Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Prólogo #2
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Prólogo #2

—Puede que no te atraiga, pero despierto tu curiosidad —sintió su aliento contra la nuca—, y esa curiosidad afecta negativamente a Carmichael, porque mientras él no la satisfaga, yo seré una tentadora alternativa.

—Cállate. —Giró aún más la cabeza y el torso, temblando asqueada y también furiosa consigo misma por su debilidad—. Eres el marido de mi madre y la respeto todo por lo que tú no lo haces.

—Si ser el marido de tu madre es lo único que se interpone entre nosotros, solo confirmas lo que yo ya sospecho.

Puedo enseñarte todas esas cosas por las que te preguntas cuando me miras, Lillias.

Puedo poner nombre a esas turbadoras pasiones que te imaginas y querrías llevar a cabo.

—Deslizó la mirada oscura por su cuello, por el escote de su vestido veraniego—.

Y no soportas que hasta yo, un canalla, te ofrezca algo más de lo que te brinda tu idilio juvenil.

Lillias se despreció por sentir que debía defenderse, como si aquel fuera un ataque justificado; como si tuviera algo de lo que avergonzarse.

—¡Rowen me respeta! —repuso con seguridad, aunque dentro de ella persistía la duda—. Es algo que se ve que tú no entiendes.

—Y algo que a ti misma te es indiferente, porque eres una mujer fogosa, Lillias —la pinchó, acercándose más de lo que una joven casadera debería permitirle a un hombre—. Una mujer desesperada por vivir aventuras, incluso por cometer errores...

—Eso lo dices porque tú mismo sabes que serías un error, ¿verdad?

—Uno del que quizá serías incapaz de arrepentirte.

Lillias se estremeció y se lo sacudió de encima, rogando para que captara el mensaje. Pero no sabía en realidad qué mensaje le estaba enviando, porque nuevas inquietudes iban desplegándose en su corazón para eclipsar, por un instante, el incuestionable afecto que sentía por Rowen.

La pasión de Brendan le era indiferente, pero sabía usar su atracción hacia ella para que se preguntara, confundida, por qué Rowen sí parecía inmune a sus encantos femeninos cuando el marido de su madre se desvivía por sus huesos; por qué él no había intentado estrecharla entre sus brazos ni una sola vez, a diferencia de aquel hombre.

Lillias se zafó de él, furiosa porque hubiera sembrado una nueva duda en su corazón.

—En el fondo sabes que estoy en lo cierto —insistió él, orgulloso de que sus manipulaciones hubieran surtido efecto—.

Quieres más de lo que te da o te dará nunca.

Eres lo bastante lista para engañarte toda la vida si es lo que deseas, pero nunca podrás huir de una verdad indiscutible: ese respeto cristiano que parece tenerte no es más que la fachada que oculta lo poco que le interesas.

Lillias sintió que el golpe bajo la dejaba sin aliento.

—¡No sabes nada de nosotros! —exclamó, al borde de las lágrimas—. ¡Él me quiere!

—Tal vez no sepa mucho, pero sí sé que ni un solo hombre en este mundo rechazaría la posibilidad de tocar a su futura mujer si no fuese porque no la desea en absoluto.

—¡Vete al diablo! —le ladró.

Le arrojó las flores al pecho con la mala suerte de que algunas de las corolas se deshicieron con el impacto.

Al retroceder, Lillias pisoteó los pétalos deshojados sin darse cuenta, los puños crispados latiendo de rabia a cada lado de las caderas.

Se repitió sin cesar los aspectos más estremecedores de la conversación, notando que su mente desentrenada perdía la fuerza necesaria para expulsar el veneno de Brendan con argumentos lógicos.

Era ese veneno lo que temía más que a nada, porque sabía que sería capaz de pudrir sus florecientes sentimientos, de arrojarla a cometer errores garrafales y expulsar de su vida a lo único que sentía que había querido de verdad.

