Capítulo 3 #2
Nunca había sido un tipo vanidoso, y los perfumes se salían del presupuesto de la clase trabajadora, pero siempre le había encantado su aroma natural: esa mezcla de caricia del sol y humedad de la naturaleza que convertía los ratos de silencio a su lado en una plácida siesta a la sombra de un abeto.
Por culpa de sus rápidas fantasías, se le hizo la boca agua pensando en inclinarse sobre él y capturar directamente su perfume personal en el cuello sudoroso.
Se contuvo apretando los puños, maldiciendo una vez más la impronta del diablo en ella.
—He escuchado a algunas mujeres hablar de que... de que desearían ser tu esposa.
Carmichael se sorprendió de veras. Era su insólita modestia, que en cualquier otro individuo parecería impostada, lo que la irritaba y la maravillaba a partes iguales.
—Ninguna me lo ha manifestado.
La risa de Lillias quedó atrapada en el eco de las cuatro paredes.
—¿Cómo iban a manifestártelo? Las mujeres no pueden abordar a los hombres con ese descaro. Ni siquiera a su propio hombre. Las tomarían por busconas, y una muchacha debe hacerse respetar siempre..., pero más ante el objeto de su interés.
Rowen no parecía entender por qué Lillias había escogido aquel tema para mantener una conversación, pero en su línea de aceptar sin oponer resistencia las preferencias y deseos ajenos, contestó sin mostrarse disconforme con el tópico.
—¿Y cómo transmiten su interés, si no es hablando con claridad?
—Con miradas... —Alzó la barbilla para que la mirara a la cara y clavó los ojos en él.
Pestañeó con coquetería, ladeando la cabeza—, o con roces sutiles.
—Aprovechando que estaba a un paso de distancia, Lillias le rozó los dedos de la mano con los propios.
El simple gesto envió una descarga al centro de su cuerpo.
—Vaya —fue todo lo que dijo, inmóvil. Ni siquiera pestañeó—. Entonces he malinterpretado a unas cuantas jóvenes a lo largo de mi vida.
—Seguro que sí. Ellas se habrán sentido rechazadas al ver que no las correspondías.
—¿Cómo podría corresponderlas? —Meneó la cabeza, contrariado—. No querría violentarlas.
—Si quieres dejarles claro que es recíproco, puedes invitarlas a bailar, por ejemplo. —Se encogió de hombros.
—¿Y si no hay música?
—Puedes ofrecerte a dar un paseo con ella, decirle a la susodicha que te alegras de verla o halagarla si le favorece el vestido, el peinado...
En última instancia, puedes tomarla de la cintura...
—Cogió su muñeca flácida, notando el corazón ardiendo, y atrajo el brazo de Carmichael hacia su cuerpo, ansiosa por sentir sobre ella su tacto—, acariciarle la cara, retirarle un mechón de pelo... o incluso besarla, si estáis a solas.
Carmichael permanecía inmóvil ante ella, pero al oír la palabra «besarla», enfocó la mirada como si hubiera pronunciado un término prohibido. La cautela que reflejaba su expresión indicaba cierta reticencia, incluso desconfianza.
—Por supuesto que no. —Retrocedió un paso, repugnado con la posibilidad—. ¿Por quién me has tomado?
—Bueno... —empezó ella, anonadada con su reacción—.
Supongo que no es lo más apropiado nunca, ni siquiera si uno vive en un pueblo donde las normas de cortesía son mucho menos rígidas que en la capital.
No obstante, no es debatible que los besos sean antesala de...
la noche de bodas, y, por ello, obligatorios antes de formalizar la relación.
Carmichael la miró a la cara con el gesto contraído por la rabia reprimida.
—No soy esa clase de hombre —reiteró con severidad—. Ni siquiera lo insinúe. Usted menos que nadie, a quien demostré que puedo ofrecer un trato más que digno.
Lillias pestañeó sin comprender su enfurecimiento, aunque no poco maravillada por el modo en que el enfado hacía arder sus ojos grises, cristalinos como el hielo en proceso de descomposición.
Sus iris eran láminas transparentes a través de las que sentía que podría ver sus pensamientos, pero si fuera así de fácil, no se hallaría en profundo estado de desorientación.
Carmichael era el hombre más claro del mundo y, a la vez, tan reservado que parecía ocultarse bajo la corteza de la Tierra.
—¿A qué te refieres con...? —Lillias frenó al comprender que Carmichael no deseaba que ella se acercara.
De hecho, retrocedió varios pasos, mirándola como si lo hubiera acusado de una atrocidad—.
Rowen... ¿acaso no...? ¿Acaso nunca has deseado...
? ¿No has sentido jamás la necesidad de... intimar con una mujer?
