Capítulo 38
Aroa notaba algo duro internándose entre sus piernas y cómo un exquisito calor comenzaba a adueñarse de sus sentidos aun dormidos.
Sentía besos delicados como las alas de una mariposa recorrer todo su pecho, jugando con sus pezones.
Luego emprendían el viaje hasta uno de sus hombros y de allí a su garganta, donde dejaban infinidad de ellos tatuados en su piel.
Notó cómo una mano grande, fuerte y caliente le acariciaba el costado derecho. Viajó por todo ese lado hasta posarse sobre su cadera, en la que dibujó un corazón con el dedo mientras el sexo masculino se enterraba en ella una y otra vez.
Al terminar con el dibujo, ese atrevido dedo encontró el camino entre la unión de sus cuerpos hacia el botón mágico, ese que tanto placer le daba, y comenzó a presionar sobre él.
¡Qué sueño tan placentero estaba teniendo!
Parecía real…
—Kenia… Te amo… —Escuchó a lo lejos la voz grave y varonil de Gabriel, erizándole todo el vello, haciéndola sentir excitada, como le ocurría siempre.
—Breixo… —murmuró en mitad del sueño—. Yo también te amo.
El hombre aumentó el ritmo de sus estocadas. Para penetrarla más profundamente, la agarró de las piernas y se las colocó sobre los antebrazos para abrirla mucho más.
Ella, al notar el movimiento, levantó un párpado y la luz del sol la cegó. Volvió a cerrarlo y dejó que Gabriel jugase con su cuerpo.
—No te hagas la dormida, Aroa, que ya te he visto abrir un ojo —susurró el empresario.
La inspectora notó la sonrisa en su voz y también ella esbozó una.
—Creí que estaba soñando —dijo para defenderse.
—Yo sí que estoy soñando desde que hemos vuelto a estar juntos. Y no quiero que se acabe.
Gabriel se inclinó sobre los labios femeninos y los capturó con un tierno beso.
—Buenas tardes, mi amor.
Al oírlo, Aroa abrió los ojos de golpe para, acto seguido, llevarse el brazo sobre ellos y tapárselos, pues la luz del sol la cegaba.
—¿Cómo que buenas tardes? ¿Qué hora es? —preguntó.
—Las cinco y media.
Ella se alteró.
—¿Las cinco y media? ¡Quítate de encima! —dijo empujándolo.
Pero Gabriel no se movió ni un ápice.
—Estás loca si crees que voy a salir de ti. Me falta poco para correrme y a ti también.
—¿Cómo es que me has dejado dormir tanto? ¡Tengo que ir a trabajar! —se quejó ella, notando cómo el calor del orgasmo la inundaba el cuerpo.
—Colabora un poco y acabaremos rápido —le pidió él, con los dientes apretados, próximo a su liberación—. ¡Dios! ¡Qué bueno va a ser!
—Déjame encima.
Cambiaron posiciones y en cuanto Aroa comenzó a cabalgarlo, Gabriel llegó a su éxtasis. Ella continuó un poco más hasta que también alcanzó el orgasmo.
Cayó sobre el pecho del empresario, desmadejada.
—Menuda forma de despertarme que tienes —comentó con el pulso a mil.
—¿Alguna queja? —logró murmurar él.
—No. Ninguna.
Permanecieron un par de minutos así. Ella acurrucada en su pecho y él abrazándola por las caderas, con las dos manos posadas sobre los glúteos femeninos.
—¿De verdad son las cinco y media de la tarde? —quiso saber.
—Sí.
—Joder. Alonso me va a matar. No puedo faltar a la comisaria cuando tengo que resolver un crimen.
Aroa se movió para levantarse, pero Gabriel la retuvo.
—Llamé a comisaria esta mañana y hablé con él. Ya le dije que hoy no irías. Te has pasado toda la noche trabajando en el caso y necesitas descansar.
—¿Y Alonso qué te ha dicho?
—Que me aleje de ti. Al parecer no le caigo muy bien. Algo que no entiendo. Cuando venía a Delirium y montaba fiestas en los reservados nunca hubo ninguna queja. Siempre me trató bien y yo a él. No entiendo por qué ahora ha cambiado su actitud hacia mí.
—Seguro que piensa que me ibas a contar todo esto y delatar sus actos impuros. Tiene miedo de que me cuentes más cosas de las que yo ya sé o puedo averiguar por mí misma —dijo Aroa.
—Eso es una tontería. Él sabe que soy discreto en cuanto a qué clientes acceden a los reservados y lo que ocurre allí. A ti te lo acabo de contar porque sé que no vas a decir nada a nadie.
—Bueno, cuando han asesinado a la prostituta de lujo de la que estabas enamorado, toda precaución es poca.
—¿Alonso enamorado de Tamara? —preguntó escéptico Gabriel.
Aroa asintió con la cabeza. Al hacerlo, le rozó el pecho con la barbilla, provocándole un cosquilleo.
—No me lo creo. Estaría encoñado, que es distinto. Igual que le pasó con tu compañera Silvia.
La inspectora levantó la cabeza de golpe.
—¿Perdona? ¿Cómo has dicho?
—Acabo de cometer una indiscreción. ¡Ups!
Gabriel se llevó una mano a la boca para tapársela.
Pero Aroa se la quitó de inmediato.
—Repite eso que has dicho —le ordenó.
—Sabes que no debo hablar de mis clientes.
—¡Arg! No me vengas ahora con tus rollos sobre la discreción y todo lo demás —se quejó la inspectora.
—No puedo, cariño, de verdad.
Gabriel se movió para levantarse y quitarse el condón. Le hizo un nudo y caminó totalmente desnudo hasta la cocina para tirarlo en la basura.