¿Carmichael la correspondía o solo estaba fingiendo? No sería el primer labriego atractivo que la usaba para llegar a lo más alto, o por el simple placer de tener a una damita comiendo de su mano. Pero si solo la usaba para lustrar su orgullo, entonces ¿por qué no había intentado deshonrarla?

¿Qué podía querer un hombre como Rowen Carmichael —honrado, trabajador, comedido e incluso tímido— de una mujer como ella?

Sabía cuáles eran las preguntas que quería hacer, y sabía qué respuestas necesitaba para espantar los miedos que la azuzaban por las noches, susurrándole al oído con malicia que Rowen no la deseaba y que no la deseaba porque no la amaba de veras.

Si resultaba ser cierto, Lillias tendría que afrontar el mayor fracaso de sus veinte años, porque ella sí lo deseaba a él.

Sabía lo que pedían los apasionados vuelcos que daba su corazón cuando Rowen se acercaba más de la cuenta o le dedicaba uno de sus rápidos vistazos circunspectos, que fantaseaba con que albergaran pasiones desgarradoras; sabía por qué soñaba despierta con que lo que se escondía tras su mirada cifrada no era otra cosa que la imagen de ambos fundidos en un solo cuerpo.

Brendan le había descubierto ese mundo de placeres indecorosos al insinuarse con ella, y la había hecho odiar que Rowen no la mirase como lo hacía él.

—Te enerva que lo mencione, y debe de ser porque tú te lo has preguntado muchas veces antes —insistió Brendan, sin perder esa sonrisilla soberbia que le revolvía el estómago—.

Yo solo te ofrezco la respuesta con la que dejarás de sufrir, aunque ya la tengas ante tus narices.

No te desea, Lillias. Solo quiere casarse contigo.

¿Te prestarías tú a una relación sin pasión?

¿Podrías convivir con un hombre que te mira y no ve a una mujer?

Lillias quería salir de allí, pero sus pies habían echado raíces en el suelo.

La vergüenza hizo que agachara la cabeza, rendida a la evidencia.

—Ha debido ser duro para ti ver durante las festividades populares, las hogueras en el pueblo y las veladas del castillo que los hombres persiguen a sus jovencitas predilectas y las arrastran a los rincones porque no pueden resistirse a besarlas mientras tú, de la mano de tu pretendiente, no podías alejarte del salón.

—Las carabinas nos impiden escaparnos —se defendió de nuevo, pero notaba el sabor amargo de la mentira, del engaño en el que vivía para seguir conservando al hombre que amaba.

—Si quisiera escaparse contigo, se habría inventado una excusa. Yo no lo tengo más fácil y me las arreglo para verte a solas siempre que se me presenta la oportunidad. Y cuando no se presenta, creo la situación yo mismo. ¿Por qué él no se molesta?

—¡Porque no es un cerdo carcomido por la lujuria como tú! —le gritó con lágrimas en los ojos.

Brendan ni se inmutó. Solo observó cómo la impotencia iba minando su ya afectada seguridad.

—Y ya ves lo que eso te produce. Ojalá lo fuera, ¿verdad, cariño? Ojalá lo fuera.

Le acarició la cara. Con dulce condescendencia, sí, pero se la acarició, un gesto cariñoso mucho más revelador que los que Rowen le había prodigado.

La frustración de Lillias era tal que ni se molestó en apartarlo de un manotazo, como tenía por acostumbrado. Brendan debió darse cuenta de que la había llevado al límite más que suficiente por lo que llevaban de mañana, porque se retiró para dejarla respirar algo distinto de su aroma masculino.

—Cuando te canses de esperar un deseo amoroso que jamás llegará, yo seguiré aquí —le prometió, tentador como la manzana de Eva—, pero no soy especialmente paciente, Lillias, y tampoco de piedra como sí parece serlo tu pretendiente, así que no tardes mucho... o tendré que ir yo a por ti.