Capítulo 39
Gabriel no podía dejar de mirar a Aroa. Ver cómo ella descansaba dormida en su cama, igual que tantas y tantas noches había soñado…
Le parecía irreal; sin embargo, allí estaba. Acurrucada en su pecho, sintiendo el calor de su piel; la cadencia de su tranquila respiración y el ritmo pausado de los latidos de su corazón, que marchaban al compás del suyo propio.
A partir de ahora tendría la oportunidad de contemplarla así cada madrugada. La amaría con su cuerpo antes de dormirse y vería su sonrisa somnolienta al despertar cada mañana…
Esa noche él había conseguido dormir más horas de las habituales y sabía que era gracias a ella, a tenerla con él por fin y para siempre.
Había alcanzado la paz mental y espiritual tanto tiempo esperada.
Aunque le costó convencerla de que se quedase a dormir en su ático, finalmente lo logró.
Por la mañana, tendría que acompañarla a Delirium para recoger su coche y allí se despedirían. Él se quedaría en la discoteca revisando las cuentas de su negocio y ella debería volver a comisaría.
Pero de momento allí estaba. Con él. Envuelta entre sus sábanas, testigos mudos una vez más de la pasión incendiaria de los dos amantes.
Aroa se removió en sueños, buscando el calor de su hombre. Se apretó más contra él y Gabriel, sonriendo, la achuchó aún más.
Llevaba un rato con una erección tremenda y sabía que solo hallaría el desahogo entre las piernas de su mujer.
Así que, aun a riesgo de despertarla, o mejor dicho, para lograrlo y satisfacerse, la colocó con la espalda pegada al colchón.
Separó las piernas de Aroa, que no llevaba pijama ni lencería, y se lanzó a darse un festín degustando el sexo exquisito de la inspectora, a base de lametones ardientes.
···
Una hora después, ya duchados y vestidos los dos, desayunaban en la cocina del ático.
—Lo de despertarme con sexo se está convirtiendo en una costumbre —comentó Aroa riendo.
—Lo siento. No he podido contenerme.
—Tranquilo, si yo no me quejo. Al contrario, me gusta despertar así. —Le sonrió ella con una mirada juguetona—. No quiero que te reprimas nunca.
Se acercó a él y lo besó con ganas de comérselo.
Pero no podía.
Debía irse a trabajar.
Cuando terminaron, Gabriel la llevó hasta Delirium para recoger su coche.
Aroa iba pensando en Silvia y Alonso y en la relación que habían mantenido en el pasado.
¿Aún se acostarían? ¿Ella continuaría con su doble vida como prostituta de lujo?
Tenía prisa por llegar a comisaría y observarlos.
Por la reacción que tuvo su compañera cuando ella le retorció el brazo y tras librarse, correr al amparo de Alonso, se diría que sí.
Sin embargo, no entendía por qué Silvia intentaba captar la atención de Gabriel.
Bueno, sí que lo sabía.
Como ya le había dicho en alguna ocasión, ese madurito atractivo que era el empresario estaba muy bueno y cualquier mujer querría tener algo con él. Silvia estaba acostumbrada a hacer el amor con varios hombres, sin ser fiel a ninguno, o aun siéndolo, dada su condición de escort .
Y Alonso también estaba muy bien para sus cincuenta años. Alto, con un físico cuidado a base de gimnasio y dieta, y con el cabello canoso que le daba un aire interesante a lo Richard Gere en Pretty Woman , claro que el actor tenía muchos años menos cuando rodó la película.
Se despidieron con un beso en la puerta de Delirium y Aroa se metió en su coche para ir a comisaría.
Iba tranquila y feliz tarareando Every you every me, de Placebo, cuando se dio cuenta de que un coche azul la seguía. Cambió de carril para cerciorarse de que así era y el vehículo también lo hizo. Giró hacia la derecha para meterse en una calle y el automóvil continuó detrás de ella.
Miró por los espejos intentando ver al conductor, pero no pudo. Quien la estaba siguiendo mantenía una distancia lo bastante grande para no ser reconocido.
Al llegar a otra esquina de la calle, Aroa giró bruscamente dando un volantazo, y cambió el sentido de la marcha. El coche que la seguía hizo lo mismo.
Ahora sí que no cabía ninguna duda. Iba a por ella.
Aceleró dando gracias a Dios porque la calle estaba desierta en esos momentos, pero justo cuando llegaba al final de la misma, salió de un parking otro auto que se incorporó a su carril.
La inspectora tuvo el tiempo justo de esquivarlo y no provocar un accidente.
El conductor la pitó y la maldijo, pero Aroa no le prestó atención.
