Capítulo 44
—¿Te ocurre algo? —quiso saber Gabriel observándola con detenimiento. Era una pregunta retórica, pues él sabía que Aroa estaba nerviosa por reencontrarse con sus amigas del pasado.
—¿A mí? Nada. ¿Por qué me lo preguntas?
—No sé. Te noto… inquieta.
—Pues no. Estoy bien —mintió ella.
Gabriel sonrió de esa manera suya tan canalla y no añadió nada más.
Habían pasado varios días desde que se esclareció el caso de Tamara Aragón y ahora que las aguas volvían a estar tranquilas, el empresario había concertado una cita con Mireia, Dunia y Chloé en un lujoso restaurante donde iban a ir a cenar. Mateo también las acompañaría.
La inspectora Martínez había recuperado su puesto. El comisario Alonso estaba siendo investigado por sus tratos con las prostitutas y por haber favorecido a una de ellas con un cargo, además de beneficiarse con sus servicios sexuales.
Salieron del ático de Gabriel, donde Aroa se había mudado un par de días antes, y bajaron en el ascensor hasta el garaje para coger el auto del hombre y acudir a la cita.
Mientras recorrían la ciudad hasta llegar a su destino escuchaban la música que a los dos les gustaba. Las canciones de Green Day, Collective Soul, Soundgarden, Muse y otros grupos de rock alternativo se sucedían unas tras otras, llenando el habitáculo con sus acordes y sus letras.
Cuando entraron en el restaurante, las chicas y Mateo ya los esperaban. Se alzaron de sus asientos para saludar a los recién llegados con las sonrisas extendiéndose por sus caras.
Tras los besos de rigor en las mejillas, un incómodo silencio se cernió sobre ellos.
Gabriel fue el primero en romperlo.
—Bueno, pues ya estamos todos aquí, como la primera vez que nos reunimos para cenar después de habernos encontrado en aquella tienda. ¿Os acordáis, chicas?
—Sí. Fue una suerte conocerte, Breixo —contestó Mireia sonriéndole con afecto.
Las otras dos mujeres la imitaron.
El camarero llegó para tomarles nota y, tras hacerlo, se marchó para realizar las comandas.
Entonces todas las miradas recayeron en Aroa.
—Bien, ¿y qué ha sido de tu vida todos estos años, Kenia? —quiso saber Chloé.
La aludida carraspeó antes de hablar para aclararse el nudo que sentía en la garganta.
—Pues… yo… soy inspectora de homicidios de la Policía Nacional.
—Cuando viniste a la agencia hace unas semanas pidiéndome un listado de clientes, no podía creerme que te tuviese delante después de tantos años y que actuases como si no me hubieras conocido nunca —la recriminó Mireia—. Me dolió mucho.
—Lo siento —se disculpó Aroa.
—A decir verdad, me dolieron muchas cosas… —continuó Mireia, pero Gabriel la cortó.
—No estamos aquí para solventar viejas rencillas —dijo mirando fijamente a su amiga—. Hemos venido para retomar los lazos que teníamos antes, sin reproches y sin rencores.
Aroa, sentada al lado de Gabriel, posó su mano en el antebrazo del hombre. Este desvió su vista desde Mireia hasta la inspectora.
—No pasa nada. Tiene todo el derecho a estar enfadada conmigo y echarme en cara cómo me porté.
Mi actitud entonces no fue demasiado buena, después de lo bien que ellas —dijo mirándolas a todas— me trataron, acogiéndome en su círculo como si me conocieran de toda la vida; enseñándome los trucos de todo aquello y dándome cariño y amistad.
Sobre todo en los últimos días, cuando todo se fue al traste y yo me equivoqué al tomar las decisiones que tomé.
Ellas nunca me abandonaron. Siempre estuvieron ahí, a mi lado, apoyándome a pesar de no compartir conmigo la resolución que estaba tomando en esos momentos.
Sin embargo, yo sí las abandoné, rechazando su amistad y su cariño; condenándolas a no saber de mí, excluyéndolas de mi vida.
Lo siento mucho, chicas. Lamento si os hice daño y entiendo que ahora estéis resentidas conmigo.
Aroa bajó la mirada mortificada. No soportaba ver los ojos de sus amigas clavados en ella, evaluándola. Decidiendo si daban por buenas sus excusas o no.
—Bueno, Kenia —comenzó a hablar Chloé, rompiendo el hielo—. Te gustará saber que me recuperé de mi adicción al sexo y que ahora solo me acuesto con mi marido. Eso sí, mínimo dos veces a la semana. —Se rio.
