Cuando te falte mi piel Capítulo 36
82%

Capítulo 36

Gabriel y Aroa llegaron a comisaría y subieron veloces las escaleras hasta el despacho de la inspectora.

Entraron en él como un vendaval y se sentaron muy juntos para ver las grabaciones de las cámaras.

—He visto desde las ocho de la tarde hasta el final —contó Aroa—. Voy a retroceder hasta las seis para comprobar si la asesina llegó antes, como tú me has dicho.

—Bien. Y si no, habrá que visionar desde las cuatro de la tarde o, incluso, todo el día; desde por la mañana.

—El vello femenino que se ha encontrado en el pubis de Tamara es rubio, así que hay que fijarse en todas las mujeres con ese color de pelo que entren o salgan del edificio —informó la inspectora.

—De acuerdo.

Varias horas después terminaron de ver todas las grabaciones.

—¡Joder! ¡No hemos encontrado nada! —se quejó Aroa.

—Tiene que haber entrado en el edificio de otra forma —sugirió pensativo Gabriel.

—Eso ya me lo he imaginado yo también. Tendremos que fijarnos en el resto de la gente y no solo en las mujeres. Puede que la asesina usara algún disfraz o peluca, etcétera.

El empresario se estiró sobre la silla para desentumecer todos los músculos.

—Esto es agotador —comentó.

—Dímelo a mí —replicó Aroa sarcástica.

—¿Podemos tomarnos un descanso o tienes que seguir? —quiso saber él.

Aroa miró su reloj. Eran las siete de la mañana. Llevaba veinticuatro horas sin dormir.

—Me voy a casa. Necesito descansar —le dijo a Gabriel—. Llévame de vuelta a Delirium para recoger mi coche y poder irme a mi piso.

—¿Por qué no te quedas conmigo en mí ático? —preguntó él, deseoso de permanecer con ella más tiempo.

Aroa lo miró, sonriendo juguetona.

—Porque no dormiríamos.

—Tienes razón, aunque… prometo portarme bien y no cansarte mucho.

—Gabriel, necesito descansar. Mi trabajo requiere de mucha concentración y si tengo mis capacidades físicas y mentales en mal estado, no voy a poder…

El empresario puso un dedo sobre sus labios, acallando la respuesta de la inspectora.

—De acuerdo.

Salieron de allí y al pasar por delante del despacho del comisario, este tenía la puerta abierta. Los vio y llamó a la inspectora.

Iban a entrar los dos, pero Alonso le indicó que debía mantener con ella una conversación sobre el caso, por lo que Gabriel la esperó en el pasillo.

—Alonso me voy a casa para descansar. Llevo toda la noche aquí comprobando las cámaras de seguridad del banco que hay frente al portal de Tamara —comentó.

—¿Se puede saber qué haces con ese hombre? —la amonestó su superior.

—Forma parte de mi vida privada, Alonso. No debes preocuparte por nada —dijo Aroa, sin querer darle explicaciones sobre por qué el empresario estaba allí y con ella.

—Tiene relación con el caso. No puedes verlo.

—No es sospechoso de nada —rebatió ella—. Puedo relacionarme con él perfectamente.

—¿Qué no es sospechoso? Hasta que encontremos al culpable todo el mundo es sospechoso.

—Vaya. Acabas de pasarte por el forro de los cojones la presunción de inocencia.

—Cuida tu lenguaje —la riñó igual que si fuera su padre.

—Además —prosiguió Aroa ignorando su reprimenda—, él no pudo matar a Tamara.

Es imposible que lo hiciera. No aparece en las cámaras de vigilancia entrando o saliendo de la casa de la chica.

Y sabemos que las únicas visitas que tuvo la víctima fuisteis tú y una mujer.

A ti ya te hemos descartado porque no estabas con ella a la hora de su muerte, así que solo nos queda la otra opción.

El comisario se mesó el cabello mientras la miraba enfurruñado.

—El señor Serna no es buena compañía.

Aroa lo miró fijamente. Notaba a su jefe nervioso. Nunca lo había visto así. ¿Por qué sería? ¿Estaba ocultando algo más sobre Tamara? ¿O era que Alonso conocía a Gabriel porque había alquilado algún reservado de la discoteca para estar con la escort ?

—Alonso, ¿alguna vez has estado en Delirium? —preguntó a bocajarro.

El comisario contuvo la respiración al oír la pregunta de la inspectora y esa reacción de tan solo unas milésimas de segundo fue la respuesta que ella necesitaba.

Alonso abrió la boca para hablar, pero Aroa lo atajó.

—Ya me has dicho todo lo que quería saber.

