Capítulo 43
—Hola Gabriel.
Él se volvió al oír la voz de la inspectora Boix.
—Hola Silvia. —Sonrió y, nervioso, oteó por encima del hombro de la mujer para ver si Aroa los había visto y había detenido el coche.
Pero no fue así. Contempló con inquietud cómo su amada doblaba una esquina y desaparecía.
Estaba solo ante el peligro, así que mejor obrar con cautela.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó el empresario.
—Tú. Quería agradecerte tu discreción.
—No hay de qué.
Silvia se acercó más a él, hasta casi rozar su pecho con el masculino. Alzó una mano y recorrió con ella todo el brazo del hombre mientras lo miraba con lascivia.
—Quizá podría agradecértelo de una manera más… íntima.
—Ya te dije que aquella vez sería la primera y la última —respondió Gabriel, retrocediendo un par de pasos para alejarse de ella—. Además, tengo una relación seria con la inspectora Martínez.
—Podrías tenernos a las dos —ronroneó insinuante. Se acercó de nuevo y prosiguió—. Pero este no es el lugar adecuado para hablar. Mejor vamos dentro.
Él se mantuvo inmóvil, haciéndola frente.
—Lo siento, Silvia. Tendrás que buscarte a otro.
—Vamos a discutir eso dentro.
—No.
—¿Por qué? Los empleados de la limpieza y los camareros no están.
Llevo más de una hora esperándote y los he visto salir a todos.
Sé que esta tarde no vendrá nadie por aquí.
Y también sé… que te la vas a pasar solo ahí dentro trabajando.
¿No quieres que te haga más llevaderas las horas que vas a estar aquí?
Vamos, Gabriel, te hice disfrutar mucho con mi boca aquella vez.
Ahora quiero hacerte disfrutar con mi cuerpo y, además, Aroa no va a enterarse. He visto cómo se marchaba.
—¿Me has estado controlando? —quiso saber el empresario.
—Te he estado vigilando desde hace varios meses.
—¿Por qué?
—Vamos dentro y te lo explico.
Gabriel pensó que era arriesgado meterse en la discoteca con ella a solas.
Como bien había indicado Silvia, sus empleados no trabajaban esa tarde porque entre semana la discoteca estaba cerrada.
Esa mañana habían ido las chicas de la limpieza y dos camareros para ayudar a Mateo con los repartidores de bebidas que acudían ese día para entregar los pedidos solicitados.
Si la inspectora Boix llevaba meses controlándolo, conocía de sobra sus horarios y los del resto de la plantilla.
Sabía que ese día él iba a estar allí solo.
Por eso insistía tanto en entrar al local.
De repente, pensó que aprovecharía la situación para sacarle información a Silvia que pudiese ayudar a que Aroa la atrapara, si realmente era la asesina de Tamara Aragón.
—Muy bien. Pero que Aroa no se entere, por favor. No quiero tener problemas con ella —accedió a la petición de la mujer.
Abrió la puerta y la hizo pasar primero a ella en un gesto de caballerosidad muy propio de él.
Mientras, sacó su teléfono móvil y marcó el número de Aroa. Si ella escuchaba la conversación con la inspectora Boix…
—¿Qué haces? —preguntó Silvia, que se había vuelto hacia él antes de lo esperado.
—Estoy poniéndolo en silencio. Así nadie nos molestará.
Le sonrió y se guardó de nuevo el aparato en el bolsillo.
—Así que llevas varios meses espiándome, Silvia. ¿Por qué? ¿Soy sospechoso de algo?
—¿Qué te parecería si te dijera que estoy encaprichada contigo?
Gabriel le dirigió una mirada que fingió ser de alegría ante el halago de saber que esa mujer atractiva le deseaba.
—¿De verdad? Yo pensaba que tenías algo con el comisario Alonso.
Subieron al despacho y al llegar a la mesa, Gabriel sacó el teléfono del bolsillo para dejarlo sobre la superficie.
Después, él se sentó en una esquina del escritorio y Silvia se colocó entre sus piernas.
—Estoy enamorada de Alonso, pero a ti te deseo también. Sueño con hacer un trío algún día con vosotros dos.
La inspectora se colgó de su cuello e intentó besarlo.
Pero Gabriel echó la cabeza hacia atrás, alejándose de sus labios.
—No creo que Alonso acepte formar parte de eso. No le caigo muy bien que digamos.
—Eso déjalo de mi parte. Si conseguí mi puesto de inspectora acostándome con él, seguro que lograré también esto. Además, a Alonso le va la marcha y ya hemos hecho tríos otras veces. Siempre con mujeres. Pero esta vez quiero cambiar y quiero que dos hombres me den placer a mí.
—Así que conseguiste tu trabajo en el departamento mediante el sexo —confirmó Gabriel.
—Sí, soy muy buena. Déjame que te lo demuestre.
Sin darle tiempo a reaccionar, Silvia se apoderó de sus labios. Gabriel tuvo que hacer un esfuerzo por disimular las arcadas que le produjeron al sentir el contacto con los suyos.
Cuando ella abandonó su boca para bajar por la garganta masculina, él aprovechó para seguir hablando.
