Cuando te falte mi piel Capítulo 40
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Capítulo 40

Aroa salió del despacho muy cabreada, pero se obligó a serenarse.

Llegó hasta su mesa y, sin saludar a Silvia, se sentó en la silla.

—Buenos días —dijo su compañera, de todas formas.

Aroa la ignoró.

Se concentró en ver de nuevo las grabaciones de las cámaras de seguridad del banco frente al portal de la víctima buscando algo sospechoso.

Sabía que el asesino o la asesina de la prostituta de lujo tenía que verse reflejado allí, en aquellos vídeos.

Debía encontrar la prueba o no podría capturarlo.

Al mismo tiempo, rezaba para que no fuese Gabriel.

Ahora que había encontrado un poco de paz en el descenso hacia el infierno que había sido su vida desde que se separaron…

No podía ser él. Se negaba a creerlo.

Cuando parecía que estaba a punto de resolver el crimen, se volvía a liar todo. Pero de su mente no se iba una idea que le rondaba la cabeza desde hacía poco. Debía comprobar si sus sospechas eran ciertas. Su intuición pocas veces fallaba.

—Creo que me debes una disculpa por lo de antes de ayer —comentó Silvia—. Me retorciste la mano sin motivo y me hiciste daño. Eso no es de ser buena compañera.

Aroa continuó ignorándola, a pesar de que tenía unas ganas enormes de estamparle un puñetazo en la boca para hacerla tragar todos sus bonitos dientes.

—Además, yo solo estaba hablando con Gabriel, siendo amable con él mientras te esperaba solo y aburrido en el pasillo —prosiguió Silvia.

La inspectora Martínez hizo como que no la escuchó. Sin embargo, al oír el nombre de Gabriel saliendo de sus labios una furia asesina se apoderó de ella.

Tuvo que respirar profundamente varias veces para controlarse y no soltarle a Silvia el puñetazo que tenía preparado.

—Me va a llamar, ¿sabes? Dijo que lo haría cuando le metí en el bolsillo del pantalón mi tarjeta con el número de mi móvil. Por cierto, pude comprobar que está bien dotado. Menuda mercancía tiene. Estoy deseando probarlo.

Aroa ya no se pudo contener más.

Se levantó veloz de su asiento y se tiró sobre Silvia, a quién le dio tal tortazo que le dejó todos los dedos marcados en la mejilla, además de arrancarla varios mechones de pelo con la otra mano. Las dos acabaron en el suelo ante el ímpetu de la inspectora Martínez.

—¡Cállate, puta! —gritó con la rabia apoderándose de todo su ser.

Los compañeros que había alrededor corrieron raudos a separar a las dos mujeres.

—¿Qué ocurre aquí? —tronó la voz del comisario.

—Ha sido ella, Alonso. Estábamos charlando tranquilamente y se ha lanzado sobre mí sin venir a cuento. Hay testigos —culpó Boix a Martínez apuntándola con un dedo mientras se levantaba del suelo donde habían caído las dos y corría hacia el jefe.

Aroa también se puso en pie y los miró con furia a ambos.

—A mi despacho las dos. ¡Ahora! —ordenó el hombre.

Silvia le dirigió una mirada altiva a Aroa antes de girarse para caminar hacia donde su jefe le señalaba.

La inspectora Martínez la fulminó con la mirada, deseando que sus ojos fueran dos armas atómicas que hicieran trizas a su compañera.

Cuando entraron en el despacho, el comisario cerró la puerta.

Rodeó la mesa y se sentó mirándolas con gravedad.

—Inspectora Martínez no es la primera vez que recibo quejas por parte de su compañera sobre la forma en que la trata o se dirige a ella. Ya se lo advertí hace un par de días y acabo de comprobar que sigue en sus trece. ¿O estoy equivocado?

—Sí, es todo así, Alonso —respondió Silvia.

—A ti no te he preguntado, así que ten la boca cerrada —la amonestó el comisario.

Silvia inspiró hondo. La regañina del hombre le había escocido.

