglaterra exportaba a las cercanías e incluso al Nuevo Mundo, no pasaban a menudo por las playas de la isla de Arran.
La compra de los comerciantes y el pago en especie, o, mejor dicho, en lotes de whisky para abastecer las grandes ciudades de Gillander’s, una de las marcas más competitivas junto con el alabado Buchanan’s, rival directo, se celebraba los primeros de cada mes.
Y solo los primeros días de cada mes, Rowen tenía la oportunidad de averiguar la información que llevaba meses escapándosele de las manos.
Pretendía confrontar al comerciante de confianza, un canalla taimado con el que se veía las caras desde que Blake Houston abandonó el puesto de relaciones públicas y tuvo que suplir a Lachlan en su ausencia, para averiguar quiénes eran los malhechores que habían herido a lady Lillias Maxwell... y actuar en consecuencia.
Rowen no sabía cómo lograba mantener el equilibrio en su decidido paseo hasta la costa comercial, que se hallaba a seis millas del castillo de Lochranza.
Nunca había necesitado dormir para levantarse espabilado, pero desde que supiera a Lillias en peligro y viera lo que el veneno había hecho con ella le costaba conciliar el sueño.
La imaginaba aterrorizada en las garras de un puñado de bandidos, la clase de gentuza con la que solo Blake Houston podría hacer negocios, y le hervía la sangre.
Y sabía que no debería ser así; que no tendría que preocuparse por una mujer que no solo le plantó en el altar años atrás, sino que ahora se atrevía a hablarle de seducciones y besos como si nada hubiera ocurrido.
Inspiró hondo, empapándose los pulmones del aire gélido que impregnaba el ambiente. Lo expulsó despacio, a la vez que la frustración interna a la que trataba de hacer oídos sordos, y echó una ojeada alrededor.
El día había amanecido oscuro, como prácticamente todas las mañanas invernales no ya en las Tierras Altas, de las que él era originario, sino en las bellas y olvidadas islas de sus alrededores.
Rowen nunca se había arrepentido de abandonar Dundee para buscar trabajo en la destilería de los Houston hasta que volvió a tropezar con Lillias.
Uno de los motivos por los que se marchó, diez años atrás, fue que necesitaba huir no solo del daño que esa mujer le había procurado sin hacerse responsable, sino de sus infames sentimientos.
En el fondo, y esta era la única razón por la que Rowen no llegaba a odiarla como tal vez mereciera, se alegraba de que Lillias lo hubiera abandonado como un perro.
De lo contrario no habría logrado contener sus impulsos, que a la par que su amor desesperado, crecían a una velocidad desorbitada.
Habría acabado convirtiéndose en su padre: un hombre que había decidido no domar sus instintos primarios y sí comportarse como un animal con la señora Carmichael.
Rowen apretó los puños sin darse cuenta. También la mandíbula y los músculos, que generalmente mantenía relajados debido a la cómoda vida rutinaria que llevaba.
Sus días transcurrían sin sobresaltos. Trabajaba de sol a sol, y aunque Calder solía pedirle que descansara, Rowen se negaba a aceptar indulgencias si sus trabajadores no disfrutaban de los mismos beneficios.
Además, no le gustaba perder el tiempo con idioteces como bailes en verbenas, coqueteos que no llevarían a ninguna parte, noches en el único burdel de la zona o bebiendo reposadamente mientras mantenía una conversación de besugos.
A menudo se había visto —y se seguía viendo— forzado a pasar el rato con Blake, Calder, Haye y el fugitivo de Lachlan, y debía reconocer que no era una compañía que avivara su espíritu o le hiciera sentir tan sumamente realizado como sí lo lograba dedicándose a la tierra.
No podía decir lo mismo de la compañía de las mujeres, no obstante.
Tanto Beth como Cullodenna se le antojaban criaturas con una profundidad emocional y una inteligencia lo bastante sugestivas para hacerle frenar en seco y escuchar sus cuitas, pero se cortaría un dedo antes de intervenir en sus conversaciones amistosas o entablar una amistad con ellas.
