Capítulo 2
Llevaba hospedándose en el castillo de Lochranza desde la primavera, cuando llegó de la mano de Johnson tras una extenuante travesía en barco.
Arribó a la isla con una estrategia que enseguida fue frustrada por terceros, pero por obra del destino —porque su gestión fue pésima—, todo acabó saliendo a pedir de boca gracias a las bondades del señor del castillo y al hombre al que había ido buscando: su hermano Blake Houston.
Necesitaba protección, que las personas indicadas le guardaran ciertos secretos y que nadie volviera a llamarla lady Lillias en público jamás, pues de ello dependía no solo su vida, que estimaba lo justo y necesario, sino la del pequeño Johnson, que, a sus diez años, diez de los cinco que aparentaba debido a su aspecto enclenque, ya había conocido suficiente miseria para el resto de su existencia.
Sospechando que lo encontraría en las tierras que bordeaban el castillo, ayudando con el fin de sentirse útil bajo el techo en el que vivía gracias a la caridad ajena, Lillias se dirigió a los campos de cebada.
Solía sembrarse entre los meses de diciembre y marzo, y como aquel enero había arribado con una sorprendente ola de clima seco, sin lluvias ni nevadas que interrumpieran el proceso de cultivo, el jefe al cargo había ordenado comenzar la siembra.
Lillias llevaba unos cuantos días observando el proceso desde la ventana de su dormitorio, a través de la cual solo había podido captar las diminutas siluetas de los trabajadores, demasiado lejanas para distinguir rasgos o voces.
No obstante, se asomaba cada día sin faltar uno, sabiendo que Rowen Carmichael se encontraba entre los labriegos.
El simple hecho de saberlo allí la llenaba de una insoportable melancolía, pero también avivaba una ingenua esperanza en su corazón.
Mientras se acercaba a los trabajadores recorriendo el estrecho sendero que habían dibujado manualmente entre los campos, pensó con tristeza que Rowen no había vuelto a prestarle una visita.
Lo entendía, por supuesto. Si no le corroía el rencor por lo ocurrido hacía años, por lo menos estaría tan sorprendido por el reencuentro como lo estaba ella.
Si fuera supersticiosa, Lillias habría jurado que el destino le estaba diciendo, a través de la coincidencia, que debían estar juntos, pero no solo no creía en espiritualidades, sino que hacía un tiempo desde que se había desprendido del ridículo romanticismo que la condujo a la perdición y era consciente de que hacerse castillos en el aire solo serviría para salir aún más perjudicada.
Rowen no podía seguir queriéndola una década después. Ni mucho menos una década después de haberlo plantado en el altar sin explicaciones. Y aunque aún la amara, Lillias sería indigna de él. Más incluso de lo que lo era cuando aún creía que podía permitirse sus afectos.
Mientras fingía pasear, pues sabía muy bien a dónde pretendía dirigirse, escuchó las conversaciones entre algunas de las mujeres del campo.
El señor del castillo no desechaba a posibles trabajadoras por su sexo.
Por el contrario, y sabedor de las dificultades para encontrar empleo y llevar el pan a casa en una isla casi deshabitada, especialmente para el género femenino, ofrecía puestos dentro y fuera de la finca, dentro y fuera de la destilería, dentro y fuera del castillo de Lochranza, a todo el mundo.
Incluso a los niños.
—¡Qué dolor de espalda! —exclamaba una de las mujeres, incorporándose con las manos en la zona lumbar. Se estiró con la cabeza hacia atrás, haciendo contrapeso con la bolsa de grano que colgaba de su cuello y caía sobre su vientre plano—. Hoy no puedo más, Gillian.
—No te quejes tanto, Maisie, que peor es lo que nos espera en casa. No sé tú... —decía su compañera, arrojando el grano sobre la tierra con la misma postura encorvada—, pero prefiero esto a las neuralgias que me provoca mi marido.
—¡Eso no hay ni que decirlo! —bufó Maisie, retirándose los mechones más cortos de la amplia frente.
Lillias fingió entretenerse anudando sus botas de paseo para pegar la oreja.
Había pasado tanto tiempo encerrada que necesitaba contacto con el exterior, oír la vida, aunque no participara en ella—.
Lo peor es que llegaré, molida de haber pasado una jornada de sol a sol con posturas imposibles, y querrá que le prepare un asado y le espere en la cama.
Lillias pensó que esperar en la cama al hombre amado, o, al menos, deseado, no podía ser tan malo.
—¿El tuyo aún te requiere en el lecho? Qué afortunadas son algunas... —se reía Gillian entre dientes.
—¿Afortunada? ¡Ja! —Meneó la cabeza y giró en redondo, estirándose de las formas más inverosímiles e inadecuadas, para acabar mirando con fijeza un punto de la finca—.
Si mi marido se pareciera en algo a ese de ahí, Gillian, volvería al pueblo dando volteretas si así me lo pidiera.
No dormiría en cien años con tal de complacerlo...
, pero mucho me temo que Sean poco se le parece al señor Carmichael.
En un primer momento, el trato cortés desconcertó a Lillias.
Ella no acostumbraba a llamarlo «señor Carmichael», sino Carmichael a secas por la camaradería con que su padre se dirigía a sus empleados, o bien Rowen en la intimidad de sus citas clandestinas, luego no tan secretas.
Así fue como Lillias reparó en que Rowen había prosperado.
Quizá su empleo fuera el mismo, pero mandaba sobre los demás, y los demás lo tenían en alto concepto.
«Y tan alto», pensó, escuchando la conversación de las mujeres.