Carmichael tuvo que apartar la mirada para que no fuera testigo del rubor que cubrió sus mejillas. Aquella debilidad derritió a Lillias, que, aun sabiendo que no era buena idea forzarlo a aceptar su cercanía, se aproximó atraída por su inocencia.
—¿Rowen?
—Sí —admitió entre dientes, mirando al suelo con impotencia—, pero soy dueño de mis impulsos y puedo controlarme para no causar mal a nadie. Nunca le haría nada parecido a una mujer.
—¿Por qué crees que tu pasión haría daño a una mujer? —musitó ella, avanzando con sigilo para no espantarlo. Era consciente de la paradoja de la situación: Lillias había salido huyendo años atrás, y ahora hacía todo lo posible para tenerlo a su merced.
—No lo creo —replicó con voz grave—, lo sé.
Lillias no tuvo más remedio que creerle a ciegas.
Se lo había prometido con una mirada solemne, y no era la clase de hombre que mentía o amedrentaba a los demás por gusto.
Y su expresión amedrentaba sin lugar a dudas, como si Lillias estuviera sugiriéndole la perpetración de un crimen castigado con la horca.
Lejos de cortar de raíz sus anhelos, el rechazo que Carmichael demostró por el contacto físico avivó en Lillias la necesidad de hacerle cambiar de opinión.
No solo porque le deseara fervientemente, sino porque sospechaba que había una historia inquietante detrás y siempre se sentiría responsable del hombre que tenía delante.
—Mientras el beso sea consentido y deseado por ambas partes...
—No —cortó, dirigiéndole una mirada hostil.
Lillias frenó en seco, aturdida.
—¿Por qué? —musitó—. ¿Es...? ¿Es por mi culpa?
Por primera vez desde su regreso, con excepción del reencuentro, Carmichael mostró una señal de reconocimiento hacia su pasado común.
—¿Por qué iba a ser por su culpa?
—Quizás el hecho de no desearme a mí te hizo asumir que no deseabas a las demás...
O, como a mí debías tratarme como a una dama, te acostumbraste y sientes que has de prodigar el mismo trato reverencial al resto de las mujeres.
—Lillias lo miró a los ojos humedeciéndose los labios—.
De ser esto último lo que te limita, sería de una honradez digna de alabanza.
Pero sabrás que tarde o temprano, si contraes matrimonio, tendrás que...
—Jamás dispondré de una mujer de ese modo, ni la humillaré ni la violentaré para satisfacer mis deseos. No podría vivir sabiéndome tan egoísta —zanjó Carmichael.
Lillias se quedó helada.
«Jamás dispondré de una mujer de ese modo».
—¿Qué quieres decir? —El corazón se le aceleró—. ¿Nunca has besado a nadie?
La mención provocó que Carmichael bajara la mirada a los labios femeninos, húmedos y rosados por la salud de la que gozaba; por la vanidosa preocupación con la que los mimaba, al igual que el resto de su cuerpo.
Percibió cierta vulnerabilidad en él y se preguntó si siempre habría sido susceptible a sus encantos femeninos, incluso cuando ella lo creía totalmente inmune.
—¿Y si yo te besara a ti? —musitó Lillias, abandonada ya toda cautela.
Era esclava de su deseo, y lo que sentía por Carmichael no podía equipararse al que pudiera haber experimentado por otro hombre—.
¿Te sentirías abochornado? ¿Violentado? Estaría dándote voluntariamente algo que deseo yo.
Tú... —Lillias alzó la cabeza hacia él— solo tendrías que aceptarlo.
Carmichael no medió palabra, pero Lillias vio en su expresión que, más que seducirle o abrumarle la posibilidad, no entendía sus intenciones. Probablemente no comprendiera por qué ella querría nada de él cuando diez años atrás podría haberlo tenido todo y prefirió darle la espalda...
Aunque «prefirió» no era la palabra adecuada.
Ojalá Lillias hubiera estado en condiciones de ofrecerle una explicación razonable, pero sus excusas sonarían vacías para un hombre que no era capaz de poner en valor el ardor sexual y lo que este provocaba en los seres tan débiles como ella.
En ese momento, Lillias solo podía pensar en que deseaba yacer con él, enloquecerlo de pasión; con suerte, compensarlo por el daño causado, aunque fuera a través de un cuerpo miles de veces usado, un cuerpo que escondía un corazón frágil y un espíritu no tan puro como el de él. Un cuerpo indigno de Rowen Carmichael.
El hombre se retiró, rechazándola en silencio y con obvia contrariedad. No se pronunció al respecto, y Lillias pensó que le habría resultado más fácil tolerar su indiferencia si se hubiera tomado la molestia de insultarla.
Pero no lo hizo. La dejó sola en el cobertizo, a ella y a sus estériles esperanzas.