Cuando te falte mi piel Capítulo 33
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Capítulo 33

Los días siguientes fueron un calvario de emociones encontradas para Kenia.

Por un lado, estaba aliviada, pues con la muerte de Jessica nunca se sabría lo que en realidad ocurrió.

La policía había dado por buenas las declaraciones de los implicados y no investigaron más.

La familia también. Había sido un desgraciado accidente.

Pero por otro lado, su conciencia no la dejaba tranquila. Una persona había muerto por su culpa.

Bueno, una no. Dos.

Jessica y el bebé que ella había abortado.

Su vida era un desastre.

Había roto con su novio, estaba sin trabajo y, encima, Lali había hablado con ella tras enterarse del viaje a Argentina para rodar el videoclip.

La acusó de querer quedarse con la parte de las ganancias que correspondían a la agencia, como se temía la joven.

A modo de castigo, obligó a Kenia a darle todo el dinero que poseía.

De lo contrario, haría de su vida un infierno porque le diría a la Policía que Jessica no se cayó por las escaleras, sino que ella la empujó, cosa que no era cierta tampoco.

Kenia a su vez amenazó a Lali con denunciarla, pero si lo hacía se destaparía todo el asunto de la prostitución de lujo en la que ella también estaba metida hasta el cuello.

Su familia sabría que llevaba una doble vida, todo lo que había hecho, y eso no podía consentirlo.

Además, había magistrados, políticos, abogados, fiscales que frecuentaban los servicios de la agencia y lo más seguro era que se pusieran de parte de Lali para que nada de su intimidad saliera a la luz.

Ellos se cubrirían las espaldas, protegiendo así también a la madame.

Así que, después de todo lo que había ahorrado para irse a Estados Unidos no podría hacerlo. Con lo del aborto —que le había costado una cantidad desorbitada— más esto de Lali se había quedado sin blanca.

Los gastos del piso, ahora que solo eran dos personas, se habían incrementado.

No se concentraba en los estudios porque no dejaba de pensar si la decisión que había tomado —abortar y romper su relación con Breixo— era la correcta y ya había suspendido algunos exámenes.

Las noches se las pasaba en vela, llorando y arrepintiéndose de haberse deshecho del bebé y de lo sucedido con Jess.

Así que cuando en Navidad volvió a Mallorca con sus padres, les comunicó que dejaba la universidad. Su familia se llevó un gran disgusto. Le pidieron explicaciones, pero ella no dio ninguna.

Todo aquello por lo que luchó una vez se había acabado. Esa sería su penitencia por los errores cometidos en su vida.

···

Breixo estaba destrozado. Había perdido todo lo que quería en la vida.

Entendía el miedo de Kenia respecto al bebé.

Comprendía que ella no quisiera irse a vivir a un pueblo perdido de la mano de Dios.

Pero eso no era motivo para acabar con su relación.

Las cosas podían solucionarse de otra manera. Estaba enfadado con ella. Muy enfadado.

Sin embargo, aún la quería. Kenia era la mujer de su vida. Lo supo desde la primera vez que la vio.

La llamó infinidad de veces en aquellas semanas. Ella nunca le cogió el teléfono. Siempre comunicaba.

Le mandó numerosos mensajes de texto, que ella nunca respondió.

Probó con Mireia y Chloé, de quien tenía también el teléfono. Necesitaba saber si Kenia estaba bien y que le hicieran cambiar de opinión respecto a su relación. Debían seguir juntos.

Respecto al bebé ya no podía hacer nada y aunque se había llevado un disgusto bastante grande cuando su novia le confirmó el aborto, después de mucho meditar el asunto, tuvo que reconocer que aquellos momentos no eran los más idóneos para traer un hijo al mundo.

Sus cosas personales, las que había en su piso y que Mireia y Kenia habían embalado, le habían llegado unos días antes. Cuando vio la cajita con los patucos y la pulsera que él le regaló dentro, creyó morir de desesperación. ¿De esa manera se despedía Kenia de él?

Las amigas de su chica le contaron sobre ella.

También estaba hecha polvo y había tomado la decisión de dejar sus estudios.

Pensaban que Kenia sufría una depresión, pero no se dejaba ayudar por nadie.

Se había marchado de la ciudad para pasar las Navidades con su familia en Mallorca y les dio la sensación, al despedirse, de que ella no iba a volver más.

—Dame el número del hotel de sus padres —le pidió Breixo a Mireia en una conversación telefónica—. Esta no es la forma de romper una relación. Esas cosas se dicen a la cara. Viajaré hasta Mallorca cuando arregle todos los asuntos pendientes aquí, con mi familia, y hablaré con ella.

—No sé el número. Nunca nos dijo a ninguna de nosotras ni cómo se llamaba el hotel ni nos dio un teléfono de contacto.

Tampoco sabemos cuál es su apellido —contestó Mireia apenada—.

Y a nosotras también nos ha bloqueado en el móvil.

No tenemos forma de contactar con ella. Es como si quisiera romper con su vida y olvidarlo todo, olvidarnos a todos.

—¡Maldita sea! —farfulló el joven—. Voy a buscarla.

Lo juro. Para mí esta relación no se ha acabado.

Solo estamos en puntos suspensivos. Ella me quiere.

Siempre me ha querido, es solo que ahora está asustada, perdida y sin rumbo.

Comprendo todo lo que ha hecho, pero esto…

no. No la dejaré sola cuando más me necesita.

—Buena suerte, Breixo —le deseó Mireia con pena porque sabía que el chico lo tenía muy difícil.