Cuando te falte mi piel Capítulo 38 #2
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Capítulo 38 #2

La frase se cortó en cuanto sintió los dedos de Aroa acariciarle su virilidad para endurecerla y la lengua jugando con su glande.

—¡Joder! Si esta es la tortura a la que sometéis a los delincuentes en tu comisaría, dejaré que me detengas todos los días.

La inspectora sonrió al escucharle.

—Dime lo que quiero saber —le ordenó—, o no dejaré que te corras.

—Como se te ocurra parar, te follaré encima de la mesa en cuanto salgas de ahí debajo —la advirtió él.

—¿Me está amenazando, señor Serna? ¿Sabe que soy un agente de la ley y eso está penado?

Aroa volvió a meterse la erección de Gabriel en la boca para continuar con el trabajo oral.

—No es una amenaza, inspectora, es un hecho.

Y sacando a Aroa de debajo de la mesa, la sentó encima al tiempo que con el brazo barría hacia un lado todo lo que había sobre el mueble.

Los vasos cayeron, derramando el agua, y un poco de la ensalada saltó fuera del plato.

Gabriel se puso en pie y la acomodó mejor en la mesa.

—Túmbate —ordenó a Aroa mientras se deshacía del delantal.

Ella obedeció totalmente excitada. Gabriel la cogió de los muslos y la arrastró hasta el borde.

—Voy a buscar un preservativo y vuelvo enseguida —le dijo él—. No se te ocurra moverte de ahí.

Corrió veloz por el ático hasta llegar a la mesita de al lado de la cama donde tenía guardada una caja de condones.

—Gabriel… —Oyó cómo lo llamaba Aroa.

En su voz notó la urgencia. Ella estaba necesitada y él iba a satisfacerla.

—Calma, que ya voy de camino, amor. Tú sabes que yo nunca te dejo plantada y que soy muy capaz de quitarte las ganas —comentó mientras andaba de vuelta a la cocina.

La imagen que vio al entrar hizo que el corazón le latiera más desbocado aún y que su miembro saltara contento, esperando unirse al sexo femenino.

Con rapidez rompió el envoltorio de la funda de látex y se la colocó.

Agarró a Aroa por las piernas y las puso sobre sus hombros.

—Breixo…

—Kenia…

···

Cuando acabó la sesión sexual, Aroa volvió a la carga. Gabriel ya no pudo contenerse ante su insistencia.

—Está bien. Pero prométeme que no dirás nada a nadie —dijo mientras colocaban todo de nuevo en la mesa para terminar de comer-merendar-cenar.

Aroa asintió y él empezó a hablar.

—Tu compañera Silvia también ha sido escort .

La inspectora abrió la boca tanto que Gabriel temió que se le desencajase la mandíbula.

—¡Doña Mística! ¡No me lo puedo creer! Pero si me dijo que no entendía porque una joven como Tamara se prostituía. ¡Qué cabrona! Me ha engañado.

—¿Por qué la llamas doña Mística? —quiso saber Gabriel, divertido.

—Luego te lo cuento. Primero tú.

Con un gesto de la mano apremió al empresario a continuar.

—Silvia pertenecía a otra agencia, no a la de Mireia.

Yo la vi alguna que otra vez en Delirium porque vino con varios clientes a los reservados, entre ellos el comisario Alonso.

Y no te puedo decir más. Ya te comenté que lo que hacen allí yo no lo controlo.

Solo sé que entran y salen con las chicas.

Si se las follan o simplemente pasan el rato hablando no es asunto mío.

Ahí no me meto. Siempre que no le hagan daño a ninguna, claro.

—Entonces ya se conocían de antes. Seguro que Alonso le consiguió el puesto de inspectora igual que pensaba hacer con Tamara cuando acabase la carrera —dijo Aroa más para ella misma que para Gabriel—. ¡Y yo que pensaba que lo había conseguido gracias a ser hija de un político!

Chasqueó la lengua y meneó la cabeza. ¡Qué ciega había estado con su compañera! Al parecer Boix no era tan tonta como ella se había creído.

—A través del sexo se consiguen muchas cosas. Acabas de verlo ahora mismo. —Gabriel le sonrió con picardía.

Aroa asintió riéndose.

—¿Cuándo fue eso? Lo de Silvia y Alonso, quiero decir.

—El año pasado. De todas formas, no sé si seguirán acostándose o no —comentó el empresario—, ella ya ha conseguido lo que quería y él ya tenía a otra que le calentaba la cama desde hacía unos meses, así que…

—¿Qué te metió en el bolsillo del pantalón? Su teléfono, ¿verdad?

Aroa se había acordado de pronto de lo que pasó en comisaría.