Miró por el espejo retrovisor para ver qué sucedía con el coche azul que la estaba siguiendo y comprobó que continuaba persiguiéndola tras rebasar al auto salido del parking .
Decidió que lo mejor era salir a la carretera de circunvalación más próxima con el fin de darle gas al coche y que la perdiera de vista la persona que la estaba siguiendo.
Cuando llegó a la ronda del anillo perimetral que había elegido para su evasión, se dio cuenta de que el tráfico ya empezaba a ser denso, lo que iba a dificultar su huida.
Aun así, Aroa no se arredró. Pisando el pedal a tope después de comprobar que el vehículo azul continuaba tras ella, fue sorteando los coches de la calzada como si estuviera participando en una competición de Fórmula 1 en el circuito de Montmeló.
El automóvil continuó tras ella realizando las mismas maniobras.
La inspectora llamó por teléfono a comisaría para que identificaran el coche por la matrícula, que había conseguido ver.
—Soy la inspectora Martínez. Necesito que comprobéis una matrícula —le dictó los números y las letras a su compañero, al otro lado de la línea y prosiguió dándole datos—… Audi A3, color azul.
Aroa notaba cómo la adrenalina se había apoderado de su cuerpo con la persecución. Pero templó los nervios y rebasó a otro coche.
¿Quién demonios la estaba persiguiendo y por qué?
Echó otro vistazo al retrovisor, pero este no le dio ninguna información sobre el conductor.
—Inspectora Martínez —dijo el agente con el que hablaba por el manos libres del móvil—. El vehículo está a nombre del comisario.
—¿Me está persiguiendo Alonso? —preguntó más para sí misma que para su compañero.
Sin embargo, este la oyó y respondió.
—Imposible. El comisario está aquí. Llegó hace más de una hora y no ha salido del despacho desde entonces.
De repente, el vehículo que circulaba delante frenó y Aroa tuvo que hacer lo mismo para no tragárselo. Maldiciendo, aporreó el volante y buscó una vía de escape cercana.
—Está bien. Mira a ver si hay alguna unidad cerca para que me eche una mano. Estoy en la Ronda…
Tras dictarle toda la información y el otro agente comunicarle que enviaban de inmediato a dos coches patrulla más, Aroa respiró algo más calmada.
Su acosador se hallaba dos coches más atrás, en el carril izquierdo. Cambió al central, donde ella estaba, en cuanto tuvo la oportunidad.
—Maldito cabrón. Te vas a enterar —masculló Aroa mordiendo las palabras con saña.
Ella volvió a cambiar de carril y el otro auto hizo lo mismo.
A lo lejos, comenzó a escuchar el ulular de las sirenas de los coches de sus compañeros y su respiración se tornó más pausada.
Vio por el espejo retrovisor que su acosador aminoraba la marcha al oír también las sirenas y salió por una vía de servicio que conectaba con otra zona de la Ciudad Condal.
—Ahora huyes tú. —Se rio Aroa con malicia—. Corre, vete con el rabo entre las piernas. Mis compañeros te van a cazar de todas formas, hijo de puta.
Observó cómo los dos coches patrulla perseguían a quien la había estado asediando hasta hacía escasos segundos y rezó para que lo cogieran. Quería saber quién había sido.
Dejó que se ocuparan los otros agentes de policía y continuó su camino.
Estaba en la puerta de la comisaría cuando su teléfono sonó. La llamaban del laboratorio. Querían verla, así que cambió su rumbo y se dirigió hacia allí.
—Buenos días, inspectora Martínez —la saludó el genetista nada más llegar—. Estaba esperándola.
—¿Ya tiene información sobre el vello femenino hallado en el pubis de la víctima?
El médico asintió, pero por su cara Aroa supo que las noticias no eran buenas.
—Hemos contrastado los datos del adn con las muestras de las posibles sospechosas y ninguna ha dado resultados positivos.
—Joder… —murmuró Aroa en voz baja.
—Sin embargo, los restos de semen sí sabemos de quién son.
Aroa esperó expectante a que su colega le diera la información.
—Son de Gabriel Serna.
Aroa sintió como si una bola de demolición impactara contra su pecho, dejándola sin aire. ¿Eran de Gabriel? ¡No!
—¿Estás seguro? —preguntó ella incrédula.
—Al 99,99 % —respondió el genetista.
—No sabía que al señor Serna se le hubiera tomado muestras para analizar su adn y contrastarlo —dijo Aroa.
—La inspectora Boix las trajo hace unos días. Al parecer se tomaron cuando el señor Serna fue a declarar.
