Cuando te falte mi piel Capítulo 37
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Capítulo 37

—Vas a descargar ahora mismo toda la adrenalina y el estrés que llevas acumulado en el cuerpo —ordenó Gabriel a Aroa nada más bajarse del coche, dentro del parking privado del edificio donde vivía.

Rodeó el auto y la cogió de la mano. Se la llevó hasta el capó y, una vez allí la obligó a recostarse dándole la espalda, pegando de esa forma su pecho al metal del vehículo.

Le arremangó el vestido hasta la cintura y al ver otra vez la desnudez preciosa de su trasero y parte de su vulva, su miembro saltó contento.

Sacó un preservativo del bolsillo de su pantalón, que se bajó junto con el slip y se desenrolló la funda de látex por todo el largo de su virilidad.

Con los dedos repasó los pliegues femeninos, comprobando que ella estaba preparada.

—Joder, ¿cómo es posible que ya estés mojada?

—Será del cabreo y de las ganas de tenerte dentro. Date prisa.

Se hundió en Aroa con rapidez, haciéndola jadear.

—¿Mejor, cielo? —preguntó cuando llevaba ya unos cuantos envites en su sexo.

—Más… Quiero más… Y más fuerte… —le pidió la inspectora.

Gabriel la agarró del pelo, retorciéndoselo en torno a su mano. Con la otra, la sujetaba por la cadera impidiendo que la mujer se desplazase mientras la clavaba con su erección al capó del coche.

Los dos sentían un enorme calor apoderándose de ellos. Como si estuvieran en medio de un incendio quemándose.

Aroa llevó una de sus manos hacia su pubis, buscando su botón mágico. Cuando llegó hasta él comenzó a trazar círculos encima, presionando cada vez más.

El orgasmo la arrasó con la fuerza de un tsunami, gritando el nombre de Breixo, en lugar de Gabriel. Sin embargo, a él no le importó, ya que eran el mismo hombre.

El empresario continuó unos segundos más bombeando en el interior de Aroa hasta que llegó a su clímax y, como había hecho ella, pronunció Kenia en lugar del nombre real de la inspectora.

Cayó sobre ella, con la respiración y el corazón acelerados.

—Todavía te puedo dar más, si quieres —susurró en su oído.

—No sé si aguantaré mucho más. Llevo veinticuatro horas despierta. Necesito dormir —le recordó.

—Hasta que lleguemos a la cama, aún faltan siete pisos más el del garaje.

—Me vas a matar.

—No, cielo. Solo quiero recuperar el tiempo perdido. —Sonrió contra su hombro y ladeó la cara para besarla en el pelo.

Salió de ella, se quitó el condón y la ayudó a incorporarse.

Aroa se bajó el vestido mientras observaba cómo Gabriel caminaba hacia una papelera cercana para tirar en ella el preservativo.

Cuando volvió, ya tenía el pantalón subido y la cremallera cerrada.

Ella lo esperaba apoyada en el mismo capó donde acababan de hacer el amor.

Gabriel la agarró de una mano y, juntos, emprendieron el camino hacia el ascensor.

—¿Qué te pasa con Silvia? ¿Por qué te cae tan mal? ¿Y qué es eso de que tú no compartes? Antes lo hacíamos. ¿Quieres cambiar ahora? —quiso saber Gabriel.

Aroa resopló. Pensar en la inspectora Boix siempre la ponía de mal humor.

—Silvia es una niña de papá a quien le ha llovido del cielo el puesto.

No se lo ha tenido que ganar como hemos hecho otros compañeros y yo.

No soporto a la gente así, que consigue las cosas sin sacrificio ni esfuerzo, solo por enchufe.

Y por otro lado, no entiendo qué fijación tiene contigo.

Vale que estás muy bueno todavía para la edad que tienes…

—Lo miró de arriba abajo relamiéndose—. Pero verla cerca de ti o hablando sobre ti, me pone de los nervios.

Y sobre que yo no comparto, ha sido una manera de decirle que se olvide de follar contigo de una puta vez.

Estoy harta de verla babear cuando tú estás cerca.

—Me has llamado viejo dos veces. No sé cómo tomármelo —comentó Gabriel de broma.

Aroa frunció el ceño.

—Yo no te he llamado viejo.

El ascensor llegó y se montaron en él.

Gabriel presionó el botón del séptimo piso y cuando el elevador comenzó su ascenso, volvió a hablar.