Rowen no estaba en posición de negar que le atraía la figura de la mujer, que le fascinaba su misterio inalcanzable, pero era un enigma que no se planteaba resolver.
Había comprobado de primera mano que los hombres y las mujeres chocaban de forma frontal, y todas las jóvenes que había conocido habían sido profundamente desdichadas al lado de su marido, de su padre, de su hijo o de todos ellos.
Solo tenía que echar una ojeada a la tumultuosa historia de amor entre Blake y Cullodenna o al comienzo del matrimonio de Calder y Beth.
Que ambos hubieran resuelto sus diferencias al final no contradecía su teoría de que era antinatural unir al hombre y a la mujer, y menos aún de por vida; el favorable resultado había llegado gracias a la cabezonería de los implicados.
Y quizá hubiera intervenido también la diosa del amor, que Rowen no dudaba que intercediera cuando tenía a bien.
Incluso Haye y la Reina de las Hadas, que no eran marido y mujer ni nada que se le pareciera, torcían la boca del disgusto si coincidían en el mismo salón. Pero sin lugar a dudas, el caso más desagradable de cuantos conocía era el del señor y la señora Carmichael.
Rowen había aprendido a base de empeño a apartar la imagen de sus padres del pensamiento.
Si no los desterraba, se le complicaban las tareas y pasaba el día con una migraña insoportable, incapacitado para emprender cualquier labor.
Eran los efectos que la impotencia de no haber podido hacer nada provocaban en él.
No dejaba de pensar que, si hubiera sido tan alto y vigoroso como ahora lo era cuando su madre estaba en peligro, podría haberla salvado de su padre, de las exigencias de su padre, del ardor de su padre...
De los besos de su padre.
«¿Nunca has besado a nadie?», le había preguntado Lillias.
Rowen hizo una mueca, aprovechando que nadie le veía ni podía juzgarle, y la condenó en silencio por haber sugerido tal aberración.
Al mismo tiempo temía que Lillias se hubiera mostrado tan extrañada con su rechazo porque hubiese sido víctima de un asalto y, al igual que a tantas otras mujeres, la hubieran manipulado para creer que dichas atenciones masculinas eran un halago y no una humillación.
Rowen no sabía qué posibilidad despreciaba más, si que Lillias le creyera con la sangre fría para incomodar a una mujer con su deseo infame, o que un canalla se hubiese tomado libertades con ella.
Tendría que odiarla una vez más por traer a su memoria la miseria de los Carmichael, y también por recordarle que él seguía siendo un hombre, seguía siendo humano, y sentía los mismos y despreciables impulsos que quienes perpetraban graves crímenes, aunque Rowen supiera contenerse.
Porque sí, sabía contenerse. Llevaba treinta y seis años reprimiendo sus bajas pasiones para no alterar la paz de las mujeres a las que había deseado, que, en realidad, habían sido muy escasas, porque sus ojos y sus inclinaciones siempre apuntaron hacia lady Lillias Maxwell.
Tenía que recordarse que no era un mal hombre, que debía honrar la promesa que le hizo a su madre, para no dar media vuelta y aceptar el beso que ella le había ofrecido.
Porque no era tarde para ofrecérselo. Rowen lo habría tomado con el mismo ímpetu que si se lo hubiese regalado diez años atrás.
Para su inmensa desgracia, y para la vergüenza del orgulloso género masculino, sus afectos hacia Lillias no habían menguado ni con el paso del tiempo, ni con el machaque de sus ofensas, porque para arrancar el amor de su corazón tendrían que matarlo.
Precisamente porque la quería nunca había podido besarla, pero había sentido la necesidad en incontables ocasiones.
A veces, el impulso fue más fuerte que él.
En numerosas ocasiones estuvo a punto de perder los estribos, pues la miraba a los ojos, o posaba la vista en sus provocativos escotes, o la brisa le traía su aroma, y todo su cuerpo se trenzaba por la necesidad de poseerla.
