Capítulo 43 #2
—Hay un piso desocupado. Fue fácil entrar y esperar hasta que sus compañeras salieran, dejándola sola.
Ya conocía sus planes de cenar esa noche con sus amigos.
Conozco a uno de ellos y me lo comentó por casualidad.
Sabía que ella se quedaría estudiando y no iría con ellos.
Pero me sorprendió cuando al rato se marchó también.
Supuse que tendría algún servicio y no tardaría en volver —contó Silvia—.
Cuando regresó, bajé a su casa. Sin embargo en ese momento el timbre del portal sonó y la escuché hablar con Alonso por el telefonillo.
Él venía a verla. Como casi todas las noches —soltó entre dientes con rencor—.
En lugar de ir a verme a mí, iba a verla a ella.
Se quedó en silencio rumiando su dolor por la traición de su amado.
—¿Y qué pasó, Silvia? —Aroa la alentó a continuar.
En el bolsillo del pantalón llevaba encendido el móvil y estaba grabando toda la confesión de la inspectora.
—Tuve que esperar hasta que Alonso se marchó.
Entonces bajé a su piso y toqué a la puerta.
Cuando ella me abrió, sonrió y me dijo que Alonso acababa de irse, pero que si quería pasar un buen rato con ella, tenía que darme prisa.
Sus compañeras llegarían en un par de horas como mucho y no deseaba que nos descubrieran follando.
Ya habíamos tenido sexo lésbico anteriormente y a las dos nos gustó, así que de vez en cuando, repetíamos.
Hacía unos meses Tamara y yo hicimos un trío con Alonso.
Así fue como se conocieron ellos. Desde entonces, él empezó a hacerme menos caso a mí y más a ella.
—Y tú no pudiste soportarlo —añadió Aroa.
—La seguí hasta su habitación —continuó ignorando el comentario de la inspectora—.
Ella estaba desnuda bajo la bata de satén que llevaba sobre los hombros cuando fue a abrirme.
Se la quitó y se tumbó en la cama. Pero cometió un error.
Me pidió que jugara con ella, que la atara para excitarla más.
Y lo hice. Me vino de perlas su petición. La muy tonta me lo puso en bandeja.
Silvia se rio al recordar aquellos momentos, sin apartar la mirada de Aroa ni el arma de la espalda de Gabriel.
—Pero antes de terminar con todo, pensé que bien podría disfrutar de su cuerpo por última vez. Así que me desnudé e hicimos la tijera. Froté mi coño contra el suyo hasta que las dos nos corrimos. El sexo es adictivo, ¿sabes, Aroa? Es una lástima que folles tan poco —se burló de ella.
—¿Y qué más, inspectora Boix? —preguntó Aroa haciendo caso omiso de su comentario.
—Después, la metí un pañuelo bastante grande en la boca para que no gritara. Ella me miró con los ojos desorbitados, sin entender por qué hacía eso. Yo me fui a la cocina a buscar un cuchillo. El más grande que tenían. El resto ya lo sabes.
—No había huellas en el arma homicida.
—Todo el tiempo llevé guantes de cuero. Sabía que a Tamara la excitaba su tacto —declaró.
—¿Y el señor Serna? ¿Qué pintaba en todo eso? ¿Por qué intentaste incriminarlo vertiendo su semen en las sábanas de Tamara?
—Él tenía que parecer el asesino. Debía poner alguna prueba que lo señalase. Un daño colateral. —Se encogió de hombros.
—Hija de puta —masculló el empresario al oírla.
Silvia apretó aún más el arma contra la espalda del empresario.
—¿Cómo lo has sabido? —le preguntó a la inspectora Martínez.
—Las cámaras de Delirium te grabaron hace unos días con el señor Serna.
Vimos cómo al salir del reservado, soltabas por la boca todo lo que llevabas dentro y eso, junto con su declaración de lo que pasó en aquella habitación, me llevó a sospechar que lo habías planeado todo para que él pareciese el culpable.
—Muy lista.
—Silvia baja el arma. Todo se ha acabado —ordenó Aroa.
Gabriel rezó para que la otra policía obedeciera a Aroa y dejase de apuntarlo.
—No iré a la cárcel —dijo Silvia entre dientes otra vez.
—Lo tengo todo grabado en mi móvil. Es inútil. Ni tu papá con todo su dinero podrá sacarte de esta.