—Sí, pero lo saqué cuando nos íbamos de allí y lo tiré con disimulo en una papelera. Silvia no me gusta, a pesar de ser muy guapa y tener buen cuerpo. Hay algo en ella que me da mal rollo.

—Sí, que es tonta del culo. —Aroa se quedó un momento callada para luego añadir—: O no, porque desde luego nos la ha dado a todos con queso.

—¿Me contestas ahora a mi pregunta? ¿Por qué la llamas doña Mística?

Aroa chasqueó la lengua antes de responder.

—Siempre está con sus rollos sobre la espiritualidad, las energías positivas y negativas de las personas, las piedras, los astros… Todo eso. Yo respeto a quien crea en eso siempre que no intenten comerme la cabeza para hacerme cambiar de opinión.

—Entonces, cuando yo te conté la leyenda del hilo rojo…

—Cuando me la contaste, me pareció una manera muy bonita y romántica de declararme tu amor —sonrió ella y se acercó para darle un pequeño beso en los labios.

—Te reíste de mí, igual que cuando me maree en Niza al ver la sangre de aquel camarero —comentó Gabriel, haciéndose el ofendido.

—No es verdad. Bueno, lo de Niza sí, pero lo otro no —rebatió ella.

—De todas formas y aunque tú no creas en eso, el tiempo me ha dado la razón. Volvemos a estar juntos y por mucho que el hilo se estire o se enrede, el destino nos ha vuelto a unir y jamás volveremos a separarnos. Estás atada a mí tanto como yo a ti.

—Sí, sí, sí. Ese hilo que, aunque dices que es invisible, afirmas que es rojo. Increíble. —Puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza.

Gabriel la miró sonriendo durante unos segundos.

—Me da igual si crees en ello o no —replicó—. Por cierto, creo que ha llegado el momento de devolverte algo.

Se alzó de la silla y salió del salón.

Al cabo de un rato regresó con un estuche negro y letras plateadas.

Aroa lo reconoció enseguida.

—Debes volver a llevar la pulsera que te regalé.

—¿Cómo es posible que la hayas conservado todos estos años? —preguntó sorprendida mientras estiraba el brazo para que él se la pusiera en la muñeca.

—Por el hilo rojo. Ya te lo he dicho.

—¿También has guardado… los… los…?

De repente se sintió cohibida y no fue capaz de pronunciar la palabra «patucos».

Algo le atenazaba la garganta y no la dejaba continuar.

Quizá el arrepentimiento por lo que hizo.

Quizá la emoción de saber que él había estado todos esos años guardando su recuerdo por si acaso en el futuro tenía la oportunidad de dárselo.

—Aroa —Gabriel la miró muy serio, cogiéndola de las manos—, me devolviste la pulsera y los patucos, pero mi corazón no.

Te lo quedaste. Y ha estado contigo todos estos años.

Por eso sabía que alguna vez en la vida volveríamos a coincidir.

El destino no puede ser así de hijo de puta y mantenernos separados para siempre.

Cuando te vi en Delirium hace unos días, lo supe. Supe que teníamos una oportunidad.

—Y no la desaprovechaste. Fuiste directo a por mí. Igual que hace veinte años.

—En efecto. Ya sabes que soy así de directo, sincero e intenso —corroboró él.

Se acercó a sus labios y, agarrando a Aroa por la nuca, los unió a los suyos.

Se perdieron en ese beso maravilloso durante algunos minutos, sin dejar de disfrutar y saborearse mutuamente.

—¿Te apetece dar un paseo por las Ramblas? —quiso saber Gabriel cuando finalizó el beso—. Hoy es Sant Jordi y hay que cumplir con la tradición de regalar un libro y una rosa.

—Bien, pero debo ir primero a casa para ducharme y ponerme algo de ropa. No puedo ir otra vez con el vestido rojo y sin lencería.

Al ver la cara juguetona que puso Gabriel, lo advirtió:

—Y no me hagas lo de aquella vez que tuve que ir sin bragas por la calle y estar en una fiesta así. Lo pasé muy mal.

—No estoy de acuerdo. Disfrutaste mucho —rebatió él.

—¿Todavía guardas las bragas vibradoras? —preguntó Aroa curiosa.

—Sí, todavía las tengo. ¿Quieres ponértelas?

—No, gracias. Hoy no. Pero no las escondas mucho. Quizá cuando volvamos…

Se levantó de la silla para ir a buscar su vestido rojo, dejando a Gabriel relamiéndose ante lo que vendría después, cuando regresaran a casa.

—Habrá que darse prisa o cerrarán los puestos de libros. —La oyó comentar de camino a la habitación.