Capítulo 1
Lochranza, isla de Arran
Diez años después
Era sorprendente la discusión que una simple pregunta podía desatar entre dos médicos —¿curanderos?
¿Sanadores?— rivales. Según el reloj que colgaba sobre la amplia cama de cuatro postes, Andrew Haye y Bonnibelle Lowrie llevaban quince minutos discutiendo acerca de la petición de Lillias, que había sido:
—¿Puedo salir ya de la habitación?
—No —había zanjado Andrew Haye una vez más—. Ha de permanecer en observación por si acaso se manifestara algún síntoma tardío de envenenamiento.
—¿De qué demonios habla? —le había replicado de inmediato su contrapartida femenina, mirándolo con desdén—.
Han transcurrido semanas desde el incidente, y Lillias no ha mostrado la menor señal de debilidad.
Mírela: labios rosados, color en las mejillas, brillo en los ojos...
¡Está para que la pinten al óleo los maestros renacentistas!
—Sabrá usted cómo pintan los maestros renacentistas —masculló él.
—Debo saberlo si puedo hacer la referencia, ¿no cree? Como decía antes de que airease su idiosincrática insolencia, la paciente no sufre de fiebres o neuralgias desde hace días.
—Pero sí tiene tos, además de vértigos. Ha perdido el apetito y está irritable.
—¿Irritable? —repitió Lillias, molesta.
Ella no era una mujer irritable.
—¿Y usted no está irritable, acaso? —bufó Bonnibelle—. Porque lleva así desde que le conozco y, que yo sepa, puede no ser causa de un envenenamiento, sino de un defecto del carácter.
—Yo al menos tengo la excusa de estar de mal humor porque así nací, no porque el amor de mi vida me haya abandonado después de haber intentado forzar a una mujer.
Lillias observó que la respuesta de Haye hacía palidecer a su némesis. No era para menos, teniendo en cuenta que aquel era el punto débil de la llamada Reina de las Hadas.
Por lo que sabía de los individuos que habían guardado su sueño, Bonnibelle y Haye habían sufrido un flechazo, solo que no el del dios menor Cupido, sino el de Marte: lo que había surgido entre ambos había sido nada menos que odio a primera vista.
La joven era conocida en la isla por su don para la sanación, que, al haber obrado milagros en gentes supersticiosas, le habían valido el apodo de «Reina de Elphame» o «Reina de las Hadas» de acuerdo a la antigua leyenda escocesa.
Andrew Haye era de la escuela de la evidencia, el destilador de la fábrica de whisky de Lochranza, y no podían sino atragantársele los charlatanes que no habían conocido las enseñanzas de los maestros universitarios.
No obstante, lo que había comenzado como una rivalidad lógica dados los distintos métodos de estudio, se había convertido en un frío antagonismo que maravillaba a Lillias.
No solo porque sus pullas hubieran adquirido matices personales, como la clara referencia de Haye a Lachlan Hawke, amor de la infancia de la Reina de las Hadas, sino porque le había parecido intuir cierta atracción.
Para cualquiera que no tuviera las capacidades de observación de Lillias habría sido difícil sacar aquella conclusión.
Haye se mostraba indiferente. No descruzaba las manos de la espalda a la hora de devolver las pullas, rara vez la miraba a la cara, no cambiaba de expresión en toda la trifulca y se marchaba con la misma y tediosa parsimonia con la que lo hacía todo, como si la vida no tuviera el poder de sorprenderle.
Bonnibelle, que era de naturaleza explosiva y defendía con garras la que entendía como la labor de su vida —atender a los enfermos, pudieran retribuírselo o no—, se mostraba ajena a las increpaciones de Haye, como si estuviera acostumbrada a que cuestionaran su valía con frecuencia y la falta de originalidad de sus detractores se le antojara demasiado insípida como para replicarla debidamente.
Pero aquel desdén de Haye... Oh, aquel desdén de Haye la afectó. Lillias pudo verlo en sus ojos desde la que era su posición, con las rodillas recogidas contra el pecho y la espalda apoyada en el precioso cabezal labrado en madera.
—Si de algo sirve la opinión de la enferma —intervino Lillias, apiadándose del silencio de Bonnibelle.
Era evidente que no estaba acostumbrada a que la dejaran sin palabras, y que no comprendía cómo era posible que Haye, Haye entre todos los hombres, hubiera tocado su punto débil—, estoy irritable porque llevo semanas encerrada en este dormitorio, sin apenas ver a Johnson ni respirar aire fresco.
—Acaba de entrar el otoño, lady Lillias —le recordó Haye, atravesándola con su insondable mirada negra—. Más que respirar el aire fresco, va a sufrir el aire gélido.
—Moverse, aunque sea dando breves paseos por los alrededores, le abrirá el apetito —sentenció Bonnibelle, sin mirar a ninguno de los dos—, además de que la equilibrará.
Es lógico que sufra vértigos si yace en posición horizontal las veinticuatro horas del día.