Aroa se quedó embobada admirando cómo su magnífico trasero, su ancha espalda y sus fuertes piernas se alejaban de ella.
Cuando lo perdió de vista, saltó de la cama para ir tras él.
—Venga, dímelo, por favor —le pidió abrazándole por la espalda.
Él se dio la vuelta entre sus brazos y la miró con cariño. Un mechón de pelo le caía sobre la cara a su amada y con delicadeza se lo retiró para ponérselo detrás de la oreja. Después, le acarició la mandíbula hasta llegar a los labios, donde repasó su silueta con el pulgar.
Ella abrió la boca con un jadeo que le hizo saber al empresario que sus tiernas caricias la habían calentado.
—¿Tienes hambre? —quiso saber él.
—No me cambies de tema, Breixo.
—Dime si te apetece comer algo. Podemos hablar mientras cocino.
Aroa suspiró sabiendo que Gabriel iba a demorar su confesión.
—Está bien. Quiero una tortilla con jamón serrano y un poco de ensalada. ¿Tienes todo lo necesario para prepararlo?
—Sí. Y creo que para mí me haré lo mismo.
Gabriel le dio un beso en la punta de la nariz y se alejó de su cuerpo. Cogió un delantal colgado detrás de la puerta de la cocina y se lo puso.
Al ver cómo él se protegía para cocinar, Aroa se dio cuenta de que estaba completamente desnuda.
—¿Tienes otro para dejarme? Y así te ayudo.
Gabriel la dedicó una abrasadora mirada, que hizo que Aroa apretase los muslos ante la descarga de energía sexual que él le transmitió con sus ojos.
—Para ti no —dijo mostrando su sonrisa más canalla.
La inspectora abrió la boca para quejarse, pero Gabriel continuó hablando.
—Y no me pidas tampoco una camiseta, o pijama, ni te pongas el vestido rojo que traías. Estás muy bien así, desnuda para mí. Además, no sé por qué te molestas en vestirte, si sabes que conmigo la ropa te dura menos que un caramelo en la puerta de un colegio.
—Gabriel… —resopló ella sonriendo ante sus palabras.
El abrió la nevera para sacar los huevos y el jamón. Los dejó sobre la isla de mármol que había en medio de la cocina y se giró otra vez hacia el frigorífico.
—Tendré que rebuscar por aquí hasta encontrar algo para ponerme —comentó Aroa.
—¿Por qué insistes en taparte y privarme de unas excelentes vistas? Cariño, tu mejor ropa es tu piel y la manera en que viniste al mundo, desnuda, sabes que me vuelve loco. Estás fantástica ahora mismo.
Gabriel sacó lo necesario para la ensalada y lo depositó junto a los huevos y el jamón.
—Para protegerme de manchas y quemaduras como haces tú —le hizo ver ella—. Y, además, ya no tengo el mismo cuerpo que a los veinte y no me apetece estar desnuda si no es en la cama. Me pondré el vestido de nuevo.
Gabriel la detuvo al ver que ella iba a salir de la cocina. La acorraló entre la pared y su cuerpo y acercó su boca a la de Aroa hasta quedar a solo unos centímetros.
—Es cierto que ya no tienes el mismo cuerpo que a los veinte.
Ahora estás más voluptuosa y me atraes mucho más.
El principio de la madurez te está sentando genial, pero lo mejor es que los próximos años soy yo quien va a disfrutar de las redondeces que vaya adquiriendo tu cuerpo.
Ahora estás mucho mejor que cuando te conocí.
—Sí, bueno, es que yo soy como el vino: mejoro con los años.
—Aunque… —comenzó a decir él, pero se calló.
—Aunque, ¿qué? —quiso saber ella arqueando una ceja interrogante.
—¿Eso que tienes ahí es una cana?
Al escucharlo, Aroa hizo amago de salir corriendo a mirarse en el espejo más próximo; sin embargo, él la detuvo.
—Es broma, cielo. No tienes ninguna cana. Al menos yo no te he visto ninguna todavía.
—¡Serás idiota! —dijo ella soltándole un manotazo en el hombro.
Los dos se rieron y Gabriel terminó de acercar sus labios a los de ella para fundirse en un lento beso.
—En el tercer cajón de la encimera hay más delantales. Ponte uno —comentó él separándose para continuar con su quehacer en la cocina—. Pero solo porque no quiero que te quemes ni que te manches.
—Gracias, señor Serna, qué amable por su parte —se burló de él.
Cuando terminaron de prepararlo todo, se sentaron a comer —o a merendar, según se mire— en la mesa del salón, uno al lado del otro.
—Bueno, y ahora me vas a contar la relación entre Alonso y Silvia.
—Vale. Alonso es el comisario y Silvia es inspectora, como tú —dijo Gabriel haciéndose el remolón para no darle a Aroa la información que le requería.
Ella puso los ojos en blanco y bufó.
—Vamos, no te hagas el tonto ni me tomes el pelo. Ya sabes lo que quiero. Explícame eso que dijiste antes.
Gabriel se removió en la silla, incómodo. No le gustaba ir por ahí soltando chismes de sus clientes.
—Aroa, ya sabes que la discreción en este mundo en el que nos movemos lo es todo.
—¿Me vas a obligar a torturarte? —lo amenazó ella, mirándolo muy seria.
—¿Eso no está prohibido? —preguntó él asombrado, creyéndola capaz.
Ella se levantó de su asiento y lo retiró hacia atrás. Acto seguido se metió debajo de la mesa y se colocó entre las piernas de Gabriel. Retiró el delantal que le cubría el regazo y le agarró del pene, mientras el empresario observaba todo lo que hacía.
—Cielo, no es necesario que…