Pero entonces recordaba a su madre, los gritos, los llantos, el bochorno de haber sido mancillada, el miedo en sus ojos vidriosos al mirar a su padre...
y se disuadía, convencido de que le estaría haciendo daño.
Rowen no había conocido a la señora Carmichael tal cual debió ser cuando era joven.
Era una sombra, una realidad alterada de las tiernas historias que sus allegados le contaron de ella cuando pasó a mejor vida y tuvo la suerte de hablar con quienes la trataron.
Antes de su embarazo, la señora Carmichael era una muchacha llena de vida con la mirada vibrante y expresiva.
Tenía una sonrisa permanente en los labios.
Aquella imagen siempre le chocó a su único vástago, que siempre la había visto lanzando miradas de pavor a la puerta, sollozando en silencio de espaldas a él, removiendo los caldos con la vista perdida al otro lado de la ventana y huyendo siempre que se lo permitía el escaso valor para no volver a confrontar al señor Carmichael.
Pero el señor Carmichael la alcanzaba cada una de las veces, y Rowen podía dar fe de ello, porque se quedaba escuchando al otro lado de la puerta cuando su padre agarraba a su madre de la cintura, le bajaba las mangas del vestido con tirones, devorándola con la mirada hambrienta, y la arrojaba sobre la cama para acto seguido ocultar del mundo su pecado.
Al principio, Rowen no sabía qué sucedía allí dentro, pero una vez, el señor Carmichael olvidó bloquear del todo el acceso y vio a través de una rendija las lágrimas que corrían por las mejillas de su madre, su dulce y querida madre, mientras el hombre la dominaba con su cuerpo.
Ella jadeaba debajo, atragantada con el llanto, y permitía que el miembro de su padre profanara sus orificios.
Él nunca atendía a razones. No escuchaba sus ruegos, sus «detente», sus «me haces daño».
No le importaba herirla, y no era el único.
Todos los hombres que acudían a los burdeles de los alrededores mostraban la misma compasión, que era ninguna, por las rameras que encargaban para quemarles la piel con vela al rojo vivo, llenarles la boca con la verga hasta que se ahogaran, abofetearlas y hacerlas sollozar con su trato violento.
Fue así como Rowen comprendió que en la naturaleza del hombre estaba doblegar sin preocuparse por el prójimo, y se rebeló contra sus propios impulsos ocultándolos no ya de Lillias o del resto de las mujeres, sino de sí mismo.
Pero los sentía. Por Dios que los sentía. Una parte de él se había excitado cada vez que presenció, por casualidad o por descuido, el encuentro sexual de un hombre y su cortesana. Seguía ardiendo, de hecho, por algo tan simple como la invitación de Lillias.
No se había equivocado al decir que los besos eran antesala de un acto aún más humillante, pero Rowen quería morir con la tranquilidad de no haber mancillado la dignidad de ninguna muchacha, empezando por los labios.
Si para ello debía rechazar a Lillias o a cuanta mujer bonita se le pusiera por delante, lo haría sin atisbo de duda.
Era lo correcto. Jamás sería el causante de un sufrimiento parecido al que padeció su madre, a la que él se quedaba consolando después de los interludios.
La escena solía ser desoladora: tenía que recolocarle las prendas desgarradas para que cubrieran su desnudez.
Le dejaba la melena revuelta, señales de forcejeo en la carne y lágrimas en el rostro; lágrimas como puños que aún entonces sobrecogían a Rowen.
La señora Carmichael jamás le permitió que la abrazara.
Un simple roce de dedos le erizaba los vellos, como si de una amenaza se tratara, pero su hijo la consolaba con su presencia y su silencio.
Era en ese silencio en el que Rowen se refugiaba años después para no decir nada inapropiado; para ofrecer su respeto y su paciencia a quienes la necesitaban. A quienes lo merecían, mejor dicho.
Y quienes no lo merecían eran los miserables bastardos que habían puesto la vida de Lillias en peligro.