Capítulo 3
—¿Ayudarme? —repitió Carmichael, depositando la bolsa de grano a sus pies con tal lentitud que parecía que tuviera los músculos agarrotados.
Pero eso no era posible, porque aún le faltaban los otros once trabajos: era un Hércules incansable.
Rowen le hizo un gesto con la mano al muchacho que esperaba, hablando desahogadamente con otro de los labradores, para que lo recogiera—. Apenas está recuperada, milady.
—Llámame solo Lillias, por favor —pidió de inmediato, vigilando de soslayo que ninguno de los trabajadores había oído el título—, y me encuentro de maravilla. La Reina me ha recomendado que tome el aire. Me vendrá bien pasear.
—Pasear no es lo mismo que trabajar en el campo —repuso, ceñudo. Su expresión se suavizó al comprobar con un vistazo exento de interés sexual que estaba de una pieza—, pero me alegra verla en condiciones de retomar su rutina. Muchos temían perderla, y más por culpa de un error tan absurdo.
Lillias cabeceó con una sonrisa trágica, reconociendo lo disparatado de lo sucedido.
Ahora que Johnson se encontraba a salvo y ella había sobrevivido a una experiencia aterradora, podía mirar atrás y reírse sin que la dimensión de los hechos le cortara el aliento.
Los malhechores, enemigos de Blake Houston, la arrastraron a sus covachas para sonsacarle información de la que no disponía.
La usaron como señuelo, creyendo que se trataba de Cullodenna, la mujer del susodicho, y que su tortura y ejecución bastaría para escarmentarlo.
No cabía la menor duda de que la muerte de Cullodenna habría provocado que Blake perdiera la cabeza, pero no fue ella la que salió perjudicada, sino Lillias, quien tuvo la brillante idea de presentarse como su esposa en la isla de Arran para gozar de su protección.
Al final la había obtenido diciéndole la verdad tanto a Blake como al señor del castillo, pagando el irrisorio precio de una intoxicación sin secuelas.
Incluso podía decir que se alegraba de haber sufrido el secuestro, ya que fue Carmichael quien inició la búsqueda y quien la estrechó entre sus brazos para que volviera en sí misma.
Nunca pensó que volvería a disfrutar de sus atenciones, de su calor. Una parte de ella aún se estremecía recordando el modo en que la había acariciado.
No, Carmichael no podía ser como Archie, porque la había querido. Quizá la quisiera aún entonces.
Aunque tal vez su amor fuera estrictamente platónico...
—Tengo entendido que me ayudaste a recuperar la consciencia —comentó Lillias, entrelazando los dedos a la espalda y avanzando hacia él. Necesitaba ahuyentar sus pensamientos, que acababan dirigiéndose de forma invariable hacia lo pecaminoso— y que fuiste a visitarme en algunas ocasiones.
—Se establecieron guardias para cerciorarnos de que su salud prosperaba —confirmó Carmichael.
No existía en él la pretensión de hacerle saber que ella le era indiferente; expresaba su preocupación, pero como se habría preocupado por cualquier otro individuo—.
Celebro que sirvieran para tenerla de nuevo sobre sus pies...
—¡Carmichael! —lo llamó un muchacho—. He terminado mi parte. ¿Continúo la siembra con el grano de alguno de los más lentos, o me voy a casa?
—Vete a casa, chico. Por hoy está más que bien.
Le hizo un gesto con la mano para que lo acompañara al interior del cobertizo.
Lillias imitó al jovencito, que la miraba con la misma curiosidad que el resto de los trabajadores...
salvo las que vigilaban a Carmichael con gesto hambriento, que era la mayoría de la población femenina.
Las mujeres no perdían el tiempo chismorreando sobre la desconocida pudiendo alabar las virtudes del labriego.
—Aquí tienes tus honorarios.
Lillias se asomó bajo el umbral del cobertizo.
Consistía en apenas diez metros cuadrados de espacio, estos reducidos a cinco por culpa del heno amontonado a cada lado, unas cuantas estanterías inestables a rebosar de herramientas y material de obra y una mesita de madera con una silla.
De esta mesita, Carmichael rescató la bolsa con las monedas.
Le pagó el jornal al muchacho y lo felicitó con una palmada en la espalda.
—Gracias, señor Carmichael. —Agachó la cabeza, simulando una torpe reverencia, y salió corriendo.
Lillias permaneció donde estaba, apoyada con los brazos cruzados a la espalda bajo el umbral.
Era consciente de que perseguía a Rowen con una mirada hambrienta.
—Te llaman Carmichael —comentó ella—. Pensaba que no te gustaba tu apellido.
—Y no me gusta.
Lillias sabía por qué: porque era el apellido de su padre, un hombre al que no había estimado ni siquiera mientras fue niño.
Tal vez fuera porque el señor Carmichael arruinó su juventud obligándole a renunciar a su inocencia, de la que aún quedaban algunos retazos.