Aroa alzó la vista para centrarla en su antigua amiga y atender a lo que ella le contaba mientras una tímida sonrisa nacía en su rostro al verse respaldada por una de ellas.
—Al final terminé yendo a un psicólogo —continuó contando Chloé— que me recomendó una terapia muy buena.
Lo malo es que me lo follé y tuve que cambiar de psicólogo, ya sabes, por aquello de la profesionalidad, mala praxis y la violación de los límites de la relación terapéutica.
Así que para que no lo inhabilitaran, tuve que ir a otro especialista.
Lo bueno es que pude seguir viéndolo, pero de un modo personal e íntimo.
Iniciamos una relación y entre unas cosas y otras, acabé casándome con él.
Ahora tenemos tres hermosos niños que cualquier día tiraré por la ventana porque me tienen hasta los huevos con sus peleas, lloros y demás.
—Se rio— Es broma. Adoro a mis hijos —le aclaró—.
En fin… Terminé la carrera y ahora soy ejecutiva en un banco importante.
—Me alegro mucho por ti, de verdad —Aroa le sonrió con cariño.
El camarero llegó con los platos que habían pedido y después de servírselos, se retiró.
—Yo terminé también la carrera y monté mi propia empresa —intervino entonces Dunia—.
Soy organizadora de eventos y me va muy bien.
Me sirvieron de mucho todos los contactos que hice en la agencia, con sinceridad.
Pero al contrario que Chloé no estoy casada ni mantengo relación con ningún hombre en la actualidad.
Ha habido varios, pero cuando han descubierto mi pasado como escort , han huido despavoridos.
De todas formas, me da igual. No necesito un hombre a mi lado para lograr todo lo que me proponga.
Y además, quien me quiera tiene que aceptarme tal y como soy, y eso incluye mi pasado de prostituta de lujo.
Mis luces y mis sombras. Sin embargo, sí tengo un hijo.
Es un niño vietnamita que adopté hace cinco años y que me tiene loca.
Él sí es el hombre de mi vida, el que me llena de alegría cuando regreso a casa después del trabajo.
Al igual que con Chloé, Aroa le transmitió su alegría porque todo la fuera bien.
La inspectora esperaba que Mireia dijese algo, pues era su turno para hablar, pero al parecer la mujer no tenía ganas de hacerlo. Degustaba su comida, escuchando a sus amigas relatarle a Aroa su vida en aquellos años, ignorándola a propósito.
—Me contó Gabriel que Luca se marchó a otra agencia y que Lali falleció —dijo entonces Aroa para continuar con la conversación.
—Sí, así es —respondió Dunia.
—¿Y no habéis vuelto a saber de Luca?
—Yo lo vi hace un par de semanas. Me lo encontré comprando en una tienda. Estaba tan guapo como siempre y seguía siendo un seductor —le contó Chloé—. Charlamos unos minutos y nos despedimos porque los dos teníamos prisa. Me dio recuerdos para todas, en especial para Mireia.
Al mencionar su nombre junto con el de Luca, Mireia apretó los dientes.
Mateo enseguida colocó su mano encima de la suya y se la acarició. Se miraron unos instantes y Mireia pareció relajarse. Le sonrió, aunque ese gesto no llegó a sus ojos. Después, sacó la mano de debajo de la de él y carraspeó antes de hablar.
—¿Y tú qué le contestaste, Chloé?
—Que os los daría, obviamente, pero que no creía que a ti te hiciera mucha gracia. Seguramente te acordarías de todos sus muertos.
Aroa se preguntó qué habría sucedido en esos años entre Mireia y Luca para que ahora ella estuviera resentida con el italiano cuando, en el tiempo que estuvo en la agencia, se llevaban muy bien.
Estuvo a punto de preguntarlo, pero con el resquemor que parecía tener Mireia hacia ella la pregunta no sería bien recibida. Mejor le consultaría a Gabriel cuando estuvieran a solas por si él sabía algo.
—Bien hecho. —Y para cambiar el tema de conversación, Mireia por fin se dirigió a Aroa—. ¿Te quedarás mucho tiempo en Barcelona, Kenia? Por los policías que conozco sé que os destinan a otros lugares de vez en cuando.
—Sí, es cierto. Yo voy a intentar quedarme en la ciudad y, si no es en Barcelona, en otra comisaría de alguna población cercana —respondió contenta porque su antigua amiga hubiese rebajado la frialdad con ella.
—¿No temes que te perjudique tu relación con nosotros? Profesionalmente, quiero decir. Ya sabes a lo que nos dedicamos —continuó Mireia.