—Sí, lo has hecho. Primero le has dicho a Silvia que soy demasiado mayor para ella y ahora acabas de decirme que todavía estoy bien para la edad que tengo.

—En los dos casos, es la pura verdad —se defendió Aroa.

Gabriel se cernió sobre ella, aplastándola contra la pared del ascensor.

—Pues te voy a demostrar que este viejo aguanta igual que cuando tenía veintitrés años —susurró cerca de sus labios.

—No me lo creo. ¿Igual que a los veintitrés? ¿Cómo es posible? ¿Es que tomas Viagra? —se cachondeó de él.

—Me ofendes, Kenia.

—Demuéstramelo, Breixo.

Gabriel se apoderó de su boca mientras con sus manos buscaba la entrepierna de la mujer bajo el vestido. Cuando la halló, le metió dos dedos de golpe y comenzó a masturbarla sin piedad.

Aroa estaba casi llegando al orgasmo cuando el ascensor se paró en el séptimo piso. El sonido de la campanilla los alertó. Gabriel sacó sus dedos del lugar escondido entre los muslos de la mujer y ella gimió de frustración.

—Calma, que ya vamos de camino hacia lo mejor —le dijo él.

Casi la arrastró por el pasillo desde el elevador hasta la puerta de su ático, que abrió con rapidez y después de que ella entrara, cerró con un portazo que resonó en toda la casa.

Aroa no tuvo tiempo de fijarse en nada del lujoso piso. En un abrir y cerrar de ojos, Gabriel la sacó el vestido y ella, otra vez, le rompió la camisa de un tirón.

—Ya es la segunda camisa que me rompes. A este paso te vas a cargar todo mi vestuario —la riñó él con cariño.

—Tienes mucha pasta para comprarte ropa, así que no te quejes. ¿Por dónde íbamos? —preguntó Aroa observando cómo Gabriel terminaba de desnudarse mientras hablaban.

Cuando él estuvo listo, la agarró de las caderas y la cargó sobre las suyas. Ella se agarró a su cuello y emprendieron el camino hacia la habitación.

—Voy a demostrarte el tipo de Viagra que tomo —comentó antes de darla un beso en los labios.

Llegaron a la cama y él la depositó en ella. Comenzó a acariciarse el miembro para revivirlo y Aroa comprobó cómo poco a poco iba creciendo su erección.

—Déjame que te ayude —le pidió, inclinándose hacia la corona rosada que la tentaba.

Se la metió en la boca y chupó toda su virilidad hasta que la tuvo dura como una roca.

Cuando estuvo a punto, Gabriel abrió un cajón de la mesita de al lado de la cama y sacó un preservativo. Se lo colocó y se hundió en el sexo de Aroa, que ya había cambiado de posición y lo esperaba con las piernas abiertas.

Minutos después, cuando los dos estaban satisfechos, el empresario le preguntó algo que no dejaba de rondarle por la cabeza desde que lo había escuchado de los labios de Aroa.

—¿Cómo será nuestra relación sexual a partir de ahora? A mí siempre me ha gustado hacerlo con varias mujeres, aunque solo esté enamorado de ti. Y a ti también te gustaba, al menos antes.

Ella se giró entre sus brazos para mirarlo a la cara mientras hablaban.

—Y me sigue gustando. Es solo que… —suspiró—…

no quisiera tener que pagar por ello. No quiero contratar a nadie para que nos dé placer.

Para mí hace tiempo que se acabaron los escorts .

No deseo que ninguna chica o chico crea que solo vale el dinero que hemos pagado por usar su cuerpo como nos pasó a nosotros.

Gabriel asintió, comprendiéndola.

—Tengo amigos que comparten a sus parejas. Quizá podríamos hacerlo con ellos, si te gustan. Y así podremos disfrutar del sexo a nuestra manera, pero sin mezclarlo con la prostitución de lujo.

—¿Cuándo vas a dejar de probar a chicas? —quiso saber ella.

—La del otro día fue la última. Ya te dije que Mireia y yo estamos cansados y queremos dejar este mundo.

—¿Qué harás con los reservados de Delirium?

Aroa se apretujó más contra el pecho de Gabriel, empapándose del calor de su cuerpo.

—Seguiré usándolos como hasta ahora para fiestas privadas, pero sin que los clientes puedan llevar allí a sus escorts .

—Me parece bien.

—Me alegro de que estemos de acuerdo en eso —comentó Gabriel dándole un beso en el pelo.

Permanecieron así, abrazados, hasta que el sueño los venció.