—Muy bien. Gracias —se despidió consternada.
No podía ser. Gabriel no había estado en casa de la víctima. Las cámaras lo habrían grabado al entrar o al salir y no había nada de eso en los vídeos. A no ser que se hubiera disfrazado para que no lo reconociesen.
¿Cómo era posible que su semen hubiera aparecido en la escena del crimen? ¿Y por qué no le dijo Gabriel que había dado voluntariamente muestras para analizar? ¿Y las había llevado Boix al laboratorio sin informarla a ella?
El caso se complicaba por momentos.
Gabriel no podía ser el asesino. ¡No!
Si él tenía hematofobia… no podía haber matado a Tamara.
A no ser de que lo hubiese superado…
Con una mezcla de sentimientos entre los que destacaban la incredulidad y la consternación, condujo de nuevo hacia comisaría y al llegar, fue directa al despacho de Alonso.
—Buenos días. Vengo ahora mismo de hablar con…
Se interrumpió al ver a su compañera Silvia sentada en el borde de la mesa e inclinada hacia el hombre como si le estuviera contando alguna confidencia.
La mano de la mujer reposaba con complicidad en la mejilla del hombre y en sus labios se notaba que se habían estado besando por las gotitas de saliva que aún pendían en las comisuras y restos de carmín en los del hombre.
Ambos se distanciaron al escucharla y Silvia la miró por encima del hombro con una tonta sonrisa. Se levantó y caminó hacia la salida, sin decir nada cuando pasó a su lado.
—¿Qué está pasando aquí, Alonso? —preguntó cuando Boix hubo cerrado la puerta.
—Mi vida privada no es asunto tuyo —respondió muy serio.
—¿Te estás follando a Silvia igual que hacías con Tamara?
—Yo no tengo nada con la inspectora Boix.
—Ahora puede que no. Pero en el pasado sí hubo algo, ¿verdad?
—Te repito que mi vida privada no es asunto tuyo —la reprendió su jefe.
—Tu vida íntima sí es asunto mío desde el momento que te acostaste con esa chica y ha aparecido vello púbico tuyo en sus genitales.
El comisario le lanzó una penetrante mirada al escucharla.
La inspectora hizo una pausa y tras ella, añadió:
—Alonso, los de dentro sabemos cómo proceder para no dejar rastros, ni huellas, ni nada. Tenemos esa ventaja al conocer el procedimiento. Me parece increíble que hayas tenido ese desliz. Te puede costar muy caro, lo sabes.
El hombre bajó la mirada, avergonzado.
—Y hay más —prosiguió Aroa— el vello púbico femenino no ha dado resultados. Alonso, tienes que ser completamente sincero conmigo. Esa noche, ¿hubo alguien más en la habitación con vosotros? ¿Practicasteis sexo con otra mujer Tamara y tú?
Alonso alzó la vista para mirar a los ojos de la inspectora.
—No —confesó rotundo.
—Pues da gracias a que las cámaras del banco te grabaron saliendo de casa de la víctima a las once y media de la noche y no te grabaron volviendo a entrar para asesinar a Tamara a las doce. Si no, tú serías el culpable de su muerte.
—¡Yo no fui! ¡Yo la quería! —explotó el comisario.
La inspectora lo miró con pena y conmiseración.
Decidió dejarlo solo, con su dolor.
Iba a salir del despacho cuando recordó algo.
Se giró de nuevo hacia su jefe y lo observó antes de hablar.
Alonso estaba apoyado con los codos en la mesa y la cabeza entre las manos. Tenía la mirada perdida, como sumido en lejanos recuerdos.
Aroa carraspeó para captar su atención y el comisario se irguió para enfocar la mirada en ella.
—¿Te han robado el coche esta mañana o ayer?
—No. ¿Por qué?
—Porque alguien me ha perseguido por buena parte de la ciudad cuando venía hacia aquí. He llamado para que comprobaran la matrícula y resulta que el coche es tuyo.
Alonso se sorprendió al escucharla.
Se levantó con rapidez de su asiento y fue a mirar por la ventana de su despacho que daba a la calle.
—Mi coche está ahí, aparcado donde lo dejé al llegar esta mañana.
Aroa se acercó a la ventana, pero no vio ningún vehículo azul como el de su acosador.
—¿Cuál es tu coche, Alonso?
—El negro. Me lo han dado ayer mismo en el concesionario.
—¿Te has comprado un coche nuevo? ¿Qué ha pasado con el otro?
—El otro lo he vendido, pero todavía no hemos hecho el cambio de titularidad.
Aroa lo miró muy seria.
—¿A quién se lo has vendido, Alonso?