Capítulo 34
Aroa se levantó del regazo de Gabriel y fue a buscar su vestido, que se puso con rapidez.
—Tengo que pensar tu proposición —comentó al darse la vuelta.
—Deberías dejar de pensar y limitarte a sentir. Escucha a tu corazón. Te está pidiendo que vuelvas conmigo.
Gabriel se alzó del sofá donde habían pasado aquel rato de sexo loco y se acercó a ella. Se plantó frente a Aroa con las manos en las caderas, exhibiéndose.
—Sigues siendo un provocador —susurró ella sintiendo cómo de nuevo su cuerpo se encendía y le pedía a gritos unirse a él otra vez.
—Nunca cambiaré —sonrió Gabriel.
—¿Sabes que fue lo que pensé la primera vez que te vi?
Él la miró expectante.
—Que tenías cara de malo y de cabrón —respondió ella—. Y que eras el tío más bueno que había conocido. Deseé tenerte en una cama para mí solita y que me hicieras todas las perversiones que tus ojos prometían.
—Y ¿por qué te negabas entonces a entregarte a mí?
Gabriel la agarró de la cintura con las dos manos.
—Porque cuando abriste la boca, la cagaste. Aquello que me dijiste sobre que hacías gritar a todas las mujeres. Solteras, casadas, jóvenes, mayores, de distintas nacionalidades… Fuiste muy prepotente.
—Era la verdad. Tú lo sabes —se defendió él.
Se inclinó sobre su boca y la reclamó con un profundo beso que dejó a Aroa sin aliento.
—No te imaginas lo mucho que te he extrañado. Cuantas noches te busqué en mis sueños y despertaba desesperado por no encontrarte —susurró en sus labios al acabar el beso—. Volvamos a estar juntos, mi amor. Volvamos a amarnos como Breixo y Kenia ahora que somos Gabriel y Aroa.
La inspectora se refugió en su cálido pecho, abrazándolo.
—Kenia —murmuró contra su piel—. Hace mucho que nadie me llama así.
—Pues a mí Mireia, Dunia y Chloé me siguen llamando Breixo.
—Vístete, anda, que vas a coger frío y hablamos mientras —le recomendó Aroa, separándose de él.
Gabriel recogió sus ropas y comenzó a ponérselas. Como la camisa se había quedado sin botones, tuvo que coger otra de repuesto que siempre tenía en un armario del despacho.
—¿Cómo es que sigues en contacto con ellas? —quiso saber la inspectora.
—Nunca perdí el contacto. Ellas me contaron todo sobre tus últimos días en Barcelona…
Intentaron localizarte al mismo tiempo que yo.
Incluso viajamos a Mallorca, pero todo fue en vano.
No le habías dicho a nadie cuál era el hotel de tu familia, ni tus apellidos, ni un teléfono de contacto.
El móvil lo tenías todo el tiempo apagado.
Sabías que era el único medio de encontrarte y lo desconectaste para que no te localizáramos.
—Me deshice del móvil y me compré otro, pero no metí en la agenda del nuevo ningún número conocido.
Solo el de mi familia —le explicó Aroa con vergüenza por su mal comportamiento de aquellos días—.
Lo siento mucho. Lamento todo el dolor que os causé a ti y a las chicas.
Cuando el otro día volví a ver a Mireia tuve el impulso de abrazarla y pedirle perdón por todo.
—Tranquila, las chicas te han perdonado.
—Siempre fueron demasiado buenas. Igual que tú. Me engañó tu cara de malo y de cabrón porque no hay en ti ni una pizca de esto. Sin embargo yo, con mi carita de niña buena, he sido quien os ha hecho sufrir a todos —comentó mortificada.
Bajó los ojos y el rostro intentando esconder sus sentimientos.
Gabriel, que ya había terminado de vestirse, colocó un dedo en su barbilla para alzárselo.
—Olvídalo. Éramos muy jóvenes y cometimos errores. ¿Quién no lo hace a esa edad?
Le dio un tierno beso en los labios y prosiguió.
—Mireia, Dunia y Chloé están deseando volver a verte. ¿Quieres que las llame y quedamos a cenar con ellas el viernes por la noche?
—No tengo valor para enfrentarme a ellas. Todavía no.
—Kenia —la llamó por su seudónimo—. No te van a reprochar nada. No tengas miedo.
Aroa inspiró profundamente. Después de algunos segundos, asintió.
—El viernes está bien.
Gabriel sonrió.
—A ver si para entonces ya he resuelto el caso de Tamara Aragón —comentó la inspectora.
—Me dio mucha rabia que pensaras que había sido yo, conociendo mí debilidad —confesó.
Aroa lo miró con el ceño fruncido.
—Eso no es verdad. Si hubieras sido tú, te habríamos encontrado desmayado al lado del cuerpo de la chica. Sabía que tú no eras el culpable. Pero, aun así, lo que haces tampoco me parece bien.
—No estoy infringiendo ninguna ley —se defendió él.
—Te aprovechas del limbo legal que hay en torno a la prostitución para beneficiarte.
—No soy ningún proxeneta, ya te lo dije. Solo les alquilo los reservados y protejo a las chicas. Aunque a Tamara no pude protegerla y eso me corroe por dentro.
—Encontraré a la culpable.
—¿La culpable? ¿Es una mujer? —preguntó él sorprendido.
Aroa dudó sobre si revelarle aspectos del caso. Sin embargo, sabía que podía confiar en Gabriel ciegamente. Afirmó con un movimiento de cabeza.
—En su pubis encontramos vello corporal de hombre y de mujer.
Al señor ya lo hemos descartado porque en las cámaras de vídeo del banco que hay frente al portal de Tamara, se le ve saliendo de su casa a las once y media de la noche.
La muerte de la chica se produjo a las doce.
Así que nos queda la mujer. Pero he estado visionando la cinta hasta el final y nadie entró en el edificio, aparte de sus compañeras de piso a la una de la madrugada.
En cuanto tengan los resultados del adn del vello femenino cogeré a la asesina de Tamara.
No hace falta que te recuerde que no puedes contar nada de esto.
De lo contrario, tendré que matarte —sonrió por su propia broma, que él ignoró.
Gabriel había estado escuchándola con atención mientras pensaba en todo lo que Aroa le contaba.
—¿Y si la asesina llegó al edificio antes de las ocho? ¿Y si la estaba esperando?