Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Prólogo
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Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3)

Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3)

Por Eleanor Rigby

© inepub.com

Prólogo

Hogar de los Maxwell, Dundee, Escocia

A Lillias Maxwell siempre le había gustado encargarse de sus propios asuntos. Y esto era, sobre todo, porque como privilegiada heredera de una cuantiosa fortuna podía permitirse elegir si ponerse en manos de otros o agarrar ella las riendas de la situación.

Desde niña se había mostrado resolutiva y rebelde, dos cualidades que maravillaron a su padre mientras vivió y de las que de seguro seguiría estando orgulloso estuviera donde estuviese.

El entierro se había llevado a cabo hacía tan solo un par de meses y Lillias todavía sentía que la mirada aprobadora de su padre la acompañaba allá donde fuera.

Era una sombra protectora que la hacía sentir a salvo.

Si no se equivocaba y su espíritu la seguía, en ese momento la estaría viendo dirigirse a las cocinas del castillo.

Bajaba alegremente las escaleras que conducían al sótano, esperando que algún miembro del servicio la ayudara a localizar un jarrón donde exhibir su último obsequio.

Rowen había vuelto a regalarle un primoroso ramo de flores, y era su intención prodigarles el trato que merecían.

Además, le gustaba pavonearse delante todo el mundo aireando la gentileza de su pretendiente, no tanto por vanidad como para demostrarle a su familia que, si bien no era el marido que querían para ella, su dignidad era incontestable.

Debido a las festividades de la primavera, un acontecimiento esperado con ilusión por los criados debido a su carácter incluyente, la cocina se encontraba vacía salvo por un par de doncellas.

Las muchachas se habían sentado en las escaleritas musgosas que daban al jardín trasero de la propiedad para disfrutar de un día inesperadamente agradecido.

El sol las obligaba a entrecerrar los ojos cuando apartaban la vista de las prendas extendidas sobre sus regazos, que zurcían a buen ritmo mientras conversaban sobre naderías.

Presentaban una estampa amigable a la que Lillias sonrió enseguida con melancolía.

Su padre siempre aplaudió que se mezclara con el vulgo.

Sostenía que le daría perspectiva respecto a sus privilegios, aprendería oficios útiles y disfrutaría de las ventajas de formar comunidad.

Su madre opinaba de forma distinta. Ahora prevalecían las órdenes de la viuda, y Lillias se veía obligada a obedecerlas si quería evitar un enfrentamiento.

Y por supuesto que lo quería.

Por rebelde que fuera su carácter, prefería ahorrarse hostilidades.

En lugar de interrumpir la labor de las doncellas, se dispuso a buscar un jarrón entre las estanterías, todavía con las flores apretadas contra el pecho.

Silbaba una de tantas melodías de transmisión oral que Rowen le había cantado para deleite de ambos, y se daba toda la prisa que podía para regresar con él cuanto antes.

No habían vuelto a separarse desde que su padre lo contratara un año atrás para labrar las tierras de la finca.

Al principio, y pese a levantar los suspiros de las jovencitas del servicio, Lillias no le había prestado atención.

Pero en cuanto sus ojos coincidieron con los de él, que ya entonces estaban acostumbrados a perseguirla con pudoroso disimulo, no hubo vuelta atrás.

El corazón se le hinchó al tratar de contener un amor que parecía que saldría despedido de un momento a otro, y así llevaba desde el día en que intercambiaron las primeras confidencias: sometiendo a base de empeño y prudencia esos tempestuosos sentimientos que le tenían sorbido el seso.

—¿Flores otra vez? —inquirió una voz masculina proyectada con malicioso desdén.

Al respingar por el susto, las rosas de Escocia se escurrieron por sus dedos tensos. Lillias miró con resentimiento al hombre apoyado en la puerta antes de agacharse para enlazarlas de nuevo en un modesto ramo.

«¡No es modesto!», se reprochó la propia Lillias. «Es precioso. No permitas que él te convenza de lo contrario».

—¿Tú otra vez? —contraatacó secamente.

Ladeó la cabeza hacia Brendan Maxwell solo para confirmar lo que ya sabía: que esa sonrisa a medio esculpir, tan característica de su encanto envenenado, llevaba un rato esbozada.

Su postura dejada bajo el umbral indicaba que se había puesto cómodo para admirarla a sus anchas, un vicio sórdido con el que últimamente se daba mala vida.

Nada más casarse con la viuda, adoptó el apellido de la familia, que por descontado no le correspondía. Como Lillias le dejó claro desde el primer día que nunca lo llamaría «papá», se hacía llamar «tío Brendan».

Su interés por ella se le antojaba escalofriante por numerosos motivos, pero el principal era que esa atención que le ponía a Lillias fermentaba de forma lenta y gradual los enfermizos celos de su madre.

Comprensible por una parte, puesto que una mujer enamorada anhelaba que la mirada de su esposo recayera exclusivamente sobre ella, no tener que compartirla con otra joven.

Y ni mucho menos con su hija.

Lady Murray no había tardado en culpar a Lillias de que su marido se hubiera cansado rápido de reunirse con ella en el lecho conyugal.