—Oh, ni me lo menciones. Cada vez que me cruzo con él, recuerdo el bochorno que pasé insinuándome en la fiesta de la primavera y tengo que resistir el impulso de enterrarme viva.
—Mujer, no te hagas mala sangre —desestimó Maisie en tono amistoso—. Estabas bebida, y él es duro como el diamante. ¡A ver quién es la afortunada que logra raspar su coraza!
—Pues no seré yo, porque me rechazó sin mirarme a la cara. A veces pienso que es como Archie, ¿sabes? Archie, el lacayo del castillo de Lochranza; al que cazaron... Tú me entiendes.
—¡Dios santo! —se escandalizó Maisie—. ¿Tú crees?
—Cuesta aceptarlo, porque lo ves tan masculino, tan... tan hombre... —Suspiró, soñadora, y aleteó las pestañas en dirección al ocupado Carmichael—, pero la gente siempre te sorprende. Es algo que tú y yo sabemos muy bien, ¿es o no?
—Es, es.
—¿Carmichael no está casado? —se oyó preguntar Lillias antes de contener su impulso.
Las dos trabajadoras se giraron hacia ella, ceñudas y desconfiadas como lo eran las mujeres de la comarca. Lillias no dejaba de ser una forastera, y acababa de inmiscuirse en su conversación. No obstante, el afán de chismorreo era más fuerte que la prudencia, porque Gillian aclaró:
—¿Casado? Solo con su trabajo en la destilería de sus amores, en la que pasa la noche cuando el amanecer le pilla fuera de su coqueta cabaña.
Esa cabaña del diablo es un defecto que habría estado dispuesta a pasar por alto a cambio de su mano —admitió, mirando a su amiga Maisie con nostalgia—.
Mira que vivir en esa pocilga, ganando lo que gana...
—Pero no creo que sea un avaro, más bien frugal —meditó Maisie—. Seguro que no escatimaría en gastos para colmar de regalos a su esposa..., si la tuviera y no fuese como Archie.
—Oh, ojalá... ¡Menuda afortunada! ¡La odio y ni siquiera existe! ¿O debería decir «lo odio»?
—¿Qué insinuáis? —quiso saber Lillias.
Al caer de nuevo en la cuenta de que Lillias era testigo de su charla, Maisie y Gillian se callaron de golpe.
Le dirigieron una mirada de soslayo, midiéndola en la distancia, y retomaron el trabajo sin mediar palabra.
Con la elocuente señal, invitaron a Lillias a proseguir su camino, que hizo con el corazón en un puño en dirección al cobertizo de donde Carmichael entraba y salía para entregar el grano a sus labradores.
Su cabeza daba vueltas, entendiendo a qué se referían con que Carmichael «podía ser como Archie».
El jovencito trabajaba de lacayo en el castillo de Lochranza y Lillias lo había tratado en suficientes ocasiones para interpretar sus gestos afeminados y el modo en que miraba a Calder Houston para saber que la anatomía femenina no le despertaba el menor interés... a diferencia de la masculina.
Lillias se preguntó si ese sería el motivo por el que Carmichael jamás la había tocado pese a haber estado comprometidos durante meses.
Era una posibilidad que barajó en cuanto supo de la existencia de hombres que amaban a otros hombres, y que, por extraño que pudiera parecer a ojos de quienes tildaban aquella preferencia de aberrante, la consolaba.
Prefería pensar que Rowen nunca la había besado porque no sentía esa atracción por ninguna mujer que porque ella no fuera digna de su pasión.
De lejos, reconoció lo vigoroso de la figura del hombre que ocupaba sus pensamientos, los antebrazos fuertes y la piel de porcelana que parecía inmune al frío.
Lógico que lo creyeran duro como el diamante, inconmovible, incluso, o un ángel caído si sus ojos parecían los de un ciego en la distancia, cristalinos igual que los arroyos escondidos en las montañas; si el sol hacía brillar su piel como el mármol de las esculturas que se exhibían en el Museo Británico o la silueta del querubín de la Anunciación.
Era una visión irreal, tan alto y pálido como una criatura de mitología escandinava.
Lillias se detuvo a suficientes metros para no delatar su presencia.
Contuvo el aliento mientras observaba los apresurados paseos de Rowen de un lado a otro, las escasas palabras que intercambiaba con los empleados, el tono que usaba para que no cupiera la menor duda de que no se creía por encima de nadie; de que, de hecho, le honraba que le escucharan y agradecía la mano de obra.
Se preguntaba cómo un hombre tan bello que dolía, magnánimo se mirara por donde se mirase, podía exudar humildad y sencillez por los cuatro costados.
Incluso su temperatura corporal indicaba su supremacía, pues todo el mundo pasaba frío y a él se le pegaban los mechones color caoba pajizo a la frente.
Lillias temió que, como resultado de su traición, Rowen tuviera el corazón tan helado que fuese incapaz de experimentar sensaciones tan humanas como las que provocaba la temperatura del ambiente.
Estaba remangado y no le temblaban ni los dedos ni el pulso.
O al menos no le temblaron hasta que coincidió con la mirada de Lillias y tuvo que detener abruptamente su camino hacia el trabajador que esperaba su saco de grano.
Le pareció que Carmichael respiraba hondo, aliviado al saberla viva, o quizá armándose de paciencia para no mandarla al diablo en el acto. Lillias probó a sonreír, tan feliz de tenerlo en su campo de visión que ni siquiera se planteó que pudiera estar poniendo a prueba su paciencia.
—Hola, Rowen. ¿Puedo ayudarte?