—¿Y bien? ¿Inspectora Martínez? —preguntó, esperando la respuesta de Aroa.

Sin embargo, Aroa no quiso contestar. Permaneció en silencio rumiando su rencor hacia Boix.

—Llegados a este punto… —comenzó a hablar el comisario, viendo que la inspectora no iba a hacerlo—… me veo en la obligación de suspenderla de empleo y sueldo, Martínez.

Aroa tampoco habló en ese momento. Se limitó a mirar a los ojos al jefe y permaneció muda.

El espeso y tenso silencio que se cernió sobre ellos, solo se rompió por la leve sonrisa de Silvia.

—¿Puedo retirarme, Alonso? —preguntó Aroa, al cabo de unos segundos.

Sin esperar a que el comisario le diera permiso, se levantó de la silla y caminó hacia la puerta.

—El sexo es un arma muy poderosa y gracias a él se consiguen muchas cosas, ¿verdad? —dijo antes de abandonar el despacho.

Cuando cerró la puerta a su espalda, Silvia se volvió en la silla hacia el comisario.

—¿Qué ha querido decir con eso?

···

Aroa llegó a su mesa y comenzó a recoger todas sus pertenencias con rapidez.

Tenía prisa por salir de allí e ir a un sitio donde la ayudarían a dar con el culpable de la muerte de la víctima.

A pesar de que acababan de suspenderla, ella no se iba a amedrentar y resolvería el caso de Tamara Aragón de todas formas.

Cuando hubo terminado, observó cómo Silvia salía del despacho del comisario.

De nuevo una ira ciega se apoderó de ella, pero se dijo que debía dejarlo estar.

Había cosas más importantes que darle una lección a esa mocosa que se abría fácilmente de piernas para lograr sus objetivos en vez de trabajar duro.

Caminó hacia la salida de la comisaria y de allí fue hacia su coche.

Se montó en él y puso rumbo a su destino.

···

Una hora después estaba frente a Delirium. Se bajó del coche y, al ir a entrar, la puerta se abrió. Mateo salía con un hombre que tenía toda la pinta de ser un repartidor de bebidas.

—Buenos días —la saludó al verla—; Gabriel está en el despacho. Entra —dijo sosteniéndole la puerta para que ella pasara al interior de la discoteca.

Aroa así lo hizo. Caminó hasta el despacho de Gabriel con el corazón latiendo a mil por hora. Necesitaba una explicación y la necesitaba ya.

Había estado pensando mucho en cómo habían llegado hasta las sábanas de la víctima los restos de semen de Gabriel y, por más que le daba vueltas, no conseguía encontrar la razón.

—Tenemos que hablar —dijo nada más abrir la puerta del despacho.

Gabriel estaba repasando las cuentas de su negocio en un archivo de Excel, en el ordenador de la mesa, según comprobó Aroa al internarse en el despacho.

—Hola, cariño. —Sonrió él al verla.

Se levantó para ir a su encuentro y darla un beso.

—¿De qué quieres que hablemos?

Cuando se acercó a ella, Aroa lo detuvo poniéndole una mano en el pecho.

—Han encontrado semen tuyo en las sábanas de Tamara Aragón —soltó directa, mirándolo angustiada, intentando hallar en los ojos de su novio todas las respuestas que ansiaba.

—¿Qué? Eso es imposible.

Gabriel la miró incrédulo y sorprendido.

—No me acosté con ella. Además, las cámaras, tanto de un sitio como de otro, no me sitúan en su casa esa noche —se defendió.

—¡Ya lo sé! —gimió Aroa angustiada—. Pero de alguna forma, tu semen ha llegado hasta allí. ¿Sabes lo que eso significa?

—¿Qué soy sospechoso de su muerte?

Se miraron unos segundos a los ojos, con la respiración alterada por las revelaciones hechas.

—Yo no la maté. Tienes que creerme —suplicó, cogiéndole las manos a Aroa—. No soy capaz de ver, ni siquiera de oler una gota de sangre sin caerme redondo al suelo. Lo sabes. Si hubiera sido yo, me habríais encontrado allí mismo cuando llegasteis. Por favor, Aroa, yo no fui. Créeme.

