Capítulo 35
Gabriel y Aroa no se demoraron más en Delirium. Cogieron el Maserati de él para llegar cuanto antes a comisaría.
Por el camino retomaron la conversación sobre su pasado.
—¿Qué ha sido de tu vida todos estos años? ¿Cuándo regresaste a Barcelona? —quiso saber Aroa.
—Después de la muerte de mi padre pasé un año y medio en mi pueblo de Coruña ayudando a mi familia.
Cuando todo estuvo arreglado y mi madre y mi abuelo se encontraban mejor de ánimo, volví aquí.
Me matriculé otra vez en la universidad para terminar la carrera.
Volví a ser escort para ganar dinero y gracias a mis antiguas clientas, a Mireia, Dunia y Chloé fui teniendo cada vez más trabajo.
Luego, al terminar de estudiar, hice algunas inversiones que me salieron muy bien y mi capital aumentó.
Compré algunos locales, los alquilé y más tarde los vendí para adquirir otros mejores; algunos pisos céntricos…
Delirium fue mi primera discoteca. Estaba en un estado lamentable cuando se la compré por poco dinero al anterior dueño.
La reformé toda y la gente empezó a venir.
El resto es historia. ¿Y tú? ¿Fuiste a Estados Unidos como querías?
— preguntó Gabriel mientras de fondo se oía Black Hole Sun de Soundgarden.
—No. Lali me quitó todo el dinero y no pude ir. Además, estaba muy deprimida con todo lo que había pasado. La muerte de Jessica, el aborto al que nunca debí someterme…
—Las chicas me contaron lo de Lali, pero pensé que, aun así, habrías conseguido tu sueño de marcharte al extranjero a estudiar.
Aroa negó con la cabeza repetidas veces.
—No. Cuando me recuperé de la depresión, me marché a la academia de policía de Ávila, retomando así mi sueño de pertenecer al Cuerpo.
—Sí, me lo contó el detective privado que tengo contratado.
—¿Y qué más te contó ese hombre sobre mí?
Gabriel pensó un momento.
—Que no estás casada, ni tienes hijos, ni pareja… Que no sales de casa, excepto para ir a trabajar y al gimnasio dos veces por semana. Que haces la compra por internet…
—Vaya —lo cortó ella— ¿También te ha dicho de qué color uso las bragas? —quiso saber riéndose.
—No, eso no. Pero no importa. Sé que a veces no llevas —le guiñó un ojo.
Posó una mano en su muslo y la deslizó hacia la ingle. Aroa se abrió de piernas para que él pudiera colar sus dedos en la zona íntima y notó todo el calor que desprendía la palma cuando la colocó sobre su pubis.
Gabriel hundió el dedo corazón entre los pliegues femeninos, buscando la entrada a su cuerpo, que no tardó en hallar. Lo metió y lo sacó varias veces mientras Aroa jadeaba.
—Mi chica siempre queriendo más —comentó él.
Sacó el dedo de la abertura mojada de Aroa y se lo llevó a la boca para chuparlo.
—Contigo siempre, Breixo —respondió ella—. No entiendo cómo he podido respirar todos estos años faltándome tu piel, tu tacto, tu calor…
—Yo he empezado a hacerlo ahora que has vuelto a mí —confesó Gabriel.
—¿Y todas las chicas que has probado? ¿No tenían para eso a Luca?
—No pueden compararse a ti. Nunca te olvidé mientras estaba entre las piernas de otra.
Recuerda lo que te dije sobre la fidelidad.
Podremos entregar nuestros cuerpos, pero nuestro corazón y nuestra alma siempre nos pertenecerán a los dos.
Respecto a Luca, se marchó a otra agencia donde le pagaban más.
No sé si sabrás que Lali falleció de un infarto hace varios años.
—Vaya. No sabía nada de eso.
—Pues cuando Lali murió, Mireia se hizo cargo de la agencia.
Entonces Luca decidió irse a otra y ella recurrió a mí para que la ayudase.
Lo de probar a las chicas llevo haciéndolo los últimos tres años, pero voy a dejarlo ya.
Estoy cansado. Además, Mireia también quiere dejar la agencia.
Últimamente las cosas no van bien y los clientes exigen cada vez más, pagan menos y tratan peor a las chicas.
Nada es ya como cuando tú y yo éramos escorts .
Aroa permaneció en silencio unos segundos, meditando.
—¿Sabes? Ahora que echo la vista atrás y recuerdo aquellos días en los que fui tan feliz, me doy cuenta de que a pesar de haberlo sido, el precio que pagué fue demasiado alto.
Aprendí a ser una mujer objeto, a ser irresistible para los hombres y para algunas mujeres, a ir de cama en cama fingiendo amar a todos…
Se giró hacia la ventanilla, observando el discurrir de la ciudad ante sus ojos, pero sin ver nada en realidad.
—Llegué a creer que solo valía aquello que los clientes pagaban por mí y perdí mi alma por el camino.
Gané mucho dinero, que luego Lali me quitó, pero de todas formas, acabé con el corazón vacío y roto.
Hice daño a las personas que quería. Me deshice de un hijo que no llegaba en buen momento.
Vendí mi alma al diablo sin saber que él no me iba a dar un tique por si me arrepentía y quería revertir todo lo acontecido.
—No te tortures más, Aroa. Me duele verte así.
Ella se volvió a girar hacia él y le sonrió tristemente.
—Este caso de Tamara Aragón me ha tocado de lleno. Ha hecho que recordase muchas cosas que he intentado olvidar. Y tus regalitos en mi puerta no hicieron más que empujarme hacia este momento.
—Quería que recordases todo lo bueno que pasamos juntos. Los días que fuimos felices. Los sueños que nos quedan por cumplir.
—Bueno, tú has cumplido muchos de los tuyos —dijo Aroa—. Te has convertido en un gran empresario.
—Daría todo lo que tengo por volver a ser simplemente Breixo y Kenia, un par de locos enamorados de la vida, del sexo y del romanticismo.
Aroa alargó el brazo para tocarle el cuello.
—Aún podemos serlo. Nuestra historia no está acabada, Breixo.
—¿Eso es un sí, Kenia? —preguntó mirándola de reojo.
—¿Un sí a qué?
Ella se hacía la remolona para no contestar directamente mientras le acariciaba la nuca con la yema de los dedos, provocándole un hormigueo que se extendió por el cuerpo masculino.
—A que me entregarás tu corazón para siempre.
—Puede.
—Mira que eres mala. Después de veinte años sigues jugando conmigo. Pero esta vez no te voy a dejar escapar. Si tengo que secuestrarte, lo haré. Te llevaré a Mar de Plata y nos casaremos en el Torreón del Monje.
—¿Y la luna de miel?
—La luna de miel prometo pasármela entre tus piernas y hacerte el amor en cada rincón de los Estados Unidos de América —susurró con una voz ronca que a Aroa le erizó todo el vello corporal, excitándola.
—Creo que me has convencido —suspiró muerta de deseo—. Pero antes de todo eso, debo resolver un crimen.