—Bueno… —Dudó sobre qué decir y al final prosiguió—. Dunia y Chloé ya no se dedican a eso y Gabriel me contó hace días que tú quieres dejar la agencia y que él ya no seguirá con ese negocio. Los reservados de Delirium continuará alquilándolos para fiestas privadas, pero sin acompañantes de lujo.
Miró a su hombre para que confirmara sus palabras y vio cómo el empresario asentía a todo lo que ella había dicho.
Devolvió sus ojos hacia Mireia cuando la escuchó hablar.
—Sí —suspiró—. Las cosas han cambiado mucho desde que nosotras teníamos esa vida. Ya nada es igual. Es mejor abandonar.
—¿Has pensando en lo que te comenté? —intervino Mateo por primera vez.
—Aún estoy dándole vueltas al asunto.
—La oferta seguirá en pie indefinidamente —dijo el hombre—. No quiero que otra ocupe ese lugar.
—Primero tengo que cancelar todo. Hablar con las chicas para que busquen otra agencia, si es que quieren continuar metidas en el mundo de las escorts , claro; cerrar la página web, dar de baja el número de teléfono, vender el piso…
—Eso lo puedes ir haciendo poco a poco, incluso habiendo aceptado mi proposición —insistió Mateo.
—No me presiones, por favor —le pidió ella.
El resto de comensales asistían mudos al intercambio de palabras entre uno y otro.
Mireia desvió la vista hasta Aroa y le sonrió.
—Me alegra que estés de nuevo aquí con nosotros. Perdona si he sido un poco dura contigo antes. A veces es difícil olvidar el pasado.
—Tranquila. Lo entiendo. Para mí tampoco es fácil olvidar los errores que cometí —respondió la inspectora.
—Bueno pues cuanto antes dejemos atrás el pasado, mejor. Hay que soltar el lastre que nos ancla a aquellos tiempos y mirar hacia delante. Pasar página y continuar —intervino Gabriel.
—Aunque hay cosas que no me gustaría dejar atrás —dijo Aroa—. Me gusta que me sigáis llamando Kenia después de tantos años y que a él —señaló a Gabriel— continuéis diciéndole Breixo.
—Es la costumbre —Mireia se encogió de hombros.
—Pues como a mí me llaméis por mi nombre real, os corto el cuello a todos. No me gusta nada. Así que para vosotros soy y siempre seré Chloé.
—A mí me da igual si me llamáis Dunia o María. Tanto mi seudónimo como mi nombre real me gustan.
—Pues a mí vais a tener que seguir llamándome Mireia porque es el mismo nombre en mis dos vidas.
Continuaron cenando en el ambiente relajado que se había creado hasta que la noche dio paso a la madrugada y cada cual se marchó a su casa.
Cuando Gabriel y Aroa se montaron en el Maserati del empresario, la inspectora le preguntó acerca de la relación de Mateo y Mireia.
—Ya te comenté que él está enamorado de ella desde que la conoció hace unos años. Pero ella se había casado con Luca hacía poco…
—¿Luca y Mireia se casaron? —preguntó sorprendida Aroa interrumpiéndolo.
—Sí. Al parecer comenzaron su relación después de que tú dejases la agencia. Tiempo después se casaron, pero las cosas no fueron bien y acabaron divorciándose.
—Ah.
—Mateo aprovechó entonces para seducirla, pero Mireia estaba muy decepcionada con los hombres y mi amigo no tuvo suerte.
—¿Y qué proposición es esa de la que han hablado?
—Mateo quiere que Mireia se case con él —confesó Gabriel.
Aroa abrió los ojos como platos al escucharle.
—¿Le ha pedido matrimonio?
—Sí, pero ella le ha dicho que se lo tiene que pensar. Lo de Luca la dejó bastante jodida.
Permanecieron en silencio unos instantes más hasta que Aroa habló de nuevo.
—Mateo parece un buen tipo.
—Lo es —confirmó el empresario.
—Espero que Mireia le diga que sí.
—Yo también lo espero, aunque la última palabra la tiene ella.
—Me alegro de que todos os alejéis del mundo de la prostitución —comentó Aroa cambiando de tema—. Solo puede traeros problemas.
—Sí, yo también estoy de acuerdo. Sin embargo, si no hubiera estado metido en este mundo, tú y yo nunca nos habríamos conocido y tampoco hubiéramos coincidido otra vez ahora, así que por ese lado me alegro de haber pertenecido a este mundillo.
—Tienes razón. Yo también lo he pensado.