Doménech, Capdevila y varios agentes más llegaron al despacho, entrando en tromba. Apuntaron con sus armas a la inspectora Boix intentando reducirla.
—Suelta al señor Serna y baja el arma. Somos mayoría —ordenó uno de ellos—. No saldrás viva de aquí si disparas.
Silvia se supo perdida. Empujó a Gabriel contra Aroa y se llevó la pistola a la sien.
—Decidle a Alonso que lo quiero.
—¡No! —gritó Aroa corriendo hacia su compañera.
El sonido del disparo retumbó en todo el despacho.
La inspectora Martínez no llegó a tiempo de detenerla.
Doménech, Capdevilla y los demás contemplaron con horror lo sucedido.
Pero se recuperaron rápido y comenzaron con las diligencias que había que hacer en este caso.
Llamaron a una ambulancia y al juzgado para que enviasen al juez que diera testimonio de lo ocurrido.
Aroa se quedó a medio camino del lugar donde estaba el cuerpo inerte de Silvia. De rodillas en el suelo, la inspectora Martínez gimió de impotencia y frustración.
Pero también de alivio, pues todo había acabado y Gabriel estaba vivo y a salvo.
Se giró, buscando con la mirada a su amado.
Lo descubrió mareado en el suelo a causa de ver y oler la sangre que manaba de la herida en la sien de Silvia.
Agarró la camisa de Gabriel, que había quedado encima de la mesa junto con el teléfono. Al ver el móvil, recordó que el suyo aún seguía grabando. Lo sacó y lo apagó.
Se acercó a Gabriel y le cogió la cabeza entre las manos.
—Ya se ha acabado todo, amor —susurró.
—Aire… Nece… sito… aire… Sáca… me… de… aquí… —rogó a duras penas el empresario, con los ojos todavía cerrados, intentando no respirar mucho el olor de la sangre.
—Voy a sacarte fuera. ¿Puedes levantarte y andar?
—Creo… que… sí…
Aroa le pasó un brazo por debajo de los hombros para que él se apoyara en su cuerpo y poder así abandonar aquella estancia.
—Has hecho muy bien en llamarme para alertarme de que Silvia estaba aquí contigo —dijo la inspectora mientras bajaban las escaleras poco a poco.
—Me alegro de que… haya funcionado. Vi ese truco… en una película y… se me ocurrió hacerlo.
—Por suerte no estaba lejos cuando descolgué el teléfono y te oí hablar con ella. Enseguida avisé a mis compañeros con el otro móvil, el del trabajo, para que vinieran hacia aquí.
—Gracias por rescatarme.
Llegaron al final de las escaleras y Aroa lo ayudó a ponerse la camisa. También le devolvió el móvil. Después continuaron hacia la salida.
—Luego decís que nosotras somos el sexo débil. ¡Mírate ahora! No vales para nada —se mofó de él, aunque la situación no era graciosa.
—Eres mala… —consiguió decir Gabriel.
—Ya, pero a ti te gusta que lo sea.
—Por eso me enamoré de ti —confesó él—. Porque sabía que eras una heroína y que me salvarías de cualquier peligro. Hasta en el juego del ajedrez, la dama es quien protege al Rey.
Aroa, ya en el exterior de Delirium, apoyó a Gabriel contra su Maserati rojo. Después se colocó frente a él, que la miraba divertido.
—Cómo se nota que te encuentras mejor —sonrió ella—. Vuelves a ser el mismo adulador de siempre.
—Sí. Pero te gusta que lo sea. —La copió.
La inspectora se abrazó a la cintura masculina y hundió la nariz en su garganta, aspirando intensamente.
—No entiendo cómo he podido respirar todos estos años en los que me ha faltado tu piel.
Lo besó con delicadeza en el lugar donde latía esa vena tan importante para el ser humano, sintiendo en los labios el pulso del hombre.
—Yo he estado ahogándome hasta que volviste a aparecer —susurró Gabriel contra el cabello de Aroa.
Con los dedos, le alzó la barbilla a ella para mirarla a los ojos.
—Te amé cuando eras Kenia y te seguiré amando como Aroa.
—Déjate de cháchara, Breixo, y bésame de una puñetera vez.
Gabriel echó la cabeza hacia atrás y soltó una ronca carcajada.
—¡Pero qué romántica eres, Dios mío!
Ella lo agarró de la mandíbula y buscó su boca para reclamarla con fervor.