Cuando te falte mi piel Capítulo 41
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Capítulo 41

—¿Cómo dices? —preguntó atónito a Aroa.

—Que así es como ha llegado tu semen hasta las sábanas de Tamara Aragón. Lo que no entiendo es por qué.

La inspectora caminó hacia el armario blanco donde sabía que tenían las cámaras de seguridad y todas las grabaciones.

—Necesito ver las de esa noche que me has contado.

Gabriel se levantó con rapidez del sofá y fue tras ella.

—Pero ¿por qué haría Silvia algo así?

—Empiezo a tener una teoría, pero debo comprobarlo todo antes —confesó Aroa.

Buscaron frenéticos las grabaciones de aquella fiesta y, efectivamente, en ellas se visualizaba a Gabriel hablando con Silvia. Se notaban los intentos de la joven por ligar con él, el empresario rechazándola con educación y cómo, pasados unos minutos, se internaban en el pasillo oculto en Delirium.

Al cabo de un tiempo, ella abandonaba el reservado donde habían permanecido.

Los dos vieron cómo se llevaba a la boca un pequeño recipiente trasparente que tenía escondido en su mano y abría los labios para dejar salir el esperma de Gabriel.

—¡Hija de puta! —gritó el empresario.

—Joder con la mística. Nos ha engañado a todos la muy zorra —masculló entre dientes la inspectora—. Pero ¿por qué asesinó a Tamara y te incriminó a ti?

—Que yo sepa no tiene nada contra mí. Las veces que estuvo aquí siempre fui considerado con ella, aunque como no pertenecía a la agencia de Mireia nunca la probé ni nada de eso. Solo tuve relación con Silvia porque venía acompañando a otros clientes.

—¿Estaba enamorada de ti?

—No. No lo creo. Aunque… ya no sé qué pensar…

—Hay que averiguarlo todo bien antes de lanzar una acusación contra ella para detenerla.

Gabriel la miró con la duda en sus ojos.

—Entonces ¿es ella la asesina de Tamara? —preguntó.

—Algo me dice que sí, pero necesito pruebas.

Fue hasta el sofá, donde había dejado su bolso cuando se sentaron Gabriel y ella, y sacó las grabaciones de la cámara de seguridad del banco. Al recoger su mesa en comisaría, las había sustraído para continuar con la investigación.

—¿Qué es eso? —quiso saber Gabriel.

Ella le explicó todo lo sucedido esa mañana.

—¿Estás suspendida y aun así continúas adelante con el caso? —inquirió el empresario.

—Sí. Ya sabes que soy muy cabezota.

Aroa hizo un gesto con la mano como restándole importancia al asunto y comenzó el visionado de esas grabaciones en el equipo que tenía para ello Gabriel en el despacho.

—Te vas a meter en un buen lío, lo sabes, ¿no? —comentó él preocupado.

—Habló el que se relaciona con la prostitución de lujo y se aprovecha del limbo legal que hay en torno a este tema —soltó ella con sarcasmo.

Gabriel no añadió nada más y, juntos, vieron lo grabado en las cámaras del banco que había frente a la casa de la víctima. Buscaban algo, sin saber muy bien el qué.

La asesina de la escort debía de haber accedido a la vivienda disfrazada de algún modo para no ser reconocida por las cámaras, pues al pertenecer al Cuerpo de Policía conocía el procedimiento y sabía que visionarían esas grabaciones, como así le había comentado Aroa al comisario.

Repartidores de paquetería, de comida rápida, de cartas postales, vecinos del inmueble, los empleados de la limpieza del portal y algunas personas más entraron y salieron del edificio, pero ni Aroa ni Gabriel observaron a nadie sospechoso.

Llevaban algo más de dos horas viendo las grabaciones y el cansancio empezaba a hacer mella en ellos.

—Espera un momento —pidió el empresario de pronto—. Mira ese policía entrando en el portal. ¿Pasó algo antes de lo de Tamara para que fuese un agente a ese edificio? Aquí pone que son las seis de la tarde —dijo, señalando la hora en la grabación.

La inspectora no contestó. Sacó su teléfono e hizo una llamada.

—Doménech necesito que compruebes algo. —Escuchó lo que le decía su compañero y añadió—.