Supongo, sin riesgo a equivocarme, que alguna vez has alquilado un reservado en Delirium para montar alguna fiesta privada con Tamara o puede que con otra prostituta.

Pero no me importa. Después de tener conocimiento de que disfrutabas de servicios sexuales, ya nada me sorprende.

¿Por qué no quieres que me relacione con el señor Serna?

¿Tienes miedo de que él se vaya de la lengua y me cuente que frecuentabas su discoteca para estos temas?

Tranquilo. Gabriel sabe guardar secretos y la discreción con sus clientes es su prioridad en los negocios.

Dicho esto, dio media vuelta para abandonar el despacho.

—Ese hombre está más metido en la prostitución de lujo de lo que tú te piensas. —Oyó que le decía el comisario—. No puedes relacionarte con alguien así. Afectará a tu carrera.

—¿Yo no puedo ver al señor Serna y tú sí podías contratar a una o a varias chicas para tirártelas? ¿Qué doble moral es esa, Alonso? —le preguntó sin girarse, caminando hacia la puerta que había cerrado al entrar.

—Ten mucho cuidado con lo que dices, Martínez, o tendré que suspenderte de empleo y sueldo. Ya he recibido varias quejas de la inspectora Boix por la manera en que le hablas y la tratas. No me des más motivos para llevar a cabo tu suspensión —la advirtió el comisario.

Aroa se puso tensa. Con el pomo de la puerta en su mano, observó cómo los nudillos se le habían puesto blancos por la fuerza que hacía agarrándolo cuando su jefe la amenazó con esto. Y saber que su compañera era la causante, no le gustó nada.

«Maldita niña de papá», dijo para sus adentros.

Salió al pasillo y se encontró a Gabriel hablando con Silvia, que debía de haber llegado mientras ella estaba reunida con el comisario para comenzar su turno.

La actitud de la policía, flirteando con su recuperado novio, poniéndole ojitos tiernos y morritos seductores, hizo que la rabia se apoderase de todo su ser.

Y ver cómo Boix acariciaba el brazo de Gabriel con parsimonia, como si quisiera grabar ese tacto en su memoria, desató la furia en su interior.

Mientras caminaba hacia ellos, observó que su compañera le metía un tarjetita en el bolsillo trasero del pantalón, aprovechando de paso para sobarle el culo a su gusto.

Llegó a su altura justo cuando Silvia sacaba la mano del bolsillo.

En un acto reflejo cargado de ira, la inspectora Martínez agarró la muñeca a Boix y se la retorció hasta hacerle daño.

—Vamos a ver, doña Mística, te he dicho que el señor Serna es muy mayor para ti, así que quítale tus manos de encima y no se te ocurra volver a darle tú número para que te llame, ¿entendido? Ahora está conmigo y yo no comparto, ¿te ha quedado claro o te lo mando tatuar en el brazo?

—¡Martínez suéltela! —Escucharon la atronadora voz del comisario detrás de ellas.

Aroa hizo lo que la ordenaban y Silvia corrió hacia su salvador. Se refugió entre los brazos de Alonso como si le fuera la vida en ello y comenzó a sollozar como una niña pequeña, quejándose de la rudeza de la inspectora.

—Otra más de estas y te sancionaré —la amenazó su jefe.

Aroa no contestó, ni siquiera se disculpó con su compañera.

Giró sobre sus talones y echó a andar hacia la salida seguida por Gabriel, que había permanecido estupefacto mientras la escena se desarrollaba ante sus ojos.

Una vez en la calle se dirigieron hacia el Maserati del empresario sin hablar.

Cuando subieron al deportivo, Aroa comenzó a dar puñetazos en el salpicadero y a gritar de frustración y rabia.

Gabriel la detuvo para que no se lastimase las manos.

—Quieta. Tranquila. Shhh… —susurró como si fuera un domador calmando a una yegua desbocada.

—¿Qué coño te ha metido en el bolsillo? ¿Su teléfono? ¿Y por qué te has dejado sobar por ella? ¿Estabas intentando probarla para la agencia? Te recuerdo que es policía, idiota —le gritó.

Él la miró muy serio antes de contestar.

—Tengo dos opciones: o te llevo al gimnasio para que uses algún saco de boxeo de los que tienen allí para entrenar o te llevo a mi casa y te follo hasta que te quedes ronca de tanto gritar mí nombre. Elige.

—Hay una tercera opción que…

—Elige, Aroa.

Ella inspiró profundamente. El monumental cabreo contra su compañera se había apoderado de su sentido común y la falta de sueño, de descanso, estaba acabando con su paciencia.

—Vamos a tu casa —soltó enfurruñada cruzándose de brazos después de colocarse el cinturón de seguridad.