—¿Sabes quién se acostaba también con Alonso para lograr un puesto en el departamento? —Y sin dejarla responder, añadió—: Tamara Aragón.
—Bueno, pues no podrá conseguirlo. Está muerta. —Se rio Silvia comenzando a desabrocharle los botones de la camisa, sin parar de repartir besos por toda la garganta del hombre y parte del pecho que iba dejando al descubierto.
—Pobre chica.
—¿Pobre chica? —Silvia dejó lo que estaba haciendo y lo miró a los ojos—. A mí no me da ninguna pena. Desde que Alonso la conoció ya no me hacía caso a mí, y eso que me tenía bien cerca para follar en cualquier momento que le apeteciese. Pero no. Estaba encoñado con Tamara y a mí me dejó de lado.
«Y por eso te la cargaste», pensó Gabriel.
—Debió dolerte mucho su traición si tan enamorada estás de él —comentó el empresario.
Silvia le quitó la camisa.
—Pues sí. Pero ahora que Tamara ha desaparecido del mapa, vuelvo a tenerlo todo para mí.
—¿Por eso la mataste? ¿Para tener al comisario para ti sola?
La voz de Aroa retumbó en todo el despacho.
Gabriel suspiró aliviado al ver que su truco había salido bien y Aroa estaba allí con ellos, en la puerta que no había cerrado al entrar, apuntando con un arma a Silvia.
Pero la respiración se le cortó cuando la inspectora Boix en un rápido movimiento, lo alzó de la mesa agarrándolo de un brazo y lo puso delante de ella, sirviéndole de escudo humano. Sacó su pistola y le apuntó en medio de la espalda.
—¡No! —gritó Aroa.
—Baja el arma o me lo cargo —amenazó Silvia.
—No te servirá de nada. Doménech y Capdevila vienen hacia aquí con más unidades. No tardarán en llegar —respondió la inspectora Martínez con valentía, pero inquieta por lo que le pudiera suceder a Gabriel—. Suéltalo, por favor.
—A ti sí que no te servirá de nada este —dijo refiriéndose a Gabriel— si muere.
El empresario observaba la escena con el pulso acelerado y sin moverse un milímetro. Con las manos levantadas hacia el techo en cuanto la mujer lo apuntó con su arma, rezando para que no disparase.
—Silvia no añadas otra muerte a tu lista. Sabes que no es lo mismo una condena por un asesinato, que por dos.
—No pienso ir a la cárcel —masculló.
—¿Por qué mataste a Tamara Aragón? ¿Por celos? —quiso saber Aroa, apuntando todavía en la dirección que estaban Gabriel y su compañera. Con el corazón latiendo locamente y los nervios a flor de piel, deseando que su amado no estuviera en esa situación y rogando por una oportunidad para salvarlo.
—Yo no la maté —negó la inspectora.
—¿Seguro? Tengo pruebas que apuntan hacia ti.
Solo me falta el adn de los mechones de cabello que te arranqué esta mañana al pelearnos.
Te he pillado, Mística. Además, ya sé que quien me perseguía con el coche en la Ronda eras tú.
¿Qué pretendías? ¿Asustarme? Pues ya ves que no me asusto fácilmente.
Silvia pensó unos instantes lo que Aroa le decía. Sí, había tratado de meterle miedo acosándola con el coche, pero no lo había conseguido.
Y respecto a todo lo demás, sabía que su compañera tenía razón. No había sido suficiente conocer el procedimiento que se usaba para resolver un crimen. Había subestimado la intuición policial de la inspectora Martínez y su experiencia en todos los años que llevaba ejerciendo la profesión.
—Además —prosiguió Aroa—, ya sabes que también había vello púbico femenino en los genitales de la víctima y que lo van a contrastar con los mechones de pelo que te quité. ¿Qué crees que pasará cuando las muestras coincidan con tu adn?
—Me quitó a mi hombre con engaños y mentiras. La muy zorra lo tenía todo planeado y cuando Alonso descubriera la verdad le iba a hacer un daño terrible —declaró Silvia con la mandíbula apretada por la rabia mientras continuaba encañonando a Gabriel por la espalda.
Este sentía el duro y frio metal contra su piel desnuda, rezando a Dios para que todo acabase de la mejor manera posible.
—Pero eso es lo mismo que hiciste tú para entrar en el cuerpo, ¿no? Utilizaste el sexo para conseguir tu objetivo —afirmó Aroa.
—¡Pero yo amo a Alonso! ¡Tamara no lo quería! —gritó enfurecida Silvia—. ¡Estaba engañándolo! ¡Por eso fui a su casa aquella noche!
—Lo tenías todo planeado.
—Intentó engatusarme con sexo. ¿Te lo puedes creer? La muy zorra…
—Tú sabías que Alonso había estado con ella un rato antes.
Silvia asintió con la cabeza.
En la parte baja de la discoteca se oyeron voces. Los compañeros de la inspectora Martínez acababan de llegar y algunos ya subían por las escaleras en dirección al despacho.
—Llegaste al edificio a las seis de la tarde vestida con el uniforme. ¿Dónde estuviste esperando todo el tiempo? —preguntó Aroa.