Rowen era reservado al extremo, pero con ella había compartido información muy reveladora, como que su padre fue un tipo violento y que se ganó el odio de todos sus conocidos.
Sabiendo esto, resultaba inverosímil que de su semilla hubiera germinado un espíritu como el de Carmichael, servicial, honesto y generoso.
Observó cómo realizaba las tareas en el interior del cobertizo —limpieza y orden, sobre todo—.
Su sola cercanía avivaba recuerdos que creía haber olvidado, y los recuerdos traían consigo la dolorosa certeza de que había traicionado mucho más que sus sentimientos.
Había traicionado la confianza que depositó en ella para contarle lo que nunca puso en conocimiento de nadie más.
—¿Entonces? —insistió, ansiosa por mantener una conversación con él.
—Lo prefiero a que digan mi nombre.
—¿Porque ahora eres un activo muy importante en el proceso de destilación? —bromeó, apoyándose en uno de los pilares de madera del cobertizo.
Él ni siquiera se giró ni detuvo sus quehaceres para responder con tono neutro.
—No quiero que nadie me llame como usted lo hacía.
Lillias se dejó aturdir por la inexpresividad de su contestación.
Podría haber sonado anhelante o a recriminación, y, sin embargo, ella, con toda su inteligencia, fue incapaz de descifrar lo que pretendía transmitir.
Quizá, y como tantas otras veces antes, se hubiera limitado a ser sincero.
Y su sinceridad era tan pura que eclipsaba la intencionalidad del mensaje.
—Que no permitas que tus amistades te llamen por tu nombre impone cierta distancia... —decidió arriesgarlo todo agregando—: igual que lo hace que impidas que las mujeres tengan esa misma intimidad contigo.
La mención del género femenino no le alertó.
Se limitó a hacer el amago de mirarla por encima del hombro, desinteresado, mientras disponía los enseres en los estantes según lo indicaba el orden que solo existía en su cabeza.
Carmichael siempre había sido un hombre muy cuadriculado, motivo por el que Lillias solía perder la paciencia rápido —por lo que la perdió al final, por desgracia— y también por el que se enamoró perdidamente de él.
—¿Las mujeres? —repitió sin comprender a dónde quería llegar—. No hay mujeres en mi vida más allá de las señoras Houston.
—¿Ni siquiera a ellas las llamas Beth y Cullodenna?
—Me lo piden, pero no suelo complacerlas.
«Me consta que no quieres complacer a las mujeres», pensó Lillias con rencor. Desestimó de inmediato aquel desacertado pensamiento, acusándose de injusta.
—Las mujeres te persiguen, Rowen. Y no me refiero a Beth y a Cullodenna, sino a todas las demás.
Él pasó una mano por el borde de la estantería para retirar el polvo. Lo deshizo frotando los dedos, un gesto que Lillias contempló con el aliento contenido.
Cuántas veces no habría soñado con que esas manos recorrían su cuerpo.
—No me he dado cuenta.
—¿Y no te gustaría empezar a darte cuenta, aunque sea para responsabilizarte de los corazones que rompes, o para saber por qué una muchacha deja de dirigirte la palabra de pronto después de darse por desairada?
—inquirió, recordando a Maisie y a Gillian y la duda sobre sus inclinaciones que a ella misma la torturaban después de tanto tiempo.
Con reticencias, Carmichael se giró hacia ella.
Era tan grande que la impresionó. El tiempo no lo había encorvado, como sucedía con algunos hombres apenas cruzaban la franja de los treinta, y especialmente con aquellos que se dedicaban a labores tan exigentes.
Tampoco le había raleado el cabello o escamoteado la belleza; por el contrario, había sustituido su encanto angelical por la rudeza de un hombre dedicado al campo, con las manos callosas, las arrugas de expresión en los ojos y la frente, los inicios de barba mal recortada y los músculos hiperdesarrollados.
Desde que lo perdió de vista, Lillias no había vuelto a ver a un hombre con sus cualidades o sus dimensiones, pero había algo en él, un atributo aún más importante que lo visible, que seguía añorando porque el tiempo se lo había arrebatado...
o quizá se lo arrancara ella con su desprecio: la dulzura en la mirada.
La mirada prístina del hombre bueno había sido corrompida, aunque no del todo, porque la observó con curiosidad, pero sin calidez.
—Supongo que sí. No me gustaría herir a nadie con mi ignorancia. La mayoría de las veces, no sé si interpreto correctamente las atenciones de las mujeres.
—Hace un momento, las jóvenes labriegas estaban lamentándose de sus infructuosos intentos de coqueteo.
—No me consta que nadie intentara coquetear conmigo.
—¿No? Un simple roce de los dedos puede implicar el deseo de intimar, ¿sabes?
Carmichael se miró las yemas de los dedos como si de estos pudieran salir chispas. El gesto le pareció tan inocente que Lillias sonrió y no pudo resistirse a avanzar unos pasos para quedar a la suficiente distancia para olerlo.