Capítulo 42
A las tres de la tarde Aroa y Gabriel se fueron a comer a un restaurante cercano. Estaban esperando que el camarero les sirviese la comanda mientras mantenían una conversación.
—Por cierto, volviendo al tema de la discreción y todo eso —comenzó a decir Aroa mirando enfurruñada a Gabriel—.
Entiendo que tuvieras que hacer como que no conocías a Silvia, pero ¿era necesario dejarte sobar por ella cuando os descubrí en el pasillo de comisaría?
¿Era necesario que dejases que ella te metiera una tarjeta con su teléfono en el bolsillo?
¿No le habías dicho que después de que te hiciera aquella…
aquella… mamada —soltó con los dientes apretados por la irritación que le producía— ya no tendríais más contacto? ¿Qué debía olvidarse de ti?
—Sí, pero estaba actuando frente a todos. Compréndelo —reconoció Gabriel—. Y al parecer ella también actuaba, dada la información que ahora poseemos sobre Silvia.
En ese momento, el móvil de la inspectora sonó.
—Dime, Doménech. —Escuchó lo que su compañero le decía—. Gracias por avisarme.
Cortó la llamada y miró a Gabriel.
—Han encontrado el coche de Silvia ardiendo en un descampado a las afueras de la ciudad hace menos de media hora. Y dice mi compañero que ella había denunciado su robo esta mañana, nada más llegar a comisaría. Doménech afirma que él la vio bajarse de un taxi cuando empezaba su turno.
—Entonces ¿no ha sido ella quien te persiguió?
—Yo creo que sí. Y que lo que ha hecho ha sido borrar su rastro. Seguramente, le habrá prendido fuego al coche y luego habrá ido en taxi al departamento para poner la denuncia. Está intentado dejarlo todo atado para no levantar sospechas contra ella. Pero llega tarde porque yo ya desconfío.
—Joder, parece que esté viendo un capítulo de una serie policial —murmuró Gabriel asombrado.
—Di más bien que lo estás viviendo. Lamento que te hayas visto envuelto en todo este asunto.
Aroa posó su mano sobre la de él y le dio un apretón.
Él se acercó para unir los labios con los de ella.
—No te preocupes. Tengo a la heroína enamorada de mí y seguro que no dejará que me pase nada malo.
La besó despacio, demorándose como si el mundo fuera a acabarse ese día y necesitara recordarla para siempre. Con una mano la cogió de la nuca, apretando su boca más contra la de él, profundizando el beso. La otra se la puso en la mejilla para acariciar la piel del pómulo y sentir su calor.
El camarero llegó con la comida y ellos tuvieron que separarse.
Una hora y media después, cuando ya habían terminado, se dirigieron de nuevo a Delirium para que Gabriel acabase de revisar la contabilidad de su negocio.
—Mientras tú estás trabajando, iré al gimnasio. Necesito entretenerme con algo y correr en la cinta me irá bien. Después iré a mi casa para coger algunas cosas y luego te espero en la tuya, ¿de acuerdo? Me tienes que dar una llave de tu piso —comentó ella.
Gabriel la agarró por la cintura y se pegó a su cuerpo.
—Yo sé con qué puedes entretenerte —ronroneó restregando su pelvis contra la femenina.
—Pero entonces no podrías revisar las cuentas de Delirium.
Ella le echó los brazos al cuello.
—No importa. Puedo trabajar en ellas otro día —susurró buscando la boca de Aroa.
—No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy —comentó la inspectora, separándose del cuerpo masculino despacio—; Gabriel, sé bueno y ponte a trabajar. Cuando acabes, podrás divertirte —dijo sonriéndole.
—Espero poder divertirme toda la noche. No creo que durmamos mucho y recuerda: tu mejor pijama es tu piel desnuda, así que no cojas ninguno cuando vayas a tu casa.
Sacó las llaves de su piso del bolsillo y se las dio.
—De momento, quédatelas. Ya haremos una copia para ti.
Se besaron unos segundos más antes de despedirse.
—Llegaré a casa sobre las ocho —la informó Gabriel—. En cuanto entre, te quiero ver en el sofá, desnuda y abierta de piernas, esperando recibirme —murmuró en su oído y Aroa se excitó con la visión que él había proyectado en su mente.
—Como el señor ordene —respondió muerta de deseo.
Gabriel le dio otro beso y cada uno tomó su camino. Aroa se metió en su coche, arrancó y se alejó de Delirium con el corazón bombeando frenético por saber que esa noche su hombre iba a cumplir algunos de sus sueños más eróticos.
No miró por el espejo retrovisor para verlo.
Si lo hubiera hecho, se habría dado cuenta de que Silvia salía de un Mini rojo y se dirigía directamente a Gabriel.