Vaya, las noticias vuelan, pero voy a seguir adelante con todo.

La muerte de esa chica tiene que aclararse.

—El otro agente de la Ley comentó algo y Aroa respondió—.

Tranquilo, no rebelaré mi fuente de información. A ver, te cuento…

Ella le relató todo lo que había descubierto hasta entonces y lo que necesitaba que hiciera él.

Mientras esperaba con el móvil puesto en la oreja observó a Gabriel.

Estaba preocupado y no era para menos. Le habían incriminado en un asesinato y eso era algo muy grave.

Gracias a Dios que Aroa estaba dispuesta a resolverlo y a quitarle al hombre esa espada de Damocles que pendía sobre su cabeza.

—Gracias, Doménech. Por cierto, ¿la persecución que he sufrido esta mañana…?

Su compañero la interrumpió para explicarle qué sucedió al final.

—Me lo imaginaba. Gracias otra vez —se despidió Aroa.

La inspectora cortó la llamada y se quedó un momento pensativa. Gabriel la observaba expectante mientras ella ordenaba las ideas en su cabeza.

—¿Te han perseguido esta mañana? —quiso saber él.

—Sí, con un coche, pero he salido airosa, como puedes comprobar.

—¿Tú compañero ha identificado al conductor? Y ¿qué te ha dicho sobre lo otro? ¿Enviaron a algún agente al edificio de Tamara aquel día? —preguntó, dándole pie a que le relatara la conversación con el agente.

Aroa expulsó el aire de sus pulmones despacio.

—No tuvimos ningún aviso aquella tarde en el edificio donde vivía Tamara.

Hasta la una de la madrugada que nos avisaron de su muerte, nadie llamó a la policía ni había ningún motivo para que un agente se personase en el lugar.

Lo que quiere decir que nuestra asesina entró de esa forma en el bloque de viviendas.

Vamos a ver a qué hora salió. Pon otra vez la grabación, por favor —le pidió al empresario.

—¿Y qué hay del vehículo que te perseguía? —quiso saber Gabriel mientras visionaban las imágenes.

—El coche se ha dado a la fuga y no han podido coger al conductor. Sin embargo, el comisario me confirmó cuando se lo comenté que le había vendido ese coche a Silvia Boix porque él se ha comprado uno nuevo.

—¿Tú compañera te acosaba? ¿Por qué?

—No sé si conducía Silvia, aunque intuyo que sí. Pero cuando he llegado a comisaría ella ya estaba allí y en una actitud de intimidad con Alonso.

—Entonces no ha sido ella.

—Yo no he dicho eso. Antes de acudir al departamento, me dirigí hacia el anatómico forense para que los de Genética me dieran los resultados de las muestras de adn. Silvia ha tenido tiempo de sobra para llegar a comisaría antes que yo.

—Pero, si ha ido con su coche a trabajar, ¿cómo es posible que al llegar tú no lo hayas visto? ¿Y tus compañeros? ¿Tampoco se han fijado?

Aroa lo pensó unos segundos y, de pronto, recordó algo.

—Silvia siempre llega a trabajar andando. Vive cerca de comisaría. Supongo que el coche lo tendrá guardado en el garaje de la finca donde vive.

—Mira. —Gabriel señaló la pantalla—. Aquí vuelve a salir la asesina.

Son las doce y cuarenta y cinco. Sí Alonso abandonó el edificio a las once y media y el forense ha concluido que la muerte se produjo a las doce de la noche, tuvo tiempo de sobra para matar a Tamara y limpiar huellas, etcétera, ¿no?

—Efectivamente. Muy lista nuestra asesina.

¿Quién va a señalar a un agente de la Ley que se supone que está velando por la seguridad de los ciudadanos?

Pudo entrar y salir del edificio sin problemas.

Cometer el asesinato y quedar impune porque conoce el procedimiento y sabe cómo eliminar huellas e incriminar a otras personas.

Solo me queda una cosa para estar segura de que Silvia es la asesina de Tamara Aragón.

—¿El qué?

—El resultado de la prueba de adn de los mechones de pelo que le arranqué esta mañana cuando me peleé con ella en el departamento y que he llevado para que analicen antes de venir aquí —dijo Aroa sonriendo por ese as en la manga que se había guardado.