La inspectora se soltó de sus manos, pero solo para acercarse más a él y rodearle con sus brazos.

—Te creo, Gabriel. Sé que tú no has sido. No es posible —susurró, intentando tranquilizar a su hombre—. Creo que alguien puso allí tu semen para incriminarte. Por eso, me tienes que decir con quién estuviste esa noche. Con qué mujer mantuviste relaciones sexuales.

—¡No me acosté con nadie! ¡Te lo juro! —gritó él desesperado separándose de ella.

Se llevó las manos a la cabeza casi rapada. Si hubiera tenido mechones largos, se habría tirado de ellos frustrado e impotente.

—¿Por qué accediste a darle a Boix muestras para analizar tu adn? —preguntó Aroa.

Gabriel la miró con la incomprensión bailando en sus pupilas.

—Yo no le he dado muestras de saliva ni de nada a tu compañera.

—¿No? Pues en el laboratorio me han dicho que…

Se interrumpió al darse cuenta de algo.

—¿Te has acostado con Silvia? —quiso saber furiosa.

—No. Nunca me he acostado con ella. Aunque sí es cierto que desde que me conoció ha intentado tener algo conmigo —reconoció Gabriel.

Aroa lo observó. El empresario estaba nervioso. No sabía si era por el hecho de que había algo que lo incriminaba en la muerte de Tamara Aragón o porque estaba ocultándole información a la inspectora.

—Hay algo que no me estás contando. ¿Qué es? —demandó Aroa.

—Te vas a enfadar cuando lo sepas. Además, ya sabes que en este mundillo la discreción lo es todo. Por eso hice como que no conocía a Silvia cuando os vi por primera vez aquí, y todas las veces que me la he encontrado en comisaría.

—Gabriel no vengas ahora con tus gilipolleces sobre la discreción. ¡Tengo que resolver un crimen, joder! —le gritó.

Él inspiró profundamente y le hizo un gesto con la mano para que lo acompañara al sofá y se sentasen juntos.

—Hace varios días estuvo en una fiesta que dimos aquí —comenzó a relatar—.

Silvia vino, pero no como escort . Ella hace meses que lo dejó.

Creo que desde que entró en el Cuerpo de Policía.

El caso es que en cuanto me vio comenzó a acosarme.

Se puso muy pesada y al final terminé llevándola a uno de los reservados que estaba vacío para que no montase un espectáculo en mitad de la fiesta.

Le dije una y otra vez que no iba a tener nada con ella, pero insistió.

Incluso sacó unos cuantos billetes para pagarme.

Aroa lo escuchaba con los puños apretados fuertemente sobre su regazo. Si tuviera a su compañera delante, la estrangularía hasta la muerte.

—Le dije que no necesitaba su dinero. Tengo demasiado…

Tanto que no me lo gastaré en esta vida.

—Gabriel sacudió la cabeza—. El caso es que comenzó a implorarme, a sollozar; se puso de rodillas frente a mí pidiéndome una vez, solo una.

Yo me negué e intenté que se levantara del suelo, pero entonces Silvia me dijo que ya que no iba a acostarme con ella, la dejase probarme.

Quería sentir mi sabor en su boca. Me bajó la cremallera y…

—¿Y tú la dejaste? —preguntó Aroa furiosa.

—La dije que solo sería esa vez y que después de esa noche no quería volver a verla más. Ni en Delirium ni en ningún otro sitio de la ciudad.

—¿Qué fue lo que te hizo?

—Una mamada —declaró Gabriel.

—¿Y después?

—¡Después nada! —exclamó él— Cuando consiguió que me corriera en su boca, se levantó y se marchó del reservado con rapidez, sin tan siquiera despedirse.

Aroa dio un bote del sofá, poniéndose de pie, atando cabos enseguida.

—¡Claro que no se despidió! ¡Porque no podía! ¿Cómo iba a hacerlo si tenía la boca llena?

Gabriel se quedó estupefacto al oírla.