Se compadecía de sí misma diciendo, sin ningún tipo de censura y ante la joven a la que creía culpable de su desdicha, que si a su esposo le había durado tan poco la pasión nupcial debía de ser porque otra le calentaba la cama.

—Ha asumido muy rápido que solo podría enamorarte haciéndote ofrendas como a las diosas, ¿no te parece?

Debería molestarse en variar la categoría de sus regalos, alternando con joyas y dulces.

Pero Rowen Carmichael no nada en la abundancia, y tampoco parece poseer la virtud de la originalidad.

No le podemos pedir peras al olmo, ¿verdad?

—comentó Brendan en voz alta, acariciando, distraído, la madera de la puerta.

El modo en que movía las manos, el modo en que hablaba, como si le susurrara a una amante en el oído; esa desenvoltura de serpiente del Edén perturbaba a Lillias.

No era la primera vez que entraba en tensión en cuanto lo veía aparecer—.

Me sorprende que aún no te hayas cansado de él.

—¡Me sorprende que aún no te hayas cansado tú de intentar ponerme en su contra!

—¿Crees que intento ponerte en su contra?

—Levantó las cejas, sorprendido. Dio el primer paso hacia Lillias, provocando que ella se incorporara de golpe, aferrando con fuerza el ramo, para enfrentarlo con los cinco sentidos alerta.

Algunas de las rosas quedaron olvidadas a sus pies—.

Solo señalo hechos fehacientes como este que voy a pronunciar ahora mismo: Carmichael es su propio enemigo.

No necesitará mi ayuda para acabar ganándose tu indiferencia.

—Difícilmente se ganaría mi indiferencia un hombre que se desvive por complacerme.

—¿De verdad? —Siguió avanzando con esa expresión que le ponía el vello de punta—. No diría a simple vista que recoger un puñado de flores de la montaña pudiera complacerte. Basta con mirarte para saber que necesitas, digamos, otra clase de trato.

Lillias sintió el borde de la encimera clavado en la baja espalda. Eso fue todo lo que el espacio le permitió distanciarse de Brendan sin revelar cuánto deseaba marcharse.

—¿Quién te has creído que eres para hablar como si supieras de qué modo me gusta que me traten?

—Me creo un hombre intuitivo, sobre todo en lo que respecta a las mujeres. Un día te vas a hartar de las flores, Lillias. De hecho, me atrevo a aventurar que ya estás cansada de galanterías vacías y anhelas algo más de acción.

Estiró un brazo hacia una de las rosas. Primero acarició sus pétalos blancos; después, tomó el tallo y lo giró entre los dedos, fijándose en los detalles con expresión indescifrable.

Lillias retiró el ramo para que quedara fuera de su alcance.

—¡Sus galanterías no son vacías! ¡Están colmadas del afecto que siente por mí!

—¿Afecto? —Compuso una mueca jocosa—. Un hombre que te ama no te abruma con regalos para evitar que te des cuenta de lo que te escamotea.

Apuesto a que llevas un tiempo preguntándote cómo es posible que, después de un año de escapadas y confidencias, después de una promesa de matrimonio, aún no se haya atrevido a besarte.

Lillias cayó en su provocación, diseñada para sacarla de sus casillas. Conocía los talentos manipuladores de aquel hombre y, sin embargo, su habilidad localizando los puntos vulnerables y presionándolos con palabras certeras siempre conseguía desorientarla.

—Ese... —Tragó saliva—. Ese no es tu problema.

—Por supuesto que lo es. Si hay un hombre profanando los labios de mi ahijada, es mi deber saberlo para tomar medidas.

Rodeó la rosa con la mano y, de un simple apretón, la destrozó.

Separó los dedos para que Lillias observara la lluvia de pétalos arrugados, que se amontonaron a sus pies como parecía advertir que, tarde o temprano, y si oía algo que no le gustaba un pelo, se amontonarían las extremidades de Carmichael.

—Solo estás tirando un farol —masculló Lillias, mirándolo desafiante—. Si de verdad te encargaras de liquidar a quien profana mis labios, habrías sido el primero en quitarte de en medio.

Se dio la vuelta para abandonar la cocina antes de que el intercambio de pullas se convirtiera en una verdadera discusión. De un tiempo a esa parte, cada cruce con él se transformaba en una batalla campal de la que siempre salía escaldada.

Él la agarró de la muñeca para retenerla, ejerciendo la fuerza justa para no dejar marca, pero la suficiente para que no pudiera dar un paso más. Lillias lo miró con una mueca despectiva que se acentuó, a la vez que la piel de gallina, cuando le acarició la mejilla con los nudillos.

—Si me quitara de en medio, ¿a quién perseguirías con la mirada, Lillias? ¿Quién erizaría el vello de tu cuerpo? —le susurró, inclinado sobre su cuello. Ella giró la cara para que no viese ni su desprecio ni su mortificación—. ¿Carmichael? No me hagas reír.

Temblando de impotencia, Lillias siseó:

—¿De verdad piensas que me atraes?