La zona cervical se resiente y produce mareos.
La tos puede ser el efecto del cambio de temperatura.
Haye se giró hacia la Reina con los párpados entornados.
—¿Por qué deberíamos hacer caso al diagnóstico de una mujer que, al saber del envenenamiento de la paciente, decidió no tomar cartas en el asunto y ver cómo su cuerpo lo neutralizaba por arte de magia?
—Por arte de magia, como usted dice —deletreó con indiferencia—, he curado a más enfermos que usted con sus químicos.
¿Y qué debería haber hecho, en su opinión?
No se le puede administrar nada por vía oral ni a una criatura inconsciente ni a una sobre la que se tiene la sospecha de que ya está esforzándose por digerir una sustancia tóxica.
—Debería haberle inducido el vómito, por ejemplo.
—Es usted un tarado —dijo sin remilgos.
Lillias alzó las cejas, sorprendida, y asimismo lo hizo Haye, aunque con más curiosidad que asombro.
Bonnibelle no se contenía a la hora de proferir insultos.
Provenía de las montañas del norte de la isla de Arran, de la hermosa cadena de Caisteal Abhain, y solía dormir en una cabaña en el Paso de la Bruja antes de que la señora del castillo, Beth Houston, la reclutara para salvarle la pierna enferma a su testarudo marido.
No obstante, sus ofensas estaban a menudo justificadas.
Aquello había sido un ataque en toda regla.
—Aún no hemos descubierto qué veneno le hicieron ingerir —le recordó Bonnibelle—, y si era tóxico, como debemos asumir teniendo en cuenta que le produjo toses y debilidad en las cuerdas vocales, inducir el vómito habría sido una irresponsabilidad.
Igual que produjo quemaduras al entrar, las habría empeorado al salir.
Todo el mundo sabe que hay que esperar a que se presenten los síntomas si se sospecha que ha habido una intoxicación, y, como ya ve, no hay síntomas.
Retenerla es una ridiculez. Por mi parte, puede hacer vida normal.
»Y, ahora, ¿quiere usted aportar algo que no sea una rematada estupidez? —retó a Haye, dándose media vuelta hacia él con los brazos cruzados.
Como era poco lo que Lillias había podido hacer durante su convalecencia y los individuos que más la visitaban eran la sanadora y el químico respectivamente, se había dedicado a observar su comportamiento.
Resultaban llamativos solo por lo distintos que eran sus aspectos: ella, diminuta, aparentemente inofensiva y tan rubia que recordaba más una vikinga que a una ninfa de los ríos; él, afilado y letal como la punta de una flecha.
Mas no era ese el único detalle que la fascinaba.
Era cierto que, de un tiempo a esa parte —y por obra de lo que en sus peores horas había decidido llamar «embrujo satánico»—, Lillias relacionaba cualquier escena entre dos individuos con la pulsión sexual, con el deseo entre el hombre y la mujer, con la pasión de los cuerpos entrelazados.
Sin embargo, incluso cuando Lillias lograba alejar sus pensamientos libidinosos, una ardua tarea, reafirmaba su opinión sobre el día y la noche: entre Bonnibelle y Haye existía una tensión poderosa que, si era insoportable ya para sus espectadores, no quería imaginar lo que provocaba en sus víctimas.
Se preguntaba si serían o no conscientes de ello. Si, tan inteligentes como eran ambos —acertaran o no en sus diagnósticos—, sabrían relacionar la rigidez articular, los cuellos tensos, las miradas de arriba abajo y el impulso superior de buscarse las cosquillas con la inequívoca atracción.
Andrew Haye sabía disimular sus sentimientos —si es que era capaz de albergarlos—, pero Lillias tenía un sexto sentido para leer el instinto primitivo de los hombres y lo había visto latir en él en un detalle aparentemente insignificante: cuando Bonnibelle entraba en la estancia y pasaba por su lado, con su paso firme de general romano, el químico dilataba las aletas de la nariz de manera casi inapreciable, queriendo intoxicarse con su aroma hasta que los pulmones no pudieran retenerlo.
La Reina de las Hadas no era más humana de lo que sugería su título de mandamás en Elphame, pero también se delataba.
En su empeño por ignorar a Haye, por no mirarlo ni de soslayo, por proyectar su tono de forma tajante, demostraba la imperante necesidad de disimular que era muy consciente de su presencia.
Lillias no podía evitar excitarse cuando los veía u oía en acción.
Estaba tan pendiente de sus movimientos, de sus miradas, de cada nimio intercambio, que no respiraba ni destensaba los músculos hasta que abandonaban la habitación.
Y cuando lo hacían, no tenían la gentileza de llevarse consigo las obscenas fantasías que Lillias ya había dibujado en su imaginación.
Pero sabía que aquel defecto suyo no era culpa de la Reina de las Hadas o del hombre de negro. No era culpa de nadie excepto de ella misma, que no se veía en condiciones de mantener a raya sus impulsos.