Capítulo 1 #2
Se sentiría profundamente avergonzada si tuviera que decir delante de Haye que, a falta de un cuerpo masculino con el desfogarse, se había provocado mareos e incluso deshidratación en el proceso de encargarse de sus deseos físicos.
A Bonnibelle, en cambio, sí la había puesto al corriente.
Tenía con ella una confianza que no lograba depositar en nadie más, en parte porque las circunstancias la habían empujado a contar con la Reina para sincerarse.
Fue ella quien la vio abrazada a Rowen Carmichael cuando este se había quedado dormido velándola, dedicándole palabras de amor en gaélico, y quien le guardó el secreto cuando le pidió que lo hiciera.
Fue ante quien admitió que había estado practicando el mitridatismo porque temía morir por envenenamiento, como había estado a punto de hacer en la última ocasión, aunque no por culpa de quien Lillias temía que anduviera pisándole los talones.
Haye no dijo nada más y se marchó, quizá porque sabía que ya le había causado el daño suficiente a la Reina para darse por satisfecho.
Los ojos llenos de vida de Bonnibelle, la clase de vida que se defendía apagando otras si hacía falta, había mermado con la insinuante evocación de Lachlan Hawke, aunque sería más justo decir que la joven llevaba desinflada desde que este abandonó la isla.
Lillias no era tan obtusa como para confundir el amor con el deseo.
Lo que Bonnibelle sentía por Lachlan era profundo y complejo, y no podía ser anulado por más que el misterioso Haye, con su indiscutible atractivo, tratara de imponerse.
De hecho, ninguna otra emoción podía competir con el amor, ni siquiera el intenso deseo que atisbaba más en los ojos de Andrew Haye que en los del objeto de su obsesión.
Sabía diferenciar muy bien un sentimiento de otro, y lo sabía porque antaño cometió el error de confundirlos.
Ese error había sido su mejor escuela.
También lo peor que le había pasado.
—¿Sigues encontrando satisfacción en el onanismo? —le preguntó Bonnibelle sin rodeos apenas se quedaron solas.
—No encuentro satisfacción, pero no puedo evitarlo si te refieres al hecho de... —La Reina asintió antes de que Lillias tuviera que explicarse—. Perdón, ¿cómo lo has llamado?
—Onanismo —repitió sin pestañear. Los pecados y lo que se tenía por inapropiado según la Iglesia quedaba muy por debajo de la experiencia médica de Bonnibelle—.
Viene de Onania y el pecado atroz de la autocomplacencia y de El onanismo , libros publicados el siglo pasado por un médico inglés y uno suizo respectivamente.
Viene del nombre bíblico Onán, cosa que me desagrada porque opino que la religión ha de estar desvinculada de la medicina, al igual que del resto de ciencias naturales o sociales, pero, sobre todo, porque el personaje en cuestión, Onán, no cometía este pecado...
Pero ese está lejos de ser el asunto que nos ocupa.
—Bonnibelle entrelazó los dedos en el regazo—.
Necesitas mantener tu mente ocupada con otras actividades y cansar tu cuerpo con prácticas sanas que eviten la proliferación de pensamientos lujuriosos.
—Pensaba que a ti no te parecían inadecuados —se quejó Lillias.
—Y no lo son, pues fomentan la vida y, cuando no, mejoran la experiencia de matrimonios y amantes —se explicó como si estuviera haciendo referencia a un deporte inocente, como la equitación o el bádminton—, pero la frecuencia en la que tú sufres estos impulsos me inquieta.
He estado haciendo una investigación al respecto y no he hallado evidencia de que otras mujeres hayan padecido lo que tú sufres, pero como la masturbación se considera el tratamiento de la histeria femenina, creo que, aunque no te cure, no te resultará dañino.
Lillias agradeció con un suspiro que no le recomendara el celibato, lo que ella se impuso en su día para dejar de sentirse un bicho raro.
El único modo que tenía de no volverse loca era atendiendo sus necesidades sexuales, que, desde que recordaba, nada ni nadie había sido capaz de satisfacer.
Haber podido compartir con Bonnibelle su afección, pues para Lillias era tan limitante como una enfermedad, la ayudaba a sentirse relativamente cómoda consigo misma.
Sin embargo, seguía enfrentándose sola a la inmensidad de su incomprensible problema.
Seguía teniéndose por un monstruo y por una decepción para su linaje, pues su padre siempre había sido un hombre honrado, al igual que su difunta madre, y jamás habían mostrado esos comportamientos disolutos.
—El ejercicio físico solía ayudarme —reconoció Lillias—. ¿Tengo tu permiso para tomar el aire?
—Tienes mi permiso para hacer todo cuanto creas necesario para despejar la mente.
Ahora bien: si te sobreviene un mareo, dolor abdominal, náuseas o cualquier otro síntoma preocupante, detente donde estés y envía a quien tengas más cerca a buscarme.
A mí o a Haye —concretó de mala gana—, pero preferiblemente a mí.
Lillias aguantó una sonrisita, pero no se calló el comentario que llevaba semanas queriendo soltar.
—Deberías ser tú la que buscara a Haye. Algo me dice que desea que lo encuentres.
Bonnibelle ni se molestó en condenarla con una de sus miradas letales. Se limitó a darse la vuelta y desdeñar el comentario:
—Voy a ignorar que has dicho esa soberana estupidez.
Y Lillias no dudaba que lo haría: que, en cuanto cruzara el umbral, olvidaría su provocación, porque Bonnibelle siempre tenía asuntos más importantes de los que ocuparse que de ella misma.
Cuando no supervisaba la lenta curación de la herida de bala del señor del castillo, confirmaba que el embarazo de su esposa, Beth, progresaba de forma adecuada, y no dejaba de prestar visitas al pueblo de Lochranza para atender a las buenas gentes que la necesitaban.
La vio abandonar el dormitorio con la prisa que siempre tenía.
Lillias esperó unos instantes a que sus pasos se hubieran extinguido por el pasillo, y entonces siguió sus huellas.